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Editorial: La crisis humanitaria de La Guajira: una tragedia de alimentos y falta de vergüenza

Editorial por José Manuel Restrepo

Nota Introductoria
Luis Enrique Nieto Arango

La dirección de la Revista hace suya esta columna publicada por los diarios El Espectador y El Tiempo de la capital, de la autoría del Señor Rector José Manuel Restrepo Abondano.

Desde mucho tiempo atrás, antes de ocupar la Rectoría de nuestra alma máter, José Manuel Restrepo Abondano se había ganado ya un destacado lugar entre los orientadores de la opinión en Colombia.

Sus análisis, comentarios y opiniones han sido expresados en periódicos, revistas, espacios radiales y televisivos, así como en foros y debates académicos y, claro está, en la cátedra universitaria, en la cual se inició en nuestro Claustro hace más de 20 años, precisamente en la Facultad de Jurisprudencia, y que ha ejercido, sin pausa, en distintas instituciones universitarias del país y del exterior.

Su acertado juicio, unido a su formación académica, recientemente culminada con el doctorado otorgado por la Universidad de Bath en el Reino Unido, lo autorizan, según las palabras del fundador Cristóbal de Torres, a “Ilustrar a la República”.

El artículo suyo que reproducimos llama a la sociedad en general a sentir vergüenza por un hecho aberrante, lamentablemente de diaria ocurrencia en Colombia: la mortalidad infantil por hambre.
Esa vergüenza a la que alude el Señor Rector, corroborado por principios éticos indiscutibles, debe embargar a todos los colombianos sin distinción.

Sin ninguna excepción, si queremos ser un país viable y sostenible, deberíamos ser llamados por la propia dignidad a una acción positiva y permanente para contrarrestar y eliminar un flagelo tan doloroso e injusto como lo es la muerte de una pequeña criatura.

Esa misma vergüenza, como propulsora de la transformación, debería ser el fundamento moral de la lucha contra los males que afligen a nuestra patria: desigualdad, corrupción, injusticia y muchos otros que, en tantas ocasiones, ignoramos o menospreciamos.

Así como nos hemos vanagloriado como país de más que supuestos méritos y logros hoy deberíamos desarrollar una mayor consciencia de nuestras propias carencias, debilidades, y ¿por qué no decirlo? aberraciones como sociedad, para intentar, con sinceridad y eficiencia, un cambio sustancial en tantos campos que lo reclaman de manera urgente.
Por eso la memoria histórica, ese conocimiento completo y preciso de nuestro devenir sin maquillaje ni distorsiones, debe guiarnos en la búsqueda de un camino de paz y justicia.

No debemos entonces esperar recompensas o castigos, divinos o humanos, sino actuar hoy y ahora movidos por la ética como amor propio para construir un país del cual podamos estar orgullosos.

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La crisis humanitaria de La Guajira: una tragedia de alimentos y falta de vergüenza
 

José Manuel Restrepo Abondano
jrestrep@gmail.com
Twitter: @jrestrp


La pequeña Diana Epinayú de apenas año y medio de nacida fue internada el pasado 5 de enero en la Clínica de La Costa en Barranquilla, proveniente de la ranchería Atachonka (municipio de Manaure, Guajira), a causa de su condición de desnutrición crónica: Diana pesaba sólo cinco kilos, cuando debería estar alrededor de los 11,5 kilos, según los patrones de crecimiento infantil esperados según la Organización Mundial de la Salud. A pesar de los múltiples esfuerzos del personal médico, Diana murió el 22 de febrero.

La muerte de Diana se suma a la de otros 21 niños pertenecientes a las etnias Wayúu en La Guajira y Embera en Chocó que durante lo corrido de 2016 han fallecido por desnutrición, de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Salud de Colombia. Una cifra aterradora de 4.770 niños colombianos muertos por desnutrición en los últimos ocho años fue revelada por el procurador Alejandro Ordóñez. Y ese número podría seguir creciendo en los próximos días, pues hay más menores internados en centros de salud por la misma causa y una cantidad indeterminada de casos más sin reportar, situación que ha pasado de ser considerada una problemática de alimentación de un conjunto de familias Wayúu a un “problema estructural de salud pública”, como lo afirmó en días recientes Cristina Plazas, directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

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Al analizar las causas de la actual crisis humanitaria se encuentran múltiples explicaciones: por una parte, algunas de origen natural como la árida geografía de La Guajira y el impacto que el fenómeno del Niño ha traído sobre las reservas de agua y la producción de alimentos; pero por otro lado se encuentran factores como el cierre de la frontera con Venezuela, la misma cultura de algunas etnias indígenas (que da prelación a los adultos, y en algunos casos incluso deja en manos de los niños la difícil consecución de agua, como sucede en el rancherío Jellusira, corregimiento de Musichi), y la dolorosísima corrupción. Es que, a pesar de los importantes planes que ha desplegado el gobierno nacional a través de valiosas iniciativas como la denominada “Alianza por el Agua y la Vida en La Guajira” que está desarrollando diligentemente el Ministerio de Salud y Protección Social, históricamente se ha viso que buena parte de los fondos destinados a la alimentación en estas zonas del país no llegan a sus beneficiarios sino que “desaparecen” por la ineficiencia y la corrupción.

Si bien es cierto que se requieren medidas de choque por parte de las agencias gubernamentales tales como la anunciada apertura de dos Centros de Recuperación Nutricional en Manaure, la tragedia de La Guajira y el Chocó evidencian la necesidad de generar estrategias efectivas para que los distintos sectores de la sociedad tomen conciencia de las necesidades urgentes de las regiones, en particular de aquellas relacionadas con el bienestar de los niños, quienes merecen siempre un cuidado prioritario. Quienes vivimos en las ciudades solemos olvidar que la realidad del país es otra, que las comodidades a que tenemos acceso como si fueran un derecho natural son privilegios y apenas sueños para buena parte de la población: disfrutar de beneficios tales como acceso a alimentos, agua potable, vestuario, vías de comunicación, centros de salud, de educación y una vivienda digna, entre muchos otros, nos deben hacer más responsables, sensibles y solidarios.

Esta responsabilidad es mayor aún para los gobernantes, los empresarios y en general los líderes de nuestro país, quienes deben trabajar en pro de un crecimiento más equitativo, con justicia social y conciencia ambiental. Es claro que el aumento del Producto Interno Bruto no genera per se una mejora de las condiciones de vida de toda la población, ni reduce la pobreza ni la desigualdad, a menos que sea inclusivo y sostenible. Y para lograr tal crecimiento inclusivo se requiere un trabajo directo en las regiones, de cara a sus necesidades, sus realidades y sus expectativas.

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Resulta paradójico que en un país como Colombia se presenten casos de tanta gravedad como los de La Guajira, preciándonos de ser uno de los más educados de Latinoamérica, terceros en crecimiento económico y uno de los más ricos del mundo en recursos naturales. Es vergonzoso saber que en muy buena medida la corrupción fue una de las causas de la muerte de Diana Epinayú y de miles de niños más. Viene a la mente el artículo del sacerdote católico de origen brasilero Leonardo Boff titulado “Qué es la vergüenza”, en el que narra cómo una tarde se encontraba Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, en el Café Procope de Saint-Germain-des-Près, cuando irrumpió Georges Danton, abogado revolucionario, diciendo en voz alta «El mundo no es más que injusticia y miseria.

¿Dónde están las sanciones?... Señor Franklin, ¿por detrás de la Declaración de Independencia norteamericana, no hay justicia, ni una fuerza militar que imponga respeto?”. Cuenta que Franklin respondió con serenidad: «Se equivoca, señor Danton, detrás de la Declaración hay un inestimable y perenne poder: el poder de la vergüenza». En su reflexión, Boff afirma que es la vergüenza la que detiene la tentación de violar las leyes y de caer en la corrupción, no por el temor al castigo sino por el sentimiento de la propia dignidad; aquellos que se apoderan ilegalmente de recursos públicos sin ruborizarse consideran que sería un crimen no hacerlo, que la estupidez es dejar rastros o permitir que los encuentren in fraganti, y si fueran sorprendidos, su salida sería recurrir a artimañas, presentar recurso sobre recurso hasta lograr que expiren los plazos y quedar libres para continuar.
Dice Boff que en las sociedades que sufren los estragos de la corrupción hay de trasfondo una cultura que siempre negó dignidad a los indígenas, a los pobres, a los menos favorecidos, “les robó su valor ético, porque la mayoría tiene vergüenza y un mínimo de dignidad”.

En resumen, la tragedia de los niños muertos por desnutrición crónica en Colombia es, por un lado, resultado de la escasez de comida y agua, pero por otro, de la falta de vergüenza de quienes se han apropiado de recursos destinados a la alimentación de las familias, en particular de los niños. La Guajira, el Chocó y todas las demás regiones del país afectadas por el hambre necesitan más recursos de las entidades gubernamentales, más apoyo del sector empresarial, más solidaridad de la sociedad civil, pero en particular, en el país necesitamos en el sentido de Benjamin Franklin, tener más vergüenza.

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