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Editorial

Alberto José Campillo Pardo

Las Historia está poblada de objetos misteriosos que despiertan nuestra imaginación y que nos hacen soñar con mundos mágicos donde todo puede suceder. Talismanes, sarcófagos, antiguos oráculos, tesoros legendarios y reinos perdidos, son solo algunos de ellos. Sin embargo hay un género de objetos que no solo ha generado fascinación y deseo, sino también odio, repulsión y miedo. Me refiero por supuesto a los libros.

La escritura  ha estado presente en la historia de la Humanidad desde el principio de la misma, y decimos el principio, pues es la escritura la que determina la existencia de la Historia. Todo lo anterior a la escritura es considerado Prehistoria. Los primeros registros escritos de los que se tiene noción llegan hasta nosotros desde el año 2.600 a.C., en la civilización sumeria.  Esta escritura, llamada Cuneiforme por el carácter de sus caracteres, se encuentra grabada en tablillas de arcilla, y su narración varía desde cuentas e inventarios de grano en las antiguas ciudades sumerias, hasta historias fantásticas e seres divinos llamados los Anunnaki.

Sin embargo, no sería sino hasta la invención de  medios de escritura más duraderos, cómo el papiro, el papel y la tinta, que la palabra escrita tomó toda una nueva dimensión, y propició el desarrollo y almacenamiento del conocimiento. En el Antiguo Egipto se desarrolló el papiro como medio de escritura, el cual era fabricado de las fibra de la planta con el mismo nombre, que crecía a las riberas del Rio Nilo. Famosos son hoy en día los papiros con textos jeroglíficos, que cuenta la historia de esta gloriosa civilización y que nos hablan de sus prácticas y cultura. Tanta importancia daban los antiguos al conocimiento almacenado en estos rollos de papiro, que en la antigua Alejandría, fundada por el mítico Alejandro Magno, al ser el puerto de entrada a Egipto, se daba el lujo de decomisar todos los rollos de pergamino que venían en los barcos de comercio, para hacerles una copia, dando nacimiento así a una de las maravillas del mundo antiguo: la Biblioteca de Alejandría.

Los libros empiezan a tomar en la Historia una relevancia cada vez mayor, pues empezaron a representar no solo  conocimiento, sino poder. La habilidad de comprender y expandir la palabra escrita se convirtió en una herramienta política y religiosa. Esto se vio impulsado por la creación de la imprenta moderna en Occidente, en 1440, a mandos de Johannes Gutenberg. “La imprenta y lo impreso, desde su invención, se consideraron como  logros de gran valor. Pero, también, desde un comienzo, fueron para  muchos  una  amenaza que debía controlarse y encausarse” (Restrepo, 2014), y esto fue especialmente cierto con durante los seis siglos de existencia del tribunal de la Inquisición y su lucha contra la herejía, ya fuses en forma de magia o de posturas opuestas al Catolicismo.

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El Tribunal de la Inquisición de Cartagena es de vital importancia para el tema que nos compete, los libros, pues  al ser el principal puerto de entrada a América del Sur, Cartagena era el punto de llegada de todo tipo de mercancía, incluyéndolos. Es por esto, y teniendo en cuenta la misión de la Inquisición Americana de blindar los territorios de ultramar de la entrada de herejías, que una de las funciones principales del Tribunal era asegurarse que los comisarios de los puertos examinaran los libros que entrasen, de manera que no hubiera entre ellos alguno prohibido según los índices de la Inquisición “a fin de que por este camino no se sembrase mala doctrina en estos reinos, procediendo con rigor y escarmiento contra los que cerca de ello se hallasen culpados” (Medina, 1952).

Y es que al Nuevo Reino de Granada llegaban obras heréticas camufladas entre vidas de santos, misales y biblias. Y es que en general, la Inquisición buscaba libros que pudiesen contener algo en contra de la fe. Es por esto que el Tribunal, a través de las instituciones seculares, buscaba recoger y expurgar los libros que tenían estos contenidos. Los motivos de esta censura podían ser religiosos o políticos, por lo que las temáticas censuradas variaban al igual que los castigos de quienes traficaban o publicaban estos textos.

Muestras de esta censura se pueden encontrar en el Archivo Histórico de la Universidad del Rosario, el cual cuenta con 9000 volúmenes de ediciones impresas en Europa entre los siglos XV y XIX componiendo una valiosa colección formada durante la era colonial, en donde la mano del inquisidor ha expurgado de manera indolente algunos apartes de libros que eran considerados peligrosos para la Iglesia en esa época.  Así por ejemplo, encontramos una edición de 1573 de las Décadas de Tito Livio, donde se censuran versos de Erasmo de Rotterdam, que se encuentran en la parte introductoria del libro. Así mismo, se censuran los textos de Juan Velcurioni, y encontramos anotaciones a mano que afirman: “Juan Velcurioni es un autor condenado; sin embargo su obra se autoriza previa depuración”. Más adelante, en las páginas previas, al comenzar el estudio  de Juan Velcurioni, vuelve a repetir, en latín, al pie de su nombre: “Autor condenado”. Y un poco después, repite: “El autor está condenado. Su obra está hasta ahora prohibida a no ser que sea expurgada”.

Pero en este Archivo no encontramos solo censura. También encontramos tesoros increíbles, como lo son los nueve libros Incunables Universales y otros 50 por extensión[1], que se esconden en sus anaqueles, impresos con las primeras imprentas de Europa. Entre ellos podemos encontrar reflexiones filosóficas, jurídicas y teológicas, entre las que se puede percibir la esencia intelectual de Occidente. (Sobre estos libros y otras curiosidades de esta biblioteca antigua se puede consultar aquí)

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El hecho de que la Biblioteca Antigua de la Universidad guarde este tipo de material habla de la tradición librera de la institución. Actualmente la Universidad cuenta con un sistema de bibliotecas que tiene 4 sedes. La principal es la Biblioteca Antonio Rocha Alvira, ubicada en el Claustro de la Universidad; esta biblioteca cuenta con una sala especializada en administración y ciencias económicas así como una hemeroteca, salas de lectura general y salas de estudio. Así mismo tiene bibliotecas en la sede Quinta de Mutis enfocada a las ciencias de la salud;  en la sede complementaria con material especializado para la Facultad de  Administración; y una cuarta sede en el Hospital Universitario Mayor, especializada también en ciencias de la salud (Más información disponible aquí).

Es por esto que este, el mes del libro y ad portas de la Feria Internacional del Libro en Bogotá, queremos invitar a todos nuestros lectores a acercarse a estos objetos misteriosos, que generan los más disímiles sentimientos, y que pueden transportarlos a mundos fantásticos, otorgarles poderes mágicos, darles la sabiduría de los antiguos o simplemente proporcionarles horas de incomparable entretenimiento. Porque un libro es un mundo en sí mismo, donde se encuentran los pensamientos y posturas de su autor, con aquellos de sus lectores, permitiendo el crecimiento intelectual de nuestra sociedad.



[1] Los libros denominados “Incunables Universales” son los primeros libros impresos, durante los primeros 60 años de la imprenta en Occidente, es decir anteriores a 1500 d.C. Los denominados “Incunables por extensión” son aquellos publicados en la primera década del siglo XVI, y que no alanzan a entraren el periodo de los Incunables Universales, pero al ser su fecha de publicación tan cercana a la de estos, se los considera incunables “por extensión”.


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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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