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Un enano colombiano en la corte del rey de España

Felipe Cardona

Después de empolvarse y acomodarse la peluca, El Rey Carlos III se dirige a los jardines del  palacio real donde lo esperan sus nuevas adquisiciones.  Esta vez la delegación de su majestad trae curiosidades americanas que prometen ser un reto para el entendimiento europeo: mosquitos del tamaño de un puño, un animal con el hocico encorvado que los americanos llaman “danta”, y un enano enviado por el virrey neogranadino, Antonio Caballero y Góngora.

Las cortesanas españolas, partidarias de toda extravagancia, entran en escena al enterarse del nuevo botín traído de las Indias en las siempre diligentes fragatas Luisiana y Fortuna.   A pasos largos se agolpan en los jardines del Moro y en menos de nada forman un encierro de faldones alrededor de las extrañas criaturas. Lo que más llama la atención de las damas es el pequeño de veintidós años que tiene la estatura de un niño de cinco. Oriundo de la ciudad de Cartago, en el Nuevo Reino de Granada, el hombre diminuto despierta una viva curiosidad, ya que sus miembros no tienen la deformidad anatómica propia de los enanos, es un hombre disminuido en proporción perfecta.

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El pequeño además es dueño una personalidad arrolladora. Por boca de los viajeros, el rey y su corte se ponen al corriente de las dotes que tiene con la guitarra y el violín, capaces de animar el viaje largo y desdichado desde Santo Domingo hasta las costas sevillanas. Luego de la respectiva demostración musical, el público contempla otra de las tantas destrezas del hombrecillo que solicita un caballo de los más briosos y se monta de pie sobre el lomo del animal cabalgándolo con maestría.  Poco a poco el astuto personaje se convierte en un imán para los inquietos cortesanos,  que se muestran impacientes por saber cómo en las salvajes tierras americanas pueden germinar personajes de este tipo.

El diminuto americano le cuenta a su asombrada concurrencia que proviene de un villorrio polvoriento alejado de Santafé, la capital del Nuevo Reino de Granada. Un sitio llamado Cartago, igual que aquella ciudad memorable de la antigüedad pero sin un pelo de su elegancia ni majestuosidad.  Un sitio olvidado del mundo donde el sol calcina el entendimiento y los días pasan sin la posibilidad de tener aspiraciones más complejas que la de sobrevivir.

Los pone al tanto de sus días en la pobreza con una madre huraña que pocas atenciones le presta y los ilustra respecto al temperamento de sus coterráneos, marcado por la somnolencia y el chismerío malintencionado.  Es en este escenario hostil  donde el pequeño  decide decantarse por la música desde sus primeros años y poco a poco va cultivándose en el arte de la guitarra con el ánimo de opacar lo evidente, su escandalosa condición física. 
De un momento a otro, se ve convertido en un juglar que goza de las atenciones tanto del populacho como de los contados cortesanos del pueblo que lo invitan a sus ágapes para que los amenice,  y es precisamente en una de estas fiestas auspiciada por  Don Sebastián de Marisancena, Alférez Real de Cartago, donde la vida le da un giro inesperado.
Uno de los invitados a aquella fiesta era el propio Virrey Antonio Caballero y Góngora, el amo y señor del reino, brazo extendido de su majestad Carlos III en América. El Arzobispo Virrey, encantando tanto por las dotes musicales como por la particularidad física del pequeño cartaginés, decide proponerle  que lo acompañe en su séquito a cambio de indemnizar su familia. 

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El joven accede a la propuesta virreinal y así inicia su afortunado periplo que lo llevara por toda Nueva Granada en compañía de la máxima autoridad del reino. Aquel hombre diminuto,  sediento de grandeza, se ve al fin recompensado por una vida cortesana donde puede dedicarse a cultivar las artes musicales y codearse con las formas más refinadas de la cultura.  

Tras varios meses en la corte, el virrey le comunica su deseo de enviarlo como un presente al mismísimo Rey de España. Seguro de sus admirables particularidades, el mandatario  quiere ganarse la aprobación de su Majestad Católica enviándolo a la corte española. Nuevamente el joven accede y es embarcado junto con otros tesoros americanos rumbo a la Isla Madre, donde lo espera una vida rodeada por el lujo cortesano. 

Una vez acabada la historia, El rey que ha sido cautivado, ordena a su ministro José Gálvez para que le asigne un lugar al enano en su servidumbre, y autoriza una indemnización de doscientos pesos para que sean pagados a la madre del nuevo criado.  Y es de esta forma que José de Cañizares y Machado, apodado luego por los escribanos del rey como el “pigmeo neogranadino”, se convierte en el primer y único americano con acceso a las recámaras reales en toda la historia del Imperio Español.

Corría el año de 1786, y sin saberlo, José de Cañizares sería  el último de los 123 bufones de la corona. Le correspondió la época del naufragio del imperio español a manos de una nobleza parasitaria que derrochaba los últimos destellos del oro americano y hacía la vista gorda a las noticias que llegaban del otro lado del océano, donde la tierra ya se había mojado con la sangre de las primeras revoluciones.
Es factible que el americano oficiara como “Loco de Oficio”, el rol más refinado de los posibles para los hombres de su talla. Entre las tareas a su cargo estarían la de leer y referirle historias chistosas al rey, además de acompañar en el juego a los nietos de su majestad que eran cerca de catorce. Esto, aunque no está referido en documentos oficiales, se deduce porque el enano sabía leer y era poseedor de una cultura poco común entre los bufones.

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Poco se conoce de cómo transcurrieron los días del americano al lado del rey, por reseñas históricas se sabe que su vida estuvo marcada por el infortunio económico, esto como consecuencia de sus constantes desfalcos amorosos y su ánimo derrochador.  A los dos años de estadía,  el Rey que ya estaba próximo a morir,  le concedió el permiso para contraer matrimonio con Clara González, oriunda de Madrid, y le otorgó la libertad para que emprendiera una vida fuera del palacio.

Sin embargo su primer matrimonio sólo duraría 5 años. Es probable que su idilio se acabara como consecuencia de una vida entregada al juego en los corrales españoles al lado de otros vividores, todo muy a la usanza española donde se vive al día y se espera la fortuna antes de buscarla.     

En 1793 contraería nupcias nuevamente con Doña María Ibáñez, relación que a la larga terminaría en pleitos por las constantes infidelidades de ambas partes. Finalmente, en 1799 sería encerrado en la Casa de los Toribios de Sevilla por la magnitud de sus deudas con el fisco. Allí pasaría encerrado los últimos tres años de su vida, lejos del lujo de los palacios y las diversiones barrocas.

Aunque no se conozcan más detalles de su vida, con estos trazos históricos que dejaron consignados dos o tres historiadores, podemos hacernos una idea de todo el encanto que encerraba el pequeño neogranadino. Un hombre que encarnó la extravagancia de una época en declive y que tuvo el privilegio de ser el único de los americanos que  supo de primera mano quién estaba detrás del relieve de las monedas que circulaban en el imperio donde el sol nunca se oculta.

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