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De la custodia de Badillo a la custodia de Trujillo

Jairo Hernán Ortega Ortega, MD.

 “…se la llevaron, se la llevaron,
se la llevaron, ya se perdió (bis)
Lo que pasa es que la tiene un ratero honrado
lo que ocurre es que un honrado se la robó…”

La Custodia de Badillo. Rafael Escalona.

Los músculos aductores de los muslos, que los cierran para juntarlos o cruzarlos, eran denominados en el lenguaje anatómico antiguo Custodios Virginatus. Creo que, en el fondo, era esto lo que quería expresar, en su obra, la artista María Eugenia Trujillo antes de que santas o non sanctas instituciones, fundaciones o personajes cerraran su valiosa y valerosa exposición.

Para ubicarnos en contexto, refiero el hecho de que en agosto de 2014, el Ministerio de Cultura suspendió la exposición “Mujeres Ocultas”, de la artista plástica María Eugenia Trujillo, antes de ser inaugurada en el Convento de Santa Clara en Bogotá. Lo hizo acatando una orden provisional del Tribunal Administrativo de Cundinamarca por una acción de tutela presentada contra la muestra.

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Todo se generó porque en las artísticas custodias se representaban figuras que semejaban los genitales femeninos, según consideración de algunos – o de muchos -. Ello alebrestó el malestar del grupo Voto Católico  y de la Conferencia Episcopal, quienes consideraron la exposición “una violación del derecho fundamental a la libertad de cultos consagrado en el artículo 19 de la Constitución Política Colombiana”.

El Mincultura fue claro en decir que obedecía la sentencia pero no la compartía “ya que la muestra recrea diferentes partes del cuerpo femenino en piezas artísticas que hacen referencia a custodias, celosías y maniquíes, para representar la subyugación y el maltrato histórico al que ha sido sometida la mujer durante siglos, invitando al público a reflexionar sobre la erótica femenina, desde el amor humano, hasta el amor místico”.

El grupo religioso la consideró un insulto, sin importar la idea que quisiera manifestarse, porque era una falta “a los valores religiosos y culturales de la fe cristiana”. Buscaban censurar lo que denominaron “arte degenerado”.


Dentro de su palmarés María Eugenia Trujillo, además de su sólida formación como artista plástica, tiene el mérito de haber expuesto sus obras en galerías de las principales ciudades del país, en la muestra internacional Macondiano, el 2013 en Chatillon (Francia), y en el salòn Femmes Bronchés 95 de Montreal (Candà), entre otros.
“Magritte hablaba del arte como representación”, fue el argumento principal de la artista. El gremio recordó a Tartufo y consideró que a quien habían censurado era a la vagina.

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No es raro, en nuestro país, el protagonismo de elementos religiosos, en este caso las denominadas Custodias. La más popular es la del pueblo de Badillo, el cual se ubica a pocos kilómetros de Valledupar cuando uno toma la vía hacia Patillal. Lo sobresaliente del mismo es su iglesia, el hecho de que al parecer allí nació el Almirante José Prudencio Padilla, y el robo de la reliquia sagrada relatado de manera magistral por el maestro Rafael Escalona, en un vallenato protesta bello e inmortal: La Custodia de Badillo.

También, por lo referido en la letra de su composición, Escalona enfrentó problemas por su arte; fue amenazado por el clero con la excomunión. Cuenta la leyenda que, ante esto, el juglar contestó: “¿Cómo me van a excomulgar si yo nunca me comulgué?”

No creo que Trujillo hubiera querido exponer el Santísimo Sacramento a la pública veneración, que es el trasunto que la religión católica le da a estas piezas, por lo general de oro o plata. El asunto va más allá de una vagina, porque quienes no pudieron ver pero sí censurar, desconocieron los labios, las orejas, los corazones y los  ojos que también figuran en la muestra.

Lo más cerca que he podido estar a una Custodia de verdad es cuando, estudiando con los Jesuitas en el San Bartolomé Mayor, dentro de un grupo con cierta vocación sacerdotal, el rector del momento nos quiso demostrar, ante una pregunta que se le hizo, que ellos no eran millonarios sino multimillonarios y, a través de pasadizos secretos entre la Iglesia de San Ignacio y la Capilla de San José del San Bartolo, nos llevó a conocer “La Lechuga”.

Custodiada pero infranqueable obra de arte, como las de la Trujillo, llamada así por su color verde. Color dado por la gran cantidad de esmeraldas engastadas en su cuerpo de oro puro (un total de 1.485 más 1 zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas y 16 amatistas). La Lechuga, obra del Barroco Colonial, terminó siendo comprada por el Banco de la República por una astronómica suma que espero los padres jesuitas hayan puesto a buen servicio, y solicito al Banco que la exponga con más frecuencia para deleite de los mortales. Entre marzo y mayo de 2015 fue llevada por el Banco a España y expuesta en el Museo Nacional del Prado como obra invitada. Espero que la que volvieron a traer sea la misma.

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La sensibilidad artística de María Eugenia Trujillo lo que quería expresar y representar con su obra era a la mujer. A la mujer colombiana que quiere ver, que quiere oír y ser oída, que quiere besar, que quiere amar, que quiere la paz.  A esa mujer que exige que la política, la religión y la sociedad no vuelvan a permitir que nadie la censure, la maltrate o la viole.
Mujeres que no quieren volver a cantar: “/Parece que el pueblo e`Badillo se ha puesto de malas / de malas porque su reliquia la quieren cambiar. / Y al terminar la misa que se pongan del cura pa`abajo a requisar/”. 

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