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El aprendiz de brujo

Manuel Guzmán Hennessey

Voy a hablar del ratón Mickey.
 
A propósito de algunas reflexiones aledañas a la clarividencia connatural al ejercicio del arte. Y a la dificultad que algunos públicos tienen para entender esta antiquísima condición del conocimiento. Me ocurrió hace unos días. Si uno afirma que los artistas son en realidad profetas debido a que pueden ver primero que los demás, la palabra profecía se asimila a lo místico y no necesariamente a la posibilidad física de prever (antes que otros), no con los ojos sino a través de ellos, como escribió William Blake.

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¿Qué es lo que ven primero los artistas? La continuidad evolutiva de la realidad, lo que apenas empieza a definir sus perfiles (aún difusos) en la madeja veleidosa de la realidad aparente, o más bien, en la trama bifronte de la realidad. Que está compuesta, como escribió David Bohm, de un aspecto visible y otro subyacente.

Los mortales no artistas solo ven el aspecto visible de la madeja, los mortales artistas ven mejor la complejidad que conecta lo visible con lo implícito. Suelo ilustrar este pensamiento con el cuadro “Carne de gallina inaugural” de Salvador Dalí.

Lo que hacen los artistas cuando incorporan en sus cuadros, poemas o canciones, aquello que han visto o entrevisto, es dar cuenta de sus visiones (previsiones o entrevisiones), que les suceden en el sueño o en la vigilia, con los ojos cerrados o abiertos, si atendemos mejor aquello de que vigilia proviene de vigía y los sueños son no otra cosa, que la reordenación nocturna de los hechos acaecidos en la vigilia diurna. 
 
Lo que me ocurrió hace unos días fue que empecé a decir que Salvador Dalí había profetizado la trampa civilizatoria actual que entrelaza sus raíces con la crisis climática global. Mostré el cuadro Jirafa ardiendo, y en él señalé una figura secundaria que no obstante da título a la obra: la jirafa que arde pero que no huye. Y no huye no porque no quiere sino porque no puede. Dije que en eso consistía el drama de nuestro desarrollo: en conocer que nuestra dependencia de los combustibles fósiles nos cuesta la vida al mismo tiempo que comprobamos que poco podemos hacer, en el corto o mediano plazo, para disminuir los niveles de esa dependencia, y con ello las emisiones de carbono que nos cuestan la vida.

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Fui un poco más atrás y recordé la figura del mago que no puede controlar los conjuros que salen de su caja de magias y empiezan a salir monstruos. La referencia del manifiesto comunista de Marx y Engels está en M. Berman (“Todo lo sólido se desvanece en el aire”) y remite a Goethe y a Mary Shelley:  “Toda esa sociedad burguesa que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”.
 
He ahí Jirafa ardiendo.
 
Hablaba sobre todo ello, en reciente visita a Barranquilla, cuando el poeta José Luis Hereyra me interrumpió para agregar su mención del cuadro de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”.  Le agradecí el complemento. Y como el espacio era propicio aprovechamos para elucubrar juntos sobre el drama epistemológico que gravita en la raíz de la crisis del hombre: la primacía de la razón sobre toda otra forma de pensamiento o de arte. La exclusión de la voz profética del arte como aliada natural de la ciencia, el predominio de la razón pura y excluyente, racionalismo categórico que hoy nos cuesta la vida.
 
El Museo de Arte Moderno de Barranquilla se ha convertido en un espacio que da cabida al pensamiento complementario del arte para entender la crisis que vivimos. Experimento de sincresis de la cultura actual que facilita la comunicación entre los vasos de la ciencia y el arte.
 
Recordé que el título inicial que había puesto Goya en su Capricho 43 (esta obra) fue: "La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas".
 
Entonces pensé que el oficio que había guiado al racionalismo bien podía describirse como el intento del hombre contemporáneo por erigirse a sí mismo en dios omnipotente, o mejor, por convertir al individuo del renacimiento en la posibilidad kantiana de una nueva deidad: el prepotente dios de la razón excluyente, especie de Dinar y Baal contemporáneos. 
 
Y volví a Mary Shelley[1], la creadora de Frankenstein, monstruo de monstruos. Creado, como casi todos los monstruos de la razón y del arte, en una sola noche, en este caso, la del 16 de junio de 1816, en Villa Diodati. 
 
¿Y en dónde radica la profecía de Frankenstein? En que Shelley construye su monstruo a partir del ensamblaje de partes de cadáveres humanos con cadáveres de animales. ¿Y qué leía Victor Frankenstein? Filosofía natural y química. Y entre sus autores menciona a Paracelso y a Corenlius Agrippa. El primero recordado por haber propuesto la creación de un homúnculo a partir de un ser vivo, y el segundo por haber escrito sus fundamentos de filosofía oculta en 1533.
 
No resisto la tentación de copiar la fórmula de Paracelso para la creación del homúnculo: “Tomen el semen de un hombre y déjenlo pudrir en un alambique sellado al calor de un vientre de caballo. Déjenlo ahí por cuarenta días y cuarenta noches. Pasado este tiempo notarán que algo se mueve en la probeta (¿probeta?) Algo que será parecido a un hombre pero transparente, un pequeño arcano que se alimentará con sangre humana durante otras cuarenta semanas hasta convertirse en un verdadero niñito como todos los humanos dotado de todos sus miembros, solo que mucho más pequeño”[2].  
 
Y subrayo: crear un hombre “mucho más pequeño”.
 
El recurso del aprendiz de brujo ha tenido muchas versiones. Traigo a colación una bastante curiosa (y muy original) que recordaba hace unos días José Pablo Feynmann.

El ratón Mickey convertido en mago, dedicado al oficio de llenar una pileta de agua debido a que el precioso líquido se ha vuelto escaso y necesitamos de él para vivir. La referencia bibliográfica (permítanme ponerla dentro del texto es: Fantasía, Walt Disney productions, 1940, New York)[3].
 
Mickey no puede sacar el agua, entonces acude a una escoba (la imagen se ha vuelto muy común en nuestras ciudades), soluciona el problema debido a que halló quien le ayudara y logró instrumentalizar al ayudante.  Feynmann explica: He aquí, entonces, al mago burgués instrumentando a la naturaleza en su beneficio. La escoba es una infatigable trabajadora. Es, también, obstinada y ciega. Sabemos, desde el comienzo, que ella no habrá de detenerse a menos que Mickey se lo ordene, y sospechamos que si Mickey no consigue ordenárselo el caos es un horizonte inevitable.
 
Agua salida de madre como en una inundación del cambio climático. Ha ocurrido tántas veces en nuestra historia reciente, aquí y allá, en campos y ciudades, que sería innecesario recordar aquí los hitos de una tragedia que se repite y que cobra cada vez más víctimas sin discriminar si son pobres o ricos. Naomi Klein ha escrito: El capitalismo contra el clima. La escoba de Mickey se multiplica , luego de que ha sido convertida en humana, le salen brazos y piernas nuevas y se convierte en nuevas escobas, y el pobre ratón se vuelve loco. Vigor de mago posmoderno que no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado el homúnculo del siglo XXI: Dinar Baal.
 
Aquí se puede ver la secuencia del aprendiz de brujo:



[1] Mary Wollestonecraft.

[2] Tomado de Massimo Issi, Diccionario ilustrado de los monstruos, p 237.

[3] Está basada en la balada homónima de Johann Wolfgang von Goethe, compuesta en 1897. Título original en francés: L'Apprenti sorcier, poema sinfónico del compositor francés Paul Dukas. 


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