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La obra malograda: Una retrospectiva de algunos proyectos literarios frustrados del siglo xx.

Felipe Cardona

La palabra que se escribe es palabra para siempre desterrada. La hija entrañable que sale  gustosa  a la luz del mundo asume un destino desconocido para el padre: El escritor, indiferente al hecho de ser el escudero de campañas inútiles, se  pasa la vida salvando a su criatura del anonimato y la rescata de papeles olvidados para procurarle una existencia más o menos holgada en su historial literario.

Mientras duran  estas reivindicaciones, la palabra a lo menos se asegura un refugio contra el olvido. Pero basta que al escritor se lo lleve el diablo en sus correrías para que sus crías gramaticales queden a la deriva. Si al rescate de estos manuscritos no acude ese personaje de corte convencional que es el amigo cercano del autor, poco se puede hacer para redimirlas. Es harto conocido que la historia de la literatura está colmada de estos deslices infames, donde no hay mecenazgos y la muerte se lleva al escritor con todo y obra.

El maletín en la frontera

Walter Benjamín, ese judío enjuto capaz de desentrañar los hilos soterrados de la comedia humana, es el ejemplo más tangible de esas pérdidas irreparables. El mundo que admiró sus ensayos y lo consagró como uno de los pensadores más ambiciosos del siglo XX, hecha de menos la gran obra en la que trabajó toda su vida.

Por cartas sabemos que este proyecto apocalíptico, que titularía el libro de los pasajes, preparado con tesón de amanuense día a día en la biblioteca de París, iba generar una crisis sin precedentes en el pensamiento filosófico y político de Europa. Se perfilaba como el pastelazo definitivo para un tiempo de contradicción en que accedían los ciegos nacionalismos y el hombre sucumbía en los recovecos horrendos de su irracionalidad.

Los detractores del pensamiento, que por un azar difícil de comprender casi siempre hacen parte del régimen castrense, estuvieron tras Benjamín por largo tiempo, y conscientes del peligro de que una obra de ese talante fuera publicada buscaron la manera de destruirla. Finalmente llegó el día esperado.

En septiembre de 1939, Benjamin, huyendo de la cacería de judíos que los nazis adelantaban en Francia, cruzó a pie los Pirineos hasta llegar a la frontera con España. Sus compañeros de viaje  relataron años después, que durante la travesía el extraño escritor reducido por la enfermedad, no dejaba de repetir: “lo principal es salvar el manuscrito, es más importante que mi propia persona”. El judío abrazaba el maletín que llevaba a cuestas y continuaba su trasiego por las faldas escarpadas repletas de viñedos con la esperanza de llegar a salvo a la tierra del Cid.

Sin embargo el destino le jugó una canallada y las autoridades francesas retuvieron al  grupo en pueblo fronterizo de Port Bou el 25 de septiembre. Los militares se mostraron condescendientes y como oscurecía permitieron a los detenidos pernoctar en un hotel del pueblo para emprender el regreso a París al amanecer.

El escritor se encerró en su alcoba reducido por tan desoladora circunstancia. Al día siguiente, los militares subieron al hotel y le golpearon para que saliera. Como nadie respondía tuvieron que forzar la puerta. Encontraron a Benjamín acostado en su cama. Le tomaron el pulso, era demasiado tarde, el corazón le había estallado tras una sobredosis de morfina. Nunca más se supo del maletín y su contenido.

El Crimen fue en Granada

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Muy cerca en tiempo y en espacio, la ciudad de Granada, emporio de arabescos, bulerías y tendidos, recibe a su poeta. Federico García Lorca viene de Madrid, sus gentes lo llenan de agasajos y son pocos los que notan el ánimo maltratado con que llega el hijo emérito. Pasan los días y con delicias histriónicas el poeta disimula su zozobra. Canta e hincha a sus  interlocutores con sus chascarrillos legendarios. Sin embargo, muy en el fondo, un sentimiento se empoza. Federico se persigna en las sombras, presiente que el final se acerca.

No en vano, el 13 de julio de 1936, antes de emprender el que sería su último viaje a Granada, el poeta da a su amigo y protector Rafael Martínez Nadal en un café de Madrid, una carpeta con sus manuscritos. “Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera. Toma, Guárdame esto. Si me pasara algo lo destruyes todo. Si no, ya me lo darás cuando nos veamos”. Los textos que Martínez guardó con recelo fueron publicados 45 años después, se trataba de la última obra de teatro de Federico: El público.

Sin embargo, lo llamativo de esa última conversación fue lo que Federico le dijo a Martínez Nadal y que más tarde en Granada confirmó a Luis Rosales. El cantor de los marginales preparaba su obra magna. Decía con la avidez que lo caracterizaba, que el libro sería el proyecto más ambicioso en la historia de la poesía española. 

Como es sabido el poeta no pudo gestionar la publicación del manuscrito. No pasaron muchos días para que los falangistas celebraran en las cantinas de Granada haberse bañado con la sangre de Federico. Tragado por las tierras celosas de Fuente Vaqueros, el poeta se llevaba consigo los versos de Adán, un poema épico de sangre similar al paraíso perdido de Milton. Una perdida considerable sin duda.

Otro librito empantanado.

Esa voracidad de la tragedia no concibe censuras geográficas. De las innumerables escenas del infortunio local, cabe destacar la que protagoniza Andrés Caicedo, ese escritor vallecaucano fascinado por las parábolas tropicales de la juventud caleña.

Los escrúpulos de la sociedad colombiana del decenio 70, que resistió a punta de camándula y lotería política a la andanada juvenil que se abalanzaba sobre el mundo por esos años, fueron la pauta para que Andrés concibiera una obra desinhibida y mordaz que le costó el apelativo de escritor maldito.

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Andrés, el demonio de las anfetaminas, asumió de tal manera su rol en la disidencia que ya le era imposible pensar en la salvación. Marcado por esos titubeos malsanos pero deliciosos  que conllevan a la autodestrucción,  acabó como sus ídolos del rock, inmolado con eléctrica agonía en la plaza de la fama.

En el año 2007, cuarenta años después de su desaparición, su amigo Sandro Romero y su hermana María Victoria decidieron rescatar sus papeles inéditos. Cuando entraron al cuarto se dieron cuenta que las cosas del escritor estaban como el las había dejado. La familia con suficiencia inquebrantable había hecho todo lo posible para negar la muerte del ser querido. ¡Andrés está de viaje, en cualquier momento llega y no le gusta que nadie le toque sus cosas¡

De esos papeles inéditos nació el cuento de mi vida, una especie de diario que el escritor había elaborado desde su temprana adolescencia. Pero como lo que importa aquí es revelar la parte de su obra que se perdió, tenemos que fijarnos en un aparte del texto donde Andrés confiesa que está próximo a editarse un libro al que ha dedicado por muchos años durante 5 horas diarias. Era una novela que pensaba llamar “Despescuezanarizorejamiento”. El texto sigue desaparecido.

La estela de Otraparte

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Fernando González llamó a su casa de envigado “Otraparte”, con la vehemente intención de que su espacio vital escapara a las convenciones geográficas. Sólo nos basta esta burla a lo concreto para darnos cuenta del carácter disidente del escritor.

El brujo, como se hacía llamar, no hizo otra cosa en su vida que escapársele a todo. Con una sonrisa procaz ante lo determinado, huyó de todo lo que huele a encasillamiento: mujeres amadas, puestos burocráticos y escuelas filosóficas. Nada pudieron hacer los de su diestra para aplacar su temperamento trashumante.

De los viajes encendidos de su locuacidad quedan varios libros para el deleite de sus exégetas. Sin embargo, el brujo abandonó este mundo con muchas cosas que decir. Meses antes de su muerte, que él no presentía como los últimos, inició una biografía de San Ignacio del Oyola. El proyecto quedó como un amague del viaje metafísico más ambicioso emprendido por escritor colombiano alguno.

De es terrible suspensión en lo sagrado, del libro que sería el hilo conductor hacia Dios no quedan rastros. Las cartas de González son esa estela casi borrosa de su obra frustrada. Por suerte de todo lo que pasa por el mundo queda una tímida crepitación, ese rastro que nos permite hablar de lo imposible.


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