Vol 2 Ed 17 » Omnia » El deseo de ser recordado

El deseo de ser recordado

Elizabeth J. Hernández Ramírez.

A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto,
 y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.
O. Wilde
 
Antes del 24 de marzo Andreas Lubitz era simplemente un joven de 27 años, con aparente vitalidad, una buena posición socioeconómica, con una pareja estable. En 2013 se hace miembro de la aerolínea Germanwings, en donde trabaja como piloto, sin embargo, conserva el deseo de algún día ser comandante de la aerolínea Lufthansa. Hasta este momento podemos pensar en una persona completamente “normal” y con una vida resuelta. Mas el 24 de marzo pasado, el mundo lo conoció como el actor que decidiera terminar con la vida de 150 personas, incluida la propia; cuando, como copiloto del vuelo 9525 de Germanwings, que volaba de Barcelona hacia Düsseldorf, provocó que se estrellaran en los Alpes franceses. Ocurrida esta catástrofe, todos los medios se preguntan por las motivaciones que tendría un hombre como Lubitz para realizar tan cruel maniobra.

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Encontramos entonces en diarios como Le Monde, la Deutsche Welle, El País y otras notas independientes, a especialistas realizando hipótesis desde sus disciplinas acerca del comportamiento de Lubitz. Las hipótesis han girado al rededor de un trastorno afectivo, la depresión, ya que tres días después de la tragedia el diario Le Monde anunció que “entre sus documentos [los de Lubitz] han aparecido recetas y pruebas que componen un amplio historial de depresión debido a una ‘crisis existencial’ y demuestran que estaba en tratamiento hasta el mismo día que estrelló el avión[1]

A partir de esta nota, aparecerán muchas más en las que se habla de su historial médico, sobre un tratamiento probablemente interrumpido, etc. La mayoría de quienes hablan sobre el caso de la depresión de Lubitz, concuerdan en que los síntomas depresivos no serían motivo suficiente para explicar lo sucedido. En el diario Le Monde, la psiquiatra Céline Curiol explica, “non, la dépression n’est pas une folie meurtrière[2]. Por su parte Jerónimo Saiz, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Alcalá de Henares, afirma que “es terriblemente excepcional que esa conducta suicida afecte a otras personas desconocidas […] creo que una explicación sería una alteración de las que llamamos psicóticas, que le estuviera haciendo percibir la situación de una manera totalmente errónea, que no le produjera intranquilidad o miedo[3].

En ¿Qué es lo que hay detrás del rostro?, en El País, la psiquiatra Lola Morón, catedrática de la Universidad Complutense de Madrid, plantea, tal vez de manera un poco más honesta, que “nunca sabremos lo que sucedió en la mente de Andreas Lubitz en los minutos que permaneció solo y encerrado en la cabina del avión que posteriormente estrelló… es difícil aceptar que algo no pueda llegar a saberse: que a un paso de lo conocido y lo visible hay una oscuridad en la que por mucho que lo intentemos no podemos vislumbrar nada, a no ser la proyección de nuestras obsesiones y nuestros fantasmas […] no intentemos explicar, lo que a veces, simplemente, no tiene explicación[4]. No obstante, a pesar de lo que Morón afirme, no se pueden dejar de plantear todas las hipótesis posibles, para tratar de entender la pulsión que motivó a Lubitz, ya que las más cercanas a la realidad podrían dar pauta para que se trabaje en los medios necesarios de evaluación a los pilotos y que se adviertan las alarmas que indiquen cualquier tipo de trastorno mental.

Cada día los medios arrojan nuevos datos que pueden dar algunas señales que desvelarían el tipo de estructura mental a la que nos enfrentamos. Dentro de esas notas hubo una en especial que capturó mi atención y que se publicó en el ABC de España, en donde la exnovia de Lubitz decía lo que le había escuchado: “un día voy a hacer algo que cambiará el sistema entero, y entonces todos van a saber mi nombre y recordarlo[5]. Pero ¿a qué se refería Lubitz con esta frase?

Estas palabras no parecen de un individuo depresivo, ya que los síntomas de la depresión, como se describen en el DSM-V, son los siguientes: una disminución importante del interés o del placer por todas o casi todas las actividades, la mayor parte del día y casi todos los días, estado triste, afectaciones físicas como fatiga, problemas de pérdida o aumento de peso, agitación o retraso psicomotor, disminución en la capacidad de pensar y pensamientos de muerte recurrentes que van acompañados por ideas suicidas[6]. Parece que, de todos los síntomas, solo el último nos llevaría a pensar en un trastorno depresivo. Cualquier especialista en el área de la psiquiatría o psicología sabría que eso no es suficiente, debido a que las ideas suicidas y el suicidio propiamente dicho se relacionan también con otro tipo de trastornos mentales. Además de que no es una conducta que se presente por la depresión en sí, sino por el aumento de presión y ansiedad que se vuelven insoportables. Pero, retomando la pregunta de a qué se refiere Lubitz con la frase de “todos van a saber mi nombre y recordarlo”, probablemente se pueda responder por el deseo que expresa un hombre desesperado por ser visto, por ser reconocido y recordado por los demás, por llenar un vació que quizá nunca fue satisfecho. Lo cual nos habla más de síntomas relacionados con un trastorno narcisista de la personalidad. Si bien, desde el punto de vista de H. Kohut, “el narcisismo sano es la expresión de la creatividad del hombre, su capacidad de empatía, su capacidad para aceptar su propia finitud, para expresar su sentido del humor y sabiduría[7]. Existe otro tipo de narcisismo, que define como patológico, y quienes entran dentro de ese diagnóstico son personas que “tienen dificultades para tolerar los fracasos, las postergaciones y las dificultades corrientes, son muy susceptibles y su mayor problema radica en regular su autoestima[8]. Además, en palabras de O. Kerngberg: “narcisismo patológico, que se expresa en un exceso de referencias a sí mismo y de egoísmo. Manifiesta también grandiosidad, que se refleja en tendencias exhibicionistas, un sentido de superioridad, imprudencia y ambiciones que son desmesuradas en vista de lo que en realidad pueden lograr[9].   

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Con esto podríamos inferir que no necesariamente la depresión de Lubitz influyó en su decisión, sino que hay muchos más factores por considerar, siendo la estructura de personalidad uno de los que nos podría acercar a un pensamiento tan omnipotente y sádico: desde cuando se creyó con el poder de acabar con la vida no solo de sí mismo, sino con la vida de 150 personas, utilizándolas para “ser recordado”, estamos hablando de un pensamiento con ideas grandilocuentes que se transformaron en la planeación de un suicidio que tenía que demostrar tal impacto con todo el exhibicionismo y superioridad pertinentes.

El único detalle que olvidó Andreas Lubitz es que vivimos en un mundo en donde las noticias pasan rápidamente; en donde mañana o en unos días más esta noticia irá perdiendo peso porque seguramente otras más surgirán, y tal vez se hable del accidente aéreo de los Alpes de Francia, pero quizá ya no se recuerde su nombre.

Lo más preocupante, desde esta perspectiva, no es Andreas Lubitz, sino el vacío existencial que no solamente tiene que ver con una explicación desarrollista a nivel psicológico, sino con la impresionante carga social del “éxito” como valor humano. Lubitz era un hombre que había alcanzado ya lo que muchos jóvenes a su edad desearían; pero ante el fracaso que venía asegurado por su estado físico, todo lo que había logrado a su alrededor parece que no tenía la mínima importancia y el gran vacío no terminó por llenarse. La necesidad de dejar huella, de mostrar grandiosidad ante el mundo se convirtió, en su caso, en hechos tan aplastantes y destructivos como tan grande era su necesidad de llenar ese vacío.

No obstante, la intención de esta nota no es determinar de manera simplista, a través de una explicación clínica, las motivaciones que llevaron a Lubitz a arrastrar consigo a personas que no conocía. Seguramente existen razones que jamás sabremos, como lo afirma Lola Morón, pero me parece que es una forma de aproximarse a ese tipo de comportamientos, tan difícil de entender. Porque, tal vez, lo que nos cuesta trabajo identificar es que, en la naturaleza de todo ser humano, existen instintos de autodestrucción y destrucción que son negados a la consciencia y que solo en circunstancias de presión salen a flote.
 
 
Elizabeth J. Hernández Ramírez.
Docente de la Universidad Panamericana,
Universidad Mesoamericana
 y de la Universidad Regional del Sureste
 
Maestra en Psicoanálisis
por el Instituto Mexicano de Psicoanálisis A. C.
 


[1] Cita leíada en este sitio web el día 03 de abril de 2015.

[2] “la depresión no es una matanza” (Traducción de la autora)

[3] Cita leída el 04 de abril de 2015 en este sitio web

[4] Cita leída el 04 de abril de 2015 en este sitio web

[5] Cita leída el 03 de abril de 2015 en este sitio web

[6] American Psychiatric Association (2014) Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Washintong, DC: American Psychiatric Publishin.

[7] Kohut, H. (1971) Análisis del Self. El tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de la personalidad. Argentina: Amorrortu.

[8] Idem.

[9] Kernberg, O (1984). Trastornos graves de la personalidad. México: Manual Moderno. 


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