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Cultura

Orquídeas y aguacates: sobre el origen poético de las palabras

Camilo Sarmiento Jaramillo

09/12/2018

Volumen 4 - Nº 44 dic./2018
ISSN: 2422-2216

Orquídeas y aguacates: sobre el origen poético de las palabras

Las palabras de un idioma, la mayoría de las veces, revelan el espíritu, la cultura y la manera de ver la realidad que los hablantes originarios, en su afán de crear un sistema para referirse al mundo, construyeron e imaginaron.

Las palabras son signos, y como tales remiten a algo que está fuera de ellas, que nombra las cosas atendiendo a unas características y no a otras, a unos fenómenos y no a otros.

Nuestro hermoso arcoíris español, por ejemplo, destaca el múltiple colorido de las bandas que forman ese misterioso arco que desde niños acompaña nuestras ensoñaciones. ¡Nos parece tan natural destacar el color en él! Sin embargo, si examinamos algunas lenguas romances y germánicas, solo el arco-íris portugués mantiene el énfasis en el color.

El alemán y el inglés ven que el arco aparece y desaparece por causa de la lluvia, por lo que lo llaman “arco de lluvia”: Regenbogen y rainbow, respectivamente. El italiano, contundente y feraz, convierte la lluvia en relámpago: arcobaleno. Y el poético francés solo levantó los ojos para ver el arco, por lo que prefirió destacar su lugar en el espacio, por eso lo llama “arco en el cielo”: arc-en-ciel.

Mientras que todos los ejemplos mantienen la referencia a la figura, el arco misterioso se dota de cualidades según la mirada de quien lo nombra. Cuando estudiamos el origen de las palabras, lo que según las raíces griegas llamamos el “estudio verdadero” o etimología, hay un protagonismo de la subjetividad, de la asociación libre que crea referencias, de las figuras predominantes o las imaginaciones superlativas.

Quienes hemos tratado de ver las formas que nos dicen que existen en las constelaciones entendemos perfectamente esto, pues muchas veces, más que representaciones fidedignas, son esquematizaciones difíciles de entender. En muchos casos, al indagar en el origen de las palabras, encontramos esta misma curiosidad: hay alguna asociación figurativa u onírica que le dio forma a la palabra que después usaríamos durante siglos para referirnos a una realidad particular.

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ABRAHAM MASLOW Y LA JERARQUIZACIÓN DE LAS NECESIDADES
Para Abraham Maslow  no son sólo las necesidades sociales las que corren el peligro de verse frustradas en el trabajo, sino toda una jerarquía de necesidades que se organizan del siguiente modo:
En el nivel más bajo del escalafón se sitúan las necesidades fisiológicas; A continuación, las necesidades de seguridad y las necesidades sociales; Y en el plano más elevado, la necesidad de realizarse.

Maslow resalta la importancia de crear un ambiente organizacional en el cual el individuo puede satisfacer incluso sus necesidades más elevadas en la escala jerárquica. Maslow define la autorrealización como: “el deseo de llegar a ser todo aquello en que uno es capaz de convertirse”.

Los principios de esta que teoría del hombre se autorrealiza, según Maslow serían las siguientes:

Los motivos del individuo son muy complejos y ningún motivo único afecta la conducta; más bien, son muchos los motivos que pueden actuar al mismo tiempo.

Existe una jerarquía de necesidades, por lo que, en general, las necesidades de orden inferior han de ser satisfechas al menos parcialmente, antes de que se active una necesidad de orden superior.

Una necesidad satisfecha no es un motivador. Dicho de otro modo, cuando se satisface una necesidad surge otra que la reemplaza, de forma que, en cierto sentido, el hombre siempre se halla en situación de necesitado. 
Las necesidades de orden superior pueden ser satisfechas de un modo más variado que las necesidades de orden inferior, como hemos indicado anteriormente, Maslow considera la motivación del individuo en términos de una jerarquía.

El nivel más bajo de esta jerarquía comprende las necesidades fisiológicas universales de alimentación, vestido, y vivienda. El hombre tiende a concentrarse en la satisfacción de estas antes de preocuparse de las de más alto nivel. Cuando las necesidades fisiológicas son ampliamente satisfechas, las necesidades de seguridad empiezan a dominar la conducta del hombre y a motivarlo en esta dirección. Aunque al principio esta necesidad significó exención de daño físico, más recientemente los autores incluyen otras exenciones, como la de la pérdida de empleo o de ingresos, etc.

Cuando están satisfechas las necesidades fisiológicas del hombre, y este no tiene ya temor respecto a su bienestar físico, sus necesidades sociales se constituyen en motivaciones importantes como las de su conducta, necesidades de pertenecer, de asociación, de ser aceptado por lo demás, de dar y recibir amistad y amor.

FRIEDRICH TAYLOR Y LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO

El primer teórico de las organizaciones se preocupó por la motivación fue el padre de la administración científica. La necesidad de organizar mejor el trabajo atrajo la atención de Taylor, tema al que dedicó gran parte su tiempo.

Las ideas e hipótesis básicas que constituirán el núcleo de la organización científica del trabajo son las siguientes:

  • Taylor constata que la causa de la ineficacia de las empresas es la holgazanería, es decir, la tendencia de los trabajadores a hacer lo menos posible y lo más despacio que puedan.     
  •  La hipótesis de que los intereses de la empresa y los obreros son complementarios y de que no existe ningún antagonismo entre ambas partes: el máximo de prosperidad para la administración conllevará al máximo de prosperidad para el empleado.
  •  La programación y organización del trabajo deberá ser asumida por la dirección, dada la incapacidad de cualquier obrero para la elaboración intelectual.

Una asociación de este tipo fue la que creó Teofrasto, célebre filósofo griego, sucesor de Aristóteles en el Liceo y considerado el padre de la botánica debido a una monumental Historia de las plantas, cuando quiso nombrar una flor cuya raíz consistía en dos tubérculos. Estos, por su forma y disposición, le parecieron muy similares a los testículos, por lo que usó la raíz griega que se refería a estos órganos en la creación del nuevo vocablo. La palabra griega era όρχις (orchis), y la flor, por consiguiente, desde entonces es conocida como orquídea.

Dada la antigüedad de la orquídea, cuyas evidencias más lejanas datan de millones de años, no es extraño que la palabra para designarlas provenga del griego, de la misma manera que sucede con muchísimas palabras originarias del español. En todo caso, nos quedaron otras palabras más literales y anatómicas provenientes de la misma raíz para referirse a distintas patologías de los testículos, como orquitis (inflamación de estos órganos) u orquiectomía (extirpación de uno de ellos).

Las orquídeas, sin embargo, no son las únicas que hallaron su nombre en esta asociación entre las gónadas masculinas y la naturaleza. Muchos siglos después de Teofrasto, cuando los conquistadores españoles estaban explorando las tierras americanas, se encontraron con un fruto que, por su forma, asociaron con uno que ya conocían, la pera, por lo que lo nombraron “pera americana”.

Al explorar un poco más la cultura nativa de las tierras donde se daba ese fruto, que corresponde hoy a México y donde predominaba la lengua náhuatl, se dieron cuenta de que el sonoro nombre que le daban, ahuacatl, también significaba testículo en esa lengua. La asociación de Teofrasto, que se limitaba a la forma, aquí también se refería a la manera como los frutos colgaban del árbol, que los aztecas habían asociado con la disposición de los testículos en el cuerpo masculino. Rápidamente los españoles adaptaron el nombre nahuátl y al fruto, en buena parte del territorio hispanohablante, se le conoce como aguacate hasta nuestros días.

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Pero la historia de las palabras está llena de vericuetos y caprichos, por lo que otra parte de los hispanohablantes, especialmente los de Chile, Uruguay, Argentina y Perú, llaman palta al aguacate. Aquí la raíz proviene del quechua, lengua que predominaba en el cono sur antes de la Conquista española, y se refiere a un bulto que se cargaba; algo así como un fardo. Aunque cualquier remembranza testicular ha desaparecido, persiste la idea de destacar cómo cuelgan los aguacates del árbol… Todos estos rodeos que debemos dar para llegar al origen de las palabras que usamos cotidianamente deben ponernos en guardia al estudiar la etimología como ciencia, pues el nivel de especulación puede llegar a ser muy alto y la verificación exacta, dados los múltiples sustratos históricos que supone la investigación, con frecuencia es imposible.

Esto, por supuesto, no nos impide regodearnos en el placer que significa indagar en los orígenes y entender las muchas implicaciones culturales que tiene un hecho tan cotidiano como referirnos a las cosas de unas maneras y no de otras, destacando unos aspectos de nuestras asociaciones y no otros. Después de todo, la relación entre orquídeas y aguacates parece una pura huevonada etimológica…

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