Vol 2 Ed 14 » Cultura » Encallados en una burocracia que desfigura las relaciones humanas

Encallados en una burocracia que desfigura las relaciones humanas

Mons. Eleazar Escobar Cardona Ph.D.

En el mundo de hoy las comunicaciones han crecido como un bello árbol en el jardín de   ciudades y pueblos, en las manos de todos.


No obstante, hemos comprobado por la experiencia que no basta con tener los instrumentos para lograr la comunicación. Para comunicarnos tenemos que intentar desde el corazón tomar contacto con los otros.


Y con todos hay que intentar la simpatía. En esto nadie nos puede reemplazar.

La lógica de la proximidad (de la que viene: hacernos prójimos del otro como en el lenguaje del buen samaritano, Lucas 15) está anclada firmemente en el corazón. Y es lógica del amor.


Y es verdad que la comunidad cristiana vive la premura de la pregunta: ¿en qué modo Cristo vivo y operante se hace hoy palpable?  


La gente en las modernas oficinas vive uno al lado del otro, se ven con facilidad, se oyen, se interpelan. Pero algunas veces en estos iluminados y asépticos ambientes miles de factores que vienen del corazón humano, como dice el Evangelio, crean un clima visiblemente invivible o invisiblemente destructor de la esperanza de felicidad de los que allí conviven.

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Somos víctimas del racionalismo de la “iluminación consumista”   y víctimas, también, de cierto  “romanticismo”, a su vez, en una prospectiva irracionalista como respuesta a la carencia de afectividad que las ciencias y las máquinas, tan efectivas y precisas, nos han sembrado. La propuesta cristiana no ha cambiado: es el amor universal, el amor a todos, incluso a los que nos hacen el mal, es el amor que perdona 70 veces 7. Y el amor que sabe perder y donar. Y esta propuesta de Jesucristo es la misma siempre: si te piden caminar una cuadra, tu camina dos.


Ante esta propuesta el mismo Feuerbach declaró la guerra al cristianismo, como explica el teólogo Gerhard Mûller: la propuesta cristiana del amor universal para Feuerbach había que declararla obsoleta afirmando que la fe cristiana era un obstáculo a sus pretensiones. Y más tarde, Herbert Marcuse, un profesor de las universidades de Columbia, Harvard y California y él un marxista convencido, socialista y hegeliano, acusará la falta de razón y sensibilidad de la sociedad industrial en su libro  El Hombre Unidimensional, publicado en 1964. Ese libro como una muy intensa crítica de la sociedad capitalista que no porta felicidad, que trasmuta la familia y la destruye, que crea las así llamadas “necesidades ficticias” a las que todos tenemos que obedecer… los cristianos estamos en medio de estos analistas y de los otros nuevos como Martin Buber, filósofo de la belleza y del poder  del diálogo o Anna Harendt crítica de la democracia representativa o Habermas o Adorno o Rawls teóricos críticos de esta sociedad .. ninguno está tan contento de la sociedad actual.

Y a uno de los desastres contemporáneos de la sociedad actual se refiere el Papa Francisco cuando desde la Plaza de San Pedro nos describe brutalmente este lugar en el que posiblemente Ustedes y yo  vivimos ayer o tenemos hoy que vivir: 


Encallados en una burocracia que desfigura las relaciones humanas porque  las vuelve demasiado racionales, formales y organizadas y al mismo tiempo áridas, deshidratadas y anónimas… hasta volverse insoportables. (Oct. 7 de 2015).

La lista de los adjetivos en esta frase del Papa, cae como una lluvia de verdades sobre el  techo de casa, compañías y oficinas.


Pero volvamos a la esperanza. Hay en ella algo que humaniza todo lo que nos pone en contacto con las otras personas. Por algún motivo la esperanza no defrauda ni engaña ni simula el afecto, no habla mal de nadie y a todos incluye. La esperanza como viento nuevo nos permite navegar sin miedos hacia los otros. Ella tiñe de afecto la existencia humana y hace habitable el planeta. Pero: ¿qué esto que llamamos esperanza? ¿qué es lo que esperamos del otro? ¿qué esperan los otros de mí? ¿Qué tengo yo para hacerme prójimo del otro?


Y aquí empezamos a hacer parte del cambio. Preguntarnos cuáles son las estructuras en las que vivo y cuál la razón para seguir ahí dentro. Porque del corazón que quiere el cambio salen nuevas visiones nuevos conceptos dentro de viejas estructuras. Muchas cosas no nos gustan de esta sociedad.


Pasó así a los cristianos en la Iglesia primitiva. Los primeros convertidos a Jesucristo en el puerto de Corinto eran de clase social baja pero, como dice Benedicto XVI:

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No obstante, hubo también desde el principio conversiones en las clases sociales aristocráticas y cultas. Precisamente porque éstas también vivían en el mundo « sin esperanza y sin Dios ». El mito había perdido su credibilidad; la religión de Estado romana se había esclerotizado convirtiéndose en simple ceremonial, que se cumplía escrupulosamente pero ya reducido sólo a una « religión política ». El racionalismo filosófico había relegado a los dioses al ámbito de lo irreal. Se veía lo divino de diversas formas en las fuerzas cósmicas, pero no existía un Dios al que se pudiera rezar. Pablo explica de manera absolutamente apropiada la problemática esencial de entonces sobre la religión cuando a la vida « según Cristo » contrapone una vida bajo el señorío de los « elementos del mundo. » (cf. Col 2,8).  (Encíclica Spe salvi 5).

Hay un espíritu que viene de Jesús que se nos ha revelado como amor: nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y le hemos creído (I Jn.4, 16).


Y esta es la razón de la Fiesta de Navidad: Dios se ha hecho palpable, Dios se nos ha mostrado en Belén.

Y en la Navidad del 2011, Benedicto XVI predicaba:

Allí, en la canoa, donde antes los animales comían,
ahora en esa misma canoa
todos podemos recibir el Misterio de Dios mismo con los hombres.
La humildad de Dios se ha transformado en alegría:
su bondad  es fiesta para nosotros.
Dios se nos ha mostrado en el Niño de Belén. ¡Por eso es fiesta!
 
No hay que dejar ni la humildad, ni la esperanza, ni el perdón ni la bondad, ni el amor, atados a la entrada de la oficina o  de la casa como mascotas que importunan.

 ¿Acaso no hemos tenido la oportunidad de comprobar de nuevo, precisamente en el momento de la historia actual, que allí donde las almas se hacen salvajes no se puede lograr ninguna estructuración positiva del mundo, ni de esta sociedad?

 Necesitamos ir a Belén para aprender a cambiar el mundo actual.

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