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Las Salas de Cine Bogotanas: Esplendor y Ruinas

Luz Clemencia Pérez


Pareciera que en la Bogotá de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX  el reloj hubiera corrido más despacio, que las horas hubieran sido más lentas y los días más largos. Pero no sucedió tal cosa, aunque en la vieja Santa Fe el tiempo sobraba, las cosas se dejaban para el día siguiente y la siesta y la tertulia se imponían antes que cualquier obligación o trabajo. No había prisa.
 
La vida cotidiana de esa vieja Bogotá se desarrollaba entre el hogar, la iglesia, la tertulia de café y las veladas familiares. La ciudad era pequeña (en 1900 había alrededor de 100 000 habitantes) y la migración flotante estaba integrada por campesinos que venían a la ciudad a traer productos de la tierra, jornaleros o algunas familias que venían atraídas por las novedades de la ciudad.
 
A finales del siglo XIX la ciudad crecía lentamente, las dinámicas sociales y culturales se movían en un sector familiar y reducido, y la ciudad carecía de teatros, a excepción del Colón, construido en 1892, y del Municipal, construido en 1890 y demolido en 1952. En este último se proyectó cine por primera vez en la ciudad, el primero de septiembre 1897, como cuenta Luis Alfredo Barón Leal (2012) en su artículo “Los cinemas bogotanos: los edificios de la hechicera criatura”.
 
A comienzos del nuevo siglo las tertulias familiares, los bailes y grupos musicales salieron de las casas hacia otros lugares; las retretas militares que se ofrecían en las plazas se empezaron a dar en los parques y algunos clubes, cafés y restaurantes comenzaron a entretener al pequeño grupo de la élite criolla.
 
Apenas en 1912 aparece la primera sala cuyo diseño fue pensado para presentar cine. El Teatro Olympia –cuyo nombre se tomó del Cinema Olympia de Italia, el más importante salón de cine italiano de aquella época–, fue inaugurado el 8 de diciembre de ese año. “Su amplísima fachada era de un tamaño descomunal, de 80 metros de largo, donde se distribuían diez arcos de medio punto que servían de entrada. Tenía un estilo republicano sencillo con cuatro frontones triangulares y uno central circular donde había una escultura en la mitad del conjunto, similar al Cronos que corona hoy el pórtico del Cementerio Central. Su aforo se dice estaba entre los 3000 y 5000 espectadores, pero la guía de Bogotá de 1938 indica que su capacidad era de 1680” (Barón Leal, 2012: p. 134). La sala estaba situada sobre la calle 25, al costado sur del Parque del Centenario.
 
En el teatro Olympia comenzaría a despertar la ciudad a un nuevo mundo. El modelo europeo era reemplazado por otro paradigma: el americano. Ya no se soñaba con la nobleza europea: se pensaba en imitar a la familia americana que se veía en las películas que llegaban. La llegada del cine implicó además una cierta “democracia cultural”, pues inicialmente las clases altas eran las privilegiadas que podían asistir a las pocas distracciones lúdicas y culturales que había en la ciudad. Al cine podía asistir cualquier persona. Sin embargo, “su verdadero éxito estaba relacionado con la novedad de los lugares de exhibición convertidos en espacios públicos de consumo, que congregaban públicos totalmente heterogéneos” (Ávila y López, 2006: p. 9); pues inicialmente eran grandes salas que consistían en un solo espacio desde el que la gente observaba las películas. Las barreras y los límites solo aparecieron en las salas de cine más adelante, con teatros como el Faenza, construido en 1924, o el San Jorge, construido en 1935.
 

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Fue el inicio de un rápido camino hacia la modernidad. En poco tiempo se construyeron teatros muy bien dotados –algunos de gran dimensión– y con características arquitectónicas innovadoras y sorprendentes, llenando el espíritu capitalino de un aire de confort y aportándole un lenguaje nuevo a la ciudad. Jairo Andrés Ávila y Fabio López, en su libro Salas de cine, hacen una clasificación por años de las salas de cine. En ella llaman “primeros templos” a los 12 teatros que se construyeron entre 1912 y 1928; “edificios de la modernidad” a los 11 teatros que se construyeron entre 1931 y 1939; y “Edad de Oro” a los 112 teatros construidos entre 1940 y 1969. Las carreras séptima y trece fueron los ejes alrededor de los cuales comenzaron a surgir estas salas: Bogotá luchaba por modernizarse y se esmeraba en la construcción de las salas de cine
 
¿Qué movía a la gente a ir a cine? Sin duda aquello era el acontecimiento del siglo; la novedad; la curiosidad del cinematógrafo con aquellas imágenes que, en un principio relativamente mudas, se movían y les hablaban de otras culturas, otras modas y otras costumbres. Allí se mostraban imágenes para ellos desconocidas; paisajes inalcanzables, soñados por algunos, pocas veces vistos por otros. Parecía un sueño de otro mundo.
 
Cuando llegó al país el cine sonoro, las nuevas salas se desplazaron del centro hacia Chapinero, que se convirtió en el lugar de residencia de las familias adineradas de la ciudad. La carrera 13 se llenó de almacenes y salas de cine, a cuya salida se iba a tomar “onces” a “Las Margaritas”, al “Yanuba”, al “Crem Helado”, al “Monte Blanco”, al “Tout va bien” o a otros pocos salones que había en el sector. Las salas de cine se convirtieron así en importantes centros de encuentro con los amigos o con la pareja; en sitios para el intercambio de cuentos, para el cambio de monas del último álbum de colección y, claro, se convirtieron en un referente de la moda en la ciudad, pues todos salían a mostrar lo último que se estaba usando.
 
A mediados del siglo XX la ciudad comenzó su gran extensión. En el sur, en el norte o en el occidente estaban los teatros de barrio, donde ponían cita los amigos de la cuadra; los del parque, los que habían crecido juntos. Las salas de cine proliferaban. Los arquitectos ponían lo mejor de su creatividad y conocimiento en la construcción acelerada de nuevas salas: “Durante los años 50 y 60 se construyeron en Bogotá alrededor de 73 salas de cine. (…) A estas se sumarían otras 22 salas construidas en la década del 70, para un total de 95 salas” (Barón Leal, 2012: p. 162).
 
Hacia el norte, surgieron salas muy importantes para las familias que habían construido hermosas casas en el Lago, en el Chicó o en la Avenida Chile. Los adolescentes y los niños iban a las matinales de las 11 el domingo, que eran para todos. Los teatros Chicó y Almirante tenían filas interminables.
 
Bogotá era una pequeña urbe en donde todos terminábamos encontrándonos,  reconociéndonos; haciendo la historia de nuestras vidas, de nuestra ciudad y de nuestros barrios; en donde los lugares eran todos sitios sagrados que marcaban las fechas y las horas, las calles, las esquinas, los lugares que hoy buscamos con nostalgia. Llegaron los centros comerciales, moles de cemento que en cualquier parte del mundo se encuentran de manera unificada en su arquitectura y distribución. En 1976 aparecieron los primeros cines en Unicentro, y las salas de cine entran en una fase que Ávila y López (2006) llaman “crisis y nuevas propuestas”, que va de 1970, con las salas de barrio en Kennedy y otros barrios, hasta 1990. En estas dos décadas se construyeron 30 salas.
 
Aquella elegante escalera del Teatro Olympia de la calle 26; el estilo art déco de los teatros Atenas, Imperio y Aladino; o las grades salas del Cinerama, del Trevi o del Cinelandia pasaron al olvido: “Son mayores las pérdidas que lo que queda... Desaparecieron, por ejemplo, el Atenas (1937) en la calle doce con carrera sexta, el Imperio (1941) en la sesenta y tres con carrera décima y el Aladino (1948) en la carrera 13 con calle 60, pérdidas terribles. El estilo art déco que las caracterizaba era de los más puros y soberbios. Las dos primeras salas fueron concebidas por el arquitecto José María Montoya Valenzuela, y la tercera fue obra de Jorge Luzardo y Harry Child Dávila” (p. 137  Bogotá fílmica).
 
¿Qué pasó con nuestro patrimonio? ¿Quién quiso asesinar nuestros recuerdos? ¿A dónde se llevaron la esquina de nuestra primera cita, el teatro de nuestro primer encuentro, la sala de cine en donde vimos las mejores películas de nuestra época? Solo quedaron en la pantalla de nuestra memoria, como si solo en el espejo del recuerdo pudiéramos encontrar lo que fuimos. La historia de las salas de cine en Bogotá no tiene testimonio, nos arrancaron pedazos de nuestra vida, de nuestra infancia, de nuestra juventud, los testimonios de nuestros mejores momentos.
 
La ciudad ha quedado sin historia, sin muros que la sostengan y den fe de lo que un día pudieron ser. El esmero de sus arquitectos por llegar bien y con orgullo a la modernidad se perdió; nadie amó la ciudad, nadie la cuidó; ese pedazo de pared que fue testigo ya no cuenta nada, se fue. Cabría ver lo que dice la antropóloga Monika Therrien (2004: p. 34): “En su trayectoria, las maneras como experimentamos rutinariamente la ciudad y como nos relacionamos en ella, fueron adoptadas y aceptadas por unos, anheladas o resistidas por otros, por considerarlas adecuadas y necesarias o forzosas y denigrantes; sin embargo, no siempre fue esta la situación”.
 
Los tiempos nuevos no deben llegar arrasando con todo un pasado que se ha construido. Las ciudades hablan de su historia y de su cultura a través de muchos elementos materiales e inmateriales. Vamos dialogando con la historia que llevamos y que vemos, hablamos con nuestras calles o ellas nos hablan, nos dicen muchas cosas que solo ellas nos pueden decir. Los teatros, los cines, los lugares de encuentro van en el imaginario colectivo como seres vivientes, nadie puede borrar un instante y es doloroso cuando nos rompen la imagen real para dejarnos solo la imagen furtiva de nuestro recuerdo. Nos sentimos impotentes, violados en nuestra historia.
 

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Sin embargo, esas horas de cálido encuentro con amigos y allegados siguen persistiendo y sobreviven en nuestro quehacer cotidiano. Es la disculpa para el abrazo, el saludo o la charla; para salir, así sea en una tarde lluviosa; para compartir la gran pantalla y el espectáculo.
 
Las salas de cine siguen teniendo un factor aglutinante. Desde que la Bogotá del siglo XIX salió de sus casas para convertirse en un conglomerado social participante y activo, no volvió a encerrarse en ellas. Las salas de cine difícilmente se podrían cerrar, los centros comerciales siguen incluyendo los cinemas. Los crecientes festivales de cine de la ciudad siguen llenando las salas al tope y hay un grupo de fanáticos que no dejará de existir.
 
Sin embargo, al igual que un viejo sin familia, la historia de nuestros teatros y de nuestras salas de cine ha quedado abandonada y nos duele. Ojalá el reciente caso de la recuperación del Teatro San Jorge y su reactivación por parte del Instituto Distrital de las Artes sirva como detonante para la valoración y restauración de otras salas de la ciudad.
 
Fuentes:

  • Ávila Gómez, J. A., López Suárez, F. (2006). Salas de Cine. Archivo de Bogotá - Secretaría General, Alcaldía Mayor de Bogotá. Bogotá.

  • Barón Leal, L. A. (2012). “Los cinemas bogotanos: los edificios de la hechicera criatura”. En Bogotá Fílmica. Ensayos sobre cine y patrimonio cultural. Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, Alcaldía Mayor de Bogotá. Bogotá.

  • Therrien, M., Jaramillo, L. (2004). Mi casa no es tu casa: Procesos de diferenciación en la construcción de Santa Fe. Siglos XVI y XVII. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Alcaldía Mayor de Bogotá. Bogotá.

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