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Robert Crumb o la contracultura del cómic

Felipe Cardona

El mago del dibujo underground norteamericano, Robert Crumb, es en el mundo del cómic el equivalente a  Charles Bukowski en el mundo de la literatura. Un desadaptado que muestra los dientes y sonríe, un rabioso que encarna la figura de la sedición y la iconoclasia. Es tan pomposa la bestialidad que preside a cada uno de sus personajes, que después de una visita a sus historias, el espectador queda minado, angustiado, pensando en una humanidad sesgada: una bacanal de monos grotescos y desalmados.

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Otros ilustradores optan por los dibujos magnánimos, que pueden rozar la divinidad de un cuadro de Rubens, o alcanzar los arabescos perfectos de la luz como en las escenas de Caravaggio en plena madurez artística, Crumb en cambio hace dibujos simples pero contundentes. A él no le importa el aspecto en sí del dibujo, su verdadera preocupación está en el contenido. El que busca el virtuosismo en Crumb nunca resultará satisfecho, los hombres que son demasiado inteligentes no pueden ser virtuosos decía Salvador Dalí, y en Crumb se presienten genialidades, sólo basta con dar una pasada de retina a través de sus historias para notarlo.

Sin embargo, no es esa genialidad típica del pensamiento ilustrado la que se halla en la obra de Crumb, sus diálogos a veces no pasan de balbuceos. Hay algo que podemos asegurar y es que nunca encontraremos sentencias filosóficas en alguno de sus personajes, que en su gran parte son figuras bizarras, algo así como los prototipos marginales de la sociedad norteamericana: prostitutas, ladrones, negros puñeteros, freaks luctuosos y pervertidos que no saben llevar una vida digna. La naturaleza en la genialidad de sus personajes está en su desmedida honestidad, en su forma tan austera de revelar lo que esconde el ser humano bajo la máscara de la virtud, una forma peculiar de demostrar las verdaderas intenciones que tanto nos preocupamos por ocultar.   

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Dentro del acontecimiento de la ilustración que se conoce con el nombre de novela gráfica, Crumb ocupa un lugar periférico y marginal, ya que la atención de la opinión pública se centra sobre ilustradores como Frank Miller o Stan Lee, que se han hecho famosos gracias a las adaptaciones de sus historietas en el cine. Quizá la diferencia más evidente entre ambos estilos está en que para artistas como Miller o Stan Lee prima el valor estético del dibujo sobre el contenido, mientras que Crumb va más allá del fenómeno meramente estético y se preocupa más por atacar y  subvertir la moral desde su creación.

Miller y Herge son escuderos del fenómeno estético, y es la difusión de sus imágenes apocalípticas, monumentales y explosivas lo que llama la atención al espectador. Quedamos abrumados ante la imagen inasible de una batalla de 300 o la muerte de un superhéroe, pero después de asimilada y si nos preguntamos por la verdadera fuerza de la imagen, nos encontramos con un signo desalentador, nada hay detrás de esa imagen fuera de efectos especiales, nada hay más allá del drama del color. Crumb lo sabe y por eso deplora a los ilustradores modernos, los considera tibios y despreocupados.
  
Esta negativa hacia el statu quo convierte a Crumb en un ilustrador de nicho. Su obra es un mana para los desadaptados, no es gratuito que una generación marcada por la desdicha tras la guerra de Vietnam, aplaudiera con júbilo la publicación de las primeras ilustraciones del artista. Desde el primer número de Zap comix, considerado por varios críticos como el primer cómic underground, sus caricaturas empezaron a tener una acogida enorme en el público juvenil.
       
El estilo novedoso de Zap comix, que tocó abiertamente los temas del sexo y la crítica política, llamó la atención de varios artistas underground que a finales de la década del sesenta se agruparon en torno a las páginas de Zap comix. Ilustradores como Rick Griffin, Clay Wilson y Spain Rodríguez colaboraron con las ilustraciones generando toda una revuelta contracultural en el mundo hasta ese entonces conservador del cómic.

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El gato Fritz, antihéroe protagonista de las primeras historias de Crumb, pronto se convirtió en un icono de la contracultura; tanto fue su éxito que en 1972 el director Ralph Bakshi produjo el primer largometraje de dibujos animados clasificado como X basado en la vida del gato, un animal muy andariego y seductor que sostenía orgías con varias gatas a las que trataba como meros objetos sexuales. Por la invención de este personaje misógino y hostil, Crumb ha tenido que enfrentar las críticas femeninas, que lo desprecian debido a la concepción tan utilitarista y sádica evidente en muchos de sus personajes masculinos.

Tal vez motivado por una justicia poética y para demostrar que no todo lo que hacen o piensan sus personajes hace parte de su ideario personal, Crumb decidió aniquilar al gato Fritz, dibujando una furiosa escena donde una mujer con cara de pájaro destroza el cráneo del felino con un picahielo. Luego de acabar con su héroe de la manera menos conservadora, Crumb decidió alejarse por un lapso de la sociedad y se retiró a una granja apartada para vivir como ermitaño, rechazando incluso una propuesta para diseñar la carátula de un álbum de los Rolling Stones. 

Después de acabada su obra cumbre Crumb ha hecho varias novelas gráficas donde suele representarse como un depravado sexual en búsqueda de diversas experiencias sexuales, en un documental en la década del noventa de Oliver Stone vemos a Crumb demacrado y nervioso conviviendo con la patología familiar y  pintando varias historietas. Ante sus últimas publicaciones, muchos de sus críticos afirman que Crumb ha entrado en declive, pero al artista poco o nada le preocupa lo que piensen los otros, para él, "todo es perfecto y asquerosamente encantador."

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