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El pasajero de ojos marrones

Diana Cepeda

Todo en la vida tiene una historia: las casas, la gente, las calles, la torta de chocolate y hasta un trancón. La historia de todo, un pasado hecho narración. Esta es la historia de cómo una rutina puede verse sorprendida por un suceso y cómo este hace de un día normal, una historia diferente.

Cuando alguien de otra ciudad del país llega a la capital, suele tener un choque con su ritmo y sus costumbres; a pesar de saber que mudarse a Bogotá implica eso: un cambio y una adaptación. Marchar al ritmo de un cronómetro chiflado, medir tiempo y distancia y sumarle el tráfico; adquirir un nuevo estado físico, por medio de un entrenamiento diario, basado en subidas de puentes, caminatas por avenidas y carreras contrarreloj para alcanzar buses. También, con el paso de los días, el dominio de rutas se convierte en un aspecto primordial para poder moverse en medio del tráfico y tener una buena vista, disfrutando de lugares diferentes y típicamente metropolitanos; o para lo contrario: evitar ir por lugares que simplemente nadie quiere ver.

Asimismo, uno empieza a notar qué le gusta, qué no le gusta, qué le da igual y qué quisiera cambiar. Podría decir que mi mayor deseo para mejorar la ciudad es su movilidad, claro, quién no quiere esto. Pero suena a típica respuesta de reinado: -¿qué desea para mejorar el mundo? -Paz mundial. Esto es exactamente lo mismo.

¿Pedirle a una ciudad que cambie para ser o estar feliz? No, lo que yo quisiera es decorar a Bogotá y a la vida misma de bellos momentos que me hagan creer que esta vida no es mía y que estoy en medio de una película cualquiera, donde pasan cosas hermosas y suenan violines o trompetas de fondo, mientras yo disfruto, sonrío y soy feliz.

Con pequeños toques de inmunidad, empecé a sentirme parte de Bogotá. Ya no importan los apretujones o las madrugadas. Poco a poco, empecé a acostumbrarme a los raperos en el transporte público, a los vendedores de dulces, al aromatizante de chicle de los túneles y, por qué no, a sus periódicos gratuitos.

Una rutina fría de velocidad y estilo, así se vive en Bogotá y así lo hacía yo; hasta un domingo en la mañana, cuando esta peculiar rutina se vio alterada. Eran las seis o seis y media, debía estar en la oficina a las ocho. Y es que en Bogotá muchas veces ni siquiera los domingos se descansa del trabajo. Como para mí era un día común y corriente, salí con antelación; pero olvidaba que era ese día y era esa hora, único momento en la semana donde es posible irse sentado en Transmilenio.

Llovía, era extraño estar ahí, ver el espacio entre las sillas y a la gente viéndose entre sí. Todos con la misma expresión en su rostro, cara de “qué bien se siente no ir de pie”, “qué bien se siente no estar en un trancón”. Es extraño, porque es único; y al mismo tiempo curioso, porque nada de único tiene un grupo de personas sintiéndose únicas.

Viendo las gotas de lluvia deslizarse por la ventana, pensaba en cómo estaban quienes no estaban ahí en ese momento. Pensaba en quienes hacen deporte, en quienes duermen y ven dibujos animados, o en los que siguen creyendo que es sábado. Primera parada: se abren y cierran las puertas, nadie entra y nadie sale; qué inusual que nadie entre buscando un espacio entre la muchedumbre. Segunda parada: se abren las puertas, no hay nadie que pelee por entrar en primer lugar; solo un personaje inesperado que creí no entraría, pero entró. Tenía ojos color marrón, no era muy grande, ni muy pequeño; no sabría decir su edad, parecía joven. Miró a todos con cara de perdido; siguió, dio unos pasos, se sentó en el piso y vio cómo se cerraron las puertas. Nunca había visto a un perro subiendo solo a un Transmilenio.

¿Era la primera vez que lo hacía? ¿Era conocido por esto? Jamás lo había visto, y suelo pasar a diario por esa estación, en otro horario, con otras personas, pero todos los días paso. Lo vi sentarse en el suelo, levantarse, caminar, saludar a las personas sorprendidas y risueñas. Supongo que todos teníamos esa misma impresión de ¿qué haces aquí? Quise saber si este era un día más de su rutina, cambiando la mía. Entonces, este servicio no solo era usado por personas mal llamadas animales, sino por verdaderos animales. Era un perro callejero, se veía delgado, su pelo era negro y tenía manchas amarillas en las cejas, patas y orejas. Parecía perdido, pero después de un rato se sentó nuevamente, esta vez junto a una señora. Ella lo acarició y sonrió, luego una niña que iba al lado se paró en frente y le consintió la cabeza. Él parecía feliz mientras ella le hablaba y hacía preguntas como dónde vivía, por qué estaba solo y si estaba perdido.

Tercera parada: se abren las puertas y la niña y la señora se bajan. Él las ve con tristeza; nadie entra, se cierran las puertas. En la cuarta y quinta parada todos seguíamos preguntándonos cuándo se iba a bajar el perro o hacia dónde se dirigía. Sexta parada: las puertas se abrieron, ya casi debía bajarme, y no quería irme sin saber el destino del perro. De repente, como si fuera una persona, como cualquiera del grupo de únicos que allí iba, miró hacia la derecha y la izquierda, levantó su cola del suelo caminó y salió corriendo. Después se cerraron las puertas, el vehículo arrancó y yo lo perdí de vista. Dos acontecimientos inusuales debían conectarse para hacer de este un gran momento. Escenas únicas para sentirse único; y es que en Bogotá nadie se libra de nada, ni siquiera de las cosas bellas.

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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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