Vol 2 Ed 16 » Cultura » El Horla (fragmento), Guy de Maupassant

El Horla (fragmento), Guy de Maupassant

Pablo Valencia Zuluaga

A modo de introducción.

“¡Qué profundo es ese misterio de lo invisible!”, es, más aún, cosa de temer para el que tiene suficiente imaginación, o para el que ha escuchado algunas historias. El personaje principal del relato El Horla, de Maupassant nos sabría ilustrar bien ese punto. Acosado por miedos irracionales, se ve siempre en una actitud de huida. Hace pensar a la mente científica en dos palabritas médicas: esquizofrenia paranoide; pero tener el punto de vista del narrador que nos va contando en su diario sus experiencias le da un aire mucho más misterioso e interesante.

Sombras, se puede llamar a ese algo que lo visita. Él lo llama “El Horla”, que en su idioma original hace pensar en el concepto de “afuera” (horsain significa “extranjero” en normando; hors, “afuera” en francés), una sonoridad difícil de traducir al español (sería algo parecido a el Fueraqui). Parece, cosa temible, que “temer”, en la mente del narrador, es un verbo intransitivo; es decir, que casi sería suficiente dejarlo en “temo”, “temo” y ya. ¿A qué? No sé. ¿Por qué? No sé. Solo temo.

Resulta esto tan inconcebible, tan agobiante para cualquiera, que los médicos no sabrían más que calificarlo de enfermedad mental. El personaje, en cambio, no encuentra remedio en los consejos médicos. De todas formas busca explicación, como es natural. E incluso llega a parecer sensato en su razonamiento, que no es el primero ni el último en formular: de manera algo poética, habla de las limitaciones de los sentidos, a los cuales debemos toda nuestra capacidad de aprendizaje. Si tuviéramos otros, qué nos tocaría descubrir… A continuación una traducción de los primeros folios de este texto magistral de Maupassant que servirá al lector como abrebocas para acercarse a la obra.
 
8 de mayo

¡Qué día tan magnífico! Pasé toda la mañana tendido en el pasto, delante de mi casa, debajo de la enorme platanera que la cubre, la abriga y la ensombrece toda.

Amo este país y amo vivir en él, porque en él tengo mis raíces. Esas profundas y delicadas raíces, que amarran a un hombre a la tierra donde nacieron y murieron sus ancestros; que lo amarran a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a las comidas, a las expresiones locales, a los acentos de los campesinos, a los olores del suelo, de los pueblos y del aire mismo.

Amo la casa en la que crecí. Desde mis ventanas veo el Sena que corre a través de mi jardín, detrás de la carretera, casi en mi casa. El grande y ancho Sena que va de Ruan a El Havre, cubierto de barcos que pasan.

A la izquierda, por allá, Ruan, la vasta ciudad de techos azules, bajo el pueblo puntiagudo de campanarios góticos. Son innumerables, de aspecto frágil o anchos, dominados por el chapitel y aguja de la catedral y llenos de campanas que resuenan en el aire azul de las bellas mañanas, llevando hasta mí su dulce y lejano resonar de hierro, su canto de bronce que la brisa me trae a veces fuerte, a veces debilitado, dependiendo de si se despierta o se calma.

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¡Qué bonita estaba esa mañana! Hacia las once, un gran convoy de barcos, arrastrados por un remolcador, gordo como una mosca, y que gruñía por el esfuerzo vomitando un humo espeso, desfiló frente a mi reja. Detrás de dos goletas inglesas, cuyas banderas rojas ondulaban sobre el cielo, venía un espectacular tres-mástiles brasileño, blanquísimo, admirablemente limpio y lustroso.

Lo saludé, no sé por qué, tanto me gustó ver esa embarcación.

12 de mayo

            Tengo un poco de fiebre desde hace algunos días. Siento que sufro o, más bien, me siento triste.

De dónde salen esas influencias misteriosas que transforman en desaliento nuestra felicidad y nuestra confianza en inseguridad. Pareciera ser que el aire, el aire invisible está lleno de inaccesibles potencias, de quienes sufrimos misteriosas visitas. Me despierto lleno de felicidad, con ganas de cantar en la garganta. ―¿Por qué?― Desciendo a lo largo del agua; y de repente, después de una caminata corta, vuelvo afligido, como si alguna desgracia me esperara en casa. ―¿Por qué?― ¿Es  acaso un estremecimiento por el frío que, rozando mi piel, me sacudió los nervios y ensombreció mi alma? ¿Es acaso la forma de las nubes o el color del día, el color de las cosas, tan variable que, pasando por mis ojos, enturbió mi pensamiento? ¿Se puede saber? ¿Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos sin mirarlo, todo lo que rozamos sin conocerlo, todo lo que tocamos sin palparlo, todo aquello con lo que nos cruzamos sin distinguirlo tiene sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, a través de ellos, sobre nuestras ideas e incluso sobre nuestro corazón, efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables?

¡Qué profundo es ese misterio de lo Invisible! No podemos sondearlo con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo muy pequeño ni lo muy grande, ni lo muy cercano ni lo muy lejano, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua… con nuestros oídos que nos engañan pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras.

Son hadas las que hacen el milagro de cambiar así el movimiento en ruido, y en esa metamorfosis dan origen a la música, que vuelve cantora la agitación muda de la naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro gusto que puede apenas discernir la edad de un vino! ¡Ay!, si tuviéramos otros órganos que nos concedieran otros milagros, ¡cuántas cosas podríamos descubrir a nuestro alrededor!

16 de mayo

¡Estoy enfermo, definitivamente! ¡Estuve tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o más bien un enervamiento febril que pone a mi alma a sufrir tanto como a mi cuerpo. Tengo todo el tiempo esa horrible sensación de peligro inminente, esa aprensión de una desgracia que viene o de la muerte que se acerca, ese presentimiento que es sin duda la llegada de un mal desconocido,  gestado en la sangre y en la carne.

18 de mayo

Acabo de ir a consultar a mi médico, porque ya no era capaz de dormir. Le pareció que tenía el pulso acelerado, el ojo dilatado, los nervios vibrantes, pero ningún síntoma alarmante. Debo someterme a las duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo

¡Ningún cambio! Mi estado es de verdad extraño.

A medida de que se acerca el anochecer, una inquietud incomprensible me invade, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno a toda velocidad, luego intento leer, pero no entiendo las palabras, apenas distingo las letras. Camino entonces en círculos por mi sala a lo largo, luego a lo ancho, oprimido por un temor confuso e irresistible, el temor del sueño y de la cama. Hacia las diez, subo entonces a mi habitación. Apenas entro, doy dos vueltas a la llave y paso los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?... ¿Es extraño que un simple malestar, un problema de circulación, tal vez, la irritación de una fibra nerviosa, un poco de congestión, una pequeña perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viva, pueda hacer un melancólico del más dichoso de los hombres y un cobarde del más valiente? Luego me acuesto a esperar el sueño como se esperaría al verdugo.

Lo espero con temor de su llegada; y mi corazón late y mis piernas se estremecen; y mi cuerpo entero se sacude en el calor de las sábanas, hasta el momento en que caigo abruptamente en reposo, como caería uno para ahogarse en un pozo de agua estancada. No lo siento venir, como antes, a ese sueño pérfido, escondido a mi lado, que me acecha, que va a agarrarme por la cabeza, a cerrarme los ojos, a reducirme a la nada.

Duermo ―mucho tiempo― dos o tres horas ― luego un sueño ― no ― una pesadilla me estruja. Siento claramente que estoy acostado y que duermo, … lo siento y lo sé… y siento también que alguien se acerca a mí, me observa, me palpa, sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, toma mi cuello entre sus manos y aprieta… aprieta… con todas sus fuerzas para estrangularme.

Yo forcejeo, sumido en esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños. Quiero gritar, no puedo; me quiero sacudir, no puedo; intento, con grandísimo esfuerzo, hiperventilando, voltearme, rechazar ese ser que me aplasta y que me ahoga; ¡no puedo!

Y de repente, me despierto, enloquecido, cubierto de sudor; prendo una vela. Estoy solo. Después de esta crisis que revive cada noche, duermo al fin, con calma, hasta la aurora.

2 de junio

Mi estado volvió a empeorar. ¿Qué tengo, pues? El bromuro no tiene efecto; las duchas no tienen efecto. Esta tarde, para cansar mi cuerpo, tan fatigado sin embargo, salí a dar una vuelta por el bosque de Roumare. Pensé primero que el aire fresco, ligero y suave, lleno de olor de hierbas y de hojas, me vertía en las venas nueva sangre; en el corazón, nueva energía. Tomé una gran avenida de cazadores, luego giré hacia La Bouille, por un sendero estrecho entre dos armadas de árboles desmesuradamente altos que ponían un techo verde, espeso, casi negro, entre el cielo y yo.

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Un escalofrío me recorrió de repente; no un escalofrío causado por el frío, sino un extraño escalofrío de angustia.
Aceleré el paso, inquieto por estar solo en el bosque, asustado sin razón, estúpidamente, por la profunda soledad. De repente, me pareció que me seguían, que me pisaban los talones, muy cerquita, muy cerquita, al alcance de la mano.

Me di la vuelta con brusquedad. Estaba solo. No vi detrás de mí sino el recto y amplio sendero, vacío, alto, sospechosamente vacío; y al otro lado se extendía también hasta donde alcanzaba la vista, todo igual, aterrador.
Cerré los ojos. ¿Por qué? Y me puse a girar sobre un talón, muy rápido, como un trompo. Casi me caigo. Volví a abrir los ojos; los árboles bailaban, la tierra flotaba; tuve que sentarme. Luego, ¡ay!, ¡no sabía por dónde había llegado! ¡Cosa extraña! ¡Extraño! ¡Cosa extraña!

No tenía ya ni idea. Me fui por el lado que se encontraba a mi derecha y volví a la avenida que me había llevado al centro del bosque. 

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