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El tránsito de las colonias al Estado-Nación en Latinoamérica: casos comparados de dos situaciones distintas, Cuba y Argentina.

Juan David Corredor García


Juan David Corredor García 
corredorg.juan@urosario.edu.co
 

La consolidación de los Estados-Nación ocupa un lugar preeminente en la historiografía tradicional. Para el caso latinoamericano, se sabe que el nacimiento de los Estados modernos tiene lugar en el ocaso de la Corona española, después más de 300 años de dominio allende el Atlántico. Los hechos y factores que llevaron a los países latinoamericanos a superar el proceso de colonización, independizarse de sus “conquistadores” y configurar un Estado que garantizara progresivamente los derechos de sus ciudadanos no se dio de manera uniforme a lo largo del territorio latino. El caso de Argentina se inscribe en las tradicionales batallas de independencia latinoamericanas entre 1810-20, de la mano de militares criollos con un significativo carisma y popularidad. Cuba, por su parte, es ajena a estas dinámicas y solo obtendrá su independencia prácticamente en el siglo XX. No obstante, un punto en común de estos procesos revolucionarios y de tránsito a la vida republicana es la existencia de enormes vacíos institucionales, políticos y económicos. Ciertamente “la democracia aparece aquí como uno de los objetivos de la revolución, pero esta democracia no puede interpretarse como destinada a adoptar un gobierno popular… según los constituyentes, el pueblo carece aún de preparación”  (Guerra, 2010, pág. 379).

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Ello básicamente sucede debido a la naturaleza de estos procesos de iniciación democrática, ya que presentan bastantes vacíos, dificultades y fallas que llevan en ocasiones a las denominadas ficciones democráticas (Chevalier, 1999). Justamente esa es la situación que se vive en el seno de las nacientes repúblicas latinoamericanas, puesto que se experimentaba la ausencia de democracia en los años inmediatamente posteriores a las independencias. Más que sentar críticas respecto a las contradicciones que encarnaron los líderes independentistas y las respectivas movilizaciones de cara a acabar con el yugo español, debemos comprender el contexto que enmarcó a estas sociedades con las rebeliones, la educación de los ilustrados criollos y su escasa experiencia en la administración pública.
 
Lo que hoy es Latinoamérica nunca fue un territorio integrado con una misma identidad. De hecho, “en las vísperas de la invasión española el desarrollo de las civilizaciones precolombinas presentaba un notorio contraste” (Pérez, 1985, pág. 53) no solo en términos geográficos, sino también por la organización de estas civilizaciones; por lo cual los procesos de ocupación, conquista, colonización e independencia si bien conservaron algunos rasgos similares, en otros casos fueron diferentes, tal como sucedió con Argentina y Cuba, respectivamente.
 

A lo largo de tres siglos [XVI – XIX] las relaciones entre las partes de estas sociedades, tan distintas de una zona a la otra, fueron complejas, articuladas y ricas en variantes. Por ende, no existe un único modelo social válido para todos y cada uno de los tantos territorios gobernados por las coronas ibéricas (Zanatta, 2012, p. 20).

 
No en vano los dos procesos independentistas que se discuten aquí se presentan con más de 90 años de diferencia. En Argentina, la fecha exacta nos lleva al 9 de julio de 1816 y en Cuba, con la denominada Guerra de Independencia (después Hispano–estadounidense) a finales de 1898, trayendo como consecuencia el fin de la ocupación española en territorio latinoamericano. Cuba, por diversas razones, es uno de los casos más interesantes para el estudio de la independencia de América Latina, debido a que tendrá una marcada diferencia (en todos sus ámbitos) con todos los procesos independentistas contra el dominio de la Corona española (Zanetti, 2013).
El Imperio español entraría en decadencia a partir del siglo XVI y finalizaría en el ocaso del siglo XIX por los hechos históricos que atravesaron las independencias latinoamericanas El panorama era poco esperanzador para España, debido a una serie de factores externos como la llegada de la Ilustración, la Revolución francesa, la independencia de Estados Unidos e internos como las Reformas borbónicas y el encarcelamiento de Fernando VII por parte del “usurpador“ Napoleón Bonaparte (Guerra, 2010 & Centeno, 2014).

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Asimismo, el papel de Francia en materia de leyes y el apoyo de Inglaterra fueron trascendentales para la separación y consolidación de Estados–Nación en Latinoamérica (Zanatta, 2012). Además de esto, existe un factor externo en el estudio de la independencia que no tuvo incidencia en todo el caso latinoamericano, como fue el apoyo de Estados Unidos a Cuba. Todas estas causas, tanto exógenas como endógenas, resultaron funcionando como catalizadores de la separación progresiva de América Latina de la Corona española.
 
Algunos autores, como el historiador François-Xavier Guerra, le dan mayor importancia a los factores exógenos propios de la Revolución francesa y la Independencia estadounidense, pues observan que estos fenómenos lograron un alcance mundial que se replicó en distintas latitudes y obedeció a un cambio hacia la política moderna. Por otro lado, autores como Loris Zanatta reconocen la trascendencia de los factores externos pero incluyen factores endógenos, como las Reformas borbónicas, como una de las causas que animó a los criollos para que iniciaran una lucha por la independencia. No obstante, no hay que olvidar que “las guerras independentistas fueron producidas por el colapso de la legitimidad de la Corona española, no por cambios internos en las sociedades coloniales” (Centeno, 2014, pág. 228).
 
A partir del descontento que públicamente fueron manifestando los criollos con las modernas formas de administración de los recursos, se empieza a tomar distancia de la Corona, justamente porque “las élites criollas en América empezaron a sentirse traicionadas en el plano político y perjudicadas en el económico. Traicionadas, porque se veían privadas de sus antiguos derechos, perjudicadas, porque se encontraban sujetas a las necesidades económicas de la Corona” (Zanatta, 2012, pág. 31).
 
Sumado a esto, el encarcelamiento de Fernando VII terminó de generar un ambiente de zozobra y separación en cada una de las colonias españolas debido a que, por un lado, los realistas pedían seguir obedeciendo a la Corona mientras que un sector de los criollos, inspirados en los postulados de la Ilustración, se decantaban por la independencia, la autonomía política y administrativa. Esto no fue ajeno en Argentina, pues “las nuevas ideas se habían propagado entre una parte de las élites, particularmente en los grandes puertos y zonas marítimas, como el Río de la Plata” (Chevalier, 1999, pág. 551).
 
Esta separación generó la Revolución de Mayo de 1810[1], en un intento de los criollos por sumar a los realistas en su lucha por la independencia. Si bien los criollos se presentaron ante los demás como la salvación al injusto trato recibido por la Corona española,
 

a pesar de sus declamaciones, [las elites dirigentes] nunca comulgaron con la apertura participativa de los amplios sectores sociales, por siempre desplazados que conformaban y conforman proletarios, campesinos, inmigrantes, desposeídos, clases populares urbanas y rurales (Lenguitti, 2010, pág. 9).
 

En Latinoamérica, y con mayor rapidez en Argentina, surgieron juntas que de alguna manera reivindicaron los “derechos del reino” pero que, aprovechando el desorden causado por el hecho de tener al rey del imperio en prisión, finalmente se confundieron con derechos del pueblo. “Criollos y mestizos, anteriormente alejados del poder, estaban poco preparados para ejercer cargos públicos, pero los solicitaban afanosamente” (Chevalier, 1999, pág. 553), toda vez que el encarcelamiento del monarca Fernando VII representaba una oportunidad histórica para alcanzar el poder.  
 
Este cambio contribuyó a que los caudillos[2] ganaran adeptos a favor de la independencia, legitimaran su lucha social y dieran paso a la vida republicana en el país del Cono Sur. Sin embargo, aún existía mucha resistencia de la Corona a ceder el territorio argentino, generando una confrontación bélica de la Banda Oriental (impulsado por José Artigas) y el Litoral.

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Buenos Aires era para la época bastante centralista, fiel seguidora de la Corona y no pretendía aceptar los intentos separatistas. Además de ello, contaba con el respaldo de las monarquías absolutistas y con el no reconocimiento de gobiernos surgidos en medio de revoluciones. Este panorama postergó levemente la independencia en Argentina, aunque no por mucho tiempo, debido al triunfo de numerosas campañas de independencias dirigidas por criollos con el transcurrir de los meses. Un ejemplo de la presión ejercida por estas campañas fue la del general San Martín[3] y su Ejército de los Andes.
 
Paralelamente, la tensión entre Artigas y los centralistas de Buenos Aires se acrecentó y se generó una separación en las Provincias Unidas y Artigas con su denominada “Liga de los Pueblos Libres”. En el ámbito latinoamericano, lo posición ganada nuevamente por los realistas en 1815 preocupó a los independentistas, los cuales convocaron un Congreso en Tucumán para saber el destino de Argentina. Pese a las fuertes presiones centralistas, San Martín y demás criollos sumaron mayoría obteniendo la independencia de la Argentina.
 
Lo que siguió después de esto fue una especie de travesía, una exploración a un mundo poco conocido y una búsqueda por la mejor forma de organización política.  “La élite intelectual en el poder tuvo que colocar los cimientos de la nación” (Chevalier, 1999, pág. 553), pese a no contar con experiencia alguna en administración pública, repartición de poderes, formas de gobierno, entre otros. Zanatta incluso considera que “es posible afirmar que los nuevos estados eran más una propuesta o un deseo que la realidad” (2012, p.54), ya que no se pudieron implementar, en los primeros años, los principios republicanos que la élite criolla exaltaba.
 
No obstante, es a partir de allí donde se empieza a hablar de modernidad política en Latinoamérica, entendida como “el proceso de progresiva secularización del orden político; esto es, de progresiva separación entre esfera política y esfera religiosa” (Zanatta, 2012, pág. 29). Aunque la unión de Iglesia y Estado perduraría en gran parte del siglo XIX, el hecho de que las élites criollas discutieran el papel de la religión en la política demostró un gradual cambio de paradigmas en la administración pública de los nuevos Estados.

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Por lo menos a nivel público –gracias a los liberales, principalmente– se planteaba la soberanía no en términos religiosos, sino en términos populares, concerniente a la decisión del pueblo. En lo normativo, se concebía al pueblo con la facultad de dirigir el Estado y sus acciones, aunque realmente los principios invocados no fueron del todo aplicados:
 

De la mano del torrente ideológico que transformó el siglo XIX en procesos tan impactantes, los latinoamericanos concebimos la formación de nuestros Estados independientes, que a pesar de las promisorias teorías sobre la igualdad, libertad y solidaridad no lograron devenir en sociedades justas, tal como aquellos principios eran supuestos a imprimir (Lenguitti, 2010, pág.8).

 
Finalmente, “la nación-reino se convirtió, con sus libertades, en moderna nación de hombres libres, de ciudadanos voluntariamente asociados en un Estado-nación contractual e independiente” (Chevalier, 1999, pág. 550) que superó la imposición católica de la Corona y evidenció un lento pero esperanzador progreso en su camino a la consolidación de Estados-Nación en Latinoamérica.  a España que enfrentapoder militar le demostrependentista cubano fue vital smos que en el resto de Latinoam modernas formas de
 
Ahora bien, por el lado de Cuba, “iniciada con medio siglo de retraso respecto al continente, la gesta cubana por la independencia habría de desplegarse en solitario, durante largos años de combate” (Zanetti, 2013, pág. 159). En palabras de Moreno Fraginals, “la historia de Cuba la han escrito al revés”. Primero que todo, porque Cuba no entró en la común dinámica de revoluciones que enmarcaron la época, por lo menos en las primeras tres décadas del siglo XIX y

 
continuó siendo española, sobre todo porque los colonos y los dueños de las plantaciones, incluso los “ilustrados”, temían que se imitara el ejemplo de la revolución de 450 000 esclavos en Santo Domingo… a la que pusieron en cuarentena sus vecinos esclavistas (Chevalier, 1999, pág. 29).
 

El dominio español allí perduró hasta 1898. Además, los factores que permitieron su independencia no fueron los mismos que en el resto de Latinoamérica. Se destaca, en primera instancia, el papel de Estados Unidos en este proceso de separación, debido a que el poder militar de los criollos cubanos y esclavos era mínimo comparado con España. La llegada de este actor  importante y poderoso, modificó el desarrollo de la guerra de independencia, comprometiendo lógicamente a la isla a una nueva dependencia, esta vez con Estados Unidos.
 
Aunque la independencia cubana se demora hasta 1898, numerosos guerras e intentos de independencia se llevaron a cabo a lo largo del siglo XIX. Entre 1845 y 1855, se presentaron varios intentos asociados al apoyo que prestó Estados Unidos a Cuba, así como La Guerra Chiquita, La Guerra de los Diez Años y uno de los más importantes, el Grito de Yara.
 
Con el fin de contextualizar el caso cubano, Juan B. Amores nos da una idea de lo que sucedía en el decaído Imperio español:
 

España va a sufrir un grave déficit presupuestario y financiero durante casi todo el siglo XIX. Precisamente la llegada al poder de los liberales progresistas, a mediados de la década de 1830, coincide con el agravamiento del déficit estatal por el inicio de las guerras carlistas. Y en el conjunto de la monarquía sólo hay un territorio que produce excedentes de capital: la isla de Cuba (Amores, sin año, pág. 26).

 
De esta manera, Cuba se presentaba como una importante colonia con una poderosa  oligarquía proveniente de productos como el azúcar y el tabaco. Debido a que los dividendos que dejaban estos productos no eran acordes con lo que se enviaba a la Corona, en un intento por administrar más efectivamente los recursos, se impuso de gobernador en la isla el capitán general Miguel Tacón. Este implementó una serie de reformas en 1835 que generó el enfrentamiento entre la oligarquía habanera y la aristocracia azucarera, lo cual inició el deterioro de las relaciones con la Corona española (Zanetti, 2013).
 
En un intento por persuadir a Cuba de evitar los intentos de separación de España, se crearon ciertos derechos políticos para las élites criollas. Además, “las autoridades españolas sabían del interés de esas elites en mantener el poder coercitivo español ante el peligro «negro»” (Amores, sin año, pág. 28).
 
Por otro lado,  los nuevos líderes de la oligarquía económica insular (los Alfonso, Aldama y Pozos Dulces) eran en 1830 unos jóvenes idealistas que se habían educado en los Colleges del Este de los Estados Unidos, país en el que tenían además fuertes intereses económicos y relaciones familiares, y al que consideraban como el paraíso del progreso, la ilustración y la libertad. En contraste, España se les presentaba como una vieja y decadente potencia colonial, desgarrada por la guerra civil, atrasada culturalmente y atascada en su desarrollo económico (Amores, sin año, pág.29).
 
Para ellos, les resultaba inaceptable la exclusión a la que estaban sometidos pero, conscientes de su escaso poder militar, no arremetieron contra España con intenciones independentistas. Tuvieron que esperar hasta los años 70 con la ayuda de ideas nacionalistas, propias de Cuba, además del apoyo público de Estados Unidos, para empezar a gestar un proceso de independencia.
 
Deben pasar 15 años más para que Cuba logre “finalmente la modernidad como Estado-nación bajo la hegemonía estadounidense, circunstancia que no solo limitó su soberanía, sino que también contribuyó a delinear el perfil de sus instituciones y trazó las pautas de su desenvolvimiento económico y social” (Zanetti, 2013, pág. 195). Este suceso se da con la guerra de 1895, que finaliza en 1898 con el Tratado de París, entre España y Estados Unidos. Solo en 1902 se hará efectivo dicho Tratado, dando lugar a una gran paradoja: la independencia total de Cuba frente a España, pero la dependencia de la Isla en materia económica, militar y política de los Estados Unidos.

 
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Como vemos, el proceso de consolidación de Estados-nación en Latinoamérica es bien complejo y diferenciado. Tan solo basta tomar dos ejemplos para evidenciar las particularidades del proceso independentista y el intento por consolidar un Estado moderno en América Latina. Los procesos que tuvieron lugar en Argentina no fueron los mismos en Cuba o no se desarrollaron con la misma intensidad. En Argentina, la Ilustración, las Reformas Borbónicas y el encarcelamiento de Carlos VII y los caudillos jugaron un papel sumamente importante para la independencia. A pesar de ello, las nuevas figuras, erigidas como dirigentes, encarnaron dictaduras, caudillismo, caciquismo, golpes de Estado, demostrando más una ausencia de democracia que una democracia real.
 
Por otro lado, en Cuba, el apoyo unilateral de Estados Unidos y un sector de los criollos fue responsable de la independencia relativa cubana, y digo relativa debido a que se cambió la dependencia de un país por otro, dificultando el desarrollo de un Estado soberano como tal.
 
En suma, el tránsito de las colonias hacia la vida republicana fue particularmente traumático para las sociedades latinoamericanas, en la medida que se presentaron ficciones democráticas, así como la sustitución de unas élites por otras, sin que se viera involucrado mayoritariamente el pueblo, más allá de los discursos y el debate político. Diversos factores endógenos y exógenos facilitaron ese tránsito democrático a la política moderna, tanto en la Argentina como en Cuba, aunque se visibilizaron dificultades en torno a la legitimidad del nuevo poder político pero, sobre todo, en la administración pública. Dificultades que con el tiempo se fueron cristalizando en deudas históricas al punto que, en la actualidad, existen problemas muy similares a los que en principio se buscaba solucionar con el paso del colonialismo a la democracia moderna. 

 
Bibliografía
 

Texto recuperado de: Prensa Argentina

Centeno, M. (2014). Sangre y deuda: Ciudades, Estado y construcción de nación en América Latina. Bogotá: Universidad Nacional.

Chevalier, F. (1999). América Latina: De la independencia a nuestros días. México: Fondo de Cultura Económica.

Guerra, F. (2010). Modernidad e Independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. FCE: México.

Pérez, H. (1985). Breve historia de Centroamérica. Historia Alianza Editorial.

Zanatta, L. (2012). Historia de América Latina, De la Colonia al siglo XXI. Siglo Veintiuno.

Zanetti, O. (2013). Historia Mínima de Cuba. Madrid: Turner Publicaciones.

Lenguitti, R. (2010,). La difícil construcción de la identidad Latinoamericana. Ponencia presentada en: II Jornadas Internacionales de enseñanza de la historia y XI jornadas de investigación y docencia de la escuela de historia, Buenos Aires, Argentina.

Amores, J. (sin año). (Tesis inédita de maestría) Recuperado de: Instituto Fernando el católico, Universidad del País Vasco, España.

 

[1] Dando lugar a la conformación de las Provincias Unidas, en remplazo del Virreinato del Río de la Plata.

[2] En palabras de Chevalier, “el caudillo encarna entonces una primera forma de unificadora del espíritu nacional, basada, entre la gente sencilla, en el contacto directo y en los lazos personales”. (1999, p. 557).

[3] El general San Martin es considerado, junto a Bolívar, como el libertador más importante de Sudamérica. Sus campañas tuvieron como consecuencia la independencia no solo de Argentina, sino también de Perú y Chile.


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