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Columnistas

Las ruinas del sultanato de Al-Farna

Tomás F. Molina

09/10/2018

Volumen 4 - Nº 42 oct./2018
ISSN: 2422-2216

Las ruinas del sultanato de Al-Farna

Llegué al sultanato de Al-Farna en el año doce del reinado de Abd-ul-Ahmid. Visité sus nuevas ciudades, entré a sus palacios y examiné las ideas de sus hombres más ilustres. Quedé impresionado por lo que vi, teniendo en cuenta toda la destrucción que aconteció hace relativamente poco.

Me pareció evidente que el islam había logrado continuar con parte del esplendor de la civilización cristiana que había dominado estas tierras, pero solo hasta cierto punto. Por doquier abundaban campos solitarios, pueblos sin gentes y ciudades destruidas. ​El sultanato todavía no había recuperado la pujanza que otrora gozó esta región del mundo.
 

Era obvio el influjo del estilo clásico en las nuevas construcciones islámicas. Sus columnas y capiteles revelaban una civilización antigua que se negaba a morir. Los sabios me confesaban en secreto que admiraban las glorias y riquezas del pasado. Empero, me llamó la atención el hecho de que, aunque habían copiado los libros de la civilización clásica, su literatura no les importó mucho. Solo estaban interesados en la ciencia y la matemática, aunque ellos mismos eran poetas —y bastante buenos. Creo que la literatura clásica la consideraban inferior o inmoral.

Pero no estaba allí precisamente para admirar los nuevos triunfos del islam, o para estudiar la influencia clásica en su arquitectura. En realidad, venía buscando el pasado. Fascinado por las antiguas civilizaciones, decidí visitar las mejores ruinas que los desaparecidos habitantes de la civilización antigua dejaron aquí. Mi excitación era evidente. Los guías se reían de mí, acostumbrados a visitar lo que para ellos no eran más que piedras y hiedra abandonadas por el tiempo. Los pastores que me acompañaban eran personas simples. Llevaban una vida tranquila. La contemplación de ruinas no es algo que les interesase.

Finalmente, después de varios días transitando por olivos y eriales, llegué a los justamente celebrados restos de la antigua capital de lo que ahora es el sultanato de Al-Farna. Fui sacudido por la visión de las más estupendas ruinas del mundo: una multitud innumerable de edificios, palacios, monumentos y avenidas que parecían extenderse hasta los más remotos rincones del planeta. El tiempo, sin embargo, había convertido los más brillantes mármoles en piedras pálidas invadidas por la hiedra; los más altos edificios en guaridas para pequeños animales; las más amplias avenidas en sitios de cacería para grandes felinos. Toda la gloria del imperio reducida a románticas vistas para viajeros.

Aquí floreció una ciudad opulenta que fue el centro de un poderoso imperio. Los hombres más brillantes escribieron sus libros aquí, así como los ricos comerciantes intercambiaron los productos más magníficos de su siglo. El brillo de semejante civilización todavía nos asombra. Sus coliseos siguen siendo impresionantes, aunque la guerra y el tiempo se hayan encargado de derruirlos. Fue una civilización crudelísima que utilizó a los hombres de sus colonias como esclavos, que explotó las provincias de la manera más brutal y eficiente.
 

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Y sin embargo, en aquellas miserias afloró una filosofía de igualdad y cosmopolitanismo.

¿Pero qué queda hoy del otrora vasto dominio de París? Una oscura remembranza, un vago recuerdo. Ruinas magníficas para viajeros románticos. ¿Cómo ha podido tanta gloria hundirse en la sombra? Siglos ha que aquí hubo una Revolución y unas brillantes Luces. De la Torre Eiffel no queda nada, solo algunas descripciones en viejos libros para mi indescifrables. Del Louvre apenas la ruinosa fachada: las invasiones del Este se encargaron de llevar sus tesoros a nuevos centros de poder. Samarkanda ostenta hoy muchas de las obras que se crearon en los inicios de la civilización clásica. Otras tantas han terminado, por medio de un revivido comercio atlántico, en las ciudades andinas de reciente creación y en las selvas subsaharianas. No se podrían imaginar los franceses del pasado que los tesoros de su gloria imperial terminarían dispersados y asimilados por quienes un día dominaron cultural y políticamente.
 

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París es un recuerdo cada vez más vago de los tumultuosos siglos que nos precedieron. Ya es solo la capital de una civilización clásica más que se hunde en las tinieblas de la historia, excepto por lo que el sultán y sus sabios logran recuperar. Nosotros, en las tierras americanas, utilizamos lo que ellos han alcanzado a salvar, pues nuestras bibliotecas nunca tuvieron tantos ni tan buenos libros. Además, las del norte del continente fueron arrasadas en las guerras de religión del siglo antepasado. La fiereza de esa conflagración dejó en un estado de permanente estancamiento esa parte del mundo. En otros tiempos, habríamos aprovechado la ocasión para dominarla.

Hoy no. Y eso me lleva a otro punto. Recuerdo que los sabios musulmanes me enseñaron un ensayo francés clásico traducido por ellos al árabe contemporáneo. El autor hablaba de cómo su civilización definía la Libertad de manera diferente a la grecorromana. Decía que mientras la suya entendía, por ejemplo, que la Libertad consistía en ser dominado solo por las leyes, los grecorromanos entendían que la Libertad consistía en la capacidad de tomar decisiones sobre la guerra y la paz, entre muchas otras diferencias. Eso me llevó a pensar en qué nos distingue a nosotros de la civilización de los antiguos.

Evidentemente ya somos otros. Tenemos una civilización diferente. Interesada en el pasado, sí. Heredera de la civilización clásica, evidentemente. Una (la única) que todavía reza a Cristo, claro. Pero otra, en todo caso. La civilización antigua estaba marcada por la paradoja de ser imperial y revolucionar el mundo en nombre de la igualdad; por ser extremadamente productiva y, al mismo tiempo, ser irracionalmente dependiente de la explotación de otros. La nuestra en cambio, ya ha rechazado las vanas pretensiones de dominar al prójimo. Nuestro orgullo no las tolera. Entendemos que nuestra libertad no es auténtica si el otro no es libre también. Quizá somos aburridos, pero es el precio a pagar por nuestra tranquila civilización.

[Entrada del 19 de junio del año 2724, Bogotá, Estado Andino]

*Filósofo e investigador doctoral de la Universidad de Granada, España.

 

Tomás Felipe Molina
 
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Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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