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Goethe, Werther y la muerte

Ismael Iriarte Ramírez

Una de las cosas que más llamó mi atención al entrar por primera vez al Claustro de la Universidad del Rosario plagado de historia fue la frase “A Goethe Divino poeta que reflejó en su vida y trasladó a sus obras la plenitud del universo”, que reza en la placa que rinde honor al inmortal autor alemán, erigida en 1932 por el entonces Rector, Monseñor José Vicente Castro Silva.

Ante lo llamativo del homenaje decidí gustoso explorar esa plenitud del universo de la obra de Johann Wolfgang von Goethe, de la que he de confesar, tenía un conocimiento que no podré menos que considerar indulgentemente modesto. Fue en medio de esta búsqueda que me topé con su primer gran éxito, Las penas del joven Werther, que a pesar de los evidentes anacronismos, ha sabido soportar el paso del tiempo.

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Esta pequeña novela pre romántica de género epistolar narra, como su título bien lo certifica, el sufrimiento de su protagonista, ante una imposible relación con Lotte, de quien se ha enamorado perdidamente y que para su desgracia ya está comprometida con otro hombre. La desesperación de Werther, que llega al lector a través de un intercambio de cartas con su amigo Wilhelm, va en aumento y alcanza su punto culminante cuando la joven finalmente se casa y decide que lo mejor será poner distancia entre los dos.

A las escasas pero intensas alegrías de la amistad con Lotte, siguieron para Werther muchas horas de angustia y el dolor, que lo llevaron a tomar la decisión de suicidarse, que tras ser incubada durante meses, consumó finalmente con las pistolas prestadas por el esposo de la joven.

El frío resumen del argumento de la historia puede resultar incluso inexpresivo para muchos, pero al buscar un poco más allá de la superficie quedan en evidencia aspectos que realzan la importancia de esta obra y que probablemente le confieren el estatus de inmortalidad que de otra forma resultaría inexplicable.

Goethe a través de Werther

La naturaleza autobiográfica de la obra, de la que mucho se hablado desde su publicación, lejos de manifestarse a través de sutiles alusiones está basada en sobradas evidencias. Cabe anotar en este punto, que al indagar en la porción de realidad atribuible a sus obras, el mismo Goethe declaró no haber escrito nada que no hubiera experimentado en especial en lo relacionado con las protagonistas de sus historias: Gretchen y Margarita de Fausto; Federica Brion y María de Goetz, Lili Schonemann y Stella de la obra homónima; Charlotte y Lotte de Las penas del joven Werther; y Minna Herzilieb y Otilia de Las afinidades electivas, entre otras[1].

Todo comenzó cuando un jovencísimo Goethe, desilusionado del ejercicio del derecho llega a Wetzlar proveniente de su natal Fráncfort, en 1772. Pocas semanas después de su llegada conoce a la verdadera Lotte (Charlotte Buff) en un baile, en las mismas circunstancias que Werther e intercambia correspondencia con su amigo Merck con las mismas fechas que las escritas por el personaje.

La historia de amor de la realidad tampoco tiene ningún futuro y de la misma forma en la que sucede en la novela, la joven contrae matrimonio con su prometido, Kestner, con el que Goethe entabla una sincera amistad.

La desesperación que Werther reflejada en la obra, escrita por Goethe en poco más de cuatro semanas, es solo el reflejo del calvario que vivió el autor y ha quedado plenamente documentada para la historia en la correspondencia intercambiada con el joven matrimonio y con su confidente Merck, estas últimas misivas, irremediablemente desaparecidas.

El adiós definitivo de Werther guarda también una gran similitud con el de Goethe, para la muestra queda la carta de despedida escrita por el autor al joven matrimonio:

“Adiós, amanece ya. Que Dios sea con vosotros, tal como yo lo estoy. El día comienza solemnemente. Adiós, pensad en mí, en esta curiosa mezcla de hombre rico y de pobre Lázaro (…)”.
Resulta inevitable establecer un paralelismo con el tono de la nota suicida escrita por Werther en la noche de Navidad:

“Todo está tan silencioso a mi alrededor, y tan serena mi alma. Dios, te agradezco que a estos últimos momentos les concedas este calor, esta fuerza (…)”.

Curiosamente es el suicidio de Werther uno de los aspectos que se reproducen de la realidad con mayor fidelidad, por supuesto no se trata de la muerte de Goethe, pero sí la de su amigo Jerusalén que se quitó la vida por las mismas motivaciones y en las mismas condiciones que el personaje.

Menos conocido resulta el efecto que tuvo la muerte de Werther en Goethe, que liberado en buena medida de sus ‘tribulaciones’ pudo mantener una relación de amistad con la pareja, alimentada por el intercambio regular de correspondencia.

El efecto Werther

Más allá de ser una de las obras más emblemáticas del Sturm und Drang, movimiento precursor del Romanticismo[2], Las penas del joven Werther pasó a la historia por su inesperado impacto en la sociedad alemana y europea. Seguidores o detractores, ningún lector contemporáneo a su publicación permaneció indiferente. Entre sus adeptos más ilustres se encuentran Napoleón Bonaparte, que atesoraba un ejemplar de la novela en su biblioteca de campaña; y el Zar Nicolás I, que incluso se aventuró a pronosticar un rotundo fracaso ante una eventual relación entre Lotte y Werther. 

Los jóvenes alemanes de la época se sintieron plenamente identificados con el personaje, por considerarlo reconfortantemente real y cercano, muchos incluso adoptaron la forma de vestir descrita por Goethe. Sin embargo  esta admiración pronto se tornó en algo peligroso, a tal grado que varias decenas de suicidios fueron atribuidos a una suerte de contagio producido por la lectura de la obra: “(…) desde el zapatero que tenía en sus manos el libro el día que se tiró por la ventana, hasta la joven sueca que lo tenía en el bolsillo de su traje empapado cuando se ahogó en el Ilm, a la vista de las ventanas de Goethe”[3].
 

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El joven Werther y sus tribulaciones amenazaban con convertirse en un problema de salud pública, la novela llegó a ser prohibida en países como Alemania, Italia o Dinamarca. Las críticas crecían al mismo ritmo que la preocupación, en especial las provenientes del filósofo y escritor Johann Caspar Lavater, inquieto por las implicaciones morales de la historia, a quien Goethe respondió con la siguiente frase “Admito de buena gana el que, desde vuestro punto de vista, podáis condenarme, y estimo la sinceridad con la que me habéis hecho estos reproches. Rogad por mí”[4].

El escritor alemán Nickolai llegó mucho más lejos, cuando en 1775, solo un año después de la publicación de la novela, escribió un final alternativo menos inquietante, llamado Las cartas del joven Werther, en el que el protagonista no se suicida y el esposo se hace a un lado para permitir la relación de los enamorados, desatando así la ira de Goethe que en un poema posterior acusa a su colega de profanar la tumba de Werther.

Pero Goethe era consciente de la dimensión de su obra y del efecto que estaba causando al entrar en contacto con una población moldeable y aunque se defendía con frases como “Debe de ser malo, si no todos tienen un momento en su vida en el que sientan que Werther ha escrito solo para ellos”[5], también reconocía que “Lo que tiene de peligroso este libro es que en él la debilidad está descrita como una fuerza” como confesó en una ocasión al escritor y político francés Benjamin Constant.

Dos siglos después, el sociólogo David Phillips acuño el término “Efecto Werther” también conocido como “Efecto copycat”[6], empleado para designar la sugestión de conducta suicida, pero introduciendo a la ecuación la participación de los medios de comunicación, para lo que estudió el incremento en los suicidios en Estados Unidos, cada vez que el New York Times dedicaba su portada a este tipo de muertes, en especial si estaban relacionadas con alguna celebridad.

Esta conducta, ocasionada generalmente por la identificación con aspectos personales de los suicidas o por la errónea percepción de esta vía como una salida eficaz para los problemas, queda en evidencia en casos como el de la ‘epidemia’ desatada tras la trágica desaparición de Marilyn Monroe en 1962; y en un medio más cercano, con la muerte del cantante español Antonio Flores en 1995, a cuyo tratamiento mediático se atribuyen algunas imitaciones[7].

Cerca del final de sus días Goethe se vio asechado por el remordimiento frente a la dimensión alcanzada por Werther, pues aunque le abrió las puertas de la inmortalidad, no dejó de ser una indiscreción, que cambió para siempre la vida de todos los involucrados.

“He vivido, amado y sufrido. Eso es todo”.
Johann Wolfgang von Goethe
 
Referencias
Von Goethe, J. W. (2005). Las penas del joven Werther. Ediciones Colihue SRL.
Brion, M. (1986). Goethe I. Salvat Editores S.A.
Ellis, T. E. (Ed.). (2008). Cognición y Suicidio: Teoría, investigación y terapia. Editorial El Manual Moderno.
González, M. I. H., & Alemán, M. M. (2003). Literatura alemana: épocas y movimientos desde los orígenes hasta nuestros días. Alianza Editorial.
Müller, F. (2011). El “Efecto Werther”: gestión de la información del suicidio por la prensa española en el caso de Antonio Flores y su repercusión en los receptores. Cuadernos de Gestión de Información, 1, 65-71.



[1] Brion, M. (1986). Goethe I. Salvat Editores S.A. P. 106.

[2] González, M. I. H., & Alemán, M. M. (2003). Literatura alemana: épocas y movimientos desde los orígenes hasta nuestros días. Alianza Editorial.

[3] Brion, M. (1986). Goethe I. Salvat Editores S.A. P. 106.

[4] Brion, M. (1986). Goethe I. Salvat Editores S.A. P. 107.

[5] Brion, M. (1986). Goethe I. Salvat Editores S.A. P. 107.

[7] Müller, F. (2011). El “Efecto Werther”: gestión de la información del suicidio por la prensa española en el caso de Antonio Flores y su repercusión en los receptores. Cuadernos de Gestión de Información1, 65-71.


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