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El contagio social del fútbol

Rodolfo Rodríguez Gómez MD

Para la gran mayoría de los mortales, el fútbol es pasión. Para esa inmensa población, el fútbol es más que un deporte y simboliza mucho más que unos cuantos individuos detrás de un balón. Para nadie es un secreto que el fenómeno del balompié ha alcanzado dimensiones ni siquiera imaginadas en sus inicios. Desde entonces, la pasión por este deporte ha tenido un comportamiento casi que epidémico y, hoy en día, la fiebre del fútbol se contagia por doquier. Para todos esos millones de fanáticos futboleros alrededor del planeta, este deporte es un lenguaje universal, un estilo de vida, mucho más que un pasatiempo y, por supuesto, mucho más que anotar un gol.

El fútbol vibra dentro y fuera de las canchas. En los camerinos, en los alrededores del estadio, en los almacenes deportivos, en el acróbata de los semáforos, en los videojuegos, en la carátula de las revistas, en la radio, en internet y naturalmente, en la televisión. Al fútbol, dedican buena parte de los noticieros de la pantalla chica donde, incluso, existen canales dedicados, de manera única y exclusiva, a tratar en profundidad la actualidad futbolera. Asimismo, el fútbol domina los titulares de los periódicos, los eventos de lanzamiento de autos lujosos, los portales de deportes en línea y los canales de sitios web como YouTube. El también llamado balompié, se ha tomado el planeta, el mismo que, curiosamente, tiene forma de balón (aunque un poco achatado en los polos).

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La historia de la epidemia del balompié es más bien reciente. En la segunda mitad del siglo XVII, empezaron en Inglaterra pequeños brotes de lo que más tarde se conocería como fútbol y que, hacia 1863, emprendería  un rumbo separado del “rugby-football”1. Con los años, el germen del balompié se expandió, de manera abrupta, por las islas británicas y, posteriormente, el brote se diseminó fuera del Imperio Británico. Los primeros países en contagiarse de la fiebre futbolera fueron Dinamarca y Holanda2. Luego, otros como Nueva Zelanda, Suiza, Bélgica e Italia sucumbieron al contagio. En el continente americano, los primeros países en padecer la fiebre del fútbol fueron Chile, Argentina y, particularmente, Brasil a través de la ciudad portuaria de Río de Janeiro3, con lo cual, el asunto se convirtió en pandemia.

El fútbol se ha convertido, entonces, en un verdadero fenómeno epidémico, cuya forma de transmisión es el contagio social. Todos, de una u otra manera, han sufrido el contagio y los que no  han presentado  síntomas,  lo  portan en estado  latente,  con alta probabilidad  de volverse sintomáticos en una futura Copa América o una Copa Mundial. Pese a esto, en algunos países la fiebre futbolera es endémica como, por ejemplo, en Colombia. En este tipo de geografías, la probabilidad de contagio es alta, ya que el individuo presenta una marcada cantidad de noxas  de contagio, desde la temprana infancia. De manera frecuente, una de las primeras vestimentas que es  impuesta al infante es la del equipo por el que su familia, en especial el padre, profesa una fuerte  devoción. Al mismo tiempo, y de manera curiosa y particular, estos niños entran en un absoluto frenesí al dar patadas a un elemento simple, pero al mismo tiempo encantador…: el balón.

Más que un juego, el fútbol es un tsunami de  emociones,  y está demostrado  que las emociones se contagian a través de la red social. Nos contagiamos en dicha red no solo de los estados emocionales, sino también de ciertas maneras de pensar, e incluso, de patologías no infecciosas como la obesidad4. Ese contagio social, tiene hasta tres grados de influencia, lo cual significa que incluso personas que no conocemos pueden tener influencia en nuestra vida o viceversa. De esta manera, los circuitos neuronales, que habitan en el cerebro de los implicados en una contienda futbolística, desencadenan ese tsunami emocional, propagando un amplio rango de sentimientos que van desde la tristeza y la ansiedad, hasta la alegría y la euforia, que traspasan los límites físicos del estadio.

Para la fiebre futbolera, una innegable vía de transmisión es la vertical. Para el caso futbolístico, es aquella transmitida, generalmente, del padre al hijo. Así pues, ese germen del fútbol, se inocula en el niño desde los primeros años e, incluso, desde los primeros meses. La primera evidencia del inóculo es la imposición de una pequeña camiseta del equipo  de  preferencia  del  padre.  Dicho  ajuar,  se  adquiere  en  talla  ultrarreducida  y  es impuesta  al pequeño en una especie de ritual familiar, donde el infante es  contagiado del fenómeno del fútbol. En pocos días, aunque generalmente puede tardar meses o años, si la cantidad del inóculo ha sido suficiente, y se han administrado dosis de refuerzo con cierta periodicidad a lo  largo de la infancia, el niño  o, en ocasiones, la niña, quizá ya como adolescente o adulto, arderá en fiebre por el equipo de su predilección.

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Este contagio social futbolero tiene sus coadyuvantes. Entre estos, uno particularmente poderoso es la publicidad. Gracias a singulares estrategias de marketing , el contagio futbolero  genera numerosas víctimas, a tal punto  que, en países donde el balompié era completamente irrelevante, ciertos grupos sociales ahora son invadidos por la euforia, la histeria colectiva y la pasión goleadora. Las mujeres, de manera particular, se han vuelto vulnerables al contagio del fútbol. En ellas, son típicos signos del padecimiento, pintar sus caras con bandera tricolor y usar ajustadas camisetas del equipo de su predilección. El fenómeno, ha trascendido el campo de la fanaticada, y, ahora, ellas también se han visto seducidas por la práctica de tan famoso deporte, donde es bastante  común ver a niñas de muy temprana edad correr frenéticas detrás del balón.

Pero claro, el fútbol no es una rueda suelta en el complejo ovillo social. Bien dirían sus más fanáticos más fervorosos que el fútbol, es la sociedad misma. De allí que innumerables fenómenos sociales estén relacionados con este deporte: la violencia, la política, la ciencia, la cultura, la economía, la histeria colectiva, la cooperación, la estrategia, las luchas de poder, las luchas de género, la gastronomía, etc. Sin embargo, más allá de todo esto, la palabra fútbol posee una carga emocional positiva. No hace falta sino pronunciar dicha palabra para que se libere en la humanidad de los  amantes de este deporte una profusa dosis de dopamina, la hormona de la recompensa y el bienestar. Ello, no solo produce sensación de placer, sino que evoca todas aquellas emociones que refuerzan el deleite en torno a la fiesta futbolera.

Ningún otro deporte ha permeado la sociedad como lo ha hecho el fútbol. Bastan noventa minutos del mejor balompié para entender por qué es el deporte más extendido del planeta y por qué el mundo se ha rendido ante él. Claro, todo esto estaría incompleto sin el más apasionante y excelso de los momentos futboleros: el gol. En definitiva, el fútbol es un fenómeno complejo y encantador, es la vida misma en la grama, y cada momento, cada gol, cada polémica y cada partido, evidencian la pasión que contagia multitudes.

Referencias

1.   FIFA [Sitio en internet]. Federación Internacional de Fútbol Asociado. Disponible aquí

2.   Bueno,  J. A.,  Ángel,  M.  HistóriaHistoria  del  fútbol.  Editorial  EDAF  [internet].  Madrid (España). 2010.

3.   Goma,  A.  Manual  del  entrenador  de  fútbol.  Editorial  Paidotribo.  4.°  Edición. Barcelona (España). 2007.

4.   Christakis, N. A., Fowler, J. H. The Spread of Obesity in a Large Social Network over 32 Years. N Engl J Med 2007; 357:370-379.

Noxa es latinismo que, en medicina, significa “agente nocivo”. N. del E.

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