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Una nota sobre la ética de la investigación

Freddy Cante

Un académico no está hecho para recordar sus opiniones, porque no arriesga algo propio con ellas.
Nassim Nicholas Taleb
 
Notables científicos sociales como los psicólogos Milgram (Milgram, 1974) y Zimbardo (Zimbardo, 2008), mediante la experimentación, han mostrado cómo las personas normales e inofensivas (lo que se estila denominar “los buenos muchachos”) terminan obedeciendo ciegamente a la autoridad y cometiendo excesos de maldad y sadismo contra aquellos que están a su merced. A pesar de que los mismos autores y algunos de sus alumnos se involucraron directamente en la experimentación y, pese al enorme valor científico e, incluso, ético de sus investigaciones, hay quienes han cuestionado (Ormart, 2015) sus métodos experimentales, ciertamente, por incurrir en posibles faltas a la ética.
 
Toda la grandiosa empresa de la investigación científica, desde las abstracciones inherentes al diseño de modelos y enfoques teóricos, la recolección de información, el procesamiento de datos, hasta la aplicación de teorías y formulaciones científicas para resolver problemas, es propensa a las vanidades de los científicos, a las pretensiones de poder suyas y de sus financiadores, sean públicos o privados, y además a los diversos errores de ciencias que se ensayan y se aplican en organismos biológicos y sociales. Cualquier investigador honesto debería ocuparse de la ética de sus investigaciones con igual o incluso más intensidad que lo que dedica a la labor misma de la investigación.
 
En este breve escrito me ocuparé de señalar algunas de las grandes deficiencias éticas de la investigación científica, y de proponer algunas pautas de solución.
 
Una faceta perversa del mal llamado capital humano
 
El capital, entendido como un activo que se acumula y que se vende al mejor postor, no resulta un buen apelativo para hacer referencia al conocimiento humano, el cual, además de ser aventura y pasión, semeja efímeros castillos de arena (dado el carácter provisorio y parcial de las verdades científicas), y es acervo de símbolos, lenguajes, juicios y opiniones para los cuales no siempre hay un mercado, pues son apuestas contra la incertidumbre y, por lo mismo, los más honestos enfoques carecen de resultados e indicadores de optimización prefigurados.

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No obstante lo feo del término “capital humano”, en una sociedad de mercado todas las relaciones humanas, incluyendo las pasiones, los sentimientos, los saberes y las lealtades terminan convertidas en mercancías. En la jungla de la guerrerista competencia mercantil, todos quieren venderse: muchos científicos se vuelven inescrupulosos consultores que, en lugar de hacer buena ciencia aplicada para la resolución de problemas, venden justificaciones y maquillajes científicos al mejor postor. Otros afamados científicos se toman en serio la explotación a los obreros que practican los típicos capitalistas y, en consecuencia, cobran en miles de dólares por sus investigaciones y pagan en monedas de dólar los servicios de sus esforzados esclavos calificados (sus jóvenes asistentes y aprendices de investigación).
 
El cálculo de los honorarios a los científicos y a los investigadores jóvenes y aprendices de la investigación, es un asunto ético y no solo económico. Entre los extremos de unos ingresos muy elevados que solo son factibles mediante la venta de caros servicios de consultoría o la donación de algún opulento filántropo y el pago de unos exiguos salarios, debido a la escasez de recursos para investigar, hay que encontrar una especie de justo medio. Lo cierto es que la dignidad del oficio de investigar es una especie de cómodo apostolado: el investigador profesional (y los jóvenes investigadores) renuncian a los elevados honorarios de ejecutivos y comerciantes, a cambio de la tranquilidad de tener una vida plena de ocio (para reflexionar) y de remuneraciones no económicas (el estatus que tienen los consagrados al saber). Sea para complementar o, incluso, para sustituir los salarios monetarios a los investigadores jóvenes se les debería colaborar para la obtención de becas que les permitan completar su formación.
 
El círculo vicioso de algunos escribas contemporáneos
 
Curiosamente, las publicaciones académicas impresas y las virtuales guardan una estrecha similitud, respectivamente, con el papel moneda circulante y con el más inasible y vertiginoso dinero electrónico. El dinero corresponde al llamado sector nominal o, acaso, imaginario y pleno de especulación de la economía. Las publicaciones específicamente académicas son producto de investigaciones científicas que, supuestamente, ayudan a nombrar, interpretar y representar realidades.
 
Lo que salva a la academia auténtica es la publicación de productos originales, que son la antípoda del reino del plagio, réplica y emisión ad náuseam que caracteriza al dinero y a la multiplicación de artículos homogéneos de la industria en serie.
 
Los diversos sistemas de incentivos por las publicaciones académicas son un puente que se tiende entre el dinero y los productos publicados: cada nuevo libro, capítulo y artículo en revista especializada se traduce en puntos que representan más billetes en los bolsillos de los académicos.
 
La emisión caprichosa de dinero genera inflación y crisis económicas: las diversas formas de dinero se devalúan pavorosamente en correlación directa con la pérdida de confianza de quienes transan en los mercados. Los libros, los artículos en revistas académicas especializadas y otros tipos de reflexiones menores publicadas en periódicos (efímeros como la vida de un insecto) hoy inundan las bibliotecas y las bases de datos virtuales, y con su cuantiosa vastedad expresan una especie de inflación de los conocimientos.
 
El escritor argentino Jorge Luis Borges avizoró tal problema y lo expresó en su fascinante cuento sobre la Biblioteca de Babel. En uno de sus fragmentos muestra la esencia de tal laberinto del conocimiento, así:
 
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: no hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
 
Hoy, la llamada sociedad del conocimiento ha erigido su propia torre de Babel. La creciente división social del trabajo y de las disciplinas científicas, la drástica separación entre los teóricos y los pragmáticos (o activistas), y la aberrante compartimentación cognitiva entre ciencias y sus diversas especialidades y enfoques, son los pilares de tal absurdo. Los síntomas de tal problema son el círculo vicioso de muchas publicaciones académicas: artículos producidos por especialistas para que los evalúen pares, luego los publiquen exigentes editores en revistas especializadas con pocos lectores. De esto resultan acervos de abundante conocimiento que se ubican en diversas bases de datos con varios sellos de indexación (que a su vez se clasifican en cuartiles inferiores o superiores, dependiendo de la calidad asignada por los pares) a la espera de lectores receptivos y autorizados que los puedan citar para, de nuevo, recomenzar el monótono círculo vicioso.

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Afortunadamente, el hilo de Ariadna para salir de tal círculo absurdo es el de buscar la aplicación del conocimiento, mediante emprendimientos empresariales o por medio de aventuras políticas.
 
Cuando el notable economista F. Hayek exclamó que “todos los liberales debemos ser agitadores”, no hizo más que explicitar la conducta ejemplar de los grandes profetas, los destacados escritores y los apasionados y comprometidos investigadores académicos que, justamente, no se han limitado a publicar sus ideas. Seguramente si Sócrates, Jesucristo, Gandhi, Marx, Keynes, el contemporáneo economista Sen, la filósofa Martha Nussbaum y las recientemente desaparecidas lumbreras como Albert Hirschman y la profesora Ellinor Ostrom se hubiesen contentado con publicar y publicar y publicar … entonces sus ideas hubiesen fenecido prematuramente, con peor suerte que los barcos que narra la vieja y exquisita canción “Niebla del riachuelo” así: “Turbio fondeadero donde van a recalar barcos que en el muelle para siempre han de quedar... Sombras que se alargan en la noche del dolor; náufragos del mundo que han perdido el corazón... Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar, barcos carboneros que jamás han de zarpar... Torvo cementerio de las naves que, al morir, sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir...”.
 
Memoria y riesgo en la investigación:
 
Nuestras acciones y conocimientos son aventuras y, por lo mismo, empresas plenas de riesgos y peligros, pues vivimos en un mundo con más incertidumbres (ignorancia radical del futuro, tentativas de adaptación a lo desconocido) que aquel que habitan los mediocres vividores de costumbres, rutinas y conductos regulares, quienes se conforman con malvivir en medio de las cómodas seguridades que brindan las certidumbres y los portafolios de riesgo acotado y calculado.
 
Como cualquier empresa económica, afectiva, política o, incluso, lúdica, la genuina investigación científica y la aplicación misma de productos científicos para resolver problemas concretos son procesos inciertos de ensayo y error. No obstante, existen tres modalidades nítidamente distintas en el inseguro (incierto y peligroso) juego del ensayo y del error, a saber: i) la aventura directa: la más insignificante ameba, al igual que el artista, el aventurero, el científico honesto y el emprendedor empresarial, juegan con su propio cuerpo y patrimonio y, por tanto, las pérdidas y ganancias les afectan directamente, al punto de que una equivocación radical equivale a la muerte; ii) la aventura abstracta: los hacedores de modelos abstractos, como los filósofos y los matemáticos, y otros científicos, tomando a Einstein como referente paradigmático, hacen experimentos imaginarios usando lápiz y papel y, últimamente, computadores, de tal suerte que las equivocaciones tan solo estropean el modelo; iii) la aventura en cuerpo ajeno: los oportunistas y cobardes especuladores, sean estos banqueros que juegan en la bolsa de valores, políticos que ensayan modelos y utopías con sus millares de seguidores, o académicos que usan a otros seres humanos como conejillos de indias para sus experimentaciones, conciben ideas y hacen apuestas con las vidas y los activos de otros, es decir, no ponen en riesgo su propio pellejo.
 
Los investigadores académicos honestos deberían formar a la sociedad mediante la pedagogía del buen ejemplo: arquitectos dispuestos a habitar los diseños que proponen; médicos prestos a probar las medicinas y tratamientos que recomiendan a sus pacientes; economistas preparados a ponerse en los zapatos de los asalariados que ganan el salario mínimo, recomendado por la tecnocracia; politólogos que se comprometan a arriesgar su propia seguridad con las enseñanzas que pregonan; investigadores y docentes que tengan acciones en el barco institucional que los emplea para que así sean leales en tiempos de calma y de turbulencia. Como elocuentemente lo plantea Taleb (Taleb, 2014), el hecho de que los académicos arriesguen algo propio al hacer investigaciones les ayuda a tener un sentido de la memoria histórica, y a salir de la zona de comodidad que abunda en incentivos positivos, pecuniarios y simbólicos.

Bibliografía

Ormart, E. (2015). aesthethika. Obtenido de aesthethika: Ver aquí
Milgram, S. (1974). Obediency to Authority. New York : Harper and Row.
Zimbardo, P. (2008). The Lucifer Effect. New York: Random House.
Taleb, N. (2014). Antifragile: things that gain from disorder . New York : Random House.

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