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Yanis Varufakis y la revolución en la Unión Europea

Mauricio Jaramillo

Yanis Varufakis, actual ministro de finanzas de Grecia y, hasta hace unos meses, desconocido para la mayoría de Europa, se ha convertido en uno de los principales protagonistas de la renegociación de las condiciones de la deuda griega con algunos representantes europeos. Entre lo más relevante del tema se destaca que Varufakis se haya convertido en ícono de millones de europeos, descontentos con la tan aludida “austeridad”, una virtud que ha terminado por convertirse en indeseable por el manejo político que al término le ha dado la ortodoxia económica.

Varufakis sobresalió como académico en las universidades de Atenas y de Texas. El actual ministro, además de ser titular de un doctorado en la Universidad de Essex, es autor del libro El Minotauro Global. Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía mundial. En ese texto, critica duramente el sistema financiero internacional, porque favorece el poder de Estados Unidos y el de las grandes potencias occidentales. Los principales vicios que describe Varufakis se resumen en la forma como se capitalizan los bancos, el flujo de capitales sin limitaciones, y la manera como la economía estadounidense obtiene provecho del crecimiento del consumo en Alemania, Japón y China, las principales economías del mundo.

A esto último Varufakis denomina la aspiradora global, figura que retrata la economía norteamericana absorbiendo los excedentes de esos Estados, que van bajo la forma de flujos de capital hacia Wall Street. Su idea central se resume en lo siguiente: de forma deliberada, Washington ha favorecido históricamente el crecimiento de dos déficits (el comercial y el presupuestario), para que otras economías, a la larga, financien esa brecha. No obstante, un sistema tal en algún punto tiene que colapsar. Así ocurrió en 2008 con la crisis, cuyos coletazos aún se sienten, principalmente en Europa, donde se ha puesto en entredicho la viabilidad del modelo financiero de la Unión Europea.

La victoria de Syriza en los comicios de comienzos de año cambió la correlación de fuerzas políticas en Europa, o al menos parecería ser el principio de su trasformación. Se sabe que, en países como España e Irlanda, movimientos antiausteridad (Podemos y Alianza Anti-Austeridad respectivamente) han ganado terreno. Esto significaría una menor disposición para aceptar los planes de financiación acordados previamente con la denominada troika. Ese conjunto, compuesto por el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, parecería encarnar la autoridad financiera en tiempos de crisis, apoyado en el Mecanismo Europeo de Estabilidad.

Partidos como Podemos, AAA y Syriza, han visibilizado un problema complejo: el denominado déficit democrático, que consiste en la contradicción de promover la democracia como criterio inamovible para hacer parte de la UE, pero, al mismo tiempo, otorgar un poder notable a actores que no han sido elegidos previamente, y que terminan decidiendo el nivel y calidad de vida de millones de europeos.

Ahora bien, se debe recordar que algunos ven la troika como una forma de remediar otro problema que en los últimos años ha cobrado valor: la ausencia de una política fiscal coherente en el seno de los 28 miembros. Para muchos, es difícil viabilizar una economía en semejante conjunto, cuando se tiene una política monetaria unificada (parcialmente), pero fiscalmente existe poca coordinación.

Yanis Varufakis ha sido, en buena medida, un vocero de esas contradicciones. Paradójicamente, su entrada en la escena política demuestra una de las grandes virtudes de la UE, poco apreciada en estos momentos. Precisamente una vocación democrática para que cada país tenga la posibilidad efectiva de disentir. Dicho de otra forma, Grecia es uno de los Estados más pobres de la UE, además de haber entrado a ella luego de un duro proceso de transición (ingresó a partir del 1.o de enero de 1981, tras la caída de la Dictadura de los Coroneles, en julio de 1974). A pesar de ello, cuenta con una voz suficiente como para que de ella dependa el porvenir financiero de la Unión.

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El panorama actual revela el peso político que Atenas ha adquirido. Varufakis representa el descontento de millones de europeos con la austeridad. En la otra orilla aparecen figuras de la institucionalidad europea, como el holandés Jeroen Dijsselbloem, líder del Eurogrupo que aglutina a los ministros de finanzas de la zona euro; o el titular alemán de dicha cartera, Wolfgang Schäuble. Los choques entre Varufakis y estos últimos han sido constantes, y demuestran una tensión que difícilmente se reducirá, pero que hace parte del juego democrático y participativo de la UE. Para algunos acreedores de la deuda griega, la figura del ministro de finanzas es desconcertante. Se quejan constantemente de que, en las reuniones, Varufakis da lecciones, como si estuviese en una clase universitaria, según testimonio de Cécile Ducourtieux para Le Monde.

Recientemente, la discusión entre el principal acreedor, Alemania, y las autoridades griegas reside en la deuda que tendría el primero sobre el segundo, a propósito de los daños causados durante la Segunda Guerra Mundial. Una decisión de la Corte Suprema de Justicia de Grecia, en 2000, allanó el camino para la congelación de activos alemanes en ese país, en compensación por los crímenes cometidos por el ejército nazi, tema que ha sido revivido por un sector de la política griega. Según el cálculo griego, esa indemnización podría situarse entre los 269 y los 332 mil millones de euros. La deuda griega actual asciende a unos 300 mil millones de euros. Una coincidencia que escandaliza e incomoda a los alemanes, tal como lo apunta Frédérick Lemaître.

En medio de semejantes tensiones, Yanis Varufakis prefiere siempre mantener un contacto directo en las redes sociales con quienes lo siguen y ven en la contienda una posibilidad real de cambio. El 19 de febrero es uno de los momentos más críticos del diálogo, publicó en su twitter un estado de ánimo que revela su condición política: “Two nights ago I saw S, Beckett’s Happy Days (Greek National Theatre). Splendid performance(s). Such a relief from you know what…”
 

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