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Bondades de la estrategia clúster para el desarrollo regional

Gabriel Díaz Reina

1. El Distrito Industrial Marshalliano

El economista británico Alfred Marshall, (Londres, 1842 - Cambridge, Reino Unido, 1924), hombre de una sólida formación matemática, histórica y filosófica, realizó aportes sustanciales a la revolución industrial. Sus puntos de vista sentaron las bases de la teoría económica moderna. En sus manuscritos, de alrededor de 1870, se encuentran afirmaciones que dejan entrever una posición distinta a la adoptada por los economistas más destacados de su época: “Marshall en particular, se opone a la conclusión estándar, según la cual el sistema de fábrica, con la concentración de todas las operaciones productivas en un mismo lugar y un elevado grado de integración vertical, sería sistemáticamente superior a los métodos de producción más dispersos en el territorio y menos integrados” (Becattini, 2002).

Para Marshall, era válido el concepto predominante de la época, que concentraba todas las unidades productivas en un solo lugar; sin embargo, también planteó la posibilidad de aglutinar varias fábricas de menor tamaño en un espacio geográfico determinado, para repartir así algunas actividades de un mismo proceso productivo. Este principio fue concebido por Marshall para operaciones industriales con elevados volúmenes de producción. Llevando de esta forma la división del trabajo, más allá de la integración vertical endógena, a la operación especializada de varias compañías que se aglutinan en un espacio determinado y llevan a cabo operaciones que, en últimas, hacen parte de un fin mayor. Esta nueva forma de operar recibió el nombre de Aglomeraciones o Distritos Industriales.  

La idea de agrupar diversas compañías en una zona específica, que trabajan distintos procesos productivos y cuya suma de acciones permite la elaboración de un producto y/o servicio en particular, ha evolucionado con el paso de los años. “Existe un amplio consenso en la literatura, tanto académica como económico-empresarial, en que las empresas son más competitivas cuando se encuentran aglutinadas de alguna manera en agrupaciones empresariales, tratando de explotar así ciertas ventajas asociadas a la cercanía espacial (economías de aglomeración), a la colaboración con otras empresas y agentes que intervienen, directa o indirectamente, en la actividad productiva” (González-Loureiro y Figueroa-Dorrego, 2011).     

2. Estrategia Clúster
 
La agrupación de actividades empresariales, se ha venido practicando, con espacial énfasis, desde finales de los años 80 y principios de los 90; genéricamente se ha denominado Estrategia Clúster. Este modelo de planificación estratégica ha incorporado nuevos ingredientes, que sinérgicamente actúan para incrementar la cadena de valor de las organizaciones que lo componen y, de alguna manera, se constituye en la evolución de lo que Marshall concibiera hace más de un siglo.
 
Al revisar la literatura disponible sobre Clúster, es posible encontrar varias definiciones sobre el concepto: “Un clúster es un grupo de empresas interconectadas e instituciones relacionadas en un determinado campo, que se encuentran próximas geográficamente, y que están vinculadas a través de elementos comunes y complementariedades”. (Porter, 1998b). “Los clúster pueden caracterizarse como redes de empresas muy interdependientes (que incluyen proveedores especializados) relacionadas entre sí a través de una cadena de producción de valor”. (Roelandt y Den Hertog, 1999). El Banco Mundial, en Clusters for Competitiveness, 2009, ha definido el concepto de clúster como “una aglomeración de compañías, proveedores de servicios e instituciones asociadas en un área en particular. Usualmente se incluyen proveedores financieros, instituciones educacionales y varios niveles de gobierno”. El acuerdo municipal 87 de 2009, de la ciudad de Medellín, enmarca la estrategia clúster como política pública y la concibe como una estrategia y modelo de organización del sistema productivo para el desarrollo territorial (Romero Roa, 2012).
 
Sería posible citar más definiciones de clúster pues, pese a su uso ya extendido en muchas economías del mundo, no existe consenso sobre su significado. Su utilización como estrategia de desarrollo incorpora aspectos y particularidades del entorno específico en que se aplica, de tal forma que, dependiendo del lugar, su significado varía en mayor o menor medida. El común denominador en las diversas interpretaciones de dicha estrategia, es la tendencia a agrupar varias empresas en busca de mutuo beneficio; pero no de cualquier manera: lo hacen de forma asociativa, la misión y la visión de estas empresas conforman un plan común que incita a la generación de sinergias operativas y acciones de cooperación, que permiten el desarrollo conjunto e individual de sus integrantes. La cercanía entre las organizaciones que constituyen un clúster, permite identificar las complejas interrelaciones inherentes a la cadena de valor; estos hallazgos son propicios para diseñar planes de mejoramiento que facilitan el crecimiento de la “comunidad empresarial”. Es importante destacar que estas acciones intencionadas de cooperación, en ningún momento buscan afectar la capacidad competitiva de las empresas; por el contrario, se pretende fortalecer su capacidad de generar valor agregado y competir en un entorno local y externo, de forma sobresaliente. “Los clústeres alientan la competencia y la cooperación. Los rivales compiten con intensidad para ganar y conservar a sus clientes. Sin una competencia vigorosa, un clúster fracasaría” (Porter, 1998a).

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Es menester involucrar a los representantes más diversos y representativos de la región, al momento de constituir un clúster. La amplia participación genera mayor credibilidad intrínseca y compromiso de los participantes con el cumplimiento del objetivo común. La integración vertical y horizontal debe verse reflejada en el concurso de variados integrantes para el desarrollo de la estrategia: sociedad civil (con mecanismos de participación definidos y respetando las características socioculturales de la población), proveedores, empresas de similares características, autoridades y representantes medioambientales, universidades, sociedades científicas, fabricantes de productos complementarios, clientes, cámaras de comercio, entidades gubernamentales, entre otros. Un artículo de Elizabeth Romero Roa, denominado “Directrices locales, regionales, nacionales y supranacionales que enmarcan la Estrategia Clúster de Antioquia”, propone seis dimensiones por considerar al momento de implementar una estrategia clúster, a saber: sociocultural, económica, ambiental, tecnológica, físico-espacial y educativa. Esta es una manera de identificar actores, que minimiza el riesgo de no involucrar a entidades cuyo papel puede ser determinante en la validación de las acciones.
 
Los beneficios del clustering son numerosos y ampliamente documentados. Una economía global, basada en la producción a escala y altamente competitiva, genera importantes barreras de acceso, especialmente a las pequeñas y medianas empresas (pymes). En ese orden de ideas, aglutinarse y sumar capacidades es un factor determinante que mejora las competencias de “juego empresarial” y proporciona la masa crítica necesaria para participar en condiciones más equitativas. “En efecto, entre las ventajas del desarrollo de un clúster se encuentra el aprovechamiento de economías de escala, pues la producción de un mayor volumen permitiría a las firmas reducir sus costos unitarios de producción y generaría que los costos fijos se dividan entre mayor número de unidades. Dicho de una forma más general, la formación de un clúster llevaría a las firmas a alcanzar una masa crítica que les permitirá alcanzar mayores pautas de crecimiento” (Barraza, 2013).

Algunas de las ventajas de la conformación de clústeres apuntan a: aumento de los niveles de producción de los integrantes de la estrategia, fomenta el nacimiento de nuevas empresas complementarias, mayor acceso a información y tecnología, proveedores más especializados, mayor y mejor información técnica del mercado y la competencia, fortalecimiento de lazos con la comunidad (sociedad civil y clientes), generación de sinergias, acceso a nuevos mercados, mayor volumen de negocio, talento humano más capacitado y con procesos de aprendizaje enriquecidos, entre otros. Sin embargo, es importante considerar que tan halagadores resultados son producto de un proceso serio, meticuloso y suficientemente documentado, que indica la conveniencia de acudir al clustering.

En este punto, vale la pena considerar cómo nace un clúster. Como ya se dijo, son las circunstancias particulares del entorno las que determinan sus singulares sinergias y es indispensable conocer la génesis de aquel, a fin de implementar estrategias pertinentes para su crecimiento y sostenibilidad.

Una teoría sobre el origen de los clústeres es la natural, aludiendo a la agrupación espontánea de empresas que progresivamente van estableciendo lazos de cooperación y sinergias operativas. Algunos autores la denominan “Teoría de localización y geografía económica −North, Krugman y Borges Méndez−, indicando que la principal fuerza de desarrollo de los clústeres es la reducción de los costos de transporte y que, por ello, las firmas se concentrarían cerca de recursos naturales o cerca de los mercados que abastecen” (Barraza, 2013; Krugman, 1997; North, 1955). Otra teoría es la de Hirschman, “encadenamientos hacia atrás y hacia adelante”. El autor asevera que cuando un sector alcanza un umbral mínimo hace rentable la inversión en sectores relacionados, sean proveedores o procesadores. De manera que no es un clúster natural: es una decisión consciente, proveniente de un sector que vislumbra este nuevo escenario como el ideal para continuar creciendo y mantener la competitividad.

El modelo de Michael Porter reafirma la generación espontánea de los clústeres. Destaca, eso sí, la necesidad de que previamente en el entorno las interacciones entre las empresas competidoras, proveedoras, de apoyo y productoras, y su creciente generación de redes y sinergias, dé lugar a la formación de complejos productivos. Para Porter, estos son insumo básico en la posterior creación del clúster.

3. Papel del Estado en el desarrollo regional
 
El origen de un clúster obedece a la suma de factores en el entorno que propician su aparición. Puede surgir de manera espontánea y decantarse hasta constituir una estrategia clúster motivada, o bien responder a necesidades o problemáticas sentidas en una determinada región. Independientemente de la manera en que surja, las empresas competidoras y, en general, los participantes del aglutinamiento empresarial, deben propender por la pronta y eficaz generación de redes, sinergias y estrategias de cooperación. Se deben identificar aquellos “actores invisibles”, entidades del orden público-privado, de quienes aún no se identifica con claridad su papel en la estrategia, pero que indefectiblemente, tarde o temprano, serán necesarios para su perdurabilidad y crecimiento. El papel del Estado y la consecución de voluntades políticas es determinante para el éxito de la iniciativa. Lo ideal es que el aparato gubernamental se sume con iniciativas ejecutivas, legislativas y jurídicas que apuntalen al fortalecimiento del clúster. Sin duda, los líderes del clúster deben conocer los planes de desarrollo nacionales, departamentales y territoriales; así como los programas, proyectos y planes que de estos se deriven, de tal forma que el diálogo con lo público sea expedito y pueda “seducir” a este vital interlocutor. Se espera que la política gubernamental sea un agudo intérprete de la vocación de las regiones; se requieren decisiones en materia de política microeconómica, orientadas a fortalecer la competitividad. Son variaciones de la visión pública, que debe orientar su estrategia al impulso de las pequeñas y medianas empresas, priorizando y seleccionando asertivamente los sectores estratégicos de la economía regional. “Peck y Lloyd (2008), a partir del Observatorio Europeo de Pequeñas y Medianas Empresas, señalan que estas variaciones suponen un cambio de orientación desde el apoyo a empresas individuales a los sistemas y redes de empresas; menos énfasis en las grandes empresas y priorización de los procesos de desarrollo local; mayor selectividad en los sectores estratégicos de la economía regional” (Ivars Baidal, Vera Rebollo y Acebal Fernández, 2014). Desde esta perspectiva, el clúster se concibe como un proceso de desarrollo, sustentado en políticas claramente orientadas a su  fortalecimiento. En ese orden de ideas, se busca mejorar la calidad de vida y la equiparación de oportunidades para todas las personas que viven en su área de influencia e incluso más allá de las fronteras de la “comunidad empresarial”.
 
Es de singular importancia la integración del sector educativo y la comunidad científica. Las ofertas educativas, los pénsumes, las investigaciones y los desarrollos tecnológicos, deben guardar coherencia con las necesidades inherentes al clúster y atender eficazmente la demanda endógena, que su fortalecimiento y perdurabilidad suponen. Este es un paso importante en procura del “adhesivo social” que propone Porter; en la medida que la sociedad perciba beneficios reales, los niveles de confianza y credibilidad crecerán paulatinamente.

El binomio clúster-ciencia genera valores agregados indispensables, los integrantes de la estrategia deben apuntar a la producción innovadora, la diferenciación por lograr debe encontrar sus raíces en la correcta identificación de la vocación regional. Una manera de apoyar esta búsqueda es mediante la gestión de intangibles, entendida esta como el capital intelectual (CI). El clúster es el escenario propicio para motivar el desarrollo y la salvaguarda de los conocimientos generados a través de la operación. Desde esta perspectiva, el conocimiento es un recurso estratégico que genera ventajas competitivas, quizás más sostenibles en el tiempo que los recursos físicos o financieros.
 
Conclusiones
 
La estrategia clúster puede brindar desarrollos regionales reales, en la medida que se considere de forma rigurosa a todos los posibles actores en su desarrollo y su heterogeneidad. El análisis meticuloso y documentado de la vocación regional es un insumo indispensable para apalancar la iniciativa. Se deben surtir estos pasos previos, a fin de no caer en el equívoco de fomentar lo que aparentemente es un clúster, cuando en realidad es una iniciativa ligera que no obedece a procesos de investigación rigurosa. La estrategia debe estar sustentada en consideraciones analíticas antes que políticas; sin dejar de reconocer la importancia superlativa del Estado en la construcción de entornos facilitadores, por medio de decisiones ejecutivas, legislativas y jurídicas, que sean consecuentes con las necesidades regionales. Se debe construir en conjunto con la “comunidad empresarial”, mediante formas más participativas de planificación política estratégica. 
 
Referencias

Barraza, N. R. (2013). ¿ Para qué queremos clusters? Themis, (63), 311-8.
Becattini, G. (2002). Del distrito industrial marshalliano a la "teoría del distrito" contemporánea: una breve reconstrucción crítica. Investigaciones regionales, (1), 9-32.
González-Loureiro, M., Figueroa-Dorrego, P. (2011). Sobre clusters, intangibles y competitividad: reflexiones conceptuales y retos. Revista de la Escuela Jacobea de Posgrado, 1, 41-74.
Ivars Baidal, J. A., Vera Rebollo, J. F., Acebal Fernández, A. (2014). Políticas de innovación en turismo y desarrollo de clusters: la percepción gerencial en el programa Agrupaciones Empresariales Innovadoras (AEIs).
Krugman, P. R. (1997). Development, geography, and economic theory (Vol. 6): MIT press.
North, D. C. (1955). Location theory and regional economic growth. The Journal of Political Economy, 243-58.
Porter, M. E. (1998a). Clusters. Innovation, and Competitiveness: New Findings and Implications for Policy. (I. f.-H. School, Entrevistador) Stockholm, Sweden.
Porter, M. E. (1998b). Clusters and the new economics of competition (Vol. 76): Harvard Business Review Boston.
Roelandt, T. J., Den Hertog, P. (1999). Cluster analysis and cluster-based policy making in OECD countries: an introduction to the theme. Boosting innovation: The cluster approach, 9-23.
Romero Roa, E. (2012). Directrices locales, regionales, nacionales y supranacionales que enmarcan la Estrategia Clúster de Antioquia. Escenarios: empresa y territorio, (1), 16-38.
 

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