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Omnia

¿La economía colombiana no va bien? Por lo menos no para todos.

Leonardo Rojas

Entre alevosías y efemérides, los tecnócratas han venido elogiando el comportamiento económico colombiano, atando todos sus criterios al globo del crecimiento económico, que en los últimos años ha sido en promedio del 4,3%. Sin embargo, este crecimiento se ha venido construyendo de la mano de condiciones macroeconómicas muy complejas: balanza de pagos negativa, explicada en gran medida por una cuenta corriente negativa; y con una cuenta de capitales y financiera positiva (con mucho menor impacto sobre el resultado de la balanza), pero con ingresos de capital con tendencias claras hacia la especulación.

Por otro lado, la desigualdad en términos del ingreso se agudiza. En la medida en que la participación de los salarios en el PIB viene cayendo, el sistema de protección social, constantemente desarticulado, contribuye a que los hogares destinen gran parte de sus ingresos al pago de lo que se considera como servicios públicos y a bienes básicos. Además de ello, la creciente tasa de informalidad laboral, que supera el 60% de las personas empleadas, que condena a dichas personas en general a ser excluidas de la seguridad social.

En síntesis, la economía colombiana ha venido creciendo de manera muy frágil, exportando una parte importante del ingreso producido hacia las casas matrices de las multinacionales instaladas en el territorio nacional (balanza de pagos negativa); pero además acrecentando la desigualdad, en detrimento de la mayoría de colombianos.

En primer lugar, el producto colombiano se ha caracterizado, en los primeros años del siglo XXI, por una caída de la producción de la industria manufacturera en la participación del total de la producción; mientras que la  explotación de minas y canteras ha venido tomando fuerza. En el gráfico 1 se puede observar este cambio hacia la reprimarización de la economía,  principalmente a partir de 2007. Sin embargo, dicho cambio se ubica en concreto en la extracción minero-energética, ya que, entre 2001 y 2012, se puede apreciar cómo la producción agrícola ha venido perdiendo participación. Por otro lado la participación del sector financiero en la producción nacional es la más alta y además con tendencia creciente en los años observados, fenómeno muy importante para el análisis. 

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* Fuente: Construcción propia. Datos: Banco de la República

Si se revisa el comportamiento del crecimiento de cada una de las ramas de actividad de la producción en los últimos años, encontraremos que la explotación de minas y canteras tiene tasas de crecimiento real altas a partir de 2007; mientras que las industrias manufactureras comienzan a tener crecimientos negativos en este año, y hasta 2012, sin recuperarse del todo. Por otra parte, dentro de los crecimientos promedio más elevados se encuentran los de los establecimientos financieros, seguros, actividades inmobiliarias y servicios a las empresas, que además presentan un crecimiento estable y con tendencia a aumentar.

A partir de lo expuesto, se puede afirmar, a primera vista, que la economía colombiana depende en gran medida del sector financiero y que además la extracción minero-energética ha venido aumentando su participación; esto en relación a todas las gabelas proporcionadas por los gobiernos de turno, mientras que la industria manufacturera ha venido perdiendo espacio en la producción nacional. Por tanto, puede describirse el crecimiento de la economía colombiana como asociado a la producción de materias primas, al sector especulativo y con una baja producción de valor agregado.

Balanza de pagos deficitaria

En el año 2012, el profesor Álvaro Moreno Rivas (Economía colombiana: no tan bien como la pintan) publicaba un artículo en que mostraba por qué la economía colombiana no iba tan bien como la pintaban, concluyendo que “el patrón colombiano se parece más claramente al de Grecia y de España que al de Alemania y Francia: la economía efectivamente ha crecido a tasas importantes durante los últimos 10 años, pero ello ha estado acompañado con un déficit persistente de la cuenta corriente o balance externo” (Moreno Rivas, 2014). Con lo cual hacía evidentes las debilidades del crecimiento económico colombiano. Hasta el momento parece que la situación no se ha modificado. Por el contrario, continuamos con una balanza de pagos deficitaria explicada en gran medida por el déficit en cuenta corriente, que refleja el crecimiento de los egresos por concepto de utilidades, dividendos e intereses de la deuda externa, que ha sido en promedio, según datos del Banco de la Republica, de US$ 17.411 millones de dólares en los últimos cuatro años.
 

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El profesor Moreno (2014) ubicaba su preocupación en la posibilidad de caer en una crisis de balanza de pagos, asociada principalmente al déficit en el balance externo (cuenta corriente). Sin embargo, otro punto importante por analizar dentro del panorama deficitario de la balanza de pagos es la cuenta de capitales que, si bien registra un comportamiento positivo, se ha caracterizado por una inversión extranjera que, durante los últimos años, ha empezado a trasladarse de la IED hacia la inversión en cartera. Esto se ha hecho más prominente en los flujos financieros de corto plazo, lo cual puede verse en los gráficos 2  y 3 respectivamente.

 

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*Construcción propia. Datos: Banco de la República

Esto es un carbón más que se agrega a la brasa, ya que la inversión en cartera está relacionada directamente con la especulación y tiene un comportamiento bastante volátil. Lo cual, sumado al déficit en cuenta corriente, ubica a la economía colombiana en fragilidad frente a una posible crisis de la balanza de pagos.


Desigualdad reproducida macroeconómicamente

Mientras los funcionarios se vanaglorian de los resultados del crecimiento económico, sin hacer referencia al balance del sector externo, la desigualdad económica se reproduce a través de las políticas que han venido desarticulando el sistema de protección social; de las dirigidas al mercado laboral, que van en detrimento de los trabajadores y, por supuesto, de los aumentos salariales que no alcanzan a mejorar la participación de los trabajadores en el producto total.
 

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En este orden se puede percibir, de manera más contundente, que el crecimiento inestable de la economía colombiana se complementa además con un crecimiento del beneficio percibido por los detentores del capital, en detrimento de quienes no poseen más que su fuerza de trabajo. De tal manera, la participación de los salarios en el PIB ha venido cayendo, lo cual resulta contradictorio con la promesa de que el crecimiento económico per se mejora la vida de todos; pues lo que muestra, en cambio, es que el crecimiento descrito anteriormente sí resulta ser redistributivo, pero con un carácter regresivo (ver gráfico 4). *Construcción propia. Datos: DANE
 

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Por otro lado, el carácter de redistribución que acompaña este crecimiento económico no aduce ningún criterio de justicia, en la medida en que la brecha entre productividad y salario real ha venido acrecentándose, tal como lo muestra el grafico 5. Llevándonos a cuestionarnos, por supuesto, sobre el funcionamiento de la economía. Si se supone, pues, que a través del mercado los dueños de los factores reciben lo merecido por su aporte a la producción, por qué, mientras el índice de productividad del trabajo aumenta, el índice del salario real no crece en la misma proporción, haciendo que esta brecha se dilate notablemente: ¿Quiénes están haciendo mal su trabajo?

Además de lo anterior, la desarticulación de la protección social y la informalidad, que supera el 60% de la población empleada, son condición para que los hogares tengan que destinar una parte cada vez más alta de su salario para poder acceder a servicios públicos y derechos que deberían ser garantizados, o que otrora lo fueron.
 

El país cuenta, según la Misión para el Empalme de las Series de Empleo, Pobreza y Desigualdad (Mesep), con un coeficiente de Orshansky de 2,9[1]. Así lo expone Roberto Angulo (2011) en La medición de la pobreza en Colombia: respuestas al debate, cifra que supera claramente el promedio latinoamericano. Ello implica que la población colombiana dedica una gran parte de su ingreso para el gasto en alimentos. Pero ya que una gran porción de trabajadores no tiene seguridad social, debe destinar parte de este para acceder a derechos como salud y educación. De donde puede inferirse un claro detrimento en la vida de los colombianos, pues no solamente se gastan un gran porcentaje de su ingreso en alimentos, sino que además pagan por derechos a los que se accede solo de esta forma (puesto que la gran mayoría no labora en la formalidad).


Como si lo anterior fuera poco, la distribución del consumo de los hogares refleja que los derechos, como salud y educación, más los servicios públicos ocupan el 40% del total del consumo doméstico para el año 2012. Así que los hogares colombianos destinan 60% de su consumo para sobrevivir; es decir, sumando a esto el consumo en alimentos y bebidas no alcohólicas, descubrimos que la economía colombiana condena a un gran porcentaje de trabajadores a gastar un monto bastante alto de sus ingresos en la subsistencia.


Podemos concluir que la economía colombiana tiene tres características fundamentales en la actualidad: primero, su crecimiento está ligado a la reprimarización y anclado al fortalecimiento del sector financiero; segundo, dicho crecimiento va de la mano de una balanza de pagos deficitaria, que registra una salida altísima de dinero por concepto de utilidades de las multinacionales instaladas en el país y del servicio a la deuda; y tercero, se ha complementado con un detrimento de los trabajadores colombianos, que día tras día tienen menor participación en el producto total; pero que, además, están condenados a la supervivencia, en vez de la posibilidad de tener una vida digna.



[1] El coeficiente de Orshansky es un indicador que muestra la proporción del ingreso de las familias que se destina para el gasto en alimentos. El coeficiente se relaciona con la ley de Engels, la cual dice que, a medida que el ingreso aumenta, la proporción de este destinado a la compra de alimentos disminuye. Por tanto, dado que el coeficiente de Orshansky colombiano es muy alto en relación al  promedio latinoamericano, que es de 2,4, esto refleja condiciones de pobreza más agudas que las registradas por las mediciones actuales de pobreza que utilizan el promedio latinoamericano.

Bibliografía

Angulo, R. (9 de Octubre de 2011). La medición de la pobreza en Colombia: respuestas al debate. Obtenido de razónpública.com 

Moreno Rivas, Á. (5 de abril de 2014). razónpública.com. Obtenido de razónpública.com 

Pulido, J. D. (2011). Análisis de estabilidad a partir de la estimación de un modelo de desequilibrio keynesiano para la economía colombiana. Bogotá, Colombia: Universidad Nacional de Colombia.  


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