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Irán, actor clave para la estabilidad de Oriente Medio

Mauricio Jaramillo Jassir - Docente Facultades de CPG y RRII, Universidad del Rosario

Por décadas se sostuvo la tesis de un Irán que representaba una amenaza para la paz mundial. El régimen que, se alimenta de consideraciones religiosas, dio muestras de ortodoxia y dogmatismo que lo condenaron a la estigmatización. A raíz del enfrentamiento con Estados Unidos, sufrió un castigo por parte de la comunidad internacional, que lo condenó al aislamiento. Desde entonces, las relaciones de Irán con el mundo han variado y han pasado por momentos de moderación y acercamiento, como ocurrió durante la presidencia de Mohammad Khatami, o de radicalización, siendo el de Mahmud Ahmadinejad uno de los gobiernos en generar mayores polémicas, especialmente por el tema de Israel.

El enfrentamiento con Washington, histórico y con matices culturales, la rivalidad secular con Israel, y el espinoso tema nuclear provocaron una percepción errada sobre Irán. Es importante traer a colación la evolución de la sociedad iraní de los últimos años, expresada en las elecciones que hicieron a Hassan Rohani presidente. Aquello fue clave para destrabar las negociaciones del tema nuclear.

Ahora bien, el dossier nuclear ha eclipsado otros temas de importancia en los que Irán tiene un papel fundamental por desempeñar, como es la lucha contra el terrorismo. Es decir, la inserción total de Teherán en el sistema internacional no se resuelve exclusivamente por el tema nuclear, que paradójicamente es un asunto interno, con visos de internacionalización por la postura asumida por algunos vecinos y las grandes potencias.  En realidad, el terrorismo constituye el aspecto central de la posible contribución de Irán a la paz regional e incluso mundial.

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Mientras el discurso frente a este fenómeno ha sido ambiguo por parte de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Arabia Saudí y Turquía, como se ha repetido hasta la saciedad, Teherán ha conservado una coherencia ideológica que pocos le reconocen y que, valga decirlo, es digna de admiración. En 2003, cuando se debatía intensamente sobre la intervención en Irak, Irán se negó a aprobar ese curso de acción muy a pesar de que la caída de Saddam Hussein convenía a sus intereses. En la Guerra entre Irán e Irak entre 1980 y 1988, en la que un sector importante del mundo occidental favoreció a Bagdad, quedó clara la idea de Hussein de debilitar por todos los medios a la población chií en la región, mayoritaria en Irán. Las violaciones a los derechos de los chiís fueron simplemente inenarrables.

Siempre denunció el apoyo que países como Estados Unidos, Francia, Reino Unido y  Arabia Saudí otorgaron a la disidencia contra Bachar Al Assad en Siria, pues Teherán preveía que ese conjunto de medidas conducirían a fortalecer a sectores radicales del islam suní, los mismos que hoy reivindican la lucha del Estado Islámico.

Irán se ha opuesto férreamente a debilitar a Al Assad, no solo por una alianza entre los dos gobiernos de corte chií, sino por la conciencia del efecto nefasto que un vacío de poder en Damasco podía tener sobre la región de Oriente Medio. Si a esto se suma la precaria estatalidad iraquí, el avance de la rebelión hutí y la reacción a esta en Yemen, se entiende que el camino está despejado para el avance del terrorismo, que encontró en el gobierno saudí y turco un apoyo en la región.
Ahora bien, con el retorno de Irán a la escena mundial en condiciones favorables, aunque reste aún un largo camino por recorrer, Teherán es clave para detener la expansión de actores que apelan al extremismo religioso, no solo en Oriente Medio, sino en el Sahel, en el África Subsahariana. Esta última zona tiene una propensión a convertirse en la más azotada por el fenómeno. La debilidad de algunos Estados, la porosidad de fronteras, la tensión entre comunidades religiosas, organizaciones regionales aún poco efectivas para detener ese fenómeno, y el desinterés de las grandes potencias por el tema, reflejan una combinación de factores que crean un escenario catastrófico.

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Recientemente, el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Mohammad Javad Zarif  presentó una propuesta para luchar contra el extremismo religioso, evitando apelar a la palabra terrorismo por las implicaciones que el término ha tenido en los últimos años. A pesar de la urgencia por hallar una estrategia consensuada con los países de la zona, es poco probable que esa iniciativa tenga peso.

Sin embargo, vale la pena rescatar sus elementos más sobresalientes, y que podrían señalar la ruta, para detener uno de los fenómenos de mayor incidencia no solo en las últimas décadas, sino varios siglos atrás. El ministro asegura que se puede hallar una salida siguiendo estos puntos:

  1. Evitar consideraciones políticas a la hora de definir el fenómeno,

  2. La lucha debe enmarcarse en los principios de Naciones Unidas, es decir en su Carta,

  3. La estrategia debe incluir a líderes sociales, religiosos, comunitarios, universidades y medios de comunicación,

  4. Se deben atacar problemas que alimentan esa violencia como la pobreza, la corrupción, el autoritarismo. En ese punto es importante devolver al pueblo palestino su dignidad, pues su causa se ha convertido en una estrategia de reclutamiento del Estados Islámico,

  5. Se debe evitar la islamofobia,

  6. Es urgente que los actores regionales participen de ese combate,

  7. Los países que han luchado contra el fenómeno deben recibir apoyo para mantener sus instituciones (esto es una clara alusión a Siria)

  8. Deben detenerse los bombardeos sobre Yemen, pues esa guerra le permite a algunos actores extremistas ganar terreno político.       

Se sabe que no existen recetas mágicas, ni fórmulas inmediatas cuando se habla de fenómenos sociales, pero existe certeza de que la estrategia para combatir el terrorismo ha hecho abstracción de las contribuciones de actores clave del proceso.

Por ende, vale la pena reparar en algunas consideraciones que han surgido en Irán, como producto de la evolución histórica de esa violencia que somete a millones en el mundo; mientras se despilfarran recursos en la lógica desgastada que por años Estados Unidos, Arabia Saudí y Turquía han proclamado.  
 

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