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El derecho a una educación de calidad

María Camila Rubio Ayala, Colegio Calasanz. Ganadora del Concurso de Ensayo de la Universidad del Rosario

Me encontraba yo en la primera de tantas ferias universitarias a las que he asistido este año, por el hecho de cursar el último grado de bachillerato, y tal vez de manera espontánea, por el entorno y el ambiente o por mi detallada observación, me di cuenta de una realidad a la que era indiferente antes.

Imaginen el ambiente: uno de los colegios más grandes de mi ciudad, repleto de stands de más de cien universidades e instituciones educativas; la animada bienvenida de los organizadores de la feria a las decenas de colegios de mi ciudad que asistían al evento, colegios públicos y privados; la actitud expectante de algunos estudiantes por conocer los famosos programas de estudios de las famosas universidades a las que tanta antesala le habían hecho en el mensaje de bienvenida; unas caras más indiferentes ante el evento y otras eufóricas, no por el hecho de asistir a la feria, sino simplemente por la maravilla de no tener que asistir a clase ese día. En fin, era en verdad un pintoresco escenario que, espero, se puedan imaginar.

Proseguimos a visitar los stands, que se encontraban en los salones. Las universidades que asistían ese día, eran, casi en su totalidad, privadas. Sin embargo, como ya mencioné, la asistencia era notoriamente heterogénea, por lo que en un mismo salón nos encontrábamos estudiantes posiblemente de todas las clases sociales y estratos. La elocuencia de los representantes de las universidades, exaltando sus programas de excelencia, captaba rápidamente nuestra atención. Todo parecía ir de maravilla, hasta que un pequeño detalle desilusionó a la mayoría de los asistentes, cuando uno de los estudiantes preguntó por el costo de la matrícula del programa de Medicina que ofrecía la Universidad: "Tan solo 17 millones de pesos", recuerdo que dijo el representante con una cara sonriente. En ese momento, todos los estudiantes, salvo unos dos o tres de los que se encontraban ahí, tras responder con un gracias y una sonrisa forzada, salieron del aula.

El mismo escenario se repetía en todos los salones: los ojos de los jóvenes fijos en los precios y costos de matrículas y las caras desilusionadas de muchos por la triste y limitante realidad económica. Fue entonces cuando me pregunté si quien no tuviese la solvencia económica para costear la educación, en una de las universidades que se ofrecían en esta feria, debía pensar que sus opciones se habían agotado. Y si estas son las únicas que ofrecen educación de alta calidad en el país, entonces verdaderamente en Colombia, ¿dicha educación es un derecho de todos o un beneficio de unos pocos?

Es necesario analizar la realidad que viven miles de jóvenes colombianos actualmente, cuando intentan ingresar a la educación superior en Colombia. ¿Qué opciones reales tiene un bachiller en Colombia que quiera acceder a la educación superior? En principio, se puede optar por una universidad privada, una pública o alguna institución de educación superior (IES) avalada por el Ministerio de Educación. Así es en teoría, y siguiendo la ley 30 de 1992, que establece que la educación superior es un servicio público, lo que nos lleva a pensar que cualquier bachiller podría acceder a cualquiera de estas. En teoría. Digo en teoría porque esto en la vida real, en nuestro país, no sucede.

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Colombia es un país donde la desigualdad social impide a una gran parte de la población hacer pleno uso de sus derechos. Como dice Alfredo González, especialista en desarrollo humano para América Latina del PNUD (que ha situado a Colombia en el lugar número 12 de los países con mayor desigualdad de ingreso en el mundo), el desarrollo humano en Colombia se ha estancado. Según las cuentas del investigador, en Colombia la clase media está integrada por 13 millones de personas y los pobres son 16 millones. Hay 18 millones de ciudadanos que constituyen la gran preocupación, pues están en condición de vulnerabilidad, con riesgo de caer, regresar o permanecer en la pobreza. Aunque el gobierno ha invertido sus esfuerzos para disminuir la desigualdad y ampliar la cobertura en educación, esta no se imparte con calidad. No es que Colombia no esté invirtiendo recursos, sino que, según González, los ha invertido mal.

Si retomamos la situación inicial planteada, para saber si ese bachiller colombiano podría acceder a alguna Universidad, no nos podríamos guiar por la ley que afirma que todos tenemos derecho a la educación, sino que deberíamos conocer las condiciones de vida de ese joven. Como se ha dicho, en un país con tan altos índices de desigualdad social, no todos tendrían las mismas oportunidades de acceder a una buena educación universitaria. No solo la desigualdad de ingreso es uno de los impedimentos iniciales de los jóvenes colombianos que buscan acceso a una universidad. Desde antes de graduarnos, los estudiantes en Colombia somos separados en dos grupos: estudiantes con buen o mal resultado en las pruebas Saber del ICFES. Posteriormente, cuando al fin tenemos nuestro título de Bachiller, los del primer grupo somos los que tienen, en teoría, la oportunidad de acceder a una universidad. Es decir, en Colombia una prueba, al parecer muy avanzada por lo que logra hacer, nos puede definir como buenos o malos estudiantes; y precisamente gracias a esa prueba se nos clasifica a los jóvenes colombianos y se nos dice si tenemos o no el beneficio de acceder al que debería ser nuestro derecho fundamental. Es decir, lo que en realidad busca la prueba no es solo evaluar nuestros conocimientos, sino que, al mismo tiempo, es una estrategia del Gobierno que busca clasificar y excluir a gran parte de la población colombiana y, en consecuencia, de cierta forma, justificar el porqué de los bajos índices de acceso a la educación superior que se tiene en el país, teniendo en cuenta que la educación superior en Colombia apenas cubre al 46% de la población entre los 17 y los 21 años, mientras que en países como Chile, Argentina y Uruguay ese indicador está por encima del 70%.

Las cifras son críticas y la realidad es que el sistema de educación en Colombia parece estar en cuidados intensivos. Un estudio, publicado en el periódico El Tiempo, reveló  que varias de las universidades y centros de formación técnica y tecnológica que están entre los más reconocidos de Latinoamérica coexisten en Colombia con otros de menor calidad. Existen en Colombia 347 instituciones –132 universidades entre ellas–, de las que apenas la décima parte tiene acreditación de alta calidad, es decir, cumplen con los más altos estándares en la formación de sus alumnos, y tan solo trece de ellas son públicas. El resto de "universidades" son cerradas en ocasiones por orden del Ministerio de Educación y reabren al poco tiempo en las mismas instalaciones, con edificios de dos o tres plantas, sin laboratorios y con salones estrechos, en los que brillan por su ausencia televisores, proyectores, computadores y otras ayudas tecnológicas básicas. Carreras profesionales que se ofrecen en la mitad del tiempo.

Programas académicos con centenares de estudiantes y sin licencia; y 1822 programas con papeles, pero inactivos, y desafortunadamente todas ellas manteniéndose en el umbral de la legalidad porque reúnen los requisitos literalmente mínimos para reclutar estudiantes. Ese es el lado oscuro de la educación superior de mi país; esas decenas de instituciones inservibles que solo buscan consolidar un negocio y a las que los jóvenes terminan acudiendo por falta de opciones.

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Ocurre entonces que, de ese 46% de jóvenes que logra acceder, solo una pequeña parte es la que logra recibir una educación superior acreditada en calidad. Y en verdad es injusto. No son precisamente justos los métodos de admisión a las universidades de calidad del país. Por un lado, en las universidades públicas entran aquellos que tengan las capacidades académicas para poder aprobar las pruebas de admisión, pero ignoran que aquellos que no pasan muchas veces son estudiantes de escasos recursos que no tuvieron la oportunidad de estudiar en un colegio de alta calidad debido a su barrera económica. Otros estudiantes, con excelentes puntajes, quedan sin la posibilidad de ser admitidos por los limitados cupos que tienen las universidades públicas, por la falta de apoyo financiero del Estado.

Por otro lado, los estudiantes que pasan a las universidades privadas de calidad sin necesidad de alguna beca o crédito, no son necesariamente quienes se destacan como buenos estudiantes, sino aquellos cuyo boleto de entrada es el presupuesto de sus familias. ¿Y a esto le llamamos equidad, paz y educación?

Natalia Ariza, viceministra de Educación en Colombia, afirma que hay formas de llegar a la educación superior, que son limitadas y que quisiera que hubiese más. Agrega también que hay que “generar más impuestos” para garantizar un modelo gratuito en el país. Como estudiante colombiana, a punto de graduarme de bachiller, es inquietante pensar en cuál será mi futuro en un país en el que claramente la educación no es un derecho de todos, liderado por gobiernos que tratan de encubrir con parchecitos el gran vacío que deja la privatización de la educación y la falta de oportunidades. Le educación superior debería estar garantizada para toda la población colombiana, ya que la realidad actual del país es que la educación ha dejado de ser un servicio público y, en consecuencia, estamos propiciando que persista la desigualdad y que la brecha que hay entre ricos y pobres aumente.

Vivimos en una sociedad azotada por muchos conflictos, y la educación es la única y más efectiva respuesta para las nuevas generaciones que podrán cambiar el mañana. Precisamente, ese debería ser el fin último de la educación en nuestro país, educar a los jóvenes para que todos tengamos el conocimiento y la capacidad de actuar como agentes de cambio en nuestra sociedad, para que podamos  cambiar la realidad injusta e inequitativa en la que tenemos que desenvolvernos en la actualidad. Somos los jóvenes los que tenemos la responsabilidad y está en nuestras manos la posibilidad de hacer un cambio, de mirar de forma crítica nuestra sociedad, de exigir el pleno cumplimiento de nuestros derechos y de luchar por conseguir un país en paz, con equidad y educación.

Bibliografía

Economía. (07 de 03 de 2015). Los dolores de cabeza de la educación superior en Colombia. Recuperado el 01 de 10 de 2015, de Revista Dinero, Noticias de Economía y Comercio de Colombia y el mundo 

Educación. (16 de 12 de 2014). El lado oscuro de la educación superior. Recuperado el 01 de 10 de 2015, de El Tiempo

Negocios, E. y. (25 de 07 de 2014). Colombia, en el puesto 12 en el mundo en desigualdad:PNUD. Recuperado el 01 de 10 de 2015, de El Tiempo

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