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Una administración de posconflicto

Malcolm Deas

Este texto es el prólogo escrito por el historiador británico Malcom Deas, para el libro “Administración Reyes (1904-1909)”, publicado por la Dirección de Patrimonio Cultural e Histórico de la Universidad del Rosario, en su colección “Memoria Viva”. Este libro recopila las notas de Baldomero Sanin Cano, literato y escritor colombiano, sobre la presidencia del General Rafael Reyes, periodo conocido como “El quinquenio de Reyes”.

Cabe destacar de esta edición que se respetó la ortografía y el estilo gramatical de Sanín Cano, que difieren en alguna medida de las actuales, lo que le da a la obra un mayor atractivo. Este libro saldrá al público entre finales de octubre y principios de noviembre del año en curso.

Prólogo

Una administración de posconflicto

El libro de Baldomero Sanín Cano sobre la administración del presidente Rafael Reyes, el “quinquenio” de 1904-1909, es su trabajo menos conocido. Sanín Cano no ha sido olvidado; gran parte de su obra ha vuelta a publicarse, y hoy es reconocido como uno de los ensayistas y críticos literarios más importantes de su tiempo. Sin embargo, este libro ha seguido oscuro y dificil de conseguir, aunque después de un poco más de un siglo los lectores van a encontrar en sus páginas mucho de sorprendente actualidad.

Es la defensa de una administración de “posconflicto”, del Gobierno que siguió al mayor conflicto que el país había conocido en su historia, y que trató de sanar sus heridas y apuntarlo a un mejor futuro. No es la primera reflexión de un colombiano frente a los estragos de una guerra civil, pero en comparación con las apologías del siglo anterior, en su gran mayoría sectarias y apasionadas, tiene la originalidad de ser sobrio, ecuánime y poco estridente.

Sanín Cano fue liberal o, por lo menos, no fue conservador. Nació en la ciudad liberal de Rionegro, en 1861, y tuvo vagos recuerdos infantiles del paso por allá de los grandes radicales de la de la Convención de 1863. Su primer renombre literario lo ganó como crítico modernista de las poesías de Rafael Núñez. En la Asamblea Nacional convocada por Reyes, en 1905, fue parte de la representación de Antioquia, como suplente de Rafael Uribe Uribe. Después Reyes lo nombró subsecretario de Hacienda —llegó a ser ministro encargado— y luego un poco antes del fin de su Gobierno lo mandó al consulado en Londres. Pronto los dos se encontraron autoexiliados en Lausanne, donde Sanín Cano publicó esta defensa de su jefe.[1] Entonces, por sus antecedentes, se puede calificar como revista liberal, y, con la lectura del libro, moderado y sensato.

El deber de un prologista no es de resumir todo el libro, sino excitar a su lectura.

Primero, Administración Reyes (1904-1909) ofrece un cuadro dramático de la situación desastrosa de Colombia después de la Guerra de los Mil Días. No todas las guerras civiles fueron tan destructivas: por ejemplo, no hizo mucho daño la corta guerra de 1895. Pero hubo una tendencia de las guerras a ser más letales con el progreso del siglo xix, y sin duda la última guerra civil formal fue la más letal y destructiva de todas, y con la secuela de la pérdida de Panamá, la más humillante y traumática.

La descripción de Sanín Cano no es solo dramática: es muy completa. Los estragos económicos estaban muy a la vista: estancamiento de los negocios, falta de capitales y de crédito, fisco arruinado y sin brújula, abandono de las obras públicas y de la pobre infraestuctura existente —aun un humilde camino de herradura sufre con tres años sin reparar—. Pero con admirable cuidado el autor añade observaciones menos obvias. La guerra había militarizado al país, pero con un resultado paradógico:

La guerra que lo había destruido todo, había destruido también el ejército. Carecía este del equipo más indispensable y en sus filas hervían ya los rumores del descontento. El armamento se había degenerado y envejecido en tres años de guerra y, por un fenómeno fácil de explicar, gran número de armas se encontraba en manos de particulares al finalizar las campañas. Caudillos militares había que tenían en su poder miles de rifles, de paso que las parques del gobierno se habían convertido en depósito de elementos inservibles.

Tampoco escapó a Sanín Cano el daño hecho a las escuelas y a las universidades. Las primeras sufrieron mucho por su uso para alojamiento de tropa, y por el reclutamiento: “De las escuelas de segunda enseñanza sacaron la oficialidad necesaria para poner en campaña ejércitos improvisados. Desaparecía la escuela para dederles su lugar a los cuarteles”. En las universidades: “Hasta en las aulas […] había cundido el odio de secta y cuando la guerra terminó se sentían todavía los estragos causados por preocupaciones enteramente extrañas a las labores universitarias”.

En su análisis político va más allá de lo coyuntural; ve también el deterioro estructural:

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Los caciques habían venido a ser los directores absolutos de la política en las ciudades de menor importancia. El Gobierno nacional, antes de la guerra, tenía por dominante preocupación el defenderse de un enemigo visible o invisible que tenía continuamente amenazada su existencia. Este enemigo se mostraba a veces en la prensa amenazador y resuelto. Otros clamaban por la paz para ensayar sus unidades en las elecciones cercanas; desesperado de conseguir representación en las Cámaras, apellidaba francamente a la guerra. Para defenderse de este enemigo a quien el Gobierno se negaba obcecadamente a darle participación alguna en la expedición de las leyes y en la formación de los presupuestos, tenía que hacer causa común con el caciquismo y a este elemento destructor volvía los ojos en las grandes emergencias. Con tal proceder, tanto perdía el Gobierno de su autoridad y prestigio cuanto ganaba en los círculos lejanos de la Capital y acaso en ella misma, el influjo de ínfimos intereses.

El libro contiene un memorable tour d’horizon de los problemas que tuvo que enfrentar Rafael Reyes a su llegada a la Presidencia, y una defensa de sus esfuerzos de solucionarlos.

Llama la atención el tono muy ponderado, balanceado, de esta defensa, excepcional en una publicación política colombiana, y aún más en una de fecha tan cerca a la administración defendida. Sanín Cano siguió a su jefe en resistir la tentación de culpar a las administraciones anteriores, de permitirse ‘esteriles recriminaciones’. No escribió ninguna apologia á outrance, admitió que la Presidencia de Reyes inevitablemente tuvo sus errores, además que sus aciertos, y sin esquivar responsabildades insistió en lo limitado del alcance del poder de cualquier Gobierno. Reyes tuvo grandes ambiciones, quiso ser “el Porfirio Díaz de Colombia” —en lo constructivo, no tanto en lo autoritario— pero en su mando relativamente corto de cinco años, nunca tuvo sino escasos y precarios recursos. Le tocó una época en la economía de vacas flacas, y una crisis comercial en el hemisferio en 1907. “No son generalmente las medidas del Gobierno los que resuelven en un país situaciones económicas aflictivas”. Eso fue muy cierto en su tiempo, y no ha perdido mucho de su verdad cien años después.

Al hecho, pecho: Reyes ensayó remedios a muchos males. ¿Cuáles fueron sus aciertos?

El acierto más importante estuvo en el campo político, con la implantación del derecho de representación de las minorías. De todas las causas de la guerra y de la violencia política en la historia de la república, la exclusión política ha sido tal vez la principal. Frente a la obstrucción que sufrió de un Congreso sectario, Reyes convocó una Asamblea Nacional con la representación de los “tres partidos” —los independientes (herederos de Núñez), los conservadores y los liberales—. Mantenida después de su caída, este derecho de representación de minorías sostuvo la paz hasta su abandono unas cuatro décadas después. Sanín Cano cita el veredicto elocuente de Juan E. Manrique:

Mientras más medito en los acontecimientos que con vertiginosa rapidez han ocurrido en Colombia, se hace más profunda mi convicción de que quienes acertaron a colocarse oportunamente entre el látigo del vencedor y las espaldas de los vencidos; quienes dictaron la ley electoral vigente, que asegura la representación de todas las oposiciones que tengan eco en la sociedad; […] quienes, en una palabra, lograron conmover los cimientos de la Constitución de 1886, dictada contra media Nación y defendida sin piedad para con el país, y pusieron dentro de las instituciones a un partido que se había negado a aceptarlas, pudieron tener que pagar con muchos errores y sacrificios esas reformas, pero dejaron con ellas los medios de corregirlos sin tener que intentar nuevas revoluciones armadas”.

Estas páginas muestran una sorprendente cantidad de logros; los que hoy aparecen de tamaño menor, aun de tan reducido alcance como la famosa carretera a Santa Rosa de Viterbo, hay que estimarles en el contexto de las enormes dificultades y escaseces de la época. Con las dos misiones chilenas, Reyes pusó las bases del ejército profesional y neutral. Empezó la estabilización y limpieza de la moneda, fundó con la colaboración de los “cacaos” del momento —el libro contiene un listado interesante de sus nombres— un Banco Central. Refundó la estadística. Insistió sobre la importancia de las vías de comunicación, la necesidad de acabar con el aislamiento del país. Hizo con el convenio Holguín-Avebury, lo que resultó ser el arreglo definitivo de la antigua deuda exterior. Llevó al conocimiento público con su propaganda y sus viajes partes remotas del país. Hizo todo en su poder había por reorientar la mentalidad nacional hacia fines prácticos y pacíficos.

Y cuando sintió que su momento había pasado, se fue a Europa sin anunciar su partida, a encontrarse con Sanín Cano, en Lausanne; con Porfirio Díaz, en París; a pasar una década en el exilio, y a esperar el “veredicto de la historia”.

Para ese tribunal, Administración Reyes (1904-1909) es un muy inteligente alegato de la defensa. Admite, para escusarlos, ciertos cargos de la prosecución, como los monopolios fiscales. En el campo de la política, justifica el cierre del Congreso y la convocación de la Asamblea Nacional, pero pasa en silencio por los aspectos dictatoriales del quinquenio: la prolongación del mando a diez años, la censura, el fusilamiento de cuatros asesinos fallidos en Barrocolorado, la Ley de Alta Policía, el exilio a pueblos remotos, a Orocué y a Mocoa. Errores todos, en lo que su biógrafo Eduardo Lemaitre llama una república sensiblera, y todos además ineficaces: como dictador Reyes fracasó.

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Un problema con el “veredicto de la historia” consiste en la pereza de los historiadores. Como tantas otras administraciones colombianas, la de Reyes todavía espera un estudio que merece el calificativo de veredicto. Mientras tanto, es un acierto del Colegio del Rosario publicar este aporte indispensable para el estudio de lo que fue, sin duda, uno de los gobiernos más pacificadores y constructivos que Colombia ha tenido, y de un hombre quien, entre sus otros méritos, fue uno de sus benefactores.

Malcolm Deas

Agosto de 2015



[1] Baldomero Sanín Cano, Administración Reyes (1904-1909), Lausana, Imprenta Jorge Bridel & Ca, 1909.


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