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Sobre la paulatina elaboración de los pensamientos en el habla

Traducción de Rafael Uribe

Si quieres saber algo y no puedes hallarlo a través de la meditación, yo te aconsejo, mi querido y sensato amigo, que hables con el primer conocido que topes. No es preciso que sea una mente aguda, como tampoco creo que debas preguntarle. ¡No! Antes que nada, tú mismo deberías contarle. Noto tu asombro y me respondes que se te ha aconsejado, desde temprana edad, hablar nada más de aquellas cosas que ya comprendes. Pero en aquel entonces hablabas —quizá— con el afán de instruir a los demás y yo quiero que hables a partir de la razonable intención de que te instruyas; quizás así ambas sentencias fructifiquen, en distintos casos, una al lado de la otra. El francés dice el apetito llega comiendo[1] y este dicho, fundado en la experiencia, es aún veraz si se le parodia y se dice: la idea llega hablando[2].

A menudo, sentado en mi escritorio y frente a los expedientes, escudriño en un intrincado pleito el punto de vista que permita un juicioso dictamen. Luego, procuro verlo a la luz, en el punto más claro, en el intento de que mi más íntimo y sobrecogido ser se ilumine. O bien, cuando tengo un problema algebraico, busco la primera conjetura, la ecuación que exprese las proporciones dadas y desde la cual se calcule fácilmente. Y he aquí que, cuando hablo de esto con mi hermana, quien se sienta tras de mí y trabaja, sé lo que tal vez no hubiera averiguado en una hora de meditación. No como si me lo dijera en sentido estricto, pues ella no conoce el código legal, ni ha estudiado a Euler ni a Kästner[3]

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Tampoco es como si ella me llevara al punto a través de certeras preguntas; lo cual vendría al caso, si esto último fuese lo habitual. Por el contrario, debido a que poseo una vaga idea que se relaciona de lejos con aquello que busco, en el momento que empiezo a discurrir audazmente desde este punto, el espíritu expresa —a la par que el habla se extiende— con toda claridad aquella intrincada idea en la necesidad de finalizar lo que inició; de tal manera que el entendimiento, para mi sorpresa, ya está preparado con la oración periódica[4]. Con el fin de ganar el tiempo necesario, combino sonidos no vocalizados, alargo las conjunciones, tal vez use una aposición donde no sea necesaria y me sirva de otros artificios que extienden el habla para la elaboración de mi idea en los talleres de la razón. Precisamente entonces nada es más saludable que un mínimo movimiento de mi hermana, como si quisiera interrumpirme; ya que, de hecho, mi  exhausta mente es estimulada aún más en este intento externo de arrancarle el habla —hallándose aquella bajo el dominio de este— y es, en su capacidad, forzada a un rango más alto, como un gran general cuando el momento apremia. En este sentido, comprendo cuán útil pudo ser a Molière su criada, puesto que si la creía capaz de una opinión que podía dar cuenta de la suya —tal como él pretendía—, sería entonces pura modestia, modestia que no le creo en su corazón. Hay una increíble fuente de júbilo para aquél que se dirige a un rostro humano; y una mirada, anunciándonos la comprensión de una idea parcialmente expresada, nos otorga a menudo la expresión faltante. En mi opinión, más de un gran orador no sabía lo que iba a decir en el instante que empezó a hablar. Empero, la convicción de obtener todas las ideas necesarias, solo a partir de las circunstancias y del consecuente estímulo del espíritu, lo envalentonó de sobra, para dar inicio sin certeza alguna. Se me ocurre la «fulgurita» con la que Mirabeau[5] fulminó al maestro de ceremonias. Este, el 23 de junio, tras la anulación del último consejo monárquico del rey, en donde se ordenaba la disolución de los representantes, regresó a la sala de sesiones, aún llena, y les preguntó si habían escuchado la orden del monarca. —Sí —respondió Mirabeau—, hemos escuchado la orden del rey. —Estoy seguro de que él, en un humano inicio, todavía no pensaba en la bayoneta con la que finalizó. —Sí, señor —repitió—, le hemos escuchado —es de observar que aún no sabe en lo absoluto lo que quiere—. ¿Pero qué lo faculta a usted —continuó; y ahora, de repente, una fuente de extraordinarios pensamientos fluyen en él—, para sugerirnos órdenes? Nosotros somos los representantes de la nación —¡Esto era lo que él necesitaba!—. La nación da órdenes y no recibe ninguna —¡para bambolearse en la cima de la osadía!—. Y con el fin de hacerme entender muy claramente —Ahora encuentra aquello que expresa toda la resistencia, frente a la cual su alma se encuentra preparada—: dígale usted a su rey que nosotros no abandonaremos nuestros puestos más que por la fuerza de las bayonetas —Acto seguido, satisfecho, tomó asiento.

Cuando uno piensa en el maestro de ceremonias, no puede más que imaginarlo en una completa debacle espiritual. Una ley similar postula que, cuando un cuerpo de carga eléctrica neutra ingresa en la atmósfera electrizada de otro cuerpo, activa repentinamente la carga eléctrica contraria. Y como en el cuerpo cargado, donde la cantidad de electricidad existente se intensifica nuevamente tras la transferencia, del mismo modo muta el ánimo de nuestro orador al más temerario júbilo, aniquilando a su rival. Quizá de esta manera, el movimiento involuntario de un labio superior o el ambiguo juego con los puños de la camisa fue lo que provocó en Francia la caída del orden establecido. Se lee que Mirabeau, tan pronto el maestro de ceremonias se alejó, se levantó allí mismo y propuso no sólo (1) constituir la Asamblea Nacional, sino (2) también su inviolabilidad. Luego, descargándose a guisa de botella de Leiden[6], Mirabeau se neutralizó y, repuesto de su temeridad, cedió al repentino temor del Chatelet[7] y de la precaución. Este es un singular punto de encuentro entre los fenómenos del mundo físico y moral que, si se quisiera observarlo, se constataría aún en las circunstancias más triviales; pero me aparto de mi parábola y vuelvo al meollo del asunto. También La Fontaine ofrece un singular ejemplo de una paulatina elaboración del pensamiento a partir de un inicio impuesto por necesidad en su fábula Los animales enfermos de peste. Allí el zorro, sin la más mínima idea, es obligado a desarrollar una apología en favor del león. Esta fábula es conocida. La peste reina en el reino animal. El león reúne a los  grandes y  les  revela que el sacrificio de un  individuo  apaciguará el cielo. Los pecadores abundan en el pueblo y la muerte del más grande salvará a los demás de la catástrofe. De allí que los animales estén dispuestos, con toda franqueza, a declarar al león sus faltas. Él, por su parte, confiesa que por el impulso del hambre ha acabado con una que otra oveja; también con el perro, cuando ha estado demasiado cerca, e incluso el pastor le ha parecido en momentos delicioso y se lo ha comido. Si nadie más se culpa de debilidades más grandes, entonces él está dispuesto a morir. —Señor —dijo el zorro, queriendo apartar de sí la tempestad—, usted es tan generoso. Vuestro noble afán os lleva muy lejos. ¿Qué es estrangular a una oveja? ¿O a un perro, bestia indigna? Y, en cuanto al pastor, continúa, ya que este es el meollo del asunto— se puede decir —aunque él aún no sabe qué—, que se merece todos los males —dicho al azar, de modo que el zorro se confunde—; al ser —una pésima oración que, sin embargo, le da tiempo— de las personas —solo ahora encuentra el pensamiento, urgido por la necesidad—, que sobre los animales se hace un imperio quimérico. —Y ahora prueba que es el burro, el sanguinario (¡quien engulle todas las hierbas!), como la víctima más adecuada, tras lo cual todos se abalanzan y lo destrozan.

Hablar así es, ciertamente, pensar en voz alta. Las secuencias de ideas y sus denominaciones avanzan paralelamente, y los actos del ánimo confluyen tanto en  uno como en el otro. El lenguaje no es, por tanto, una traba, a modo de freno en la rueda del espíritu, sino una segunda rueda que avanza paralelamente en el mismo eje. Cosa muy distinta es cuando ya el espíritu tiene el pensamiento preparado antes de cualquier discurso, pues solo le resta expresarlo; y esta tarea, lejos de estimularlo, no tiene otra consecuencia que disminuir la excitación. Por lo tanto, si una idea es expresada confusamente, no se concluye del todo que también haya sido pensada del mismo modo. Antes bien, podría suceder muy fácilmente que las cosas expresadas con mayor confusión son, justamente, las pensadas con mayor claridad.

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Es común observar en una reunión, en donde gracias a una viva conversación se pone en marcha una fructífera y continua actividad de ideas en los espíritus, personas inseguras de hablar que permanecen generalmente retraídas; ellas, encendiéndose repentinamente en un involuntario gesto, toman la palabra y dan a luz galimatías. En efecto, cuando han llamado la atención, parecen manifestar que no saben exactamente lo que quisieron decir en medio de una confusa pantomima. Es probable que estas personas hayan meditado algo muy pertinente y claro; pero el súbito cambio de tarea, la transición en su espíritu del pensamiento a la expresión socavó una vez más todo el estímulo del espíritu, indispensable para fijar el pensamiento, así como su enunciación. En tales casos se vuelve tanto más indispensable que el lenguaje esté fácilmente a nuestro alcance para acompañar, por lo menos tan rápido como sea posible, aquello que hemos pensado simultáneamente, pero que no podemos transmitir de tal forma. Y, en general, aquel que habla más rápidamente y con la misma claridad que su adversario gozará de una ventaja sobre él porque, por decirlo así, conduce más tropas al campo.

Cuán necesaria es la excitación del espíritu, así sea para evocar  ideas  que  ya  hemos  tenido,  se  ve  a  menudo,  cuando  se  evalúan  cabezas  eruditas, confrontándolas a preguntas de este tipo: ¿qué es el Estado?, o ¿qué es la propiedad? u otras por el estilo. Si estos jóvenes estuvieran en una reunión, donde se haya conversado del Estado o de la propiedad por un buen tiempo, ya habrían hallado con facilidad la definición por comparación, análisis y síntesis de conceptos. No obstante, careciendo aquí el espíritu de toda preparación, lucen perplejos y solo un evaluador desentendido concluiría que ellos no saben. Pues no es que nosotros sepamos, es ante todo un cierto estado nuestro el que sabe. Solo espíritus vulgares, personas que aprendieron el día anterior lo que es el Estado y lo han olvidado al día siguiente, tendrán la respuesta a la mano. Después de todo, quizá no haya peor ocasión de tomar ventaja que en un examen público. Tomando en cuenta que es repugnante, hiere el tacto y que irrita mostrarse continuamente, cuando semejante cepillo[8] erudito vela por los conocimientos para comprarnos o reprobarnos, con un cinco o un seis, respectivamente. Es tan difícil jugar sobre un espíritu humano y sonsacarle su propia voz; se desafina tan fácilmente entre manos torpes, que incluso aquel que conozca mejor a los hombres, versado hasta la perfección en el arte de parir los pensamientos —tal como Kant lo denomina[9]— podría cometer desaciertos aquí debido a su falta de familiaridad con el parturiento. Por lo demás, lo que proporciona una buena calificación a estos jóvenes, en la mayoría de los casos, incluso a los más ignorantes, es el hecho de que los espíritus de los mismos evaluadores están muy perplejos como para poder emitir un juicio imparcial cuando el examen público tiene lugar. Puesto que ellos no solo sienten a menudo la indecencia de todo este proceder, uno se avergonzaría de exigirle a alguien que vacíe su monedero frente a nosotros, mucho menos su alma: sino que su propio entendimiento tiene que permitir una peligrosa inspección, y pueda que agradezcan a menudo a su Dios, cuando ellos mismos pueden marcharse del examen, sin mostrar sus debilidades; quizás más vergonzosas que aquel joven apenas recién egresado de la universidad, al cual evaluaban.
 
 
Continuará.
 
H[einrich]. v[on]. K[leist].


[1] L’appétit vient en mangeant.

[2] L’idee vient en parlant.

[3] Leonhard Paul Euler (1707-1783), matemático y físico suizo. Abraham Gotthelf Kästner (1719-1800), matemático
alemán.

[4] Agrupación de oraciones que solo tienen sentido completo cuando se enlazan recíprocamente.

[5] Honoré Gabriel Riquetti, conde Mirabeau (1749-1791). Activista y teórico de la Revolución francesa.

[6] Kleistische Flasche o Leidener Flasche. Botella de Leiden o botella de Kleist. Primer condensador eléctrico inventado por E. J. von Kleist en la ciudad de Leiden, Países Bajos.

[7] Castillos medievales franceses dispuestos en las entradas principales de las ciudades con fines de defensa. Durante el Antiguo Régimen, pasaron a servir de cárceles de «grandes» criminales.

[8] Gelehrter Roßkamm: Lit. Almohaza erudita. Un almohaza es un instrumento metálico para limpiar y peinar caballerías, compuesto de un mango de madera, una barra y cuatro o cinco dientes de punta roma.

[9] Kleist, H. “Notas”, Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía. Prólogo, traducción y notas de Jorge Riechmann. Madrid: Hiperión, 1988, p. 83. La alusión a Kant proviene del parágrafo 50 en la segunda parte de la Metafísica de las costumbres.


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