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Una Nueva dimensión de la Migración Europea

Mauricio Jaramillo

Mauricio Jaramillo Jassir[1]

No basta con repetirlo cien o mil veces: la migración es un proceso constitutivo de la integración. Europa no solo enfrenta la crisis migratoria más aguda desde la Segunda Guerra Mundial, sino que lo hace en momentos de extrema impopularidad del proyecto regional. Paradójicamente, y contra todo pronóstico lanzado hace décadas, el tema migratorio le puede devolver al alma política a la Unión Europea, tras años de duras críticas por el énfasis en  la liberalización económica. Se había vuelto común apelar al carácter excluyente y elitista de Europa, pues con algo de legitimidad se insistía en que, mientras la riqueza del mundo desarrollado se hacía cada vez más evidente, la pauperización del nivel de vida en la periferia no disminuía del todo.

En los albores de la Globalización, Immanuel Wallerstein fue uno de los primeros en apuntar hacia un escenario migratorio como el actual, aun cuando se pensaba en una victoria contundente del capitalismo liberal, y su consecuente expansión. Wallerstein insistió en que como todo sistema-mundo, el actual perecería. Así describió una serie de escenarios que significarían la puesta en escena de contradicciones insuperables, con efectos como los que, por estas semanas, han llamado la atención de los medios mundialmente. 

El sociólogo estadounidense, célebre por sus críticas a la noción del fin de la historia de Fukuyama, aseguraba que el sistema mundo, que parecía imponerse bajo el signo del capitalismo, tendría seguramente tres fuentes de inestabilidad. Un escenario que, al estilo de la Revolución Islámica iraní, podría alterar los cimientos de ese sistema de valores, rechazado desde la periferia; por lo que se puede considerar como imposición geocultural, según la denominación del propio Wallerstein.

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Otra fuente de turbulencia podría consistir en un escenario Saddam Hussein, es decir, que desde la periferia un Estado aspire al contrapeso militar al mundo desarrollado, tal como lo hiciera el líder iraquí a comienzos de los noventa.

Y Wallerstein evocaba una tercera fuente de tensión, que resultaba de las migraciones Sur-Norte. Vale la pena reparar en las palabras escritas en 1993, que parecerían describir con precisión y detalle el Oriente Medio y  la Europa actuales.

La tercera fuente de inestabilidad será un movimiento irrefrenable de personas desde el Sur hacia el Norte, incluyendo a Japón. La división creciente de la riqueza y de la población hace que esta opción sea cada vez difícil de controlar con guardias policivos en las fronteras. El resultado será el de una inestabilidad política en el Norte, que hará propicio el momento para que fuerzas políticas de la derecha e incluso las que constituyan los propios migrantes, exijan derechos políticos (incluso económicos); es en este contexto que varios grupos perderán la confianza que han depositado en el Estado como mecanismo ideal para resolver las desigualdades sociales  (Wallerstein 1993, 6).

Las imágenes de migrantes suplicando por refugio, que por semanas circularon por el mundo, han provocado todo tipo de reacciones. Una sobresale, la de la solidaridad, obviamente imperfecta; pues el mundo aún carece de instrumentos para canalizar semejantes muestras de simpatías por los miles que han debido abandonar sus lugares azotados por la violencia. 

Para entender en su verdadera dimensión el escenario europeo, vale la pena recordar que el flujo que esos países acogen es residual, en comparación con el volumen que llega a Estados de Oriente Medio, como Jordania, El Líbano y Turquía. El primero y el segundo han recibido 700 mil y un millón de refugiados (de una población total de 6,5 y 3 millones, respectivamente), mientras que el tercero ha visto la entrada de 2 millones. En Europa la cifra puede alcanzar los 40 mil.

Esto no debe restarle importancia a la problemática de Europa, pues se esperaría una reacción feroz por parte de la extrema derecha frente al tema de la migración, o de rechazo por parte de una ciudadanía temerosa por los problemas sociales que semejante flujo podría representar. Sin embargo, la respuesta espontánea de europeos ha hecho pensar en un continente que sigue representando valores que se creían perdidos, al menos en el seno de la UE. 

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La crisis griega había desprestigiado a la UE por la casi indivisibilidad entre el bloque y la llamada troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional). Las imágenes de recepción a esos migrantes en Europa dan cuenta de una zona que ha hecho suyos valores que deben estar presentes en cualquier proyecto de integración, cooperación o concertación.  No se trata de ignorar las contradicciones que por años ha demostrado la UE, sino de evaluar el proceso de construcción europea en los momentos más críticos, pues es allí donde se juega la verdadera identidad. La de Europa, al menos hasta ahora, sigue siendo humanitaria.

Referencia

Wallerstein, Imanuel. "The World-System after the Cold War ." Journal of Peace Researh, 1993: 1-6.



[1] Profesor de la Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. 


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