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Los hermanos: ¿amigos o rivales?

Catalina Gómez

Hay quienes recuerdan su infancia como un constante juego entre hermanos, hay quienes lo recuerdan como una pelea sin fin por la película que quieren ver, si son mujeres recuerdan jugar a la casa de muñecas o al bebe de juguete que abría y cerraba los ojos. Si son hombres recuerdan los carros de carreras, la ilusión de querer ser superman o de convertir el disfraz de superhéroe en traje de vestir ordinario. Sea como fuere la infancia de todo hombre está marcada por su amistad, rivalidad o ausencia de sus hermanos.

No hay quien teniendo hermano diga que no ha tenido un rol importante en su vida, pues las discusiones se han realizado con ellos o contra ellos; los juegos se han mantenido por años entre ellos y cada día hay más chistes internos o lenguajes en clave que los acompaña ya sea en la memoria o en el álbum de fotos de Facebook. Si bien la relación entre hermanos es parte del desarrollo de la memoria de la infancia, es un hecho que acompaña toda la vida y que no acaba después de decir adiós en la puerta. La relación entre hermanos puede darse de dos maneras: como una constante rivalidad o como una amistad que se consolida a partir de muchas rivalidades. De un modo u de otro nunca se es amigo del hermano sin ser también su rival.

¿Por qué rivales? Bueno, porque los padres han criado a los hermanos de modo que siempre compartan la mayor cantidad de cosas y de tiempo posible. No dudan en dar por igual a ambos hijos evitando descuidar a alguno, o al menos asegurándose de que los celos no aparezcan en el ambiente. Curiosamente es justo en este intento de evitar los celos de los hermanos donde nacen las rivalidades, pues los padres dan a sus hijos la mayoría de los beneficios casi por igual y “entre los hermanos es donde hay más atributos, derechos y deberes comunes.” (Girard, la violencia y lo sagrado, 30) El error no está en ello, sino en que cualquier detalle que pueda verse diferente o cualquier tipo de acción que denote una preferencia del uno frente al otro desencadenará una rivalidad. Y esta rivalidad surge propiamente por el continuo desear de ambos hermanos de lo mismo: un regalo de navidad, la preferencia de sus padres, el cariño de los abuelos, los privilegios de ser el primogénito, las felicitaciones de buen rendimiento académico y dejo al lector todos los otros aspectos en los que su hermano le ha “ganado” terreno.

En palabras del filósofo francés René Girard todo desear de una misma cosa lleva a una rivalidad, la cual es por lo general violenta. Los mitos griegos e incluso algunas historias bíblicas son prueba de ello; pues se dice que no quieres ser el hermano que venda al otro por un plato de lentejas como Esaú, o al menos esa es la advertencia  de los padres; se puede decir que sucede entre los hermanos por su propia condición lo que todo padre quiere evitar que suceda: una rivalidad que es la única capaz de llevar a una amistad verdadera. Al menos, ello funciona para quienes piensan que los hermanos por más rivales que parezcan siguen siendo hermanos y toda rivalidad entre ellos es perdonable.

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La estructura defendida por Girard sobre la rivalidad y los deseos se puede ver en las relaciones entre hermanos de la siguiente manera: en primer lugar, el objeto de deseo (la primogenitura, el heredero al trono, una gran fortuna, un poder absoluto.) Luego, el primer hermano que parece ser el merecedor legal de dicho objeto y lo desea, con la seguridad de que puede obtenerlo. Y finalmente el segundo hermano, que no tiene el derecho legitimo, pero que lo desea y espera poder obtenerlo. Tanto el hermano del primer caso como el del segundo llevan sus deseos a una rivalidad, que se da justo por el deseo del mismo objeto. Pero la rivalidad acaba cuando uno de los dos hermanos, o un tercero, el padre por poner un ejemplo, muere o se sacrifica: “En el antiguo testamento y en los mitos griegos, los hermanos son casi siempre unos hermanos enemigos. La violencia que parecen fatalmente llamados a ejercer el uno contra el otro no tiene otra manera de disiparse que sobre unas víctimas terceras, unas víctimas sacrificiales.” (Girard, La violencia y lo sagrado, 12) y es por esto que “la más insignificante pareja de gemelos o de hermanos enemigos anuncia y significa la totalidad de la crisis sacrificial.” (Girard, la violencia y lo sagrado, 32)

Si se quisiera aplicar la teoría de Girard a las relaciones entre hermanos narradas en el Génesis habría que pensar primero en la historia de José y sus hermanos: José es hijo de Jacob, diferente a sus hermanos por dos motivos: el primero, el eterno amor de su padre pues era hijo de la mujer a quien Jacob realmente amaba (los otros de una mujer con quien había tenido que casarse pero a la que no amaba) y segundo, por la demostración que su padre hace de ese amor: regalarle una túnica: “Israel amaba a José más que a sus otros hijos, porque era el hijo de su ancianidad, y le hizo una túnica con mangas. Sus hermanos, al ver que su padre le amaba más que a ellos, le odiaban hasta el punto de no poder devolverle el saludo.” (Gn 37, 3-4) Ahora bien, los otros hermanos de José desean ansiosamente que Jacob los ame como lo ama a él, pues es injusto ese favoritismo y todas los privilegios que tiene. Es por esto que planean su muerte y si bien no logran llevarla a cabo, sí convencen a su padre de que José ha muerto, pues le llevan la túnica ensangrentada que le había dado al hijo predilecto con sangre de cordero.

Recordando los aspectos de Girard se tiene: un objeto de deseo que es el amor de Jacob, un primero sujeto que es José y un segundo sujeto que son sus doce hermanos. De este modo se desarrolla una violencia que acaba con la muerte, o supuesta muerte de José, quien sería el chivo expiatorio. Pero es importante mencionar que el chivo expiatorio, es por lo general, inocente. Pues José no ha realizado ningún acto que provocará ese amor que su padre tenía hacia él o la preferencia que los hermanos observaban, de hecho él ignoraba la situación. El mismo Girard acepta el hecho en una comparación con el mito de Edipo: “La verdadera cuestión de los dos textos es: ¿quién es el culpable? A esta cuestión el mito pagano siempre responde: “Sí, Edipo es culpable” (…) Mientras el texto bíblico responde: “No, son los doce hermanos hipócritas y los egipcios los que divulgan mentiras respecto a José, haciendo de él un chivo expiatorio. José en realidad, es inocente”. En todas partes en las que el mito ve en el chivo expiatorio un verdadero culpable, la historia de José ve en el chivo expiatorio un inocente condenado sin razón.” (Girard, cuando empiecen a suceder estas cosas, 40) Ello es aplicable también a las discusiones diarias entre hermanos, pues no es propiamente el mayor o el menor el culpable, sino la misma rivalidad que le es innata por ser quienes son: la misma sangre pero diferente, los mismos padres pero diferente amor, los mismos genes pero otro fenotipo. 

De todas maneras, la historia de José no acaba mal pues logra perdonar a sus hermanos y devolver lo que han hecho ellos mal por un bien, tras la rivalidad se manifiesta una amistad. No importa cuanto tiempo pase o que tan grave se considere las acciones a las que la rivalidad ha llevado, siempre es posible el perdón después del sacrificio del chivo expiatorio. Aún así, el caso de Caín y Abel no tiene del todo un final feliz, pero sí contiene el ejemplo de lo explicado anteriormente, esta historia nuevamente narrada en el Génesis cuenta como Caín asesina a su hermano Abel, comprometiendo no solo la trama del mito, sino también con una condición de la naturaleza humana: los celos. Ellos nacen de una predilección del padre por su hijo, pero en este caso de Dios quien prefiere la ofrenda de Abel (el rebaño) y no la de Caín (los frutos de la cosecha), quien conmovido por los celos entra a una violencia de la que sale un chivo expiatorio: Abel. Pero, se ve que Abel es inocente. Y Caín sufre de los castigos divinos de Dios. De todas formas, uno de las principales importancias del chivo expiatorio es que su sangre tiene la función de purificar toda la sangre derramada en la violencia anterior, y por ello dice Girard: “Caín y Abel: el homicidio del hermano, es la creación de la cultura humana, ¿no es así?” (Girard. Cuando empiecen a suceder estas cosas, 43).

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Estos mitos de origen bíblico, no son del todo ajenos a lo que sucede diariamente entre parejas de hermanos, ni hablar de lo que pasa en familias de cinco hermanos o más donde por lo general siempre hay uno predilecto: el más amado o el mayor. Son el vivir diario entre los hijos los deseos, los celos, la competitividad, los odios y los amores. De allí que se pueda afirmar que: “El mito ha de tener un valor intemporal. Sucedió en un momento remoto, en un pasado que nadie puede datar. Pero es totalmente actual y se tiene la seguridad de lo que seguirá siendo en el futuro. (Llano, 201) Las historias bíblicas contadas aquí pueden verse como un caso extremo de las relaciones entre hermanos, pero nunca como una mera fantasía pasada.

No se puede finalizar sin antes recordar el texto de Jeremías citado por Girard: “Desconfiad de un hermano: pues todo hermano hace lo mismo que Jacob, todo amigo esparce la calumnia. El uno engaña al otro. Fraude sobre fraude. Engaño sobre engaño.” (Girard. La violencia y lo sagrado. 40)

Bibliografía:

-La Biblia, Libro del Génesis. Bíblia de Jerusalén.
-Girard, René. Cuando empiecen a suceder estas cosas. Madrid, Encuentro. 1996.
-Girard, René. La violencia y lo sagrado. Barcelona, Anagrama. 2005.
-Llano, Alejandro. Deseo, violencia, sacrificio. El secreto del mito según René Girard. Pamplona, Eunsa. 2004.
 

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