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Vicios inadvertidos en la construcción institucional del Estado

Ricardo Andrés Roa-Castellanos

¿Asumiría Ud. si no es profesional de la ingeniería de petróleos o geólogo la planeación y diseño de la exploración y perforación de los pozos petroleros nacionales, actividad de la que depende en gran medida la economía de su país?

¿Dejaría la salud de su familia a cargo de un ingeniero civil, un filólogo o un politólogo?, ¿Confiaría sus negocios, derechos de propiedad, y la creación de leyes, a cargo de corruptos, ladrones u homicidas? ¿Dejaría la suerte de los animales o ecosistemas de la nación en manos de movimientos activistas violentos o personas tan ambiciosas que no tendrían reparo en delinquir para aumentar su riqueza o la de sus familiares? ¿Cree lógico que un profesional, habiendo sido docente por apenas un par de semestres, tenga el perfil para dirigir un ente que coordina la investigación científica de una nación?

Esas preguntas, duras pero necesarias, cuya contestación por sentido común parece obvia, demostrarían cómo la realidad nacional se ha segregado en dos campos no miscibles, ello debido a la incongruencia del sistema de pensamiento popular, que promueve una discordia inconveniente e incoherente: teoría versus praxis.

La corrección de ese vicio, entendiendo vicio como aquello que aumenta el riesgo de muerte (personal, organizacional y colectiva), por simple pertinencia temática, depende de la academia.
La situación, en últimas, retrotrae a una pregunta básica: ¿será más acertado en sus decisiones como funcionario quien conoce, o quien no conoce por experiencia, el objeto de su responsabilidad?

La respuesta solo puede darse al desideologizar el análisis, pues tantos ejemplos hay de buenos gobernantes formados correctamente, en la derecha como en la izquierda en la falaz dicotomía que se promociona hoy en día para enemistarnos, hasta de manera fratricida

Asimismo, muchas falacias argumentales para justificar las conductas arraigadas a favor de quien NO SABE en el desarrollo institucional de las últimas décadas se han dado: que se necesita más ser administrador que técnico, que se gobierna con los amigos, que los asesores pueden paliar la ignorancia del funcionario, que lo que importa es la economía de los temas, que se pueden crear comisiones para la resolución puntual de problemas, etc. En consecuencia, se ha hecho de la política una herramienta que atiende crisis, sin resolver las causas de los problemas.

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Pero probablemente el intelecto suyo, lector(a), ante las preguntas iniciales responderá lo obvio, lo racional e inteligente desde las experiencias, abstracciones y educación preventiva que Ud. ha recibido. Muy lamentablemente para las suertes nacionales e internacionales, por vías políticas, el indiferente e irresponsable mundo en el que vivimos, debido a nuestra negligente manera de construirlo, está haciendo con las instituciones y las elecciones democráticas (democracia representativa) lo contrario a lo que dicta no solo la razón, sino el instinto de supervivencia.

Una nociva retroalimentación positiva

Las consecuencias no se han hecho esperar. La caótica época actual se está caracterizando por un estado constante de crisis, banalización de la muerte, e insatisfacción en los diversos campos vitales. Cuando la enfermedad y la muerte aparecen como resultado de equivocadas respuestas y prioridades institucionales, que parten del criterio autocrático de pocas personas, la alarma indica que debe haber un replanteamiento de cómo se vienen haciendo las cosas.

A este respecto, instituciones fundamentales para la protección, cuidado y abastecimiento de la vida, como son los ministerios o secretarías de salud, ambiente y agricultura, han sufrido las consecuencias de que sus máximos responsables carezcan de la formación especializada, apropiada, para dirigir dichas carteras. Si esto pasa en los gobiernos nacionales, la situación puede ser peor en los homólogos locales.

La expansión de epidemias, las hambrunas cíclicas, el cambio climático, el colapso de sectores productivos enteros que luego provocan incendios sociales, el desmantelamiento de sistemas productivos como problema de inseguridad alimentaria, los cerebros fugados o los fiascos sobre su “plan retorno”, la crisis de la salud en EE. UU., Colombia o Europa, tienen un factor común: quienes toman las decisiones en el Gobierno no tienen siempre el perfil profesional adecuado.
No hay idoneidad; la cual, paradójicamente, se exige para entrar a cursar carreras decisivas para la vida de la población y sus sectores como la Medicina, el ambiente o el campo agropecuario.

El sistema incoherente

Para poder entrar a estudiar profesiones del campo de la salud y posgrados en ciencia “dura” se le pide al aspirante pasar altos estándares en sus calificaciones, exámenes, entrevistas u otras medidas de desempeño rigurosas. El sistema, heredado de una tradición filosófica clásica, médico-hipocrática, enfocada a la resolución de problemas previamente “diagnosticados”, tiene su lógica: ser responsables de la vida y la salud de otros requiere de vocación y la búsqueda de la excelencia profesional.

¿Por qué ser, entonces, laxos cuando se habla de la vida de las poblaciones (salud pública – criterio “Una salud” de la OMS u OIE), susceptible a las decisiones de un ministerio o secretaría con impacto mayor sobre las poblaciones que el profesional “de a pie”? Si el ministro manda sobre los altamente seleccionados médicos, ¿no debería esta “dignidad” proporcionalmente pertenecer a uno de los mejores de ellos?

Permitir que, por simples compadrazgos, intereses políticos, o carisma, se dirijan sectores nacionales no parece ser una actitud gubernamental adecuada, según la teoría y los resultados prácticos ya vistos.

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Al parecer, la tendencia hacia las dictaduras y tiranías en el mundo no desarrollado concurre con este fenómeno de exaltación, entonces, de lo “indigno”, o no justo, que parte del carácter (éthos) individual hasta el daño colectivo, porque el beneficiario del ofrecimiento acepta lo que no está capacitado para manejar.

Además, lo que se ve en la realidad es que hay una fractura entre los esfuerzos del sector educativo, centrado en obtener buenos educandos, y los más altos cargos directivos públicos adjudicados discrecionalmente, de forma personalista, en aras de conveniencias económicas personales o por sesgos ideológicos. ¿Radica en ello la diferencia de resultados entre el sector privado y el público?

La etimología de la palabra aristocracia significa gobierno de los mejores. Como se entiende hoy (élite socioeconómica) es una tergiversación del sentido estricto griego. Pero es que elegir a los mejores da buen resultado. 

En materia académica, el alumno virtuoso tenderá a ser un buen gobernante. Esa fórmula, seguida por Alemania, con una Angela Merkel que es Ph. D. en Física, se convirtió en la tabla de salvación incluso de la naufragante Unión Europea que, de no ser por las políticas de la Merkel, hubiera sucumbido del todo.

Pero el conocimiento, en el fragmentado mundo actual, es específico. Mandatarios históricos con título doctoral, cursado y terminado (no honoris causa), en el área de su destacada labor es evidente en los controvertidos pero recuperadores en materia económica (PIB), Salinas y Zedillo (presidentes libremercaderistas)  en México[1], o el proteccionista Rafael Correa, quien ha mostrado innegables buenos resultados para su nación, el Ecuador.

Anotemos que el aparente sinsentido de los buenos resultados de ambos modelos antagónicos como son el libre comercio y la protección económica, para el científico y epistemólogo Mario Bunge (2013), puede explicarse fácilmente; pues, aunque se revistan de números y fórmulas matemáticas manipulables, componen meras manifestaciones sintomáticas de Pseudociencia e Ideología (como se llama la obra a la cual se hace referencia). Con perdón de los creyentes en cada modelo.

Volviendo a nuestro asunto de la idoneidad, para el caso colombiano el mejor ministro para sus gobernados[2] y según su gremio, mejor ministro de las tecnologías de la información (TIC) del mundo[3], Diego Molano, no por casualidad posee dos másteres y ha sido un destacado alumno de Ingeniería.

Racionalidad en crisis

En cambio, las instituciones a cargo de personas sin la idoneidad necesaria tienden a fracasar en su función al depender de asesores, entrenadores y comisiones que pierden tiempo, agilidad y capacidad de respuesta, al tratar de hacer entender (y hacer quedar bien) a jefes que no tienen la formación necesaria para resolver los temas, pero que a su vezpese a ello– están en la potestad de afectar poblaciones nacionales enteras y la funcionalidad de los territorios para diversas especies, dejando el antropocentrismo a un lado.

En España, por ejemplo, desde el restablecimiento de la democracia (1978), se ha tenido 19 ministros de salud. Solo dos han sido médicos. El actual es un sapiente filólogo, la anterior regente –cuando se indujo la crisis del ébola en la península ibérica al introducir personal infectado–, era politóloga y socióloga.

Bajo la inconveniente presidencia de Rodríguez Zapatero ­–desprovisto de méritos académicos aparte de una licenciatura y con dos de sus ministros sin título profesional[4]–, su administración, que recibe un país próspero y lo entrega quebrado, hizo del Ministerio de Sanidad, el demagógico Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, dirigido por una ministra también socióloga, sin ninguna experiencia en el campo de la sanidad[5].

La crisis no se hizo esperar y el sector público sanitario español, caracterizado antes por la excelencia, con cobertura universal absoluta y gratuidad, acumulando daños desde neófitos en la materia, cada vez se encuentra más resentido en su funcionalidad, y casi abocado “políticamente” a una privatización que solo garantizaría el acceso a la salud a aquel que tenga como pagar por su cuidado.

Es decir, la Medicina –por políticas públicas– en su praxis, ha dejado de gravitar sobre la salud y ha pasado a hacerlo sobre sus finanzas, desde la perspectiva de negocio, pese a los rimbombantes títulos que acompañan los nuevos nombres de las carteras.

Los médicos, para perjuicio propio y colectivo, se han dejado quitar como gremio de la toma directa de decisiones institucionales gubernamentales. Curiosamente, Brasil punta de lanza en investigación de ciencias biomédicas, no ha permitido dicho manejo custodiando su sector indefectiblemente por pares médicos.

Es un mal globalizado. A principios de 2015, las últimas secretarias de salud en EE. UU. han sido politólogas. Lo mismo ocurría con el humanista a cargo de la cartera de salud en Inglaterra o la politóloga ministra de asuntos sociales y salud en Francia.

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El ingeniero civil, homólogo en responsabilidad sanitaria para Colombia, y cuya muletilla de no incurrir en “la retórica de la acción”, desde su sesgo epistemológico, en diciembre de 2014 demoró la declaratoria de emergencia epidemiológica para el virus del chikungunya. Mientras la respuesta institucional se ralentizó para implementar/intensificar las protocolarias fumigaciones profilácticas contra el mosquito vector, el virus se tomaba a Cúcuta, como se leía en el periódico El Tiempo de mediados de diciembre de 2014.

Tres meses después, el país, en varios departamentos, ya contaba con casuística epidémica de la infección. La presencia de la enfermedad se multiplicaba por la temporada de vacaciones, mientras la subestimación gubernamental de la infección decía que de “chikungunya nadie se muere”.

El hecho de que se esté viendo una destructiva artritis reumatoide en casos posinfección de tal virosis (Foissac et al., 2015), que la proyección sea tener un millón de infectados al finalizar el año en curso en Colombia[6] con desabastecimiento de su paliativo, el acetaminofén; o que, efectivamente, ese virus sí pueda ocasionar la muerte, en especial en la tercera edad, según hallazgos de la ciencia microbiológica (Mavalankar et al., 2008; Economopolou et al., 2009; Tandale et al., 2009) que contradicen las posiciones ignorantes de quienes toman las decisiones a las que la población queda sometida, por una composición no idónea de las instituciones encargadas. La teoría del conocimiento, como se ve, importa y mucho.

Instituciones

En la historia de vida de cualquiera ha sido evidente por medio de los recambios generacionales presenciados, la manera en que la sociedad actual tiende a componer sus cuerpos institucionales. Para el neoinstitucionalismo de North & Mantzavinos (2004), las instituciones son las “reglas de juego” que operan entre agentes; agentes que no dejan de ser seres vivos y que, como tales, tienen la capacidad de “aprender”, de modificar sus acciones.

Desde luego, con todos los matices y excepciones que pueden presentarse en el tema que estamos tratando, es habitual que desde la educación básica sea esta primaria o secundaria, las vocaciones y talentos guíen los afluentes de las profesiones, los oficios, los campos de trabajo o la labor de funcionarios, empresarios, religiosos, entretenedores, asalariados y educadores.

Una sociedad eficiente se caracteriza por un principio de sabiduría popular: Zapatero a tus zapatos. No se debe convertir la óptica interdisciplinaria, transdisciplinaria o transversal en peligrosos yerros sociales al abusar de la figura. En la Nasa están los talentos que se han destacado con diferencia dentro de sus grupos. Pero la formación debe contar de nuevo, como cuando había estadistas por ello mismo.

¿Guarda la composición política final de la sociedad el liderazgo de los más calificados y los intereses primordiales de sus sectores a través de sus instituciones?

Desequilibrio epistemológico

Desde el mundo griego, la noción epistḗmē (ciencia) era el principio contrario a dóxa (opinión). Si bien nuevos cuadros paradigmáticos, como el Pensamiento Complejo o el holismo, tienen en cuenta nuevas variables e interrelaciones que intervienen en la realidad y su análisis, cierto es que, en la práctica, la ciencia y su búsqueda fáctica por la objetividad, dada por medio de metodologías aceptadas, corrobora o refuta la subjetividad propia de las fácilmente emitidas opiniones.

El prisma del abogado o del economista jamás será igual al del médico, el biólogo o el veterinario. Tampoco al del matemático, ingeniero o arquitecto. El sesgo epistemológico de las ciencias sociales debe equilibrarse con el sesgo epistemológico de las profesiones experimentales.

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La composición de los cuerpos colegiados quizás, como en el caso graficado de España o de muchos otros países, está desbordada con miembros venidos de los campos especulativos subjetivistas . Si los resultados fueran del todo buenos, deberíamos persistir en ello; pero la persistencia de problemas crónicos, reaparición de viejos, y la amplificación de nuevos, quizás nos esté indicando que las cosas no se están haciendo bien.

Que la opinión es un fenómeno masivo –y con gran frecuencia equivocado– puede probarse con ejemplos tan clásicos como el haber creído erróneamente que la tierra era plana –no plano, como decía el hebreo original del libro sagrado judeocristiano (el plano perfecto es la esfera)–. Alienaciones populares violentas vistas más recientemente, en las que se ha defendido a muerte personajes carismáticos, pero genocidas, debido a ideologías variopintas y adoctrinamientos que sistematizan una opinión convirtiéndola en dogma, son alertas para corregir el rumbo y evitar la repetición de estos fenómenos.

Por eso recordemos, para terminar, que para Bertrand Russell (1995), en Los problemas de la filosofía, había dos maneras de conocer. Una con familiaridad o contacto directo con el sustrato de conocimiento (knowledge by acquaintance) y otra, la posibilidad de conocer por medio de la más vulnerable descripción teórica. El conocimiento para fines prácticos, desde el diálogo Teeteto de Platón, en el que se cita a Sócrates, es cuando la creencia coincide con la verdad. Pero esta milagrosa coincidencia, si ocurre, no es un riesgo que las poblaciones nacionales deban correr en su vida, por inadecuada construcción epistemológica de sus instituciones políticas o de sus líderes de turno.

La brújula deontológica (ejercicio ético de las profesiones) es prioritaria para la sociedad, como resultado de un método corregido de ensayo y error, a lo largo de muchas generaciones, siendo campo de trabajo, participación, amor propio y colegaje de cada profesión, para bien suyo y comunitario. 

Bibliografía complementaria

Economopoulou, A., Dominguez, M., Helynck, B., Sissoko, D., Wichmann, O., Quenel, P., & Quatresous, I. (2009). Atypical Chikungunya virus infections: clinical manifestations, mortality and risk factors for severe disease during the 2005–2006 outbreak on Reunion. Epidemiology and infection, 137(04), 534-541.
Foissac M, Javelle E, Ray S, Guérin B, Simon F. Post-chikungunya rheumatoid arthritis, Saint Martin [letter]. Emerg Infect Dis. 2015 Mar [10-2015]. http://dx.doi.org/10.3201/eid2103.141397
Mantzavinos, C., North, D. C., & Shariq, S. (2004). Learning, institutions, and economic performance. Perspectives on politics, 2(01), 75-84.
Mavalankar, D., Shastri, P., Bandyopadhyay, T., Parmar, J., & Ramani, K. V. (2008). Increased mortality rate associated with chikungunya epidemic, Ahmedabad, India. Emerging infectious diseases, 14(3), 412.
Tandale, B. V., Sathe, P. S., Arankalle, V. A., Wadia, R. S., Kulkarni, R., Shah, S. V., & Mishra, A. C. (2009). Systemic involvements and fatalities during Chikungunya epidemic in India, 2006. Journal of Clinical Virology, 46(2), 145-149.


[1] Véase aquí (11-03-2015).

[2] Véase aquí (11-03-2015).

[3] Véase aquí (11-03-2015).

[4] Véase aquí (11-03-2015).

[5] Véase aquí  (11-03-2015).

[6] Véase aquí  (10-03-2015).


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