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St Vincent. Ese ángel lleno de demonios

Irene Galindo

No es la primera vez que una gran película no está nominada a mejor película en los premios de la Academia.  Ya nos hemos venido acostumbrando a que cada año haya películas de la talla de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), Memento (2000), Manhattan (1979), Ciudad de Dios (2003), y una lista interminable de grandes producciones que ven pasar de largo la estatuilla y muchas veces deben conformarse con premios menores o ver su momento de gloria desvanecerse con el anuncio del feliz ganador.
 
Ese mismo destino fatal ha sufrido la gran película St Vincent, opera prima del director, productor y guionista Theodore Melfi, que no solo no fue nominada a mejor película, sino que además, no recibió nominación alguna a los Oscar en 2015.

Cuesta creerlo, cuando la película cuenta con un reparto que incluye al gran Bill Murray y a la talentosa Naomi Watts, un guion impecable, y una historia sencilla pero muy bien contada.
 
Vincent (Bill Murray), un veterano de guerra, solitario, amargado, bebedor y apostador, conoce a sus nuevos vecinos, una mujer recién divorciada (Melissa McCarthy) y su pequeño hijo Oliver (Jaeden Lieberher). A pesar de no haber una inmediata empatía entre ellos, dado el carácter tosco y gruñón de Vincent, se termina creando un particular lazo entre este y el pequeño, que a lo largo de la película nos deja entrever el lado humano de Vincent quien a pesar de no ser un individuo ortodoxo, tiene un gran sentido de la lealtad, el amor y la solidaridad.
 
Los únicos momentos en que vemos a un Vincent “tierno”, muy humano, es cuando interactúa con su esposa, quien padece Alzheimer y se encuentra recluida hace años en una institución.

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Eso, tal vez, es lo más interesante de la película, pues aunque nosotros como espectadores vamos viendo hacia dónde va la historia, y dónde va a terminar nuestro personaje, no vemos un cambio poco creíble de personalidad, ni vemos ese tipo de historia moralista en donde el personaje “malo” se va volviendo “bueno” y entonces llega el final feliz, tan típico de las historias gringas.
 

No. Vincent llega al final siendo el mismo viejo agresivo, huraño, desprendido, perezoso, antipático. Y tanto los personajes que lo rodean, como nosotros, vamos entendiendo que su belleza está en su honestidad, en esa forma simple que tiene de ver y de vivir la vida.  Entendemos que la superficie no va a cambiar, y no es necesario, porque debajo hay un hombre capaz de amar, de compartir, de ayudar, de sacrificarse por otros.
 

Además, vemos que las soledades de todos los personajes confluyen en él, un personaje incluso más solitario, y vemos con sorpresa cómo por momentos este hombre, del cual muchos no quisieran ser vecinos o conocidos, termina desempeñando el rol de padre, de esposo, de amigo.
 
St Vincent es una historia sencilla, que puede ser tildada de predecible, pero que aborda la esencia humana desde una orilla poco frecuente y nos deleita con sus actuaciones.  Es una película poco pretensiosa que merece ser vista, reconocida, recordada y, más que muchas otras, premiada.

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Volumen 2 - Nº 12 Febrero 2016

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