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El valor de la nueva evaluación docente

Juan Pablo González Cortés

Era la clase de Español y Literatura en mi colegio y el profesor, con mucho ímpetu, daba un discurso sobre la importancia de cuestionarse las cosas, de pensar críticamente; hacía una metáfora que doce años después iba a resonar en mí y en este escrito: decía que no se puede andar en la vida como un caballo, ahora entiendo que su gran tacto pedagógico le impedía hablar del otro équido más común en estos ámbitos, que le tapan la parte lateral de los ojos y que solo va hacia adelante.  Es claro el hecho de que los profesores, para bien o para mal, marcan la vida de sus estudiantes. Es estrecho el vínculo de la idoneidad docente con la calidad de la educación. El gobierno del Presidente Juan Manuel Santos en su Plan Nacional de Desarrollo (2014-2018) establece a la educación como uno de los pilares; es pues claro, que se encontraba en mora de revisar la evaluación docente necesaria para que los profesores vinculados al magisterio bajo el régimen del Decreto 1278 de 2002, subieran de escalafón. De tiempo atrás esta cuestión había suscitado bastante recelo por parte de los profesores evaluados y, asimismo, por parte de otros expertos; después de los paros y de las constantes discusiones por parte de FECODE y el Gobierno, finalmente se llegó a un acuerdo para la consolidación de un nuevo mecanismo de evaluación. Algunos ─con una manía, muy propia de nuestra idiosincrasia, de hacer juicios a priori; de criticar antes de que las medidas se pongan en marcha─ señalan que este nuevo mecanismo de evaluación es deficiente y lo rechazan de plano. Sin embargo, por más que este no va mágicamente a convertir a Colombia en Finlandia en términos de educación, es un paso en la dirección correcta por lo menos en un aspecto primordial del desempeño y la idoneidad docente como es el relativo a la evaluación.

 La idoneidad docente, vale decir, es un tópico que ha sido objeto de distintas investigaciones en nuestro país[1]. En lo que se refiere a la evaluación docente, basándose en satisfactorias experiencias internacionales, han destacado dos elementos que guiarán nuestro análisis del nuevo mecanismo que se pretende implementar y que son de gran valor para una adecuada evaluación docente: la integralidad y la retroalimentación.

Empecemos hablando de la integralidad: esta nueva evaluación involucra, además del rector, a pares del docente evaluado y a los estudiantes de dicho docente. Adicional a ello, el nuevo mecanismo implica una autoevaluación por parte del docente. Es pues una evaluación desde distintos frentes que le da un giro a la anterior evaluación de competencias. Se le criticaba a esta el hecho de ser excesivamente teórica y de no medir, de manera efectiva, las habilidades del profesor en el aula de clase,  su relación con los alumnos, al igual que el ambiente de clase. Pero la mayor deficiencia de dicha evaluación era que no estimulaba al profesor a mejorar, es decir, todo se reducía a un análisis cuantitativo del desempeño del profesor en donde no había una verdadera retroalimentación acerca de su labor y de los aspectos en donde el profesor evaluado debía trabajar. Representa precisamente esta última cuestión otro punto a favor del nuevo mecanismo.

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La resolución que plasma el acuerdo del Gobierno con FECODE, es decir, la resolución 15711 de 2015 del Ministerio de Educación Nacional (MEN), habla de la “evaluación de carácter diagnóstica formativa” como un mecanismo orientado a identificar las fortalezas y, asimismo, los puntos donde el docente debe mejorar a la luz de su práctica en el aula de clase. Ahora bien,  en caso de que el docente repruebe la evaluación deberá adelantar un curso de formación. Sin lugar tanto la retroalimentación como el curso de formación son elementos que enriquecen el quehacer docente de manera significativa; es sobre todo valioso el hecho de que haya un esfuerzo por engranar la formación de los docentes con la evaluación, los dos asuntos neurálgicos en lo que a la idoneidad docente se refiere y que, en efecto, deberían mantenerse en constante diálogo.

Hay otro avance ligado a lo primero que destacamos: el relativo a quién realiza la prueba. En el anterior mecanismo la evaluación por competencias la realizaba el Centro de Investigaciones para el Desarrollo, un instituto vinculado a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional. Esto creó mucha mella en los docentes, ya que se quejaban de que cómo era posible que una entidad de este tipo, es decir, no especializada en ciencias de la educación, diseñara la tan criticada prueba por competencias. Ahora la evaluación se realizará por parte tanto de los pares del docente evaluado, del rector, de los estudiantes y por parte del mismo docente con base en los criterios establecidos por el Ministerio de Educación (MEN) y los procedimientos del ICFES. Esto de alguna forma “legitima” la prueba ya que quién la realiza, en su mayor medida, no es ya un agente extraño y ajeno al proceso educativo y pedagógico, sino, en cambio, profesores, por demás acreditados ─ se espera reciban una formación previa para ser evaluadores─ , que conocen de primera mano el ejercicio de la profesión y que tienen elementos de juicio para elaborar el diagnóstico. Diagnóstico que, además, debe cernirse a los lineamientos del MEN y del ICFES.

Pero démosle la palabra también a los detractores de este nuevo mecanismo: señalan que es excesivo el porcentaje que se le da al video que será evaluado por los pares (80%). Puede ser. Pero es claro, en todo caso, que es la variable que más peso debe tener ya que en ella es donde se miden de manera más objetiva las prácticas por parte del docente, las relaciones con sus estudiantes, al igual que el ambiente de clase. Manifiestan también que no hay una verdadera reflexión por parte de los docentes acerca de su quehacer. Esta cuestión si no la podemos aceptar: ¿qué es la autoevaluación sino una reflexión por parte del profesor acerca de su labor? Tampoco le encontramos mucho asidero a la aseveración de que la evaluación del video es arbitraria y sin criterios; la mencionada resolución por parte del MEN, en efecto, los fija y además señala que la evaluación de carácter diagnóstica formativa debe realizarse “con estricto seguimientos de los procedimientos adoptados por el ICFES”.

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Quedan, sin embargo, algunos interrogantes: ¿Qué pasa si el profesor evaluado una vez repruebe la evaluación de carácter diagnóstica formativa no tiene un buen desempeño en el curso? ¿Qué pasa con los docentes que, por el contrario, obtengan un excelente desempeño en la evaluación? ¿Hay algún estimulo o incentivo para ellos? ¿Qué hacer con la otra mitad de docentes no pertenecientes al régimen del Decreto 1278 de 2002, sino regidos por el Decreto 2277 de 1979 que no tienen evaluación docente? Todo este esfuerzo por evaluar los docente de manera adecuada no tiene sentido si no se involucra de alguna manera ese representativo grupo de docentes ingresados al magisterio antes de 2002.

Es latente el hecho de que el nuevo mecanismo se encuentra en armonía con lo que se ha considerado como adecuado y pertinente a la hora de evaluar a los docentes. Si bien hay aspectos que considerar y revisar se puede ver que el nuevo mecanismo permite encaminarnos mejor a lograr una idoneidad docente y, consecuentemente, una mayor calidad en la educación. A veces, en nuestro país, se cree que una fórmula va a arreglar todos los problemas, que el nuevo mecanismo debe convertir a Colombia instantáneamente en el país más educado de Latinoamérica. Falta mucho por hacer. Solo en lo que refiere a la idoneidad docente hay que repensar el tema salarial y de formación de los docentes. Es la educación un asunto tan sensible para nuestro país, en el cual hemos tenido tantos reveces, por poner un ejemplo en las pruebas PISA, que es importante dar pasos para empezar a salir de la crisis. Es evidente que la nueva evaluación así lo hace y que se le empieza a dar el lugar que se merece al docente, a esa persona que con una metáfora, con un discurso, puede transformar vidas.


[1] Ver Sandra García, Darío Maldonado, Guillermo Perry, Catherine Rodríguez, Juan Esteban Saavedra, Tras la excelencia docente: ¿Cómo mejorar la calidad de la Educación para todos los colombianos?, Fundación Compartir, 2013; Ver también Felipe Barrera-Osorio, Darío Maldonado, Catherine Rodríguez, Calidad de la Educación Básica y Media en Colombia: Diagnóstico y Propuestas, 2012.

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Volumen 2 - Nº 12 Febrero 2016

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