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El mapa de Ebstorf: una guía medieval de viajes

Tomás Felipe Molina

Las guías de viaje son indispensables en mis recorridos por el mundo. Me indican dónde puedo comer y dormir, qué atracciones puedo visitar, de qué peligros debo cuidarme, qué rutas son más cómodas, qué medios de transporte debería utilizar, etc. De hecho, siempre que voy a otro país compro alguna guía para planear mi itinerario, elegir hoteles, restaurantes y demás. Hoy, sin embargo,  quiero hablarles sobre una guía medieval de viajes: el mapa de Ebstorf (Mapa 1). 

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Mapa 1

Que haya guías medievales de viajes puede sorprender a algunos. La mayoría supone que la gente de la Edad Media nunca salía de su comarca. Quizá por nuestra educación escolar creemos que las comunidades medievales vivían aisladas las unas de las otras y que los contactos entre ellas eran mínimos. Sin embargo, eso no es cierto. Quien revise las biografías de los académicos medievales, por ejemplo, se encontrará con que viajaban extensamente por Europa y dictaban clases en Italia, Francia, Inglaterra, Alemania o España. Tomás de Aquino, por mencionar a uno cualquiera, estuvo en París, Colonia, Nápoles, Orvieto, Roma y Viterbo, entre otras. Y quien revise las biografías de los grandes guerreros también sabrá que estuvieron luchando por toda Europa y Tierra Santa.

Pero no solo los académicos y los nobles caballeros viajaban. La gente común también conocía el mundo allende la comarca. Los medievales creían que las peregrinaciones tenían una gran utilidad para el bienestar de su alma y de su cuerpo, así que viajaban cuando podían a los sitios que consideraban importantes por sus reliquias o por su historia sagrada. No era infrecuente, por tanto, que un campesino próspero visitara a Santiago de Compostela, Roma o Jerusalén.

Pero la gente común no solo viajaba por razones religiosas. También había razones mundanas. Por ejemplo, los músicos y poetas viajaban por Europa buscando algún rico patrón. Los comerciantes buscaban mercados en sitios lejanos y, aunque no todos eran Marco Polo, sí era común que, por ejemplo, los banqueros italianos tuviesen una sede en París o en Barcelona, o que los comerciantes de la Liga Hanseática tuviesen contactos en Sicilia, Bizancio y Kiev. Es evidente, por tanto, que académicos, comerciantes, campesinos y caballeros acostumbraban a viajar.

No obstante, ubicarse espacialmente en sitios que no conocemos es una tarea complicada. También hay otra dificultad: no sabemos dónde hay un lugar para dormir, qué tan hostil o amable es la gente, qué animales salvajes nos pueden atacar, etc. Por supuesto, podemos pedirles consejo a otros viajeros, pero tampoco vendría mal una guía de viaje que nos ayude a prepararnos para la travesía. Y el mapa de Ebstorf sirve precisamente ese propósito.

El mismo Gervasio de Tilbury, su creador, nos dice que “puede verse que este mapa es de no poca utilidad para sus lectores, dando direcciones a los viajeros de las cosas más placenteras en el camino”. Sin embargo, para nosotros los modernos no son claras cuáles son las direcciones de las que habla Gervasio. Y eso es apenas natural. Los mapas medievales pueden leerse también como una enciclopedia, como una descripción general de la Creación, como un símbolo de poder, o como una historia del mundo. Pero bastan unas indicaciones sobre cómo interpretar el mapa, para ver que también es una excelente guía de viajes.
 

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Mapa 2

Gervasio intenta darnos una mirada de pájaro del mundo. Nos quiere mostrar qué es lo importante, qué lugares deberíamos visitar y con qué obstáculos nos podemos encontrar en el camino. Para empezar, evidentemente lo más importante está en el centro: Jerusalén. Todo el resto del mundo está orientado hacia esa ciudad. Y quizá por eso para nosotros es inicialmente difícil hallarle sentido al mapa. Estamos acostumbrados a que el centro del mundo sea Inglaterra (Mapa 2) y a que el Norte esté arriba y el Sur abajo. Pero esas son apenas convenciones históricas. En el mapa de Ebstorf, el autor decidió que el Oriente estuviese arriba, el Occidente abajo, el Norte a la izquierda y el Sur a la derecha.  Una vez entendidas las convenciones de Gervasio, el mapa empieza a tener más sentido (Mapa 3).

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Mapa 3

Supongamos que alguien quiere viajar de España a Jerusalén por vía marítima. El mapa le indica todas las islas principales del Mediterráneo, con pequeñas descripciones de cada lugar. Así pues, después de unos días de navegación, nuestro viajero sabría que podría descansar en Sicilia o Creta. Una vez en Tierra Santa, las convenciones del mapa señalan qué otras ciudades importantes hay, dónde hay castillos, etc. También nos muestra cuál es el animal que usaremos como transporte en Palestina: el camello. Información toda muy útil para el viajero del siglo XIII.

Pero Jerusalén no es la única maravilla de Asia. Para los europeos del siglo XIII, ese continente estaba lleno de riquezas inmensas y reinos maravillosos. Por ejemplo, en la parte de arriba, justo al lado izquierdo de la cabeza de Jesucristo, está el Edén, aunque rodeado de impenetrables murallas. Abajo, a la izquierda del Edén, está China, aunque también rodeada de murallas o montañas. Quizá son el Himalaya. Afuera del país hay dos hombres desnudos recogiendo los frutos del gusano de la seda. De tal modo, la guía de viaje nos dice: “si quieres llegar a la China, debes prepararte a escalar montañas; empero, puedes conseguir seda sin tener que entrar propiamente a China”.

Ahora pasemos a África. Se encuentra en la parte derecha del mapa. Es obvio que la costa no está representada de manera precisamente rigurosa o científica. Y sin embargo, eso no es lo importante para los viajeros. Lo que el viajero quiere saber es qué cosas interesantes se pueden encontrar, qué clase de gente hay, dónde está, etc. Por ejemplo, hay una maravilla ubicada al sur de Marruecos: el jardín de las Hespérides, i. e., el equivalente pagano del Edén. Llegar allí, empero, es muy difícil. Hay una cadena montañosa que lo impide por el Norte, mientras que por el Oriente hay toda clase de animales peligrosos que cierran el paso: las hienas, el leopardo, las panteras, los reptiles voladores, etc. Más hacia el oriente del jardín nos encontramos con la raza de hombres que no sabe usar el fuego, que no conoce el lenguaje y que posee las más primitivas armas: los trogloditas. En otras palabras, la guía de viaje nos está diciendo: “no te aventures hacia el sur de África, a menos de que sepas defenderte de los cocodrilos, los leopardos, las quimeras y los trogloditas”.
No es que Gervasio fuese un oscurantista que se inventaba narrativas racistas sobre África. En realidad, solo estaba reproduciendo lo que los autores clásicos habían dicho sobre tal continente. Plinio el Viejo, por ejemplo, nos dice en su Historia Natural que, en el interior de África, atravesando vastos desiertos, nos encontramos con los trogloditas “que cavan huecos en la tierra y los usan como casas; la carne de las serpientes es su comida; no tienen voz articulada, sino solo una especie de ruido; y están pues completamente destituidos de cualquier lenguaje”[1]. Por otra parte, nos cuenta también que hay una tribu cuyos miembros “no tienen cabezas, pues sus bocas y ojos están en sus pechos”. Exactamente lo mismo nos decía Gervasio con su mapa.

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(Mapa 4)

Si el viajero se aventura tan lejos y logra sobrevivir, al final se encontraría con el Océano que rodea el mundo. Allí podría embarcarse y volver a Europa. Hay que decir, no obstante, que la creencia en un océano que rodeaba al mundo tampoco era un invento medieval. Aquí Gervasio también bebía de las fuentes geográficas clásicas. Homero, quien para los griegos era el padre de la Geografía, mostraba un mundo circular rodeado por un solo océano gigantesco, en la famosísima descripción del escudo de Aquiles.(Mapa 4).

El mapa de Ebstorf es una maravillosa combinación del conocimiento antropológico, científico, zoológico y político de la época. En un mundo sin fotografías y sin videos, representaba de manera magnífica el extraño mundo medieval. Allí se encuentran los abrasadores desiertos, las quimeras y esfinges clásicas, los hombres con cabeza de perro, las cadenas montañosas, los ríos que bañaron a Jesús y a Alejandro, y hasta el mítico Edén. Pero, aparte de eso, nos señalaba qué lugares interesantes hay en el mundo y qué peligros nos podríamos encontrar en el camino. En eso no se diferencia mucho de las guías turísticas actuales.

Quizá use el mapa de Ebstorf en mis próximos viajes. Solo espero que los trogloditas no me devoren como a una serpiente, o que pueda escalar las montañas que impiden la entrada al paraíso perdido.

 



[1] Borges se hace eco de estas descripciones en El inmortal: “Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsínoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro”.


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