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Santafé Ilustrada

Laura Alejandra Granados Vela


Ciudad prócer, cerebro y corazón de Colombia, centro nervioso, intelectual y cordial de la República, cuyo seno maternal es de todos y para todos. Cuna u hogar de próceres y de varones eximios, albergue cariñoso de muchas de las excelsas figuras creadoras de nuestra nacionalidad y de sus gobernantes, recibió el postrer suspiro de infinidad de mártires que fecundaron con su sangre este suelo bendito (Ortega, 1990, pág. 416).


Reconocerse en el espacio donde se habita, consiste en darse cuenta de las características territoriales que hacen de cada persona perteneciente a una tierra, a un pueblo, a una nación, a un Estado. Conocer el transcurso de la historia de los ancestros no solo implica conocer los acontecimientos, sino hacerse parte de ellos por medio del reconocimiento de los espacios y las épocas en que se desarrollaron. Por esta razón, es necesario analizar y reconocer los espacios, el territorio, las modificaciones, la arquitectura, los hábitos urbanos y los sentimientos de pertenencia y territorialidad que caracterizaron a la Santafé de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, para así comprender con mayor pertenencia el furor de la ilustración y los pensamientos independistas que tuvieron como cuna la capital del virreinato de Nueva Granada.

Ciertamente, Santafé no era comparable con otras metrópolis de la época, tales como Lima  –a causa de la menor importancia dada al Nuevo Reino de Granada por parte de la Corona Española, por sus pocos recursos útiles al imperio–. Apenas en el siglo XVIII se abrieron las puertas a un mundo ilustrado y moderno. Según lo anterior, el texto estará dividido en dos partes principales: la conformación urbana de Santafé y las diferencias socioculturales de los espacios, y su élite ilustrada. Estos temas se encuentran interrelacionados entre sí y se complementan uno a otro para conformar lo que fue la élite ilustrada en Santafé.

Conformación urbana de Santafé y las diferencias socioculturales de los espacios

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Santafé, pequeña, modesta y tranquila ciudad, de 21 464 habitantes, fue la base del pensamiento ilustrado en el virreinato. Para entender esta particularidad, es necesario revisar su constitución social y urbana de entonces. En esa parte del siglo XVIII, en Santafé se clasificaba la población según su ascendencia étnica, según la cual las clases sociales que habitaban la pequeña ciudad eran: blancos (en su mayoría españoles), mestizos, indígenas y negros (casi totalmente esclavos de ascendencia africana). En 1793, la población total de la ciudad se acercaba a los 20 mil habitantes, de los cuales el 57% era mestizo, un 38,3% conformada por blancos, seguido por los esclavos con un 5,8%, y en la menor proporción los indígenas, que sumaban un 3% (Bogotá, Historia Común, 1997). 

Aparte de las formas de diferenciación ya mencionadas, es importante para este estudio resaltar la magnitud que los espacios tenían para dividir cada clase. Dada esta importancia se analizara con detenimiento los rasgos socioespaciales que caracterizaban a la antigua Bogotá. Para 1774, la ciudad estaba conformada por ocho barrios que se acomodaban en torno de la Plaza Mayor, por lo que el orden jerárquico de los barrios se dio del centro a la periferia; es decir, aquellos que vivían más cerca de la Catedral Mayor tenían un estatus social alto, mientras que los habitantes de las zonas lejanas representaban el nivel bajo. Junto a la Plaza central se encontraban los barrios de la Catedral, Palacio, San Jorge y el Príncipe; les seguían, por orden, Las Nieves Oriental y Las Nieves Occidental, separadas por la actual séptima; y en la periferia se ubicaban Santa Bárbara y San Victorino (Bogotá, Historia Común, 1997).
A continuación, describiremos algunos barrios de la ciudad para así resaltar los aspectos análogos entre cada uno de ellos. Primeramente, se encuentra el barrio La Catedral, que se ubicaba desde el río San Agustín, hasta la calle 11 y al oriente de la carrera 7.a. Las viviendas, habitadas principalmente por ilustres criollos (como la casa de la familia Nariño-Álvarez, donde se crio Antonio Nariño), estaban construidas con tapia y eran de color blanco, cubiertas por un gran tejado; las casas de dos pisos tenían balcones con una decoración elegante. Por las calles de este barrio de élite pasaban jóvenes criollos en sus caballos bien adornados y con su vestimenta típica de sombrero con plumas, zapatos de charol y camisas con cuello de encaje; su objetivo era llamar la atención de las jóvenes santafereñas que los observaban con asombro (Bogotá, Historia Común, 1997); (Ortega, 1990).

El barrio del Príncipe iba desde la calle 11 hasta el río San Francisco, al este de la carrera séptima. Aquí se ubicaba una de las iglesias que más sobresalía de Santafé, gracias a su estilo colonial y hermosos altares, esculturas y detalles en oro y plata: la Iglesia de la Calendaria. Como buen barrio distinguido, también albergaba a personas destacadas en el ámbito educativo de Santafé, por ejemplo al rector del Colegio Mayor del Rosario de 1794, José Miguel Masústegui, y a una de las mujeres más distinguidas de la aristocracia santafereña, María Clemencia Caicedo y Vélez, quien fundó el Colegio de la Enseñanza, dedicado a la educación de las mujeres de la élite santafereña (Ortega, 1990).

Al norte del río San Agustín, hasta la calle 11 y la carrera séptima, se ubicaba el barrio el Palacio. Aquí se guardaba un tesoro ilustrado: en la Real Casa, y posteriormente en el Observatorio Astronómico, estuvieron los datos, la información, los libros y dibujos que Mutis y sus discípulos realizaron en la Expedición Botánica. Aparte, muy cerca del lugar, vivió el ilustrado Camilo Torres (espacio que se analizará más adelante). También se encontraban en el lugar el convento de Santa Clara, que cuenta aún con cuadros coloniales que embellecen su capilla; y el edificio de la Real Audiencia (Ortega, 1990).

Vistos ya los barrios de la élite y más cercanos a la Plaza Mayor, se continuará con aquellos donde se asentaban las clases populares, de los cuales resaltamos dos importantes. El barrio Santa Bárbara estaba conformado por casas de tapia pisada dispuestas en desorden, dificultando la conformación de calles o manzanas, aunque todas alrededor de la Iglesia Santa Bárbara. Ubicado en la periferia, constituía una zona de clases populares y laboriosas. Sin embargo, en el periodo estudiado (1770-1810) empezaron a asentarse allí personas sobresalientes de la ciudad, colaboradores de Mutis en la Expedición Botánica como Francisco José de Caldas, José Joaquín Pérez, Camilo Quesada, etc. Resulta interesante este dato, ya que en ese entonces era extraño que rosaristas, como Caldas y Pérez, vivieran en la periferia de la ciudad  (Ortega, 1990); (Bicentenario en Bogotá 1810-2010, 2010).

De los barrios de “indios” más notables era San Victorino. Un barrio de extramuros, conformado por 32 manzanas, cuya característica principal era estar constituido por casuchas apachurradas, sin concurrencia de acueducto durante varios años. Al río San Francisco, que corría por esta zona, eran arrojados cadáveres de ajusticiados, lo cual causaba problemas de insalubridad en el lugar. A pesar de ello, su importancia para el movimiento independista no es menor, debido primero a que varios pasquines fueron exhibidos en las paredes de dicho barrio; y segundo por ser el lugar predilecto para que los federalistas se tomaran la ciudad, puesto que allí se libraron varias batallas, incluida la de las tropas de Antonio Nariño (Ortega, 1990).

Resulta notable que en este barrio vivió uno de los rectores del Colegio Mayor del Rosario y después Presidente de la Junta de Gobierno, conformada por Antonio Nariño en 1812: Felipe de Vergara y Caycedo. Desde 1766 hasta 1818 (año de su muerte) su casa estuvo ubicada en la Plazuela de San Victorino, incluso cuando fue rector no dejó su vivienda, ni tampoco su manera de vestir, característica de su clase (Ortega, 1990).

En San Victorino (y otras zonas populares, como Las Nieves y Santa Bárbara) eran comunes las chicherías, lugares especiales para producir y beber la bebida heredada de la cultura indígena, la chicha. Estos lugares eran mal vistos por la Corona española y por la élite criolla, a causa de dos razones principales: la primera, relacionada con el tipo de personas que acudían a estos lugares, generalmente indígenas, mestizos y blancos, quienes solían ser artesanos, obreros, sirvientas, mendigos, etc. En segundo lugar, por la suciedad y los desperdicios que predominaban en estos locales, donde el mal olor era característico.

Élite ilustrada en Santafé

Muchos de estos pensamientos sobre la ciudad provenían principalmente de los ilustrados europeos (Francia y España, en especial) y tuvieron su época de furor en las élites criollas a finales del siglo XVIII. Las ciencias exactas fueron impulsadas en los colegios mayores, inicialmente como cátedras electivas pero, tiempo después, tomaron el valor de obligatorias para algunos estudios. Uno de los que intercedieron en el desarrollo de dichas cátedras fue José Celestino Mutis, quien dictaba clase en el Colegio Mayor del Rosario. Tal vez por ser uno de los primeros lugares en promover el pensamiento ilustrado, esta fue la casa de muchos de los artífices de los acontecimientos de independencia y formación de la República en el siglo XIX. Además, bajo el techo del claustro empezó a surgir la idea de realizar tertulias, que intentaban copiar los salones de París, donde empezaron a discutirse temas polémicos en la Europa de ese momento. Como lo expresa Daniel Ortega Ricaurte en un apartado de su libro Cosas de Santafé de Bogotá:

Muchísimos hijos ilustres de Colombia, en todas las épocas de sus gloriosos anales tres veces centenarios, han pasado por las aulas del Rosario, fuente de nuestra cultura, y han llevado con honor la beca blanca con el negro escudo de Calatrava; por la pléyade de próceres, héroes y mártires que allí estudiaron o pasaron su capilla de antecámara de la muerte, ha merecido este colegio el título de “Cuna de la República”, ya que en él, como en el San Bartolomé, nació nuestra independencia (Ortega, 1990).

Desde sus inicios, el Claustro estuvo inspirado por las universidades españolas (la Universidad de Salamanca en especial), que se caracterizaban por tener un diseño cerrado y plateresco, por lo que la edificación cerrada del claustro rosarista y su delineación guiada al centro propiciaban el aislamiento de sus huéspedes. Por esta razón, se logró mayor intimidad y comunicación entre los estudiantes ilustrados que buscaban llenarse de mayor conocimiento dentro de los muros de la edificación, donde imaginaban un mundo europeo dentro del virreinato americano (Universidad del Rosario, s.f.).

Poco a poco, la intimidad que brindaban las aulas y los dormitorios sirvió de centros de discusión de temas que fueron pasando de lo científico a lo político y revolucionario. Este cambio se dio gracias al interés por lo que acontecía en la realidad estudiantil, inspirada por las revoluciones extranjeras, y además por aquellas tertulias en las cuales estos intelectuales discutían sobre temas leídos y facilitaban la circulación de nuevas prácticas de lectura.

Aunque puede ser un poco osado afirmar que varias de las ideas revolucionarias e independistas surgidas en el virreinato vinieron del Colegio Mayor del Rosario, fue desde allí que se esparcieron al resto de Santafé y, posteriormente, apoyaron los movimientos que ya se desarrollaban en otras partes del territorio granadino. Un ejemplo de ello fueron los pasquines, cuyo origen se remonta a las tertulias desarrolladas en el Claustro y en las casas de la élite criolla. Algunos estudiantes del Rosario fueron acusados por el virrey de conspirar en contra de la Corona, y por ello las discusiones ilustradas que se daban allí fueron cohibidas. Por ello, los ilustrados rosaristas buscaron otros espacios para celebrar las tertulias y seguir formulando los actos revolucionarios que ya tenían en mente.

Ya observada la influencia del espacio rosarista para el surgimiento de las sociabilidades, que llevaron a los actos revolucionarios en la capital del Virreinato a inicios del siglo XIX, es necesario analizar los espacios en los que habitaban algunos próceres de la patria, para concluir que también fueron propicios para desarrollar el conocimiento ilustrado y revolucionario.

Para iniciar, tenemos al ilustre abogado Dr. Camilo Torres y Tenorio, oriundo de Popayán, llegado a la capital en 1794. Este gran protagonista de la historia colombiana cursó sus estudios primarios en el Seminario de San Francisco de Asís, en Popayán, y posteriormente estudió en el Colegio Mayor del Rosario Derecho Canónico, donde por su gran representación ocupo el puesto de Colegial (Martínez & Gutiérrez, 2010, págs. 36-37).  El lugar que habitó y en el cual surgió la inspiración para escribir sus obras, como el conocido Memorial de Agravios de 1809, fue su casa ubicada en la Calle del Chocho con la Calle de la Giralda, esquina occidental del Palacio presidencial, al sur del Observatorio Astronómico (Bicentenario en Bogotá 1810-2010, 2010, págs. 26-30). 

Por otro lado, el Director de la Sección de Astronomía de la Real Expedición Botánica,  graduado de Filosofía y Derecho Canónico, catedrático de Matemáticas y colegial del Colegio Mayor del Rosario, Francisco José de Caldas, vivía en el barrio Santa Bárbara, cerca de la Iglesia de San Agustín y del puente que comunicaba esta zona con el barrio del Palacio. Aunque este barrio no pertenecía al núcleo central de Santafé, la casa de Caldas se ubicaba relativamente cerca del Observatorio donde trabajó. Resulta interesante que Caldas haya habitado en este barrio, a diferencia de sus compañeros fundadores de la patria. Ello puede ser indicativo de la capacidad económica del catedrático, que si bien provenía de buena familia, podría tener una situación desfavorable para la época.

Antonio Nariño, proveniente de familia ilustre, tenía bajo su poder varias viviendas. En primer lugar, la vivienda familiar, donde creció y vivió por cerca de 30 años, estaba ubicada en la Carrera Séptima entre calles 7 y 8 (hoy Casa Presidencial). La segunda vivienda destacable era una casa de campo a las afueras de la ciudad, saliendo por el barrio Santa Bárbara.  La mansión de campo  “La Milagrosa” sirvió como refugio después de publicar la traducción de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, producto de la Revolución Francesa. Aquí se encontraba buena parte de la biblioteca que poseía el gran sabio, y por ello también sirvió de lugar propicio para celebrar las tertulias y las reuniones de la sociedad de literatos que promovía. Dentro de ella había estatuas y cuadros de Franklin y Washington, acompañados de frases de grandes pensadores, tales como Sócrates y Rousseau.

Estos lugares (en especial los barrios donde vivía Camilo Torres y trabajaba Francisco José de Caldas) fueron privilegiados debido a la gran confluencia de conocimientos e ideas que se tuvo lugar allí. Primero, fue el lugar donde vivió el sabio Mutis, y por lo tanto se encontraban los escritos y demás textos de la Expedición Botánica. Segundo, allí se construyó el Observatorio Astronómico, lugar que no solo tuvo importancia científica, sino política. Allí Torres, Caldas y demás compañeros ilustres (como José Acevedo y Gómez, Luis Caicedo y Flórez, Antonio Baraya, Joaquín Ricaurte, entre otros) tuvieron acceso secreto, para reunirse a debatir y ejecutar los actos revolucionarios que impulsaron la Independencia (Ortega, 1990, págs. 239-247).

En las noches capitalinas  se desarrollaban debates, en una tertulia secreta que tenía lugar en distintas casas de la élite criolla, ubicadas especialmente en los alrededores de la Plaza Mayor. Las características físicas y ciertos aspectos positivos del Observatorio, tales como la entrada casi escondida en la calle, sin fácil acceso, zona oscura y despejada por las noches y la particularidad de que el único que tenía llave era Francisco José de Caldas, lo convirtieron en el lugar preferido para las reuniones secretas. Cuando no era posible hacerlo allí, la casa del Dr. Torres era el lugar acostumbrado. Se cree que fue allí donde se dieron las juntas revolucionarias previas a la Independencia (Ortega, 1990, págs. 245-247).
 

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Todo este conocimiento inspirado en Europa logró invocar un creciente deseo por llenar los establecimientos ilustres con el mundo de las ideas políticas y científicas. Tanto la diferenciación entre la élite criolla y las demás clases según la conformación de los barrios, como la arquitectura cerrada de los lugares donde se realizaron tertulias fue lo que consolidó el escenario independista. Es posible que la arquitectura guiada hacia el centro de la edificación (haciendo referencia especialmente al claustro rosarista), alejara a los nuevos estudiantes de la realidad que había en la ciudad, y los acercara al mundo q europeo, logrando que se gestaran los pensamientos independistas y revolucionarios que lograrían conformar en el nuevo Estado colombiano.

Bibliografía:

  • Alzate, A. (2007). Suciedad y orden: Reformas sanitarias borbónicas en la Nueva Granada 1760-1810. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

  • Alzate, A. (2012). Geografia de la lamentación: institución hospitalaria y sociedad, Nuevo Reino de Granada, 1760-1810. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

  • (2010). Bicentenario en Bogotá 1810-2010. Bogotá D. C.: Alcaldía Mayor de Bogotá.

  • Bogotá, Historia Común. (1997). Bogotá: Alcaldía Mayor de Santa Fé de Bogotá.

  • Luque, S. (2009). Historia del patrimonio rural y urbano del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

  • Martínez, A., & Gutiérrez, D. (2010). Quién es quién en 1810. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

  • Martínez, J. A. (2010). Arquitectura Colonial de Santa Fe de Bogotá. Revista Aeronáutica(260). Obtenido de FAC.

  • Ortega, D. (1990). Cosas de Santafé de Bogotá. Bogotá: Tercer Mundo Editores.

  • Restrepo Manrique, C. (2008). La alimentación en la vida cotidiana del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario 1776-1900. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

  • Universidad del Rosario. (s.f.). Consultado el 2014, de Universidad del Rosario.

 
 
 

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