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Editorial

Rector José Manuel Restrepo Abondano

Antes de referirme a quien, como dice el mármol, fuera educador insigne y egregio Rector de esta Institución y de agradecer debidamente la donación que de su magnífico retrato ha hecho la familia Caballero Gaitán, debo narrarles un hecho hasta ahora rigurosamente inédito: por esos avatares de la política, casi siempre difíciles de explicar, durante el siglo XIX el Colegio del Rosario, al lado de la tarea educativa que le había señalado el fundador Fray Cristóbal de Torres, se vio obligado a realizar otra: -menos grata y, con el perdón de los banqueros y con la venia de Santo Tomás de Aquino, menos honrosa- el préstamo de dinero a interés.

En diciembre de 1825, siendo Rector del Claustro el doctor Juan Fernández de Sotomayor, ese clérigo rebelde que se atrevió a escribir y a difundir un Catecismo que impugnaba la dominación española, recibió la visita de un vecino del barrio de la Catedral quien le solicitó un crédito por la suma de 500 pesos, pagadero en cuatro años y con intereses anuales de 250 pesos o sea el 5%.

Como “a buen pagador no duelen prendas” el visitante, un comerciante peninsular, ofreció en hipoteca su casa de habitación de tapia y teja baja, en la calle de la Calendaria, “haciendo esquina, la cual había reedificado en la que había antigua que compró al Señor Pedro Casís”, garantía sobre la cual el Fiscal dice que: “siendo como es la casa que por especial hipoteca se ofrece es de muy excesivo valor a los 500 pesos que se solicitan a reconocimiento sobre ella, y hallándose enteramente libre de gravamen, ningún inconveniente ocurre ni ocurrir puede, para que se den los dichos 500 pesos al pretendiente…..”.

El 3 de enero del año siguiente la esposa de dicho señor otorgó la escritura correspondiente por cuanto su marido se hallaba en una estancia prolongada en la Isla de Jamaica por razón de sus negocios y recibió la suma acordada.

Como muchos de ustedes ya imaginan los personajes de esta historia son José Manuel Lleras y Alá y Manuela de Jesús González Casís, padres de Lorenzo María, quien en enero de 1824, junto con su hermano Simón Tadeo, previas las informaciones de limpieza de sangre, había vestido la beca de Colegial del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, a los 13 años de edad.

La obligación mencionada sin duda fue honrada puntualmente por don José Manuel Lleras y constituye el principio de una larga relación de esta familia con nuestro plantel, cuyos descendientes han satisfecho con creces cualquier deuda con el alma máter pues en calidad de Alumnos, Colegiales, Catedráticos, Superiores del Colegio, Consiliarios, Rectores o Patronos, han servido a la causa de Cristóbal de Torres con lujo de competencia y desinterés ejemplar.

El retrato del Rector don Lorenzo María Lleras, que hoy descubrimos en este Salón Rectoral, ha pertenecido a la familia desde siempre y de manera generosa y espontánea nos ha sido donado por sus actuales propietarias y descendientes directos del personaje: Claudia Gaitán de Caballero y Susana Caballero Gaitán.

Ustedes lo ven aquí, con la pluma en la mano, rodeado de innumerables libros, la beca blanca con la Cruz de Calatrava y un termómetro que tal vez marca la febril temperatura del siglo en que le correspondió vivir el cual, para el Rosario y para el Estado hoy llamado Colombia, significó una historia de luces y de sombras como es el título dado por el Profesor Fernando Mayorga García a un libro sobre el Rosario en esa época.

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Ya oiremos, de quienes tienen más autoridad que yo, los doctores Carlos Lleras de la Fuente, Colegial, Catedrático y Consiliario del Claustro y Carlos Caballero Argáez, Exministro de Estado, las varias ejecutorias de este singular educador, periodista, político, poeta y dramaturgo, pero yo quisiera señalar una característica de ese siglo, precisamente historiado por mi antepasado homónimo José Manuel Restrepo.

No fue en ningún momento el siglo XIX la Patria Boba como algunos la denominan pues, muy al contrario, durante ese período se inició la búsqueda incesante de la identidad de Colombia “una nación a pesar de sí misma”, como la nombra David Bushnell.

En esa exploración del camino hacia una nación democrática, libre y justa,  personajes como don Lorenzo María desempeñaron un papel fundamental y él, tal vez mas que ninguno, fue un verdadero actor protagónico que asumió todos los riesgos y afrontó todas las dificultades que la construcción racional de un país demandaba.   

Hombre culto y amante de las artes y las letras. Su vida, como sabemos, se inició precisamente en el primer año de la patria recién emancipada. Desde niño dominó el inglés, el francés y seguramente el latín y algo de griego. Estudió leyes en nuestro Claustro  y vivió  exiliado en New York a raíz de la conspiración septembrina, en la cual, aunque él no participó, si lo hicieron sus cercanos amigos Luis Vargas Tejada, Florentino González y Ezequiel Rojas.

Conoció entonces el destierro. Luego los horrores de la guerra y de la prisión. La viudez temprana y la muerte prematura de uno de sus hijos. Las persecuciones y los desafectos  de sus malquerientes. Los afanes económicos. Los avatares y los sinsabores de las funciones públicas y, al final, el ultraje de los años y de la enfermedad.    

Inclusive, en algún momento de su agitada vida le tocó sufrir, por carambola, las consecuencias de la quiebra de Judas Tadeo Landínez, ese audaz tunjano que armó, en la Santafé de los años 40 del siglo XIX, el primer esquema Ponzi del mundo. Hecho que  enemistó a don Lorenzo con Ezequiel Rojas, ideólogo y fundador de su Partido y Catedrático del Claustro Rosarista.

Con todo, esas frenéticas circunstancias de tiempos verdaderamente difíciles no amilanaron  nunca a don Lorenzo María Lleras. Educador apasionado, puso todas sus virtudes y conocimientos al servicio de la convicción indeclinable de la capacidad transformadora de la pedagogía, que compartió con su admirado amigo de toda la vida Francisco de Paula Santander.

El Colegio del Rosario y, luego el del Espíritu Santo que fundado por él, justamente al dejar esta rectoría, recibieron el influjo organizador y altruista del maestro Lleras.

De acuerdo con su condición de Colegial cumplió con lo estipulado en el Estatuto 42 del Colegio del Arzobispo en Salamanca, hecho obligatorio para los Colegiales Rosaristas, de donar alguna suma en beneficio de esta casa matriz y así, en 1836 con ocasión de alguno de los terremotos que afectaron a Santafé, entregó 6 pesos para la reparación del Claustro y la reconstrucción del campanario de la Capilla.

Siendo Rector solicitó y obtuvo del poder ejecutivo permiso y auxilio para construir un pequeño teatro donde compartir con los estudiantes su gran pasión por las tablas, para la terminación del cual aportó sus propios recursos. 

En el Rosario elaboró reglamentos: “para el servicio de la Tesorería de la Universidad y de la Sindicatura del Colegio de Nuestra Señora del Rosario”, “para el servicio de la Secretaría de la misma Universidad “, y “para el régimen interior de la Junta de inspección y Gobierno”, los cuales, tras su aprobación, fueron editados en la imprenta de José A. Cualla. Además intentó, por todos los medios e infructuosamente, establecer regularmente el estudio del idioma inglés. 

Para el Colegio del Espíritu Santo adquirió a crédito dos grandes quintas que reconstruyó instalando laboratorios de física y química, trayendo de la Gran Bretaña un profesor de griego y matemáticas y adquiriendo caballos para el entretenimiento de los alumnos, los cuales, según lo relata nuestro Consiliario Cordobez Moure en sus Reminiscencias, lucían “frac y pantalón de paño azul oscuro y chaleco de piqué blanco, todo con botones de metal dorado, guantes blancos de cabritilla, sombrero de copa: en cada solapa el frac llevaba una paloma bordada de plata”.

Sus aportes al desarrollo del teatro, sus traducciones de poetas y ensayistas ingleses y franceses, su propia obra poética, así como sus innumerables incursiones en el periodismo, constituyen una contribución a la historia artística y literaria de Colombia, aún no del todo valorada.

Son tantas las facetas de este inagotable personaje que no pretendo dejar sin tema a quienes me suceden con más autoridad en el uso de la palabra como son los doctores Lleras y Caballero pero simplemente quiero indicar que, repasando el extraordinario recorrido vital de Lorenzo María Lleras, quedamos convencidos de que nadie debería escudarse en la idea de que no tiene tiempo para realizar sus capacidades.

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Nuestro Colegial y Rector Lleras, durante una existencia que hoy nos parece corta, 57 años, sobresalió con una energía sin límite en los más diversos campos y, por si esto fuera poco, procreó 18 hijos a quienes educó con esmero. Además practicó sin reservas el arte de la amistad con los más destacados protagonistas de su tiempo. Su vida y obra entonces merecen permanecer en la memoria agradecida de los colombianos por quienes luchó para dejarles un país mejor, justo y en paz.  

Por eso don Lorenzo María Lleras representa por siempre un verdadero paradigma de acción y de pensamiento aunados en defensa de los valores de la democracia y ¿por qué no? de la felicidad.

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