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El hombre al revés

Jairo Hernán Ortega Ortega, M. D.

Solo en este momento, en que mi padre está muriéndose entre mis brazos, presiento que no lo conozco.

Lo veo con la afilada cara que le viene esculpiendo la muerte y con su cuerpo ultrajado por el cáncer, pero mi mayor preocupación es sentirlo desconocido.

Mis gruesas manos aprisionan las suyas, de palpables huesos, cubiertas con guantes de lana para brindarles el calor que la flaca piel ya no les proporciona; pero mi única sensación es la de no saber, realmente, cómo es.

Interrumpiendo mi dilema, papá trató de hablar pero, al balbucir, sus labios sangraron al separarse, debido a que estaban casi sellados por la deshidratación del mal. Con los pulpejos de mis dedos traté de limpiar su dolor y entendí, en la ansiedad de mi alma, lo que era ser sangre de su sangre.

El único pulso que percibo es el mío, acelerado en la zozobra de ignorar varios aspectos de su vida, porque nos dejamos de hacer muchas preguntas y nos ocultamos muchas respuestas.

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Miro sus ojos: han perdido esa alegría que siempre mantuvieron, incluso ante la adversidad de toda su existencia. Ahora son secos, como mirando hacia el interior infinito de sus creencias. Parpadea con lenta pero notoria molestia, como si la basura de la vida se hubiera enclavado en sus córneas sin querer desprenderse a esta hora. Y él queriendo. Y yo, también. 

Siento que la sangre corre en contravía por mis venas y arterias. Aparto mi mirada hacia un libro que descansa en la mesita de noche. Está sucio, viejo, con algunas esquinas dobladas; la carátula ajada y teñida de un rastro seco de salpicaduras de chocolate con migajas de pan que tratan de ocultar su título: Cien años de soledad

No comprendo si desear su muerte, en este instante, sea un filial sentimiento ante su condición, o mi mecanismo de defensa al entender, después de cuarenta y tres años, que no alcancé a conocer, de manera cierta, al hombre que me permitió vivir. 

Hubo muchos silencios en nuestras vidas; en esta oportunidad, con su apagada y filiforme voz y con mi reverencial temor, ya no se llenarán.

En la habitación contigua a aquella en que mi padre está muriendo, escucho el llanto continuo pero resignado de mi madre; y su voz repitiendo, sin descanso, sus habituales rezos a todos los santos y al Dios de siempre.

Mi padre tose sin fuerza y sin esfuerzo. Al tratar de acomodarlo descubro en el bolsillo de su pijama una vieja fotografía impresa en sepia. Estamos los dos. Me siento en comunión con él. Su mirada parece atemporal pero brillante. Estoy casi seguro de que era un domingo, en la carrera séptima, antes de las cinco de la tarde.

En la inercia de su posición, respira muerte. En tanto, trato de acertar en su última voluntad:

–No desamparen a su mamá.

Es lo más seguro, hacer lo que para él fue su máxima y reiterada finalidad a través de cuarenta y si|ete años de matrimonio: cuidar a nuestra alcohólica madre. Quizás es eso lo único que con certeza sé de mi padre.

La quietud de las cinco de la mañana me permite contemplarlo. Su alma está cansada. Trato de darme explicaciones; no entiendo por qué muchas veces se me quebró el ímpetu con que pretendía contarle las cosas de mi vida o la disposición que me dominaba deseando escuchar las de la suya. Posiblemente por ese universal recato, de marcada influencia religiosa,  que siente todo hijo al entender que su padre no solo es padre, sino también hombre; condición que nos limita o nos veta para adentrarnos en esos terrenos.  Cuánto lamento no haberlo hecho.

Tengo los conocimientos, más que suficientes, y los medicamentos a la mano –dentro de un negro maletín de cuero– para acabar con su agonía y, de paso, aliviar la mía. Sencillo. Envasarlos en una jeringa, inyectar, comprimir y dejar que el émbolo sea quien transmita la savia final a través del árbol por el cual corre, aún, un lastre de vida.

Sin embargo, a pesar de encontrarme en este momento, sin querer o queriéndolo, en una posición dominante, experimento, todavía, el callado respeto que con recelo adopté siempre ante las decisiones de mi padre.

Él confiaba en seguir gozando, de cabal manera, la vida. Así lo demostró desde el momento en que, cuatro años antes, el crudo informe de patología confirmó lo maligno y ominoso de su enfermedad. No es que no aceptara morir, su liberal espíritu también respetaba ello. Es que quería vivir… así de simple. No estaba dispuesto a abandonar la jarana.

–Qué tedio morirse.

Jairo Hernán Ortega Ortega, M. D.

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