Monseñor José Vicente Castro Silva:
moldeador de mentes humanas
Por: Vivian Murcia González
Monseñor José Vicente Castro Silva se formó como eclesiástico, educador y escritor. Nació en Bogotá el primero de marzo de 1885 y murió el 28 de marzo de 1968. Hoy, después de cuarenta años de su muerte, es recordado como uno de los más especiales rectores que ha tenido el Rosario. Un catedrático atípico quien en sus clases mezclaba sus conocimientos de arte dramático aprendidos en Francia, con el inconfundible saber intelectual que lo caracterizaba.
El inicio de una nueva etapa
La llegada de Monseñor a la rectoría marcó un importante punto en la historia de la Universidad. Ocurrió el 14 de junio de 1930, tras la muerte de Monseñor Rafael María Carrasquilla y a partir de la fecha tuvo en claro que la Institución necesitaba un cambio de raíz que la convirtiera en una de las cunas del saber en América.
“Monseñor significó un cambio para el Rosario desde el momento de su elección. Para los estudiantes demostró que el uso de la democracia era una herramienta que permitía adueñarse y responsabilizarse con el Claustro. Fue elegido por el cuerpo colegial, luego de que este poder le fuera restringido por asuntos políticos. Así, desde su inicio, tuvo respaldo de los alumnos quienes lo quisieron y admiraron hasta su muerte”, dice Monseñor Germán Pinilla Monroy, Capellán de la Universidad del Rosario.
A partir de su llegada el Claustro tuvo un aire de renovación. Por los pasillos los estudiantes observaban a un hombre que desarrollaba la táctica peripatética, que aprendió y enseñó a sus alumnos que consistía en ejecutar la lectura y el estudio de un texto mientras caminaba, impregnando el recinto del saber que lo caracterizó.
Por esto observaba la necesidad de ampliar la perspectiva de la educación en Colombia, a través de la implementación de la interdisciplinariedad que desarrollara diferentes campos del conocimiento.
Así realizó diferentes obras que consolidaban al Rosario en lo que el pensaba era una verdadera universidad, agregando a la ya existente Facultad de Jurisprudencia, las de Economía, Administración de Empresas y la restauración de la de Medicina.
El estudiante: una mente por esculpir
Para él los estudiantes constituían un material valioso que había que elaborar. Lo que lo constituía en un verdadero escultor de mentes. Se preocupaba por la educación que recibían sus estudiantes, de tal manera que exigía a los catedráticos que fuesen un modelo de vida, un vehículo del saber y de experiencia, quizá por esto entraba como si fuera un alumno más a las clases y hacía preguntas que retaba a los profesores en un debate argumentado y honesto.
“Lo que buscaba este atípico maestro era que sus alumnos se motivasen por encontrar en qué había mentido el profesor de tal manera que sus alumnos pasaba horas de estudio y lectura investigando sobre el tema dado en clase, para que pudiesen refutar, en un debate argumentado, sobre la equivocación en la que había incurrido el profesor”, comenta Ovidio Oundjian Besnard, director del Centro de Investigaciones de Estudios y Consultoría Línea de Historia (CIEC).
Este hombre bajo de estatura, conocido como el hombre de la palabra por su inigualable tono de voz que llegaba a las mentes de los universitarios con fuerza, de apariencia impecable en el vestir y en su cuidado personal y su notable imponencia, también se distinguía por su gran corazón. |