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Omnia

El Islam y el terrorismo: Una Dialéctica política desde el occidente

María Alejandra Correa Barrera

09/10/2018

Volumen 4 - Nº 42 oct./2018
ISSN: 2422-2216

El Islam y el terrorismo: Una Dialéctica política desde el occidente

Durante su campaña presidencial, el ahora Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump pidió suspender la entrada de todos los musulmanes al país.

Meses después, en una entrevista transmitida por el canal de televisión CNN, declaró creer que “el Islam nos odia”, afirmando además que era muy difícil distinguir entre la religión islámica y el terrorismo extremista. El Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF) ha declarado un alto aumento en casos de discriminación directa a musulmanes desde el atentado en París en noviembre del 2015, perpetrado por el Estado Islámico. En España, según un informe anual presentado por la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia (PCI), se reportaron 546 casos de ataques islamófobos en contra de la población musulmana que reside en el país. El mayor porcentaje de las víctimas fueron mujeres. El terrorismo, entendido como “el uso de la violencia contra intereses civiles para conseguir objetivos políticos” (Valenzuela, 2012, pág. 43), no es un fenómeno que le concierne exclusivamente al Islam, sin embargo, la creciente tendencia en dinámicas globales, especialmente en el Occidente, denota un mayor sesgo en el imaginario colectivo, bajo el cual se asocia a quienes se autodenominan como musulmanes con actos terroristas. En este ensayo me propongo problematizar esta aseveración, buscando entender las raíces y consecuencias de lo que parece ser una inclinación generalizada, y mediatizada, hacia el Islam.
 
El autor Edward Said, en su libro titulado Orientalismo (1978), explica que aquello a lo que se refiere como Oriente no parte de un constructo libre y cambiante, sino que, por el contrario, es el resultado de una imposición de un poder hegemónico e imperante, en este caso, el Occidente.  El orientalismo, como lo denomina Said, es una disciplina que parte de una visión política del mundo y se alza como una manifestación del alcance del control de los grandes imperios del siglo XIX y XX. Tanto Francia como Gran Bretaña tenían el monopolio de un poder intelectual, el cual determinaba en gran medida la producción de conocimiento que se impartía en el globo. De acuerdo con Said, los occidentales, en sus procesos colonizadores en territorios orientales, buscaron consignar una diferencia clara y radical entre un “ellos” y un “nosotros”. De este modo, le designaron una identidad propia a los orientales, que se fundamentaba en un ideal de “otredad”, a partir de la cual el hombre europeo blanco representaba al individuo racional, pacífico, dominante, lógico y capaz de imponer su concepción sobre lo que debía representar el hombre oriental, quien a su vez era el reflejo de un Oriente extraño, exótico, derrotado.
 
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El pensador del islam andalusí y destacado artista, Hasham Cabrera, establece que los países occidentales buscaron establecer una dicotomía entre Oriente y Occidente, donde el primero era el dominado y el segundo era quien dominaba. El orientalismo buscaba ratificar esta visión. En palabras de Cabrera: “Los eruditos no realizan estudios con el ánimo de conocer al otro, sino con la intención preestablecida de confirmar sus propias visiones, ya que éstas han de servir a la consolidación de la superioridad occidental” (1997). El discurso orientalista del Islam resulta particular, puesto que, según Cabrera, una porción del mundo oriental, que incluía a India, China y Japón, se h configurado para el Occidente como una región fácil de dominar. Sin embargo, el Oriente árabe era percibido como un reto político, como una zona de resistencia y de actitud beligerante. Esta visión, debido a la gran influencia occidental en el marco del saber global, se vio profundamente extendida en el mundo, lo cual ha dado lugar a la naturalización de ciertos prejuicios respecto al Oriente islámico. Este sistema fue utilizado como una herramienta política, cuyo propósito era el de justificar procesos imperialistas en estos territorios, “puesto que se reforzaba así la idea de que los pueblos de estas regiones estaban sumidos en una especie de barbarie y que Europa tenía el deber de redimirlas para la civilización” (Cabrera, 1997).
 
Aquello que Cabrera propone resulta interesante de analizar a la luz de eventos que han tomado lugar en el siglo XXI. La invasión de Irak en el 2003 ha sido un suceso político que ha generado bastante controversia, principalmente debido a que se han puesto en tela de juicio las intenciones de Estados Unidos al invadir este país del Medio Oriente. En el 2008 el ex presidente George Bush afirmó que la guerra en Irak era “justa, noble y necesaria”, no solo para erradicar células terroristas en ese país, sino para establecer una verdadera democracia en la región. Se podría afirmar que el discurso occidental de Bush es simplemente la reproducción de una estrategia imperial que tuvo origen varios siglos atrás. Si bien se ha criticado la justificación de la administración de Bush para invadir Irak, lo cierto es que la invasión partió de una noción que posicionaba a Estados Unidos como un país benevolente, poderoso y liberador, cuya misión consistía en auxiliar a Irak, despojando a esta nación de un líder autocrático, y controlando a su vez su transición a la democracia. De igual forma, en gran parte debido a la cobertura mediática de la guerra en Irak, se siguió nutriendo un proceso de estigmatización al Islam y a los musulmanes, proceso que tuvo un catalizador puntual: el ataque del 11 de septiembre del 2001 al World Trade Center y al Pentágono. 
 
En un estudio publicado en European Scientific Journal, titulado “The Framing of International Media On Islam and Terrorism”, se establece como desde los ataques del 11 de septiembre, los medios internacionales han tendido a representar negativamente al Islam en sus publicaciones, asociándolo generalmente con conceptos como guerra y terrorismo. El análisis se realizó a partir de 109 noticias publicadas en Times y The Economist, ambos medios occidentales. Se llegó a la conclusión de que la mayoría de artículos periodísticos se construyeron en base a cuatro encuadres o enfoques específicos, tres de ellos negativos: el Islam como potenciador de actos violentos; el musulmán como terrorista; la catástrofe que implica un liderazgo político en países; por último, la posible reconciliación entre Palestina e Israel. El tono que caracteriza al cubrimiento de estas noticias, además de los claros enfoques, demuestra que los medios internacionales siguen proyectando una visión peyorativa del Islam, posibilitando la generalización de estereotipos que podrían culminar en discriminación para musulmanes, especialmente en países occidentales.
 
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El investigador Khalid Sultan establece que esta tendencia mediática no ha sido aprovechada solo por líderes políticos, sino también por grupos extremistas que han surgido desde la muerte de Osama Bin Laden: “Two groups primarily benefits from media-terrorists relations on Muslims: Firstly, Islamic extremist groups themselves that have appropriated Islamic texts and concepts and tailored them into a mantle of religious legitimacy for bloodshed and second, West's growing far-right” (Sultan, 2016). Al-Qaeda en Irak, grupo terrorista fundado por Abu Musab al-Zarqaui, desde sus inicios utilizó la plataforma que le ofrecía los medios para catapultarse a nivel global. Al-Zarqaui se apropió de los estereotipos asociados a los grupos islámicos extremistas y empezó a representar una imagen incluso más violenta y bárbara que la que Bin Laden proyectaba, configurando así un proyecto islamista global. ¿Con qué objetivo? De acuerdo con Elvira Valenzuela Vilá, de la Universidad Tecnológica Metropolitana, el islamismo tiene como propósito “sembrar el odio al Islam en todos los países occidentales para que los creyentes islámicos se sientan discriminados, atropellados y perseguidos, y pasen a engrosar las ya grandes filas de simpatizantes con que cuenta Al Qaeda y otras organizaciones terroristas” (2012, pág. 49). Los medios generalizaron esta imagen como el único rostro del Islam, mientras que quienes no profesaban ser radicales o yihadistas fueron denominados como seguidores de un Islam moderado, lo cual de acuerdo con Sultan, ha resultado contraproducente para musulmanes, puesto que quienes cometen actos terroristas se han alejado drásticamente de los principios del Islam.
 
La comunidad internacional ha asumido que el islamismo es equivalente al terrorismo, lo cual no sólo ha facilitado la vinculación del musulmán con el terrorismo, sino que ha logrado que los esfuerzos del Occidente se centren en la erradicación del terrorismo, en vez de las circunstancias estructurales que permiten la gestación y consecuente desarrollo del islamismo político. Esta lucha, liderada por Estados Unidos, en contra del que ha sido constituido como enemigo global, el terrorismo internacional, se basa en una visión casi que cristiana de la realidad, en la existencia de un bien y un mal. Asimismo, esta concepción es el resultado de la reducción del fenómeno moderno del islamismo exclusivamente a las prácticas designadas como terroristas, que tan solo son uno de los mecanismos utilizados por aquellos que buscan una revolución en el orden mundial. Al considerar el islamismo como terrorismo ha habido un desentendimiento de la verdadera naturaleza de dicha ideología, que hace uso de elementos políticos, pero que cobra fuerza a partir de una aproximación cultural y religiosa a su proyecto revolucionario. Sobre esto, Valenzuela afirma que “el terrorismo internacional es un predicado de un sujeto. Este sujeto es el islamismo. Confundir el sujeto con el predicado es solo un error gramatical, pero confundir el uno con el otro en el marco determinado por una declaración de guerra puede ser simplemente nefasto” (2012, pág.50).
 
En el artículo “Terrorism-A Cultural Phenomenom?”, la investigadora Ana Serafim explica que las históricas diferencias culturales entre el Occidente y el Oriente árabe han culminado en lo que actualmente es una era de sospecha o desconfianza cultural. Afirma que hoy en día domina esta ideología islamista, la cual es una práctica totalitaria que toma elementos del Islam, pero que “en esencia, el islamismo es antiislámico” (Mires, 2005, pág. 8). En últimas, este islamismo es una versión retrograda y distorsionada de la fe islámica, por lo que es necesario marcar una distinción: “Militant Islamism derives from Islam but is a misanthropic, misogynist, triumphalist, millenarian, anti-modern, anti-Christian, anti-Semitic, terrorist, jihadist, and suicidal version of it” (Serafim, 2005). Para empezar, Serafim explica que el islamismo conlleva una agenda política, mientras que el Islam implica un sistema de creencias y un código de conducta, representa un estilo de vida, una forma de ver el mundo y un movimiento social para transformaciones históricas. El problema de esta distinción radica en la falta de visibilidad que ha tenido. Serafim asevera que hay un continuo distanciamiento entre musulmanes y la cultura occidental, y entiende al terrorismo como uno de los principales agravantes de esta brecha.
 
Es común ver que en los encabezados de noticias se vincule actividades terroristas islamistas con el denominado Islam fundamentalista; empero, estos conceptos no son interdependientes. El fundamentalismo religioso tradicional “es una doctrina que se basa en textos, y desde una perspectiva religiosa es conservador, tradicionalista y ortodoxo” (2012, pág. 43) cuyo pilar central es el de “regresar - la palabra lo dice - a los fundamentos religiosos de los libros sagrados” (Valenzuela, 2012, pág. 43). Casos como el de Irak y el del ataque a Afganistán, son claros ejemplos del Occidente utilizando métodos violentos para alcanzar sus propios fines políticos ulteriores. El islamismo, al ser una estrategia para alcanzar objetivos políticos, utiliza el discurso fundamentalista de la religión islámica de modo selectivo.
 
El islamismo moderno es una respuesta ideológica a estos acontecimientos, los cuales se siguen alzando a partir de una tendencia orientalista. Estas dinámicas, sumadas a la concepción del musulmán como un “otro”, que se configura a la luz pública como el enemigo, ha posibilitado la existencia del islamismo: “Los terroristas islámicos son productos occidentales, hijos de una modernidad sin la cual ellos nunca habrían existido. El islamismo armado ha escogido la alternativa del terrorismo (entre otras) para iniciar la destrucción del enemigo de Dios en sus propios centros de residencia” (Valenzuela, 2012, pág. 44).  El islamista percibe al occidental como una amenaza para su lógica religioso-cultural, es decir, para su identidad colectiva.
 
Es menester mantener una línea diferenciadora entre el Islam y las prácticas terroristas que se hacen en nombre del Islam, puesto que de este modo se puede aislar a los terroristas y debilitar sus redes globales. De igual forma, es importante repensar las formas en que culturas no-musulmanas se aproximan a musulmanes, puesto que de igual forma la radicalización es un fenómeno que debe ser abordado como estrategia para acabar con grupos terroristas. Hay que entender el terrorismo como síntoma de un problema estructural, que se refuerza a partir de actos discriminatorios y opresivos en contra de la totalidad de una población religiosa: “Comprehending both the conditions that provoke terrorism as well as the ideological and cultural objectives that guide the terroristic response to these conditions will make us better prepared to understand the reasons for terrorism and to fight against it” (Serafim, 2005).
 
A manera de conclusión quisiera establecer que el discurso islamófobo, enraizado en una visión monolítica e históricamente hegemónica del Islam, ha potenciado la polarización de nuestra sociedad global. Como fue expuesto anteriormente, las supuestas verdades imperantes en el Occidente acerca del mundo árabe y musulmán, han sido resultado de un intento por dominar una cultura, por codificarla y definirla, para así someterla. Los actuales estereotipos en los que el imaginario colectivo ha reducido a quienes siguen el Islam se han nutrido de agendas políticas, de encuadres mediáticos y de las acciones de una minoría terrorista que se ha distanciado de los principios de la religión que dicen profesar. La difusión del islamismo ha opacado la verdadera noción del Islam, por lo que considero que es deber de quienes tenemos la posibilidad de arremeter en contra de visiones polarizantes y discriminatorias de una comunidad religiosa, intentar gestar un cambio de paradigma a partir de un enfoque cultural y educativo.    
 
 
Referencias                                                                                                                           
  • Cabrera, H. (15 de marzo de 1997). “Orientalismo: en torno al discurso de Edward Said”. Recuperado de: https://www.webislam.com/articulos/18026-orientalismo_en_torno_al_discurso_de_edward_said.html
  • Hayati Yusof, S.; Hassan, F.; Hassan, S.; Osman, N. (2013) “The Framing of International Media On Islam and Terrorism”, en European Scientific Journal. Vol. 9, No. 8
  • Mires, F. (2005). El Islamismo. La Última Guerra Mundial. Lom Ediciones: Santiago de Chile. Said, E. (1978). Orientalismo. Pantheon Books: Nueva York.
  • Serafim, A. (2005). “Terrorism- A Cultural Phenomenom?”, en Connections. Vol. 4, No. 1
  • Sultan, K. (2016) “Linking Islam with Terrorism: A Review of the Media Framing since 9/11” en Global Media Journal: Pakistan Edition. Vol. 9, No. 2
  • Valenzuela, E. (2012) “Terrorismo y fundamentalismo”, en Revista Chilena de Economía y Sociedad. Vol. 5, No. 1-2: págs. 41-51

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