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Análisis de caso de Birger Sellin - Quiero dejar de ser un dentro de mí

Koryn Natahjia Bernal Manrique


El hecho de que los autistas no nos escuchen es lo que hace que no los escuchemos.
Pero finalmente, sin duda, hay algo para decirles.
Jacques Lacan
 
Introducción
El concepto autismo proviene del griego autós (uno mismo, que actúa sobre sí mismo o por sí mismo). A lo largo de los años, este término ha sido tema de interés para investigadores, psiquiatras y psicólogos. Entre los psicoanalistas, Mahler, Meltzer, Bettelheim, Tustin, etc., contribuyeron en esta temática al pretender dar una explicación teórica sobre el autismo (Maleval, 2011). Sin embargo, estas explicaciones hacen parte de la historia del desarrollo del psicoanálisis. Actualmente, han surgido nuevas propuestas que dan  respuestas y soluciones eficaces para intervenir a personas diagnosticadas con este funcionamiento subjetivo singular, denominado autismo (Maleval, 2011).
 
Caso clínico
Birger Sellin, nació en 1973 en Berlín, hijo de la catequista Annemarie Sellin  y del estudiante de derecho Dankward Sellin. Sus padres reportan que el niño tuvo un desarrollo normal hasta los dos años de edad, cuando decidieron ingresarlo por primera vez a un jardín infantil, donde se evidenciaron los primeros síntomas de autismo, pues el niño gritaba sin cesar y era imposible controlarlo (Klonovky, 1992). Los padres informan que el niño se enfermó de otitis media poco después del evento precipitante  (jardín infantil). A partir de esto, Birger lloraba constantemente, se redujo su lenguaje, dejó de reaccionar al contacto con sus padres y  rehuía al contacto con la mirada, razones por las que fue hospitalizado durante seis meses en un centro psiquiátrico (Klonovky, 1992).

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A los cuatro años y medio, Birger fue diagnosticado con autismo infantil e ingresó a un centro especializado de niños autistas, donde aprendió a ser más independiente. Sin embargo, aún no se comunicaba verbalmente, profería gritos ensordecedores y solo se evidenciaban patrones estereotipados de conducta como: pasar gran parte del tiempo debajo de la mesa del comedor, levantar muros de libros o bloques de madera en torno a él y jugar con canicas. Esta última conducta estereotipada fue el único motivo por el cual Birger pronunció y articuló por primera vez una frase: “devuélveme la bola”. Frase que enunció  tras habérsela quitado su padre como señal de juego; sin embargo, esta fue la frase que perpetuó el silencio del niño (Klonovky, 1992).

Apenas a los dieciocho años, después de varias terapias e intentos fallidos de intervención, Birger inicia una nueva terapia denominada “Comunicación facilitada”, como método interventivo en el que se esperaba que el joven pudiese comunicarse por medio de la escritura (Lamolda, et al., 2013). La terapia se revela efectiva, en tanto Birger logra exponer, a partir de textos desarrollados por él mismo, sus sentimientos, la experiencia de su diagnóstico y sus  pensamientos. Allí se encuentran relatos conmovedores de la percepción de incapacidad y descontrol  percibido por Birger frente a su funcionamiento, destacándose la siguiente frase: “quiero dejar de ser un dentrodemí” (Sellin, 1992, p. 65).

Análisis de caso

Ahora bien, después de conocer el caso de Birger Sellin, parece pertinente exponer cómo se entiende el autismo en la perspectiva lacaniana presentada por Maleval. Según ella, el autismo es un tipo clínico complejo y que representa un funcionamiento subjetivo singular, caracterizado por la gran variabilidad en sus formas de manifestación (Maleval, 2011).
Tal variabilidad de los cuadros clínicos descrita por Maleval (2011), se entiende como una diversidad fenomenológica en la que se encuentran desde sujetos que requieren atención psicológica constante, hasta aquellos que son considerados eruditos o de alto nivel; características que el autor reconoce han complejizado su área investigativa, pero que a su vez  la han enriquecido.

Frente a esto, cabe resaltar que las principales características presentes en el autismo, según Maleval, son: primero, el rechazo por la alienación del significante, es decir, la negativa de dirigirse al “Otro” promueve que el autista rechace toda adopción de palabra con significado para el “Otro” (Tendlarz, 2011). Segundo, la utilización de objetos particulares, denominados “autísticos” como medida de protección, equilibrio y de autocontrol (Maleval, 2011). Y, finalmente, la alteración del sujeto autista en la conformación del lazo social, marcada principalmente por la dificultad de reconocer la funcionalidad del lenguaje, sus emociones y las alteraciones a nivel corporal experimentadas por el sujeto autista (Maleval, 2011).

Con referencia a esta primera característica, es necesario traer a colación lo expuesto por Lacan, quien entendía la voz como aquel objeto pulsional que está asociado al leguaje, pero que lo excede (Maleval, 2011). De tal modo, Lacan expone la relación entre significado y significante, donde el significante (palabra o grupo de palabras) tiene un significado compartido por otros que permite la comunicación. Sin embargo, se evidencia que este fenómeno se trasforma en el funcionamiento del autista, en tanto este sujeto puede hacer uso de dichos significantes, pero cambia por completo el significado compartido por los otros; o también  hace uso de nuevos significantes creados por él (neologismos), los cuales tienen significados privados para él, trayendo como consecuencia el impedimento de su comunicación verbal (Tendlarz, 2011).

A partir de esto, es preciso evidenciar que para los sujetos autistas dicho objeto de goce,  la voz, deja de cumplir su función principal de comunicación y, por el contrario, se constituye principalmente dentro del funcionamiento de protección, la cual se manifiesta a partir de la verborrea o el mutismo (Tendlarz, 2011).

Según Maleval (2011), si el autista cede su voz o la emite, corre el riesgo de tener que aceptar las imposiciones del lenguaje y, por ende, debe acceder a los deseos y dependencia del “Otro”, dentro de las que se encuentran: tener que obedecer, estar obligado a responder y cumplir sus necesidades. Así, al castrar cualquier significado y símbolo presente en el lenguaje,  se imposibilita cualquier tipo de canal de comunicación verbal entre el autista y el “Otro” y, por ende, desaparece la emisión de la voz.

Frente a esto, el caso de Birger Sellin expone el mutismo como una de sus estrategias de protección y defensa, en tanto le permitía al joven mantener de algún modo su “libertad”. Sin embargo, esta libertad se ganaba a un costo muy alto, ya que le producía mucho sufrimiento la soledad que él mismo relataba:  “(…) me ahogo en soledad” (Sellin, 1992, p. 65).
 Además, los escritos de Sellin narran el horror que le producía tener que enfrentarse a la emisión de la voz. Así, él mismo exponía que se sentía incapaz de hablar “porque hablar tiene tanto valor que yo no tengo el valor de hablar; no puedo aprenderlo porque simplemente diría tonterías” (Sellin, 1992, p.64).

 En relación a esto, un evento que posiblemente fue muy angustiante para Birger se presentó cuando por primera vez expuso su voz al emitir la frase “devuélveme la bola” (p. 38). Birger fue capaz de dirigirse a su padre de una manera asertiva, clara e imperativa; sin embargo, esto  resultó trágico para el joven, en tanto él percibió que había perdido toda herramienta de protección al acceder al lenguaje significativo del “Otro” (Maleval, 2011). Tal situación expuso a Sellin a un peligro inminente en el que se percibía completamente vulnerable. Por tal razón es posible inferir que Birger  prefirió agotar sus esfuerzos en silenciar lo que para él no estaba bajo su control y, de tal modo, concentró su energía en evitar despertar de nuevo tal angustia, perpetuando aún más su silencio (Maleval, 2011).

Por otra parte, frente al sufrimiento experimentado por Birger, brilla una luz esperanzadora a partir de la terapia de comunicación facilitada, como procedimiento que parte del supuesto de que los autistas están bloqueados psíquica y motrizmente,  así que se considera necesaria la ayuda corporal emitida por “otro” como medio de apoyo que se le brinda al sujeto autista (Lamolda, et. al., 2013).

Así, se espera que el sujeto logre escribir teniendo la sensación de seguridad; de modo que, en el trascurso de la terapia, se pretende disminuir progresivamente el apoyo mecánico para que el niño sea capaz de escribir de manera independiente y logre comunicarse (Klonovky, 1992). 

A partir de esto,  según Williams (1992), es posible comprender que la funcionalidad en la forma de comunicación dada por Birger (escrita) se presentaba bajo dos condiciones principales: la primera, se refiere a la forma de comunicación por medio de sus propios objetos, como lo es la propia escritura; la segunda, la creación de neologismos y lenguaje poético, utilizado por Birger, por medio de los cuales pretendía despistar a su mente, haciéndole creer que el “Otro” no podía comprender el significado de las palabras empleadas por él (citado por Maleval, 2011).
Así se pone de manifiesto la diferencia entre el habla y la escritura, en tanto la primera  implica  la presencia de un “Otro” interlocutor, a quien es imposible evadir y quien siempre espera algo del emisor de manera directa; de tal modo la implicación de la voz en este tipo de comunicación  promueve un alto grado de angustia y temor en el sujeto autista, por lo que se rechaza por completo el ceder el goce vocal para evitar caer en las imposiciones del lenguaje del “otro”; a pesar de que este mundo de significantes y significados sea plenamente comprensible para el sujeto autista. la escritura, en cambio, le permite al autista desviar ese “Otro” o, por lo menos, evitar su interlocución; ya que no se espera una respuesta o un intercambio directo, sino un habla disimulada a través del papel, por medio del cual es posible engañar a su mente, no teniendo que ceder su voz (Tendlarz, 2011).

Conclusiones

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A partir del análisis desarrollado, es posible concluir que la postura lacaniana expuesta por Maleval (2011) abre paso a una nueva visión, la cual permite comprender el autismo desde una perspectiva alejada de la patología y motivada por la comprensión. A su vez, niega todo concepto de normalidad marcada por tendencias psiquiátricas, resumiéndola de la siguiente manera: “normalidad es una ficción estadística que construye un ser abstracto (Maleval, 2011. p.66).

Por otra parte, a partir del caso expuesto, es posible evidenciar que la comunicación no se limita a lo verbal; de modo que el mutismo presentado por Birger Sellin comunica mucho más de lo que se puede trasmitir por medio de unas palabras (Sellin, 1992). Así, es posible establecer que los gritos, las posturas, la evitación del contacto social, las estereotipias y demás, exponían de manera manifiesta el gran sufrimiento y miedo interno experimentado por Birger (Sellin, 1992). Por tal razón, parece pertinente expresar que la terapia de comunicación facilitada sirvió como puente para que las personas o los “Otros” comprendiéramos lo que sucedía en el interior de Sellin, pero hay que tener claro que él siempre se comunicó (Sellin, 1992).

Además, el psicoanálisis permite abrir un panorama basado en la premisa de que el sujeto tiene un saber único sobre su  funcionamiento y, por ende, deben reconocerse sus esfuerzos para manejar las situaciones a las que se le expone (Maleval, 2011). De este modo, es posible evidenciar que Birger Sellin encuentra una forma de funcionar, siendo esta la escritura y el mutismo (Sellin, 1992). Posiblemente Birger realmente no deseaba comunicarse por medio de la palabra hablada, por las implicaciones que tiene “la voz” para él. Sin embargo, encontró un método auténtico para expresar lo que experimentaba y, a mi modo de ver, él mismo decidió que el mutismo era la mejor manera de adaptarse o manejar sus angustias, por lo que se debe valorar como un intento por funcionar y acoplarse de una manera particular (Maleval, 2011).  

A pesar de que pueda sonar paradójico, para mí este joven es la clara muestra de que no existe una intervención correcta, sino una forma de vivir singular y subjetivamente para cada individuo. Por ello, la tarea del psicólogo debe definirse, desde la perspectiva psicoanalítica, como un orientador y acompañante de estos procesos, en los que se  brindan herramientas, pero es el sujeto quien decide sobre lo que desea (Roy, 2014).

Así me permito refutar lo expuesto por Gómez (1992), quien expone que “Birger jamás logro liberarse del todo, pues no superó su miedo” (p.14). Es posible responder afirmando que la liberación de Birger no estaba representada por la emisión de la voz pues, como he expuesto anteriormente, el mutismo es una forma de mantener la libertad, ya que el sujeto, al no ceñirse a las imposiciones del lenguaje, conserva su deseo íntimo y no debe acceder al deseo del “Otro” (Maleval, 2011). Tal deseo se representa tangiblemente con la necesidad de Gómez (1992) de considerar que Birger estaba completamente “curado” solo si hablaba. Aspecto que, posiblemente, solo responda a la lógica radical de Gómez y que no responde a la necesidad de Birger, pues dentro del funcionamiento del joven no se requirió la voz para su adaptación, ya que él manejó sus miedos a partir del mutismo y esto es completamente respetable.

Finalmente,  considero que  desarrollar una intervención impuesta solo sería el camino al fracaso y el sufrimiento aún más arraigado en el sujeto, independientemente del funcionamiento a que nos estemos refiriendo (autismo, psicosis, neurosis, etc.) (Roy, 2014).


Referencias
García, D. (1992). Protocolo a un libro singular. En: B. Sellin. Quiero dejar de ser un dentrodemi: Mensajes desde una cárcel autista. Pags 5-21.  Barcelona: Círculo de lectores.

Klonovky, M. (Eds). (1992). Del aislamiento autista a la comunicación con el mundo. En: B. Sellin. Quiero dejar de ser un dentrodemi: Mensajes desde una cárcel autista. Pags 23-73.  Barcelona: Círculo de lectores.

Lamolda, M., Lidón, D., Martín, A., Martínez, B., Mellado, R., Meneses, P. y Moreno, C. (2013). Birger Sellin, Madrid: universidad Autónoma de Madrid. Recuperado en: UAM
 
Maleval, J. (2011). De la psicosis precocísima al espectro del autismo. En: J. Maleval. El autista y su voz. Págs. 29-67.

Gredos Maleval, J. (2011). Más bien verbosos, los autistas. En: J. Maleval. El autista y su voz. Págs. 69-93. Gredos
Roy, D, (2014). Lacan y el niño.  En: V. Coccoz,  (Comp). La práctica lacaniana en instituciones. Págs. 23-48. Buenos Aires: Grama ediciones.

Sellin, B. (1992). Quiero dejar de ser un dentrodemi: Mensajes desde una cárcel autista. Barcelona: Círculo de lectores.

Tendlarz, S. (2011). Niños autistas. Virtualia: Revista Digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana. 25. Descargado el 22 de mayo de 2015. Recuperado en: Virtualia



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