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Rafael Uribe Uribe

Luis Enrique Nieto

Esta exposición, preparada con rigor, amor y entusiasmo por los profesores Margarita Guzmán y Fernando Mayorga, intenta enseñar la vida y obra del Doctor y General Rafael Uribe Uribe, utilizando estos muros entre los cuales transcurrió su vida universitaria en un tiempo de claroscuros, como lo fue el siglo XIX que, entre nosotros, duró hasta bien entrado el siglo XX.

Por eso la hemos titulado “Rafael Uribe Uribe, un hombre para el siglo XXI” pues, fiel al dictum de nuestro nobel García Márquez, “América Latina no cree sino en los héroes muertos” y hoy, gracias a esta triste paradoja, al haber transcurrido cien años de su sacrificio, podemos intuir con alguna claridad lo que constituye el legado de este ilustre rosarista.
Aquí podemos ver como la fecunda existencia de Uribe Uribe se distinguió siempre por su inquietud social, su universalidad, su antidogmatismo y su concepción de la libertad con responsabilidad.

Más allá de la visión hagiográfica o satanizadora acostumbrada por la historiografía tradicional, es admirable que en su época este dirigente haya desarrollado una tan decidida inquietud social: los laboralistas hoy lo consideran precursor del Derecho del trabajo en el continente. Los “universitólogos”, pionero en esta nueva ciencia de la educación superior. Los cafeteros deben estarle siempre agradecidos, pues sus estudios y campañas en pro de ese cultivo lograron convertirlo en la fuente de riqueza que ha sido. Sus acciones contra la corrupción, la desnutrición, el alcoholismo, así como sus tareas como diplomático, internacionalista y periodista enseñan una personalidad verdaderamente comprometida con la justicia social, que haría pensar que la fórmula utópica consagrada en el primer artículo de nuestra actual Constitución, que califica a Colombia como un estado social de derecho, democrático, participativo y pluralista, fundado en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas y en la prevalencia del interés general, salió de los sueños y desvelos del General y Doctor Uribe Uribe.

Su universalidad  fue notable. Baste oír su solitaria voz en el Congreso proponiendo la solidaridad con Cuba en la guerra de independencia de España y señalando, al ser derrotado, la incoherencia de esa actitud que reflejaría la nostalgia del coloniaje. Sus correrías por el continente, sus observaciones de viajero, su cercanía con los países de Sur y de Centro América, le habían mostrado la diversidad y, a la vez, la unidad de nuestro mundo en el cual siguiendo la enseñanza que impartió Lao-Tsé, siglos antes de la era cristiana: “Todo repercute”.

El antidogmatismo fue proverbial en Uribe Uribe, quien pese a haber sido un disidente crónico llegó a aceptar los puntos de vista contrarios con sinceridad y respeto hacia los oponentes. Esto fue una constante en Uribe Uribe que proclamó  la guerra, aun en contra de sus convicciones, por lealtad y respeto a sus amigos. Habiéndose distinguido como militar, unas veces triunfante y al final derrotado, siempre aconsejó el diálogo y con su influencia logró que se firmaran los tratados de paz de Neerlandia, Wisconsin y Chinácota, que pusieron fin a los mil días de contienda civil. Por otra parte, expresó sus convicciones con claridad y sin eufemismos, y chocó con las jerarquías políticas y eclesiásticas, como se ve en los opúsculos Ensayos sobre cuestiones teológicas y De cómo el liberalismo político colombiano no es pecado.

La Paz fue su gran preocupación y no ahorró esfuerzos para lograrla, a pesar de la incomprensión de sus contemporáneos, especialmente sus copartidarios. Pero Rafael Uribe Uribe unió su noción de libertad con la de responsabilidad y, sin descanso, estudió todos los problemas nacionales: el transporte, la milicia, el crédito, las posibilidades de la inmigración, la condición indígena, la organización de su partido, el régimen electoral, la libertad de prensa, las fronteras patrias, la instrucción pública, la agricultura, en la seguridad de que sin reformas fundamentales el conflicto de la sociedad colombiana no podía ser resuelto.

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Hoy, cien años después del atentado que costó la vida a Uribe Uribe, nos preguntamos, como siempre ante los magnicidios, quiénes ordenaron su muerte; qué habría sucedido al país de no haberse producido este asesinato.
Las consejas de la época, maledicente como todas, señalaban a una facción del partido contrario o, ¡Manes de Eugenio Sué!, a la Compañía de Jesús. Desaparecidos ya Galarza y Carvajal –quienes, según parece, como suele suceder con los sicarios, gozaron en prisión de cierto trato favorable y de ayuda externa anónima–, no sabremos si hubo alguien detrás de las hachuelas asesinas, pero suponemos que la inquietud social, la universalidad, el antidogmatismo y la inclinación al diálogo del General Uribe Uribe le hicieron ganar ese terrible adversario que es la opinión pública, veleidosa, desinformada y oportunista.

El cobarde asesinato, entonces, de Uribe Uribe es una muestra más de una dolorosa constante de nuestra vida nacional: el atentado personal.

Desde los inicios de nuestra vida republicana esa forma de silenciar al adversario, repugnante y cobarde por su invulnerabilidad de ultima ratio, ha manchado de sangre la historia de Colombia. Gracias al amor de Manuela Sáenz, el azar o el destino, que al decir de Borges  son la misma cosa, impidieron que el mismo Libertador fuera asesinado, como sí lo fueron Antonio José de Sucre y José María Obando. Heraclio Uribe Echeverri, abuelo materno del General Uribe Uribe, murió asesinado el 27 de septiembre de 1857, siendo perfecto de Rionegro, y su hermano Juan Crisóstomo Uribe Echeverri murió en Bogotá el 18 de julio de 1861, defendiendo el gobierno de la Confederación Granadina, iniciando la lista innumerable de quienes han sido víctimas de esta práctica execrable.

Ya en el siglo XX, encabezada por nuestro Doctor y General, forman legión el número de quienes han sido acallados por fuerzas oscuras, movidas por autores nunca suficientemente establecidos. Es una larga lista de dirigentes políticos, guerrilleros amnistiados o reinsertados, intelectuales, defensores de derechos humanos, periodistas y humildes ciudadanos de a pie que por esta fórmula atroz no han podido continuar prestando a la patria su valioso concurso desde la orilla contraria a la de esos criminales, agazapados en el anonimato, que realizan sus infames acciones para vergüenza y dolor de Colombia, despreciando la normatividad jurídica y desconociendo la intangibilidad de la vida humana así como el derecho inalienable al disentimiento, a la oposición y a la diferencia.

Para este siglo XXI, la lección de la vida de Rafael Uribe Uribe está consignada en la frase grabada en el mármol que exorna un muro de este Claustro, redactada por nuestro capellán Germán Pinilla Monroy, según la cual “su sangre cruelmente derramada al pie del Capitolio Nacional clamará siempre por la paz de Colombia”.
Confiamos entonces en que el sacrificio de este apóstol, paladín y mártir, defensor de la alegría y enamorado esposo, como lo retratan recientes libros de nuestro sello editorial, no haya sido en vano y sirva de ejemplo dentro de este proceso de finalización del conflicto y de búsqueda de la paz, en el que todos los colombianos de bien debemos estar comprometidos.

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Editor: Alberto José Campillo Pardo
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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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