La crisis financiera y económica de los años 2008-2009, en el contexto internacional, o los recientes escándalos de corrupción, en el ámbito local, son fenómenos que ponen en evidencia la necesidad de que el administrador no sólo sepa todo lo necesario para desempeñar adecuadamente su rol, sino que también sea un ser humano íntegro y responsable, capaz de impactar de manera positiva en su entorno. El actuar del administrador, como lo han demostrado los hechos recientes, tiene importantes efectos sobre el bienestar de los individuos, la estabilidad de la sociedad y el desarrollo de la economía. Éste es el nuevo entorno al que deben enfrentarse nuestros empresarios en la actualidad, y es para ello que deben prepararse los futuros administradores, tanto de organizaciones públicas como privadas.
En este nuevo contexto, de manera intempestiva, grandes fortunas se pierden, grupos económicos sucumben, e importantes personalidades del mundo financiero y gubernamental pasan, de ser altamente reconocidas, a ser denunciadas por los titulares de los medios, y más tarde, incluso, encarceladas en razón de sus actuaciones.
Para hacer frente a este contexto, los gobiernos han puesto en marcha medidas principalmente en materia económica, con el fin de proteger sectores crecientemente inestables en la economía, pero poco o nada se ha hecho para cambiar y atender la verdadera infección que agobia al sector empresarial: la irresponsabilidad social, la ausencia de ética y la inexistencia de una adecuada formación en valores.
Por esta razón, diversas facultades de administración en el mundo, tanto en sus actividades de formación como de investigación, se han volcado decididamente a trabajar en la responsabilidad individual y social del administrador, que es considerada hoy como un factor determinante del éxito o fracaso de su actuación y, por esta vía, de la existencia de una adecuada y justa convivencia humana en el contexto organizacional.
Estos elementos nos conducen a realizar una profunda reflexión en nuestra labor como educadores, a considerar necesaria la transformación profunda de la actual cultura administrativa, a trazar nuevos caminos sobre los ejemplos valiosos, y a preguntarnos: ¿Qué podemos hacer en la formación de los futuros líderes para contrarrestar lo antes posible estos hechos negativos e impulsar un verdadero cambio en la mente y en el actuar del dirigente?