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Cultura

¿Libertad o Independencia?

Jorge Eduardo Castro Corvalán, ingeniero civil

“Y yace por salvar por la patria…”

Nosotros, la generación bicentenaria, hemos hecho de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de Colombia, desde julio de 2010, una reflexión sobre la importancia del valor de la Independencia. La escribamos o no con mayúsculas, la “Independencia” es solo una de las tantas ventajas, como dirían precisamente nuestros próceres hace dos siglos, que derivan del ejercicio de la libertad o, mejor aún, de las libertades. Sin embargo, no nos hemos detenido lo suficiente en esta sencilla reflexión, y es así como  Juan Manuel Santos Calderón y Álvaro Uribe Vélez insisten, incluso desde textos académicos, en conmemorar el Bicentenario desde la perspectiva de la Independencia, entendida como la consolidación de nuestro Estado como proveedor de seguridad, justicia y, por supuesto, democracia (Torres, 2010)[1].

En el contexto de las celebraciones bicentenarias, se repite con mayor o menor grado de énfasis la palabra independencia, como si la protagonista principal del proceso fuera la “nación”, un ente que antes de esos hechos existía de manera claramente delimitada y explícitamente subyugada por otra “nación”. Las celebraciones “independistas” serían una reiteración y, a la vez, una exaltación, del sujeto colectivo como unidad principal del desarrollo histórico.

Sin embargo, pareciera más bien que el desarrollo de una entidad políticamente “independiente” no fuera un fin en sí mismo, no la meta explícitamente anhelada por quienes fueron los promotores de las gestas de hace doscientos años, sino la consecuencia de una búsqueda de otro valor principal fundamentado no en la acción colectiva, sino en la acción individual: ese valor sería precisamente la libertad. ¿No sería más preciso hablar del Bicentenario de la secesión que del Bicentenario de la Independencia? O, dicho de otra forma, la conformación de una nación “independiente” sería el recurso final de quienes buscaban más que una nueva “nación”, mayores libertades, tanto políticas como económicas.

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En ese sentido, como instrumento de las aspiraciones de libertad de los individuos de un territorio, más que independencia “nacional”, el proyecto de hace doscientos años sería “secesionista”; el último instrumento de quienes buscaban limitar no solamente a un gobernante, sino al gobierno. Gobierno cuyo tamaño se logró reducir, disminuyendo su territorio, al ser inviable el intentar disminuir sus funciones.

Con Policarpa Salavarrieta, claro símbolo de las gestas “libertadoras” –¿de “independencia”?–, se da esa contradicción conceptual muy al inicio de su proyección como referente axiológico después de su muerte. Su famoso epitafio: “Yace por salvar la patria”, podría pensarse como un referente de esa “nación” que se materializaría en un estado independiente. Más que un referente del proyecto futuro, la “patria” de Policarpa estaría ligada a su referencia como el lugar de sus ancestros, y desde ahí conectada a través de la historia de su familia con la insurrección de los Comuneros (Robledo, 2009). En ese sentido, otra forma de ver su epitafio sería “Yace por salvar la tierra de sus antepasados”.

Ahora bien, mucho más claro para abordar desde Policarpa Salavarrieta este énfasis principal en la libertad individual, más que en la independencia colectiva, es precisamente la frase que se le atribuye en su fusilamiento: “¡Pueblo indolente, cuán distinta sería vuestra suerte si supieras el precio de la libertad…!” (Robledo, 2009). En esa frase no hay una alusión a un tipo de nacionalidad, no se habla de “santafereños”, “cundinamarqueses” y, mucho menos, “colombianos”; Colombia se encarnaría como concepto de nación varias décadas después. De manera clara y directa, “La Pola” enuncia el valor de la libertad como eje fundamental y apela al “pueblo”, en tanto comparten un elemento común: no hacen parte del gobierno, son aquellos a quienes se gobierna.

“La Pola” no interpela a las autoridades, ni a los españoles, ni a los criollos: interpela al “pueblo”; y lo hace además desde una lógica comercial que dejaba clara las implicaciones y contexto de esa libertad buscada. En ese giro de “si supieras el precio de la libertad”, la palabra “precio” no es menor ni accidental. “Saber el precio” era la base de un cálculo económico que ejercía el pueblo en su vida cotidiana, en el que desplegaba una inteligencia básica, “sentido común”.  De hecho, otra frase célebre parecida: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”, atribuida a Thomas Jefferson, muestra que “el precio de la libertad” era una expresión común en esos tiempos (Berkes, 2010), cuando era más evidente que libertad y comercio son conceptos cercanos. Relación que, por supuesto, una descendiente de participantes de la rebelión de los Comuneros, como la Pola, entendía perfectamente.

Por eso, en el esfuerzo por destacar un  espíritu de la celebración bicentenaria que comparta raíces con los valores que motivaron las gestas “libertadoras” y que debería permear a la Generación Bicentenaria, valdría la pena revisar el compromiso por retomar el camino de la “Eterna Vigilancia” frente al gobierno y disminuir el “Umbral del Dolor” del pueblo para que pueda cambiar su suerte.

Así, por ejemplo, lo entendieron muchos colombianos a principios del siglo pasado, en la conmemoración del Centenario de la Independencia, pues la amarga experiencia de la pérdida de Panamá, en 1902, propició la reflexión sobre el destino de las libertades comerciales y políticas. Los líderes de ambos partidos (liberal y conservador) tuvieron que acordar finalmente mínimos de convivencia que hiciesen de la competencia política en la prensa y las elecciones una oportunidad de fomentar iniciativas de progreso económico. La exigencia y el reclamo a las ideas del adversario deberían, entonces, priorizar la posibilidad de convertir dichas ideas en proyectos que fomentaran la cultura y la economía del país. Todo llamado a la rebeldía y la insurgencia, como a la represión y la censura, sería un fracaso de antemano (Vanegas, 2010).

Ahora bien, hicieron mayor gala de creatividad y fidelidad al compromiso con las gestas libertadoras, dentro de la generación centenarista, los creativos y directores de la empresa Bavaria S. A. En 1911, “La Pola” se consagraría como el referente histórico de “libertad” y “pueblo” al nacer como marca de cerveza, lanzada por Bavaria (Portafolio, 2009) en el contexto de las celebraciones centenarias; y duraría en el mercado casi medio siglo, al desaparecer en 1960 (Plano, 1989). Tiempo suficiente para que el producto lograse competir con la afamada chicha, hasta entonces la bebida más consumida por los habitantes de Santa Fe; ya que debido a su bajo precio, alto contenido de alcohol y llamativa publicidad, estaría destinada a convertirse en el sinónimo de la bebida refrescante de fiestas y encuentros: La Pola.

“La Pola”, como ya en su época era conocida la encantadora joven que atendía viajeros en Guaduas o cosía vestidos en Santa Fe (Robledo, 1989), es precisamente el ejemplo de movilidad social propiciado por el ejercicio de la libertad económica y política que tanto valoraban nuestros próceres, y que finalmente le costó la vida a nuestra inmortal heroína.
 

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Sin tener que acudir a los tratados de economía política y demás disertaciones sobre las ventajas de un gobierno civil y republicano, que tan sesudas reflexiones incitaron en próceres como Nariño, Santander, Camilo Torres, entre tantos, Policarpa Salavarrieta, en su ejercicio de comerciante, supo valorar el “precio de la libertad”, precisamente aquel del cual advirtió a sus compatriotas, que de no tener presente (o citando a Jefferson, no saber vigilar) no podrían mejorar su suerte.

Policarpa, nuestra querida “Pola”, a sus escasos 21 o 23 años, que se dice tenía al momento de subir al cadalso, presa una vez en las aulas del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario (a la sazón, hecha una cárcel por los españoles), nos sigue interpelando con esa impetuosa intervención que volvemos a citar: “¡Pueblo indolente, cuán distinta sería vuestra suerte si supieras el precio de la libertad…!”. Cada vez que podamos, nosotros, la generación bicentenaria, disfrutar de una cerveza, de una “Pola”, deberíamos recordar el precio de la libertad.
 
Bibliografía.

Berkes, A. (2010). Eternal Vigilance. Consultado en marzo de 2015, ver aquí
 
Plano, R. (1989). La industria cervecera en Colombia. Consultado en marzo de 2015, ver aquí

Portafolio. (2009). 120 años de historia celebra Bavaria el 4 de abril. Consultado en marzo de 2015, ver aquí

Robledo, Beatriz Helena. ¡Viva la Pola! Biografía de Policarpa Salavarrieta. Bogotá: Serie Libro al Viento - Alcaldía Mayor de Bogotá, 2009.

Torres, J. (ed.) (2010). El gran libro del Bicentenario. Bogotá: Planeta.
 
Vanegas, C. (2010). Disputas simbólicas en la celebración del Centenario de la Independencia de Colombia en 1910. Consultado en marzo de 2015, ver aquí



[1] Ambos personajes hacen énfasis en Colombia como un Estado exitoso, a pesar de las experiencias de violencia o corrupción que ha sembrado la indiferencia o escepticismo de sus conciudadanos.

 

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