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El Claustro

Distribuido a través de un espacio central, el Claustro de la Universidad del Rosario fue inaugurado en 1653 con una clara finalidad educativa. La piedra caliza, material de los cimientos del edificio, así como el mármol de los muros y acabados, fueron traídos de España. Tanto las tejas cerámicas de la cubierta como las barandas originales del segundo piso dan cuenta del estilo arábigo-español del Claustro del Rosario (Molina Prieto, 2010).

El origen de los claustros se remonta a los movimientos monásticos y a la resolución arquitectónica de las necesidades específicas de las comunidades religiosas apartadas, que buscaban desarrollar intensamente su espíritu mediante el recogimiento. El claustro constituía el corazón de los monasterios, ya que en su entorno se ubicaban la cocina, la biblioteca, la iglesia, entre otros. Particularmente, las actividades educativas que desde el siglo XVII se han desarrollado en el Claustro del Rosario han gozado de completa autonomía de la Iglesia y del Estado, gracias a las Constituciones de fray Cristóbal de Torres..

Eventos, huellas del tiempo

El terremoto de 1785, denominado como el más destructivo del siglo XVIII, generó daños en la torre de la Capilla, el arco de la escalera y la casa rectoral, lo que provocó trabajos de reconstrucción bajo el segundo rectorado de Agustín Manuel de Alarcón y Castro. Posteriormente, los procesos sísmicos entre 1826 y 1827 dañaron los tejados, los claustros bajos y altos, la escalera principal y la casa rectoral, derribando finalmente la torre de la Capilla. Por segunda vez, en 1836 cae la torre de la Iglesia. Durante el siglo XIX los procesos convulsos del país se reflejan en el Claustro. El edificio es expropiado en 1860 por parte del Gobierno para usarlo como cárcel pública y entre 1899 y 1902, la Guerra de los Mil Días afecta también el Colegio debido a la ocupación de las tropas.

Iniciando el siglo XX, el rector Rafael María Carrasquilla, considerado el segundo fundador del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, promueve como parte de la ampliación de las instalaciones la erección de una estatua del Arzobispo Fundador, así como una serie de obras que buscan superar los problemas del inmueble. Nuevamente, para 1917 un terremoto casi destruye la sede del Colegio, quedando encargado de los trabajos de reconstrucción al ingeniero Arturo Jaramillo Concha. En 1953 la Consiliatura escoge al Maestro Luis Alberto Acuña para emprender trabajos de restauración del Claustro.