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Desarraigo

Por: Santiago Villalba


Los colombianos que salieron al exilio en las décadas pasadas y ahora vuelven, con las caras bronceadas y el acento irreconocible, saltan sorprendidos sobre los asientos de los taxis o los carros de sus familiares, que todavía prevalecen colombianos, mientras atraviesan la nueva calle 26. Suspiran porque Bogotá ya no parece un pueblo con aires de ciudad. Ahora las avenidas, el Transmilenio, los murales, Colpatria que brilla desde lejos les llenan el corazón de orgullo… y se vacía en cuanto exhalan. Están tranquilos porque ninguno tuvo que soportar las construcciones ni los problemas legales que, para no perder la costumbre, están a la vista de todos y bajo la atención de ninguno.

La ilusión les dura un segundo, porque  las calles por las que caminaron, trabajaron y temieron, ya no existen. Porque el corredor de entrada a la ciudad ya no es la avenida de lozas que hacia saltar a los pasajeros  por su poca uniformidad, sino que ahora es una autopista uniforme que lleva de los cerros al aeropuerto en 30 minutos. Y dura menos la ilusión cuando piensan en la vuelta a su país adoptivo. Y viven con miedo todavía, porque el enano se nos creció.

Los que volvieron con ganas de quedarse ya no tienen a que amarrarse. Suben con ojos bien abiertos; atraviesan la Cali, la 68, la treinta, y todos los muros bien pintados, cada imagen una muestra del tiempo que pasó entre ellos y nosotros. No hay constitución que valga, ni decreto más certero que la propaganda que un país se hizo a sí mismo para empezar a escribir su historia. “Un pueblo sin memoria está condenado a repetir su historia”.

Nos pintan las huellas de un camino tortuoso, con tenis, con zapato y con alpargata, y nos pintan el pan y las palomas, y nos lo pintan en la casa. Y cuando sale el sol se ven brillar los murales y cuando está gris se ven saltar los colores en la piel de la ciudad.  Con formas y palabras tatúan y construyen un cuerpo que no se había  visto nunca a sí mismo.

Los carros corren a toda velocidad frente al Cementerio Central de Bogotá, y a los pasajeros se les van los ojos, porque los mausoleos están llenos de miles de tumbas, porque siempre han estado ahí y sin embargo el terreno de la muerte es el terreno del olvido. Pero ya no se paran los muros infranqueables que nos separaban de los fallecidos. Ahora el Centro de Memoria no es un cementerio común. Allí no se va a padecer. Se va a mirar, con los ojos del arte, la cara única de la víctima.

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El Cementerio Central fue convertido en el Centro de Memoria. Desde hace 7 años está en construcción y va llegando a la conclusión de sus obras. “Desenterraron todos los cuerpos del globo B” decía Dasy Chilo, una de las indígenas que trabaja como guía en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, “que era donde estaban los cuerpos de las familias más pobres o los que nadie reconocía”, añadió. “Se levantaron los cadáveres y los restos, se investigó con pruebas de ADN quiénes podrían ser los familiares; y cuando todo estuvo listo, en 2008 empezó la obra del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Para construir memoria de los que yacían aquí y para recordar a millones de personas desterradas por la violencia sistemática, construimos este lugar”, dijo Dasy, con toda la capacidad de su elocuencia y la solemnidad que se le regaba por los ojos. “Hacemos exposiciones de arte y todo tipo de eventos culturales, políticos, sociales.

Trabajamos con las víctimas del conflicto; aquí vienen cada jueves a contar su estancia en el exilio”.

En abril de 2012, el edificio más alto del Centro de Memoria estuvo listo. Un mausoleo de cinco pisos, sin tumbas ni cuerpos, con una sola puerta, alta, para dejar entrar a los que no llegaron con vida, fue inaugurado. El frío y el eco de las catedrales está allí; el concreto se deja ver crudo y sin pintura, mientras se descienden las escaleras para encontrar el resto del edificio enterrado. El monumento se alza sobre dos espejos de agua. En el medio corre un túnel con paredes de cristal. Hacia dentro se ven las galerías.

Dentro de la galería.

Bajaba por la calle principal del pueblo un río de gente. Los primeros, con sus ladrillos al hombro, miraban hacia adelante, y la cúpula de la iglesia, a sus espaldas, se veía como un punto final sobre sus cabezas. La mirada de los hombres y las mujeres decididas a desterrarse solo si con ellos podían llevarse sus casas ladrillo por ladrillo, pesa por cada segundo que se mira la fotografía. Y cuando se mira para abajo están los niños cargando más ladrillos y detrás el pueblo, vacías las casas y llenas las calles. Y no hay rencor, ni la intención de destruir con los ladrillos algo que podrían construir. Y no hay miedo porque detrás siempre hay alguno y para adelante van todos.


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Corre el mediodía y el sol cae sobre la nuca de los ancianos, los cigarrillos acaban de llegar y el dominó se puso bueno hace dos partidas. La botella de ron no va a durar más de tres juegos. La partida está apretada: a los cuatro les quedan tres fichas. Mientras el viejo de la izquierda busca acomodar su juego, el gordo, que le da la cara a la calle, es el único que ve la procesión. Brilla con más fuerza el ataúd negro bajo el sol que las caras de los hombres que lo cargan. El espacio está lleno de luz, las camisas blancas se pierden con el color de la calle destapada. Es el blanco y negro de la fotografía lo que hace que el ataúd valga como la última ficha del juego.

Collages.

Que el cuerpo viva en el exilio no significa que la voz no se mantenga en la patria. Ausencia también es resistencia. La cara y el cuerpo de la víctima es solo uno: un gran nombre sin rostro y un gran rostro sin nombre.

Sobre una fila de mesas, en un garaje vacío, los testimonios sonaban al tiempo; las grabadoras se interrumpían y ninguna frase parecía pertenecer a ninguna voz. Todas repetían, en un ciclo, la misma frase.

“En un municipio de Antioquia, donde se respira con dificultad (porque hasta eso cuesta), se siente calor, dolor, miedo, zozobra y desesperanza. Este lugar nos ha conducido al olvido de cosas tan sencillas como nuestro propio nombre”. Claudia Milena Ospina.

“Donde yo vivía, había un bosque donde salía el sol. También salía la guerrilla”. Mélida Martínez.

“El gallo se cayó del gallinero, se paró, se sacudió, cantó y siguió su vida”. Mercedes Mesa.

“Era un pueblo rico en leche, café y plátano, pero también en hostigamientos; por eso nos tocó salir. En una maleta empacamos las ganas de vivir”. Delfina Hernández Fandiño.

“Nuestras carreras han sido nuestra vida e historia”. Nicolás Gil.

“Ave Fénix”. Carlos Alberto Acevedo Castaño.

“Hay una hora detenida en el reloj: marca la muerte de mi esposo y la salida para llegar a un lugar donde no hay quien te espere, solo los días”. Nancy Yaneth Ropero.

“Cuando ayudé a otros lo pagué caro: la guerra quiere que estemos solos”. José Joaquín Arango.

“El desplazamiento me alejó de mi Chocó, de mi fauna, de mi familia, amigos, del sonido de los ríos, de los pájaros, del olor de las frutas. Creándome pánico una noche oscura bajo la lluvia helada, llego a una Bogotá fría, donde escribo y tejo identidad”. Ana Beatriz Acevedo.

Escuchamos la voz y vemos la imagen del cuerpo que no está. 44 artesanos bajo el mausoleo de los vivos proyectan la imagen que habremos de reconocer, y libran al pasado de ceguera temporal.
 

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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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