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El pánico humano ante las epidemias: un mal histórico

Rodolfo Rodríguez Gómez

Existen pocas cosas sobre la faz de la tierra que aterren más a los seres humanos que una epidemia. Desde la Antigüedad, las epidemias han causado absoluto pánico a la humanidad y el solo hecho de mencionar ese nombre ha sido causa de estampidas, éxodos y más de una bajeza humana. El hombre primitivo ya comprendía la amenaza que acarreaba dicho mal. Lo entendía como una especie de castigo divino que descargaba toda su furia contra sus congéneres y la tarea era encontrar el antídoto para calmar la irritación de los dioses ofendidos.

Desde muy temprano en la historia, el ser humano fue dando a cada cosa su lugar y su respectivo nombre. Con la irrupción de la agricultura, esa cosmovisión se filtró a otros terrenos de la vida cotidiana. Así, un término como plaga, se utilizaba para describir a cualquier animal que producía daño de manera particular a los cultivos. Ya existía una diferencia con lo que se conocía como peste, que es una traducción literal de la palabra inglesa pest, utilizada para describir precisamente una plaga. Peste viene del latín pestis, que designa cualquier enfermedad epidémica o pandémica1, así como el contagio infeccioso, la insalubridad, el olor nauseabundo y la ruina o catástrofe. Así entonces, decir peste era como invocar al demonio o lanzar una maldición; por tanto, no solo en el imaginario sino en la vida real, la peste era sinónimo de muerte.

Etimológicamente, la palabra epidemia procede del griego epidemon nosema (enfermedad) epi (sobre) y demos (pueblo), que significa “estancia en el país”, es decir, instalación de una persona en una población, y por extensión, instalación de una enfermedad2. Los griegos trabajaron en la construcción del concepto vinculándolo a los miasmas y a la teoría de los humores, especialmente desde la Medicina de Hipócrates, cuyos planteamientos plasmó en textos como Sobre aires, sobre las aguas y sobre los lugares3. Pero la palabra epidemia no siembre ha significado algo malo, ya que en algún momento también se utilizaba ese nombre para designar algunas fiestas. Los argivos, es decir, los habitantes de Argos, la ciudad griega más antigua, celebraban las epidemias en honor a Diana o Juno. También los habitantes de Delfos, Delos y Mileto, celebraban sus propias epidemias en honor de Apolo, y se hacían evocando los dioses tutelares de estos pueblos, donde se creía que residían o estaban presentes4.

Pestes y epidemias fueron confundidas durante gran parte de nuestra historia. En otros tiempos, no se había trazado un verdadero límite para situaciones que compartían símbolos como la muerte macabra que danzaba alardeando de su poder. Sin embargo, hacia los años 769 de nuestra era se estableció la oportuna distinción, cuando gran cantidad de epidemias asolaron a Europa, en una época donde el tifus y el cólera fueron de lo más funesto para el viejo continente5. No fue gratis que el término peste adquiriera tan mala reputación en la historia de la humanidad, y el hecho de que la devastadora peste negra, también llamada muerte negra, aniquilara cerca de la tercera parte de la población europea durante el siglo XIV así lo demuestra6.

Pero el temor por las pestes y las epidemias también tiene su fundamento en que, en otras épocas, esos desastres no han tenido contrincante. Tanto la institución religiosa como la médica sufrieron fuertes reveses en la lucha contra esa ola mortífera y pestilente. Por un lado, a pesar de rogativas, procesiones, oraciones y toda clase de oficios religiosos, la institución eclesiástica se vio derrotada ante la peste. Por otro lado, la institución médica también lo intentaba todo, sin mayor éxito: desde mascaras de pájaro, ubicación de cementerios lejos de las viviendas, desinfección de las casas con perfumes a base de azufre, cuarentenas, emplastos, sangrías, apertura de bubones, triacas y certificados de sanidad, entre otros. El azote de la peste no tuvo piedad en la época medieval y estas instituciones, la médica y la religiosa, se enfrentaron a la peor crisis que nunca habían enfrentado antes y que, tal vez, nunca han enfrentado desde entonces7.

Los imaginarios en torno a las epidemias no han emergido de la nada. Razones de peso tiene la humanidad para tener absoluto pánico ante la mención de pestes y epidemias, ya que han arrasado a su paso con millones de seres humanos. Sin embargo, siempre ha sido necesario identificar un chivo expiatorio durante las epidemias. Muchos han sido estigmatizados, como sucedió con los extranjeros y judíos durante la peste negra en Europa8. Algo similar aconteció con la epidemia del sida en la década de los ochenta. Hacia 1982, en Miami, muchos pacientes con inmunodeficiencia adquirida compartían una característica común: eran haitianos, así que todos fueron estigmatizados como potenciales portadores de la enfermedad, sospechando incluso que algunos de ellos eran importadores del sida como verdadera fuente de la epidemia9.

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En la creación de estos imaginarios modernos, el cine ha aportado su granito de arena. Las series de televisión también, pero particularmente el cine. Aquellas películas sobre epidemias mortales que amenazan con aniquilar la humanidad y dejar un mundo sumido en la desolación y la miseria, han sido un alimento nutritivo para dicho imaginario colectivo sobre las epidemias. Ya no solo existen las plagas en los relatos de Giovanni Boccaccio, en los lienzos de Pieter Bruegel el Viejo y en las obras de otros cronistas de época. Ahora, las plagas y epidemias están en todos los formatos de video, en blogs y en otros portales web a tan solo un clic. Además, las cuarentenas, los trajes de bioseguridad, la cinta amarilla, las muestras de laboratorio, los tubos de ensayo, las bolsas para cadáveres, las agujas contaminadas, todos hacen parte de la simbología de la epidemia moderna.

El mundo se ha sofisticado un poco y ahora es más frecuente el término epidemia, pero en la Antigüedad el mencionar la peste era una maldición. En épocas más recientes, el uso común del término epidemia y su uso coloquial en muchas situaciones no infecciosas ha contribuido al fenómeno. La epidemia de tabaquismo, de obesidad o violencia son algunos ejemplos donde se utiliza el término para referirse a algún evento que afecta a buena parte de la población. Motivos para temerle a una epidemia hay muchos. No obstante, hoy en día uno de los que más preocupa no solo a la gente del común, sino a las autoridades de salud, es el abanico de formas en las cuales se puede contagiar de una enfermedad que puede convertirse en una epidemia, y en tan solo días o semanas, en una pandemia (epidemia ampliamente distribuida, abarca grupos de países y varios continentes)10. Es decir, que ya no solo aterra el contagiarse y morir de una de estas terribles enfermedades, sino que preocupa más el sitio donde se pueda contagiar de una de ellas. El transporte público, los ascensores, los eventos públicos y los aviones son solo algunos de los más temidos.

El avión ocupa un lugar particular en ese pánico colectivo. En la actualidad, el avión no solo soporta el lastre de las catástrofes aéreas, difundidas masivamente por los medios de comunicación, sino que también se ha convertido en foco de miedo de un posible contagio de alguno de esos virus causantes de epidemias y pandemias. Muchas noticias han lanzado ese manto de desconfianza sobre estos artefactos, bien sea por la probabilidad de contagiarse viajando en uno de ellos o porque quizá en uno de esos pájaros de acero se haya transportado un virus letal a otra geografía. En 2003, durante la epidemia de SARS, por ejemplo, se vio con recelo uno de los aviones asiáticos, incriminándolo por ayudar a propagar la epidemia. Otros casos similares se vivieron durante la epidemia de gripe H1N1.
El mundo y sus dinámicas han sido un caldo de cultivo para muchas epidemias. Ahora, no solo los seres humanos podemos trasladarnos a otros entornos geográficos, en tan solo horas a bordo de un avión, sino que también en ellos viajan los agentes patógenos. Quienes prefieren este tipo de transporte son las bacterias y los virus, frecuentes agentes de transmisión de epidemias infecciosas. Para los microorganismos, ya no es necesario infectar a miles de personas para ocasionar un pandemia: es suficiente infectar al pasajero indicado para que, en cuestión de horas, pueda infectar a otro individuo en otro continente.

Tan relevante es el potencial de los aviones en las dinámicas de contagio de una epidemia que el tema ha adquirido connotaciones científicas. En relación a esto, los matemáticos Dirk Brockmann y Dirk Helbing publicaron un estudio en Science, demostrando que es posible rastrear una epidemia a través de las redes de aeropuertos mundiales11. Existe complejidad en las redes de aeropuertos, por lo cual han tenido que introducir un término matemático llamado distancia efectiva, que se refiere a que es más probable que un infectado lleve la enfermedad a un nuevo país, dependiendo de los trayectos con mayor número de aviones y pasajeros. Esto es interesante al reconstruir los procesos de diseminación de epidemias pasadas, como la de H1N1 o la de SARS, pero lo es aún más cuando el fin es predecir la diseminación de enfermedades, basándose en datos de estas mismas epidemias.

En todo este pánico moderno a las epidemias también tiene que ver la sociedad del riesgo. Aquella que vive consciente de muchos riesgos objetivos, pero que también deambula paranoica por muchos riesgos subjetivos, la mayoría de ellos construidos de manera irracional12. En la actualidad, los riesgos parecen haberse multiplicado, pero existen sesgos cognitivos que maximizan ciertas situaciones, a la vez que minimizan otras13. Todo depende del momento histórico que viva el mundo y lo que para dicho momento se considere como un riesgo o una amenaza, ya que, como todo en la vida, la sociedad también es dinámica.

La sociedad, entonces, siempre ha vivido al filo del caos. La incertidumbre y el manejo del riesgo han sido una constante en la historia del ser humano y lidiar con ello ha sido una tarea milenaria. Pero si a alguna cosa teme el hombre es a las enfermedades, en especial a aquellas que aniquilan poblaciones y dejan una estela de miseria y desolación. El panorama es aún más desolador cuando no se conoce la causa, como ha sucedido en varios pasajes de la historia. El eterno duelo contra todo lo que simboliza la enfermedad tiene su culmen ante una epidemia que, por definición, descarga su furia sobre el pueblo.

Referencias

1. Diccionario Médico Etimológico. (Sitio en Internet). Disponible aquí.
2. Origen de las palabras. (Sitio en Internet). Disponible aquí.
3. Rodríguez, R. (2010). Una Obra de Arte; la esencia del arte y la medicina. Bogotá: Editorial Publimpacto.
4. Carrasco, J. B. (1864). Mitología Universal: Historia y explicación de las ideas religiosas y teológicas de todos los siglos. Madrid.
5. Diccionario Universal de Historia y Geografía. (1853). México: Librería de Andrade.
6. Hunter, S. (2003). Black Death: AIDS in Africa. Nueva York; Basingstoke: Palgrave Macmillan.
7. Burguière, A. (1986). Diccionario Akal de Ciencias Históricas. Paris: Presses Universitaires de France.
8. Ranger, T. (1992). Epidemics and ideas: Essays on the historical perception of pestilence. Cambridge University Press.
9. Grmek, M. (2004). Historia del SIDA. México: Siglo XXI Eds.
10. Blanco, J. H., Maya, J. M. (2006). Epidemiología básica y principios de investigación. Fundamentos de salud pública. Medellín: Fondo Editorial CIB.
11. Brockmann, D., Helbing, D. (2013). The Hidden Geometry of Complex, Network-Driven Contagion Phenomena. Science, 342(13), 1337-42.
12. Sunstein, C. (2006). Riesgo y Razón: Seguridad, ley y Medioambiente. Buenos Aires: Editorial Katz.
13. Korstanje, M. (2012). Una introducción al pensamiento de Cass Sunstein. A Contracorriente, 9(3), 291-315.

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