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Francisco el silencio y el silencio de México

Manuel Guzmán Hennessey

El sábado 13 de febrero, al caer de la tarde, en ese momento mágico en que no es exactamente día ni de noche, y la luz se convierte en un difuso devenir del incierto espacio tiempo, el papa Francisco hizo silencio.

Fue en la basílica de Guadalupe, y había dispuesta una silla para el grave silencio; allí se sentó Bergoglio durante algunos minutos para contemplar a la virgen. Y fue seguido en el silencio por otro silencio, aún más grave y elocuente y sonoro, que entonaron en corro treinta y cinco mil personas (he debido escribir almas) que asistían a la liturgia de su evangelio.

La noticia que había venido a dar fue la plegaria que se invoca desde el silencio. El gesto más que la palabra, el símbolo más que la novedad. No ignoraba el jesuita que no harán falta las palabras cuando el asombro se impone sobre la razón y resultan más audibles la intuición y la duda. Sabe muy bien el jerarca de la cristiandad que no existen las certezas cuando se apela a la primacía de la razón sobre la escasa facultad de la clarividencia.

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México entero hizo silencio.

Podrían ser, calculo yo, ciento veintisiete millones de mexicanos contemplando el asombro. Preguntándose durante aquel brevísimos instante por la vida y la muerte, por los misterios del hombre y el drama actual de la civilización que contempla, desde un ángulo menos evidente, la continuidad de la vida.

Callados por instantes prolongados frente a su virgen, la guadalupana. Toda la gente mexicana erizada como un bosque en marcha de cactus, como escribió Jorge Zalamea sobre otro asombro, el de Benares, realidades lejanas que se tocan en la desdicha repetida del hambre y del hombre, del abandono, de la desolación y de la muerte. No ha sido resuelta la miseria humana desde los días de Benares, pero en cambio sí, se ha civilizado. Y es sobre esta especie de eufemismo epistemológico que vine a hablar aquí. La nueva cara de la miseria humana, que se agazapa no en la pobreza sino en la indiferencia, que nos descubre de súbito hasta donde puede ser ominosa la soledad en medio de la muchedumbre, el boato y el despilfarro, hasta donde puede ser vulnerable nuestra sofisticada catadura de individuos urbanos y seguros. 

El silencio que hizo el papa y que hizo México resultan particularmente elocuentes debido a que se esto se hizo en una megalópolis que hoy es paradigma de una forma de bullicio y gigantismo urbanos equívocamente relacionados con las ideas de progreso y bienestar colectivos que vienen constituyendo aquella trampa mortal de la miseria civilizada. Aquella manera de creer que muchedumbre es sinónimo de comunidad y no de soledad, aquella equívoca forma del amor que en realidad es desamor y desapego debido a que funde sus raíces nutricias más en la cercanía de la muerte que en la posibilidad de sostener a la vida.

Hace algunos años estuvo en el Zócalo el comandante Marcos. Y también hubo un silencio largo, crispado y signado aquel por la cercana muerte, que se podía cortar con un cuchillo. Muerte devenida del hambre y el abandono, como en Ayotzinapa y Chiapas y Benares. Repetida crueldad del humano que hoy somos, devenido en monstruo, lobo para el hombre como espigó Tomás Hobbes. Pero uno no sabe hoy si aquel silencio de la muerte explícita puede ser peor en la sociedad tecnológica avanzada que el silencio de la muerte implícita, el que corroe la vida a punta de soledades y naufragios.

“El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los ghettos”[1].
 
 
Las cadenas de televisión amplificaron el silencio de México, y entonces uno puede aventurar una cifra de individuos que, detrás de sus televisores, callaron en sus casas cuando calló Francisco. ¿Cuántos fueron? Millones.
 
No es la primera que este hombre hace silencio. Ha venido repitiendo el gesto como un símbolo mántrico para invocar quizás un urgente llamado a la humanidad; que no se dice mejor con las palabras y que necesita acudir al símbolo para concitar reflexiones. Necesitamos parar y pensar, detener el vértigo de nuestro alocado rumbo hacia el abismo y contemplar por un instante, como lo pidió el teólogo Hans Urs Von Balthazar, la roca abrupta del misterio.  
 
El pasado 21 de junio, este mismo papa Francisco entró a la catedral de Turín, que guarda la Sábana Santa y allí se mantuvo en silencio por más de diez  minutos. Luego, en la plaza de Vittorio, se refirió a la sábana como una “imagen del silencio”, debido a que “no sólo expresa el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y fecundo que puede ser capaz de superar lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios”.
 
Pero dije que había venido a hablar del silencio que hay que hacer cuando uno descubre que la miseria de la civilización, del progreso, de la opulencia, de la gran ciudad, puede ser más opresivo que el silencio de la simple miseria relacionada con las carencias o los sufrimientos.

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A esta otra clase de miseria se refirió Sorayda Peguero hace unos días en el diario El Espectador. Se refirió a unas respuestas que dio el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado en una entrevista en la pudo llamar la atención sobre esta otra clase de miseria. La miseria discreta y “civilizada”, dijo. Y contó cómo cierto día cerca del edificio donde él tiene su estudio de fotografía, en París, una viejita muy simpática, que siempre estaba por ahí, desapareció. Cuenta que no la vieron más de un día para otro. Y pronto se percataron que muy cerca de la puerta de su casa empezó a sentirse un mal olor. Llamaron a los bomberos, y estos rompieron la puerta y descubrieron que la viejita llevaba 15 días muerta. Salgado dijo: “Esa es la verdadera miseria, la ausencia total del sentir comunitario”. Y refiere Peguero que mientras escuchaba esta histoia recordó un cartel que había visto en la parada del metro de Plaça de Catalunya de Barcelona, otra ciudad del desarrollo. Cuenta que en el cartel había “una mujer en una habitación lúgubre, de pie, mirando detrás de una ventana larga y estrecha. Tenía el pelo claro y surcos profundos en la cara. Llevaba un cárdigan azul marino y pantalón sastre”. En la parte superior del cartel había esta inscripción: “Nunca pensé que lo peor de hacerse mayor fuera la soledad. Concepció, 92 años”. Y pedía enviar un SMS, por valor de 1,20 euros, con la palabra “amistad”. No pedían agua, escribe Peguero, ni comida, ni medicinas, ni techo. Pedían una energía necesaria y transferible: “calor humano”.

Era una campaña a favor de Amics de la Gent Gran (amigos de la gente mayor), una asociación de voluntarios que ofrece compañía a personas de edad avanzada que viven y se sienten muy solas.
 
He pensado que también a este silencio se refería Francisco, y pensando mucho en ello fui a Google para encontrar las respuestas que ningún Google puede tener, y me encontré con una señal del azar que quizá no explique nada, pero que al mismo tiempo resulta de un extraño simbolismo que alguna mente preclara descifrará algún día. 
 
Hay en México un pequeño pueblito que se llama Francisco el Silencio. Está situado en el Municipio de Chiapa de Corzo (Estado de Chiapas). Tiene 14 habitantes, de los cuales 6 son hombres y 8 mujeres. La relación mujeres/hombres es de 1.333. Hay solo 5 casas y ninguna computadora. No hay conexión a Internet ni energía eléctrica. Comparar a Francisco el Silencio con ciudad de México puede ser un ejercicio del absurdo que quizás nos obligue a hacer silencio.
 
@Guzman-Hennessey 
 


[1] Fragmento del poema Sonata, Álvaro Mutis. 


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