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Columnistas

El arte del antropoceno

Manuel Guzmán-Hennessey

09/09/2018

Volumen 4 - Nº 41 sep./2018
ISSN: 2422-2216

El arte del antropoceno

Una muestra en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) llama la atención, entre muchos aspectos, sobre la agricultura que podemos ver, en los países del norte de Europa, como consecuencia del cambio climático.

¿Sembraremos lechugas en los patios de Londres? ¿Habrá bananas en Suecia o Dinamarca? ¿Cosecharán aguacates o piñas los noruegos? ¿Conocerán, todos ellos, nuestros pescados de aguas cálidas?
 
La muestra «Después del fin del mundo» es una exposición sobre los cambios ya ocurridos en el planeta durante 2017. No es una opinión de artistas, sino más bien, una documentación, desde la mirada del arte, de la realidad. El catálogo escribe que esta exposición descubre la transformación irreversible del mundo en los primeros años del Antropoceno, tras dos siglos de intervención del hombre en los sistemas naturales. Plantea una hipótesis, basada en datos de la ciencia, sobre cómo llegaremos al mundo de la segunda mitad del siglo XXI, y sobre la responsabilidad de nuestra sociedad para con las generaciones que nacerán y crecerán en él. Me llamó la atención el comentario del profesor  McKenzie Wark, experto en teoría de la comunicación y procesos culturales. Dijo: “Esta civilización se ha acabado, todo el mundo lo sabe”.

  
La exposición de Barcelona es quizá una de las primeras aproximaciones desde el arte sobre el fenómeno que ya hemos comentado en esta revista, en más de una ocasión: el antropoceno. Recordé que S. Gould nos invitó, hace ya algunos años, a buscar en el arte, en la música, en la literatura, en la moral, las relaciones personales, el humanismo o la fé, el verdadero sentido de la vida; señala él que todos estos mecanismos escapan de la evolución darwiniana y nos sitúan en una especie de evolución de la cultura, terreno en el cual nos adaptamos y crecemos como cuerpo colectivo.
 
Cumplida, casi ya, la segunda década del siglo XXI, podemos constatar que varios tipos de riesgos nos acechan: la superpoblación, la creciente inequidad, las hambrunas y las pestes, las nuevas enfermedades, la avaricia de los guerreros, la perversidad de los poderosos, las xenofobias, la crisis mundial de alimentos, los desastres no naturales, la cortedad de visión de algunos políticos y la cortedad de visión de muchos otros seres humanos de nuestro tiempo convulso. Pero es quizás el Cambio Climático el más complejo de todos estos riesgos y el que incluye a muchos de ellos y los potencia hasta convertirlos —sutilmente entrelazados— en la mayor amenaza que ha enfrentado la especie humana en toda su historia de civilización y de cultura¹. Pero el cambio climático es, tan solo, la punta de un iceberg que esconde un problema de mayor complejidad: la manera como la civilización del siglo XX decidió organizar su crecimiento y entender el progreso. Un problema relacionado con la filosofía y con la ética del desarrollo, pero también con la filosofía que animó el avance de una ciencia aislada del arte, la sociedad y la naturaleza.
 
Si damos por cierto y compartido que el progreso es el ideal de toda civilización, podemos caer en la tentación de justificar todos los medios que se utilicen, con tal de que se obtenga, finalmente, el anhelado e indiscutible progreso. Me referí en “La Generación del Cambio Climático” (Guzmán Hennessey, 2010) a lo que opinan algunos analistas que han animado el debate sobre el progreso; quiero traerlos aquí para que hablen, ahora que esta exposición de Barcelona nos enfrenta de manera dramática con la realidad que verán nuestros jóvenes, para que hablen, decía, con más autoridad que yo, en nombre de esa humanidad amenazada.
Empiezo por Umberto Eco quien planteó el dilema moral que soporta la ideología del progreso:
El progreso material del mundo agudizó mi sensibilidad moral, amplió mi responsabilidad, aumentó mis posibilidades, dramatizó mi impotencia. Al hacerme más difícil ser moral, hace con que yo, más responsable que mis antepasados y más consciente, sea más inmoral que ellos, y mi moral consiste precisamente en la conciencia de mi incapacidad”².
Y para explicar mi aproximación a la idea del progreso, permítanme partir de una definición de la biología, la que ofrece John Marion Thoday, en su artículo “Genotype versus population fitness”, publicado en Canadian Journal of Genetics and Cytology, Nº 12 de 1970: Progreso es la capacidad de adaptación para sobrevivir.
Según esta definición, progresar significa adaptarse a las condiciones de la vida y la cultura, en un período histórico determinado, de manera que para conseguir que nuestros esfuerzos colectivos faciliten tal progreso, diseñamos modelos de desarrollo.
Permítanme citar lo que ya escribí sobre esta materia:
Si revisamos a posteriori el resultado histórico de la idea de progreso que la humanidad adoptó desde el siglo XIX, podemos concluir que desde el apogeo del industrialismo, cuando este tipo de progreso parecía garantizar un avance “hacia el progreso” (valga la tautología), en el sentido de la adaptación evolutiva de la cultura humana y de una sociedad que avanzaba hacia delante, hubo un momento (punto de inflexión) en que esa línea evolutiva empezó a moverse en sentido negativo, vale decir, hacia cierta forma de aprogreso. Resulta más que evidente que, si estamos ad portas de un colapso civilizatorio que pone en riesgo la supervivencia de nuestra especie y de la civilización del progreso avanzado como tal, no se puede decir que ha triunfado la idea del progreso, ni que la humanidad haya progresado como tal. El Positivismo pudo llegar tan lejos en la construcción de una ideología única de progreso que Walt Rostow, en 1960, se atrevió a formular las “etapas” que deben recorrer todas las sociedades del planeta para acceder al mundo del anhelado consumo y del capitalismo comercial, paradigmas de una felicidad alcanzable y deseable.
 
Y aquí traigo al profesor Julio Carrizosa Umaña quien sostiene que Progreso y Desarrollo “siguen siendo los conceptos básicos de los modelos económicos dominantes, mientras el movimiento ambientalista, en sus formas más radicales, apunta en contra del consumo. La producción, en efecto, goza de buena reputación en la mayoría de las aproximaciones éticas: especialmente en las que se sostienen en el puritanismo burgués o en el materialismo histórico”³.
 
Muy cerca estamos ya (¿2050? ¿2080?) de lo que algunos han considerado el punto de no retorno, tanto en crecimiento de la población del mundo como en uso del territorio y los recursos de la Tierra. #TurningPoint ha escrito Fritjop Capra. El año 2018 ya marcó su límite de huella ecológica.
 
Ahora bien, si nos atenemos a lo que etimológicamente significa progreso4, tenemos que concluir que la historia de nuestra civilización no progresa en un único sentido, pues, según la teoría del caos, esta dinámica se rige por un curioso ritmo de marchas y contramarchas, que curiosamente se corresponde con la sentencia que promulgara un humanista del siglo XVII: Giambattista Vico: “Corsi e ricorsi”.
 
De nada habrá de servirnos el prodigioso avance de la tecnología si no hemos sido capaces de mantener las condiciones en el planeta para conservar el bien supremo que es #LaVida
 
Uno de mis maestros, Antonio Elizalde anota:
 
“Tengo la convicción de que es imprescindible que transitemos hacia una nueva cosmovisión que substituya la aún vigente. El cambio fundamental por realizar no está en el plano de la tecnología, ni de la política o de la economía, sino que está radicado en el plano de nuestras creencias… dicha cosmología será el producto de variados aportes provenientes desde todos los ámbitos del quehacer humano, desempeñando allí roles muy importantes la economía y la tecnología… de allí la necesidad de una nueva propuesta que introduzca una concepción distinta de las necesidades humanas”5.
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Esto dijo José Saramago:
“En un momento determinado de la historia de la humanidad, tomamos un camino lateral que nos ha traído hasta aquí. Nos equivocamos. ¿Estamos obligados a vivir como estamos viviendo? ¿Esta era la vida que teníamos que construir? ¿Había otra vía, pero la abandonamos? ¿Por qué la abandonamos? Estas preguntas no tienen respuestas, pero lo que no puedo aceptar es que la vida humana tiene que ser lo que de hecho es.
Aunque nosotros desaparezcamos, y eso ocurrirá, quizás quede algo suficiente de vida para seguir imaginando una vida que podría haber sido.
Resumo todo mi sentir actual en dos palabras: ¡estamos atrapados! No lo había dicho nunca antes. Lo digo hoy, por primera vez en mi vida y estoy muy consciente de lo que estoy diciendo: ¡estamos atrapados! No tenemos salida.
No hay salida.
 
Me pregunto: ¿Puede esta ciencia, aislada de su contexto humano, salvarnos? ¿Pueden los acuerdos internacionales salvarnos? ¿Podemos los seres humanos salvarnos a nosotros mismos? Todo parece indicar que la respuesta es no para las dos primeras preguntas; y sí, para la tercera, aunque se trate aquí de un moderado sí condicional.
 
Los griegos hablaban de la noción de paideia, según la cual el ideal del conocimiento consistía en la integración de todos los saberes; hoy se habla indistintamente de civilización, cultura, técnica, tecnología, arte, saberes empíricos o ancestrales, virtualidad. Todas estas nociones nos conducen a reduccionismos cada vez más especializados en los cuales lo que prima es la individualización de un saber muy específico y no la generalización e integración de los conocimientos.
 
Recuperar el postulado griego del #Kalokagathía (kalos- kai-aghatos): la fusión entre lo bueno y lo bello en la construcción y la práctica del saber, es una buena manera de acelerar el encuentro entre el arte y la ciencia. No un pensamiento separado sino “una educación y una exhortación al mismo tiempo”, como preconizó el ideal socrático: hacer que tu alma sea lo mejor posible. Apolo, que en la mitología griega era el dios de la razón, también era considerado el protector de las artes y al mismo tiempo el dios de la belleza; en el Oráculo de la Pitia, el de la serpiente de Delfos y Tracia, se representa a Apolo acompañado de Dionisio, el instintivo dios del placer.
 
En nuestra lengua, arte proviene del latín “ars” y la palabra técnica, asociada en un principio con el quehacer de la ciencia, proviene del griego “techné”; ambas palabras se refieren a la habilidad para realizar alguna tarea o lograr un objetivo. Los griegos no disponían de una palabra específica para designar el arte, para ello usaban “techné”, equivalente a lo que podrían significar las palabras oficio, habilidad o pericia. Tal ambivalencia sugería, a mi modo de ver, que no había necesidad de inventar la palabra específica para decir el arte, pues al decir oficio estaba implícito que este debía ser ejecutado como si fuera un arte.
 
De hecho la palabra “ars” significa, en su raíz, que es “ar”, unir, ensamblar, articular. En la edad media se empezó a hablar de artes liberales, que era lo que se enseñaba en las universidades, y se dividían en las ‘trivium’ y las ‘quadrivium’; dentro de las primeras estaban la gramática, la retórica y la lógica, y en las segundas, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. El concepto de ars (arte) engloba, según los diccionarios, todas las creaciones realizadas por el ser humano para expresar su visión sensible acerca del mundo.
 
Esto es lo que inspira, a mi entender, la exposición de Barcelona, un ensayo espacial sobre el presente y el futuro de la crisis climática: un viaje a los paisajes del planeta Antropoceno y una conversación con los humanos y no-humanos del 2100. Artistas, filósofos, montañas de arena, novelistas, animales marinos, dramaturgos, plantas, arquitectos, objetos, diseñadores especulativos, ríos contaminados, satélites, científicos… trabajan juntos para imaginar escenas, contar historias y construir estrategias para sobrevivir en el mundo que viene. El resultado es una experiencia hipnótica, de extrañamiento, que habla del trauma ante la magnitud de la crisis y la pérdida del mundo tal y como lo conocíamos, pero también de la oportunidad de cambio y la urgencia de un pacto entre generaciones.
 
«Después del fin del mundo» (cito el catálogo de la expo) se compone de ocho instalaciones inmersivas: una base de experimentación y acción participativa en el espacio público de la ciudad de Barcelona, y el diseño y despliegue de un «Ministerio del Futuro» que piense la política del muy largo plazo, para investigar las condiciones de desigualdad y temporalidad y las diferentes magnitudes en las que se define la crisis. Los participantes en «Después del fin del mundo» incluyen a una coalición de humanos y no-humanos, entre los que destacan, al tener nombre propio: la compañía de teatro documental alemana Rimini Protokoll (DE), desarrollando una experiencia dramática sobre las especies ganadoras y perdedoras en la crisis climática; Tomás Saraceno (AR) presenta Aeroceno, un proyecto de arquitectura utópica que imagina la atmósfera como un nuevo territorio para la expansión de la humanidad; las expediciones al Antropoceno de Unknown Fields Division (Kate Davies + Liam Young) (UK), un viaje a través de las infraestructuras globales de la moda explorando los paisajes materiales del deseo. Charles Lim (SG) estrena su investigación sobre la terraformación de Singapur, un país hecho de arena artificial en guerra contra la subida del nivel del mar. La plataforma de comisariado de fotografía satélite Overview dirigido por Benjamin Grant (US) nos enfrenta en una instalación con la realidad de la nueva piel de la Tierra. El estudio de diseño ficción Superflux (IN/UK) nos traslada a un apartamento de 2050 en un mundo en que las sequías y huracanes han cambiado nuestra forma de alimentarnos. La ingeniera y artista Natalie Jeremijenko (AU), un referente en las relaciones entre arte y ciencia, instala en la exposición la sede de su Clínica de Salud Ambiental, para construir nuevas relaciones mutuamente beneficiosas entre las distintas formas de vida que conviven en la ciudad.
 
La exposición cuenta además con un prólogo escénico a cargo del escritor Kim Stanley Robinson (US), uno de los nombres capitales de la literatura de ciencia ficción contemporánea, y un ensayo-instalación en cinco capítulos del filósofo Timothy Morton (UK), padre de la dark ecology y del concepto de hiperobjetos.
 

1- A este tipo de riesgo global se han referido muchos autores contemporáneos, entre los cuales Ulrich Beck es quizás el más agudo, junto con Z. Bauman y John Gray en los campos de la sociología, pero mención especial merecen aquí pensadores científicos que se han dado a la tarea de anunciar a la sociedad el riesgo en que se encuentra; me refiero a J. Lovelock, J. Rifkin, T. Friedman, L. Brown y J. Sachs.
 
2- Eco, Umberto. De la responsabilidad moral como producto tecnológico: diario mínimo. Barcelona: Península; 1973.
3- Carrizosa, Julio. ¿Qué es el ambientalismo? Bogotá: Universidad Nacional de Colombia; 2001, p. 58.
4- Progreso: acción de ir hacia delante, aumento, adelantamiento, perfeccionamiento. Diccionario de la lengua española, decimosexta edición, 1947.
5- Elizalde, Desarrollo humano y ética para la sustentabilidad, Universidad de Antioquia, p. 2.

Manuel Guzmán Hennesey
 
Acerca de
Manuel Guzmán Hennesey
Manuel Guzmán Hennesey

Politólogo de la Universidad del Rosario

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