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Editorial

Luis Enrique Nieto Arango

In memoriam Guillermo Fergusson Manrique

En un estudio reciente de las Universidades de Michigan, Duke y Wisconsin se estableció de qué manera la pobreza perjudica el desarrollo del cerebro en la infancia. Mediante resonancias magnéticas  se descubrió que la materia gris del cerebro está sensiblemente menos  desarrollada en la población infantil aquejada de pobreza. De acuerdo con este estudio científico la materia gris del lóbulo frontal, el lóbulo temporal y el hipocampo es hasta un 10% menor en los pequeños criados por debajo del umbral de pobreza. Lo anterior explicaría buena parte de los déficits de aprendizaje de los escolares aquejados de desnutrición1.

Sin ayuda tecnológica, basado en la observación de la cruda realidad, el profesor Guillermo Fergusson, primer Decano de la Facultad de Medicina del Rosario restaurada hace 50 años, ya nos enseñaba  esta tristísima verdad. Quien esto escribe, entonces un estudiante de 18 años, recuerda como el maestro Fergusson nos hacía observar a la orilla del rio Magdalena, durante un viaje a la Dorada, Caldas, un grupo de impúberes, aquejados de los síntomas del Kwashiorkor2, resultante de una ingesta insuficiente de proteínas, particularmente expresados por una barriga protuberante y una decoloración del cabello que los haría pasar por descendientes de un glotón nórdico.

Despejando el equívoco el Decano nos hacía caer en cuenta del  hándicap que pesaba sobre estos infantes, a los cuales la disminución de su capacidad cognitiva y de aprendizaje los condenaba a un futuro incierto, determinando para ellos, desde su nacimiento, una verdadera condición de parias que irremediablemente los convertiría en víctimas de la violencia, del conflicto armado y de la marginalidad.

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La constatación de esa realidad nos hizo entender a algunos la fragilidad de nuestra democracia y la necesidad de un cambio estructural que, a pesar de los innegables esfuerzos que se han hecho, aún está pendiente.

La pobreza y la desnutrición hacen parte de la inequidad de un país que, de acuerdo con el coeficiente Gini  ocupa el puesto 12 en mayor desigualdad del ingreso entre 168 países del mundo. En otro informe sobre el índice de desarrollo humano (IDH) Colombia ocupa el puesto 98 mientras que Noruega, Australia, Suiza, Países Bajos y Estados Unidos están en los primeros lugares. Los últimos los ocupan Níger, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Sierra Leona y Burkina Faso.

Al analizar estas estadísticas y tantas otras que nos demuestran nuestra pobreza y, sobre todo, nuestra inmensa desigualdad, comprendemos la pícara blasfemia que Fergusson atribuía a algún autor que ya he olvidado: “Dios debe querer mucho a los pobres porque si no no  hubiera hecho tantos. Y debe querer mucho a los ricos porque de lo contrario no hubiera repartido tanto entre tan pocos”.

Además de traer a la memoria el recuerdo del admirado maestro Guillermo Fergusson  estas deshilvanadas reflexiones me recuerdan un poema del celebrado vate popayanejo Guillermo Valencia, varias veces candidato a la presidencia de la República y, quien a juzgar por los siguientes versos, y a pesar de sus deficiencias en biología y poesía, habría tal vez intentado alcanzar, de haber sido presidente, cierta justicia social.

¿Quién me dirá si un huevo/es  de torcaz o víbora? La mente/ no sabe leer lo que en el tiempo asoma;/ el hombre, como el huevo,/ en nidos de dolor será serpiente,/ ¡en nidos de piedad será paloma!

Hoy, ad portas de acabar el conflicto armado más antiguo del mundo, el futuro de la niñez, que es el futuro de la nación colombiana, nos debería afirmar la obligación ineludible de buscar la paz. Esta paz que  en nuestra Constitución es un derecho fundamental y que, como tantos otros derechos, hasta ahora ha sido negada a los colombianos.

Bibliografía


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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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