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Fauna tras las rejas

Guillermo Rico

A pesar de las críticas, los zoológicos continúan siendo un eslabón importante en la conservación de la fauna silvestre. Su mayor desafío es garantizar el bienestar de los animales cautivos. Pero esto no es tarea fácil.

Los micos tienen frío. Es de esperarse, son las nueve de la mañana bajo un cielo plomizo en la sabana de Bogotá. Ocho monos araña o marimondas, como les dicen en la costa Caribe, se agrupan para conservar el calor en el Bioparque Wakatá, del Parque Jaime Duque en Tocancipá, Cundinamarca. Su naturaleza no es propia de estas tierras, llegaron del Magdalena Medio a adaptarse al clima sabanero y a lidiar con las limitaciones de su encierro.

Muy cerca de la isla artificial que hace las veces de vivienda de este grupo de primates, el ruido ensordecedor que producen varias decenas de guacamayas y loras pone en evidencia la cantidad de aves que hace parte de esta colección de animales. Búhos, águilas, halcones, gallinazos y el casi extinto cóndor de los Andes conforman una variedad multicolor de aves residentes en el zoológico.

Como el Bioparque Wakatá, existen quince zoológicos y acuarios en Colombia. De acuerdo con Acopazoa, la sociedad que los agrupa, sus miembros, además de mantener animales en cautiverio, contribuyen activamente a la recreación de la gente y a programas de educación, investigación y conservación de fauna silvestre. Especies como el cóndor de los Andes, el paujil pico azul y el tití gris han sido beneficiadas con el trabajo de los zoológicos del país.

Sin embargo, y a pesar de la labor que cumplen muchos de los zoológicos modernos, desde comienzos de los años ochenta existe una tendencia en el mundo (iniciada en Estados Unidos e Inglaterra) que presiona para que se prohíba la apertura de nuevos zoológicos y se reemplacen los actuales por reservas o parques naturales. Las razones que llevan a esta postura sugieren que en realidad los zoológicos cumplen principalmente una función recreativa y dejan a un lado la responsabilidad de garantizar el bienestar animal y la conservación de la fauna silvestre.

Organizaciones que luchan por el bienestar animal, como Anima Naturalis e IFAW, sostienen que la inversión que requieren los zoológicos debería trasladarse a promover parques que conserven los hábitats naturales donde la fauna silvestre pueda reproducirse y desarrollar todo su potencial biológico.

Costa Rica es uno de los países que ha decidido tomar esta senda. Desde 2014 prohibió los zoológicos en todo su territorio porque no quiere ver más animales enjaulados. El objetivo es invertir esos recursos en parques naturales. Colombia, país donde el tráfico de fauna silvestre y la deforestación son una problemática de grandes dimensiones, no está exenta de esta discusión. ¿Deben o no deben existir los zoológicos?

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Su curiosidad es evidente. Escondido detrás de un tronco mira cauteloso a quienes lo observan desde un cristal. Se mueve sigilosamente, como quien busca pasar desapercibido. Pero no parece lograrlo. El mechón blanco que lleva en la cabeza lo delata. Los visitantes del zoológico lo señalan hilarantes. No fue fácil ubicarlo entre la maraña de ramas y cuerdas, pero ahí está: es el tití cabeza blanca.

Este pequeño primate, que solo habita en Colombia y ha servido de biomodelo para estudios del cáncer de colon en humanos, por décadas ha sido víctima del tráfico de fauna silvestre. Pero gracias a la labor, dentro y fuera del país, de diferentes organizaciones como la Fundación Proyecto Tití, el zoológico de Barranquilla y el zoológico Animal Kingdom de Disney, hoy parece que sus poblaciones naturales han empezado a recuperarse.

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La conservación de la fauna silvestre es uno de los objetivos que persiguen los zoológicos. Muchos de estos hacen enormes esfuerzos para reproducir animales que bajo el escenario actual, caracterizado por la desaparición y la fragmentación de sus hábitats naturales, no tendrían otra alternativa. Otros, como el zoológico African Safari en México y el zoológico de Chester en Inglaterra, invierten parte de sus recursos en la adquisición de terrenos que serán destinados a la conservación.

Según Leonardo Arias, director científico del Bioparque Wakatá, el mayor logro que ha alcanzado el zoológico ha sido liderar en la última década el proyecto de cría y liberación del cóndor de los Andes, que busca retornar la especie a diferentes zonas de Colombia. Esta institución ha contribuido también con los protocolos de seguimiento de especies en riesgo de extinción como la tingua moteada, el camaleón sabanero y el coatí de montaña.

Para Maria Clara Domínguez, el zoológico de Cali, el cual dirige, ha contribuido a la reproducción de muchas especies como la tortuga bache, la nutria gigante de río, la danta de páramo y el gallito de roca, para su posterior liberación en vida libre.

El esfuerzo que los zoológicos hacen para contribuir a la conservación puede llegar a tener un campo de acción más grande. “A futuro queremos apuntarle a trabajar en la conservación de la cuenca del río Cali que nos acoge y del cual nos beneficiamos quinientos mil habitantes. Además queremos ayudar a conservar el Parque Nacional de Los Farallones”, asegura Domínguez. El zoológico del Centro de Vacaciones Cafam, en Melgar, está en esta misma línea de acción. De acuerdo con su supervisor, Camilo Isaza, desde hace una década el zoológico promueve la reforestación y la conservación del bosque seco tropical de la región, en conjunto con la Corporación Autónoma Regional del Tolima.

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Un búho pareciera hipnotizar con su penetrante mirada. Sus pupilas se dilatan ante la presencia de tantos observadores. Gira su cabeza con una facilidad desafiante. Es imponente. Hermoso. Sus garras denotan poder. Pero está encerrado. Luce petrificado en la percha que le tienen dispuesta en una jaula de no más de cinco metros de altura.

Al igual que este búho, muchos animales llegaron al zoológico producto de incautaciones. Habiendo sido extraídos del medio natural, terminaron en manos de traficantes, personas que desconocen lo que significa el término “bienestar animal” o la palabra “conservación”. Individuos que buscan simplemente lucrarse y desconocen la problemática que están causando.

El tráfico de fauna silvestre tiene serias implicaciones para la conservación y el problema que genera no respeta fronteras ni legislaciones. Es considerada como la actividad ilícita que más dinero mueve a nivel mundial, luego del tráfico de estupefacientes y de armas.

En el Centro de Recepción y Rehabilitación de Flora y Fauna Silvestre de Bogotá, donde la entrada es restringida por razones sanitarias y de bienestar animal, llegan semanalmente, en especial desde los llanos orientales y el Magdalena Medio, al menos un centenar de mamíferos, aves, reptiles y anfibios que son víctimas del tráfico ilegal de fauna.

Según cifras de la Secretaría Distrital del Ambiente, 1.679 animales silvestres han sido reubicados en zoológicos en los últimos cinco años. Y esto sólo sucede en Bogotá. El panorama es similar en los otros centros urbanos del país. Por ejemplo, según el Área Metropolitana de Medellín, en esta región se invierten casi $2.000 millones al año para rehabilitar y reubicar los especímenes incautados a los traficantes de fauna silvestre. 

El tráfico de fauna silvestre no da tregua y pareciera aumentar con los años. Si no existieran los zoológicos, ¿a dónde irían a parar estos animales que, por razones técnicas y ambientales, no fueron destinados a liberarse en su hábitat natural? “Quizás habría que sacrificarlos por no tener otra alternativa”, asegura Fernando Nassar, decano del Programa de Medicina Veterinaria de la Universidad de la Salle y experto en fauna silvestre.

Esta problemática es innegable. Para Andrea Padilla, representante de la organización Anima Naturalis para Colombia, el hecho de que la mayoría de los animales lleguen a los zoológicos procedentes de incautaciones, es razón suficiente para que exista una mayor inversión estatal y gestión en la fuente de la problemática del tráfico de fauna.

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“Zo-rro pe-rru-no”, lee una niña de ocho años en voz alta del letrero que aparece en la jaula donde duerme profundamente este cánido que habita en todo el país. Está enroscado. Su pelaje plateado contrasta con la madera oscura de la pequeña casa donde reposa. Su nariz es muy fina y sus orejas parecen siempre erectas. “Es om-ní-vo-ro”, continúa leyendo la niña mientras el frío de la sabana le obliga llevarse sus manos a los bolsillos.

El Bioparque Wakatá tiene un programa educativo dirigido a la población de Tocancipá, el cual busca fortalecer los procesos de identidad territorial y protección de la naturaleza. Iniciativas similares son realizadas en todos los zoológicos del país. Lo que se busca es generar conciencia sobre la responsabilidad que tiene el ser humano por su entorno natural. “Dejar una enseñanza en niños y adultos es el sentido de la visita a un zoológico” puntualiza Isaza.

Pero la educación en zoológicos no se restringe a sus visitantes. En sus instalaciones se capacitan muchos profesionales. “Los zoológicos sí han aportado”, sostiene tajantemente Nassar, quien considera que los zoológicos son para muchos profesionales la primera aproximación a la fauna. “Son sitios donde se entrena gente que está trabajando para la conservación de la fauna silvestre en vida libre”, afirma.
Este es precisamente uno de los objetivos de los zoológicos modernos: educar. Ser centros de formación para veterinarios, biólogos, zootecnistas y todo aquel que requiera capacitación en el manejo y conservación de la fauna silvestre.

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A la algarabía de los animales cuando llega la hora de su alimentación se le suma el bullicio de una docena de niños de un colegio distrital. Corren presurosos por las diferentes secciones del Bioparque Wakatá en busca de su animal favorito.

“¡Aquí hay un león!”, grita emocionado un niño de cabello oscuro, ojos vivarachos y mejillas coloradas. Un puñado de niños de tercero de primaria se atiborra al frente de la jaula para observar extasiados los movimientos lentos de un león africano. El enorme felino levanta la mirada, como perdonando el tiempo. Su imponente presencia y el fuerte sonido estertóreo que produce, captura la atención de los niños. Nada lo distrae mientras termina de engullir un gran pedazo sanguinolento de cinco kilogramos de carne cruda de bovino.

A pesar de los evidentes beneficios que en materia de educación puede tener un zoológico, Padilla lanza su postura: “no rotundo a zoológicos y sí a reservas y santuarios naturales”.  En contraste, Nassar asegura que los visitantes de zoológicos no necesariamente irían a parques naturales. Bien sea por razones de distancia o presupuesto, en las ciudades a la gente se le dificulta tener contacto con la fauna silvestre. Domínguez parece estar en la misma línea. Afirma que si no fuera por los zoológicos, los ciudadanos de las grandes urbes nunca tendrían la oportunidad de conocer de cerca animales silvestres.

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Una ardilla roe juiciosamente un pedazo de zanahoria que tomó del suelo. Se acicala luego de terminar su alimento. Se queda quieta de repente. Vira su cuerpo con rapidez. Mira para un lado, mira para el otro. Da varios saltos hasta quedar posada en el palo más alto de su encierro.

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A excepción de la limitación del espacio con el que cuenta, 25 metros cuadrados bordeados por una barda en concreto de metro y medio de altura, esta ardilla tiene lo mismo que podría encontrar en vida libre: alimento, refugio e interacción con sus congéneres. Pero es verdad, le falta espacio. Como le falta a todos los animales que están en un zoológico. Es indudable, replicar en cautiverio exactamente las mismas condiciones con las que cuenta un animal en vida libre es imposible. 

Este tipo de limitaciones -que caracterizan el cautiverio- , al igual que  sus implicaciones, han sido descritos por varios estudios. Precisamente, Dale Jamieson, profesor de estudios ambientales en la Universidad de Nueva York, ha logrado documentar en varios zoológicos americanos problemas de malnutrición, altas tasas de mortalidad, lesiones auto infringidas, canibalismo y muerte en animales de zoológico.

Esta es una de las razones por las cuales Padilla, al igual que otros activistas y miembros de la comunidad científica, cree que los zoológicos no son más que receptáculos de animales. Razón suficiente para que deban acabarse. En esta línea “El bienestar animal no se limita a que a los animales les falte un plato de comida”, asegura.

Es cierto. En un zoológico es necesario proporcionar a los animales un hábitat que sea lo más parecido a su entorno natural. Se busca además que los animales cautivos expresen su comportamiento y, llegado el caso, se reproduzcan.

Es por esta razón que algunos zoológicos reciben únicamente animales que se distribuyan naturalmente en la misma región donde estos se ubican. Por ejemplo, en el zoológico Los Coyotes, de Ciudad de México, no hay hipopótamos ni tigres de bengala ni primates, solo se exhiben animales nativos del valle de México como coyotes, venados, linces y conejos.

“El bienestar animal es la única razón para que no existan zoológicos”, confiesa Nassar. Para este veterinario de fauna silvestre, los animales presentes en zoológicos tienen, en la mayoría de los casos, más bienestar que los animales de granja.

En esto coincide la directora del zoológico de Cali, Maria Clara Domínguez. Para ella, al igual que para Arias e Isaza,  el principal desafío es trabajar por el bienestar de los animales que cuidan. “Los animales no merecen estar encerrados si con ello no se logra educar a las generaciones sobre la importancia de conservar el medio ambiente”.

“Que los zoológicos se acaben es muy soñador y romántico”, afirma Domínguez. Sostiene que los movimientos anti zoológicos existen y seguirán existiendo debido a que muy pocos zoológicos, especialmente los ubicados en Europa y Norteamérica, cumplen con los estándares de tener a sus animales en las condiciones que se requieren.

Según Nassar, la discusión no debe darse sobre si los zoológicos deben existir o no. El tema crítico para él es identificar a cuáles animales se les puede garantizar el bienestar animal en un zoológico y a cuáles no.

Poner en práctica esta postura supondría que los monos araña provenientes de zonas tropicales no tengan que aguantar el frío del altiplano cundiboyacense. Que un búho cautivo pueda alzar el vuelo de la misma forma como lo hace en libertad. O que un león africano tenga que buscar su comida y no esperar a que se la suministre el cuidador de animales. Sin lugar a dudas, los estándares a los que se refieren Nassar y Domínguez, son difíciles de cumplir.

Si bien es cierto que, en materia de bienestar animal se debe avanzar mucho más, la realidad actual -que supone una seria problemática de tráfico de fauna silvestre y destrucción de los hábitats naturales-, así como los evidentes beneficios que en materia de educación, conservación y recreación aportan los zoológicos, parecieran ser razones suficientes para justificar su existencia.

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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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