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Dos breves textos para entender a las FARC

Tomás Felipe Molina

Las FARC no son cínicas
 
El sentido común nos dice que las FARC no son más que cínicos soldados al servicio de viles intereses egoístas. En otras palabras, la cúpula de las FARC hace tiempo dejó de creer en sus ideales y se dedica únicamente al negocio de la guerra y el narcotráfico. Por eso carecen de legitimidad total.
 
Dicha lectura ha ganado tracción por dos razones. Primero, porque la izquierda democrática no puede creer ya que un socialista auténtico pueda asesinar, secuestrar, etc. Segundo, porque en Colombia tendemos a interpretar la política y la guerra desde el cinismo. Sin duda, en las calles todo el mundo piensa que nuestros gobernantes saben muy bien que hacen el mal, pero de todas maneras lo hacen.
 
¿Pero y si lo cierto es lo contrario? Aquí me propongo demostrar que las FARC actuaron como actuaron precisamente porque creían en su causa.
 
 
Es ya casi un lugar común interpretar los regímenes totalitarios desde un deseo inconsciente de obediencia. Aparentemente, en el fondo todos queremos obedecer incondicionalmente a alguien y los líderes totalitarios nos ofrecen la oportunidad de satisfacer ese deseo. Algo así dice Don Draper, el protagonista de la serie Mad Men, cuando dialoga con un jipi:
 
Roy: ¿A qué te dedicas, Don?
Don: Destruyo puentes.
Midge Daniels: Don es publicista.
Roy: ¿De verdad? ¿Madison Avenue?
Midge Daniels: Todos debemos servir a alguien
Roy: Perpetuando la mentira. ¿Cómo duermes de noche?
Don: En una cama hecha de dinero
Roy: Ustedes mercachifles crearon en su torre la religión del consumo masivo
Don: La gente desea tanto que le digan qué hacer que le hará caso a quien sea.
Roy: Cuando dices “gente”, tengo la sensación de que estás hablando de ti mismo.

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Don, pues, repite el lugar común freudiano: todos tenemos una fuerza libidinal inconsciente que nos impulsa a obedecer a alguien; por eso escuchamos y servimos a quien cumpla el rol simbólico de amo. Y quizá tenga algo de razón. ¿Qué otra cosa explica la popularidad de sectas religiosas como la Cienciología que, inventándose cualquier bobería, logran que la gente crea en ellas? Basta con que alguien hable desde un púlpito para que alguien crea, no importa qué tan poco cerebro tenga la doctrina en sí misma. Así de desesperado estaría el hombre común por encontrar un amo.
 
Pero dicha tesis no basta: la gente no solo busca la obediencia, sino también la desobediencia sancionada por el líder, o por el Gran Otro. Veamos un ejemplo: Hitler demandaba obediencia y sacrificio absoluto. En su mente todos los alemanes debían combatir al enemigo hasta la muerte. Rendirse estaba por completo fuera de la cuestión. La única salida honorable, en caso de verse totalmente rodeado, era el suicidio. Y es verdad que muchos soldados seguramente obedecieron extasiados este culto a la obediencia y la muerte. Pero la historia tiene otro lado: detrás de la obediencia está también la permisividad.
 
Los soldados de Hitler debían obedecer hasta el último respiro, pero también podían transgredir todas las prohibiciones que regulan la vida decente de las personas. De hecho, ambos caras del nazismo son dialécticamente inseparables: sin obediencia no hay transgresión. O dicho de otra manera, la obediencia es la condición de posibilidad de la transgresión. Me explico: al obedecer a Hitler el soldado nazi tenía permiso para violar mujeres, robar y matar judíos, eslavos, gitanos, etc., y carecer por completo de cualquier decencia o compasión. Las regulaciones más básicas de la vida social carecen aquí de sentido: mientras uno sea nazi no tiene por qué obedecerlas. Todos los deseos obscenos que soñamos se pueden hacer realidad siempre y cuando obedezcamos al líder.
 
¿No es ese el caso de las FARC? Los crímenes horrendos que la guerrilla ha cometido se han hecho en nombre de un Gran Otro que exige obediencia y sacrificio total: el pueblo, el comunismo, el materialismo dialéctico y la lucha contra la oligarquía son solo algunos de los nombres que asume. Y ese Gran Otro permite, al mismo tiempo, la transgresión: la lucha por el pueblo me  habilita a combinar todas las formas de lucha, incluyendo el narcotráfico, el secuestro, las violaciones, etc. El soldado común y corriente de las FARC debe obedecer a sus comandantes, so pena de ser fusilado, pero al mismo tiempo puede y debe transgredir las normas sociales básicas: ser narcotraficante, secuestrar, violar, mentir, etc.
 
Pero también es el caso de muchos de sus violentos enemigos: la ultraderecha colombiana es fiel a sus principios y por eso está dispuesta a matar, chuzar, violar, mentir y traficar: todas esas transgresiones son válidas siempre y cuando siga siendo fiel a la causa, al menos nominalmente, de derrotar a las FARC. Tal vez por eso la ultraderecha está aterrada con el avance del proceso de paz: eso le quitaría legitimidad a sus propias transgresiones y, por tanto, a su obsceno disfrute.
 
Las ideologías extremistas son peligrosas no solo por lo que proponen explícitamente (un orden político nuevo, etc.), sino también por lo que permiten hacer soterradamente para conseguir el objetivo explícito. No hay duda de que en nombre de la Patria y el Pueblo (así con mayúscula) los extremistas creen que pueden pasar por encima de la legalidad, la constitucionalidad y las leyes morales convencionales.

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Lo anterior no quiere decir que los soldados de las FARC, por ejemplo, conozcan y expliquen coherentemente su doctrina. Eso no es necesario. Basta la identificación ideológica del sujeto con la causa sublime (la Libertad, el Comunismo, etc.). Por lo demás, siempre hay algo que se le escapa incluso a los mismos ideólogos. Difícilmente podrán definir al Pueblo (en el sentido ideológico) más allá de una sentimental retórica marxista. Hay algo que excede la misma ideología y se convierte en su sustento. Pero esto no es una anormalidad, sino la condición necesaria para la creencia. En efecto, la inhabilidad de explicar totalmente la doctrina es prueba de lo trascendente y sublime que es la causa para el que cree. Por ejemplo: “oh, es que mi causa es inexplicable por medio de las palabras, es algo que se siente, etc.”
 
Finalmente, que las FARC creen en su causa es evidente en el hecho de que tienen toda una serie de demandas ideológicas en la mesa de negociaciones. En otras palabras, no están negociando meramente su transición a la vida civil, o la salvaguarda de sus grandes riquezas, sino que quieren todavía aplicar un proyecto político en Colombia.
Pero quizá el reintegro a la vida civil es indicio de que incluso las FARC pueden abandonar el extremismo. Solo queda esperar que el debate democrático las haga más escépticas de su propia causa sublime. En otras palabras, nuestra esperanza está en que dejen de un lado la emancipación de un Pueblo ideológico y sublime, para que ayuden, de manera más modesta, a que la gente común y corriente viva mejor. Basta con que dejen las armas para que todos tengamos mayores posibilidades de vivir una buena vida.
 
*
Las FARC, ¿posmodernas?
 
En el universo ideológico moderno se esperaba que los individuos estuvieran públicamente comprometidos con su papel en la sociedad. En otras palabras, todos cumplían su rol simbólico ante el gran Otro de manera estricta: los revolucionarios llevaban uniformes militares, los políticos usaban traje y corbata incluso en tierra caliente, los maestros actuaban como auténticas figuras de autoridad, etc. De manera privada, empero, los revolucionarios podían carecer de ideales, los políticos podían ser corruptos y los maestros podían carecer de conocimientos. Lo importante era que en público nadie dudara que estuviéramos simbólicamente comprometidos con la causa revolucionaria, política, etc.
 
En el universo ideológico posmoderno los sujetos se ven incapaces de identificarse públicamente con las antiguas demandas de su rol simbólico: el maestro ya no es una figura lejana de autoridad, sino que es cercano a los estudiantes; los políticos ya no deben reflejar una majestad mística, sino que piden que les tomen fotografías en ropa interior mientras leen el periódico, etc. Hoy, por tanto, se espera cierto escepticismo de parte de los individuos: todos debemos comportarnos ante el gran Otro como si no fuéramos tan serios. Así pues, el jefe ya no nos trata desde una distancia insuperable, sino que se toma unas cervezas con nosotros en el bar de la esquina. Aunque, no obstante, sigue siendo nuestro jefe y seguimos obedeciendo sus órdenes.
 
¿No es esto lo que ha sucedido con las FARC también? Sólo hay que comparar el vestuario que usaban en las conversaciones con Pastrana y el que usan hoy: antes eran severísimos revolucionarios de la Guerra Fría (discursivamente todavía vivían en ese universo), mientras que hoy tienen una imagen mucho más familiar. Algunos vagos distintivos que conservan los identifican como izquierdistas, pero eso es todo. Cualquiera de ellos podría pasar como un turista latinoamericano en la Habana. Y, empero, siguen siendo jefes que creen en su causa y dan órdenes. Parece ser que las FARC se han vuelto como los jefes posmodernos de ahora: pueden ser crueles y autoritarias, pero sonríen como si pudieran tomarse unas cervezas con nosotros en el bar de la esquina.
 
 

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