Vol 2 Ed 18 » Cultura » El amor en los tiempos de «cien años»

El amor en los tiempos de «cien años»

Hernán Urbina Joiro

—¿Es que uno se puede casar con una tía? —preguntó él, asombrado.
—No sólo se puede —le contestó un soldado— sino que estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda casar con su propia madre.

En: Cien años de soledad.


Una nueva lectura de la novela Cien años de soledad desde la genética, la psiquiatría y la antropología, presentada en el más reciente Congreso Latinoamericano de Genética Humana, en Cartagena de Indias, Colombia.

Un comentario sobre la genética en Cien años de soledad resultaría, en la práctica, un comentario sobre el amor, tarea en extremo difícil, puesto que el amor en la familia Buendía es un asunto de temer, tanto como al interior de esa casta se temía a concebir un hijo con «cola de puerco» —una espina bífida quística—, malformación frecuente en nacimientos producto del incesto. Y ahí ya tenemos uno de los signos principales de la novela Cien Años: el horror al incesto, ese inmenso miedo —y al tiempo, como veremos, inmenso deseo— perceptible en todo el linaje Buendía, desde la tía de Úrsula Iguarán casada con un tío del viejo José Arcadio Buendía y que engendraron al primer varón con cola de puerco hasta mucho después de la muerte de la gran matrona de Cien Años, tal como lo padecieron Amaranta Buendía y su sobrino Aureliano José.

En lo anterior ya se toca un principio del psicoanálisis: aquello que se teme también se desea. De modo que el horror al incesto se sufre al tiempo que se anhela —al menos en el inconsciente— y estos dos sentimientos encontrados, deseo y horror, estuvieron en la raíz de la enorme ansiedad que se advierte entre los Buendía, incluida Úrsula, prima de su propio marido José Arcadio. Oigamos a José Arcadio Buendía, hijo, en su primer encuentro con Pilar Ternera:

…en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no olía más a mujer, sino a amoniaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de Úrsula —su propia madre—, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer.
 
De muchos otros ejemplos posibles en la novela Cien Años, finalicemos esta consideración psicoanalítica recordando la aptitud de Arcadio Buendía, hijo de José Arcadio, frente a Pilar Ternera —su mamá— en días en que Pilar pudo entablar amistad con Rebeca y volvió a frecuentar la casa de Úrsula:

A veces entraba al taller y ayudaba a Arcadio a sensibilizar las láminas de daguerrotipo con una eficacia y una ternura que terminaron por confundirlo. Lo aturdía esa mujer. La resolana de su piel, su olor a humo, el desorden de su risa en el cuarto oscuro […] Pilar Ternera, su madre que le había hecho hervir la sangre en el cuarto de daguerrotipia, fue para él una obsesión tan irresistible como lo fue primero para José Arcadio y luego para Aureliano […] Arcadio la agarró por la muñeca y trató de meterla en la hamaca. «No puedo, no puedo», dijo Pilar Ternera horrorizada. «No te imaginas cómo quisiera complacerte, pero Dios es testigo de que no puedo».

Pese a la controversia que aún pueda generar mucho de lo postulado por Freud, su pensamiento es inevitable en los intentos por comprender el comportamiento de los seres humanos. Buena parte de lo que hoy se sabe sobre el horror al incesto lo extrajo Freud de poblaciones primitivas aisladas de nuestra cultura, en donde también son prohibidos los vínculos sexuales entre miembros del mismo clan, como lo estaba prohibido entre los consanguíneos en Macondo y, por supuesto, en la familia Buendía. Úrsula todavía lo recelaba poco antes de morir:
 
Inició una oración interminable, atropellada y profunda, que se prolongó más de dos días, y que el martes había degenerado en un revoltijo de súplicas a Dios y de consejos prácticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa, para que nunca dejaran de apagar la lámpara frente a la daguerrotipo de Remedios, y para que cuidaran de que ningún Buendía fuera a casarse con alguien de su misma sangre, porque nacían los hijos con cola de puerco.

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Pero, fueron los antropólogos, como James Frazer, quienes a principios del siglo XX informaron que la prohibición del incesto es más fuerte entre clanes matriarcales, como era el clan Buendía, clanes como muchos de la región guajira, al norte de Colombia, tierra originaria de los Buendía según consta en la novela, clanes donde se puede considerar pariente a un individuo de familia ajena, pero que toma por propia a esa casta y al tótem que la rige, como ocurrió con Rebeca, la niña huérfana que llegó desde la propia Guajira hasta Macondo con el talego de huesos para pasar de inmediato a ser hija adoptiva de Úrsula y el viejo José Arcadio, para luego ser víctima del horror al incesto —que se teme y también se desea— a manos de un hermano de crianza. Es pertinente agregar que estas ancestrales normas morales contra el incesto, que generan tanta obsesión y sufrimiento, tienen un claro cometido: evitar la decastación o el envilecimiento del clan, cosa que desesperadamente buscaron, sin poder alcanzarlo, Úrsula, su hija Amaranta, en general todas las mujeres Buendía.
 
El horror al incesto, rasgo inconsciente entre los adultos, se reconoce como un rasgo consciente entre los niños y también entre los neuróticos:

Todo lo que podemos agregar a la teoría reinante es que el temor al incesto constituye un rasgo esencialmente infantil y concuerda sorprendentemente con lo que sabemos de la vida psíquica de los neuróticos

, escribió Freud acerca de estos seres humanos que habrían inhibido su desarrollo psicológico y que regresan una y otra vez a la etapa infantil en la que tuvieron una fijación incestuosa. Aquí resulta ineludible la asociación de todo esto con las regiones que no logran su cabal desarrollo —regiones subdesarrolladas—, que no escaparían a la misma condición de los neuróticos, que anulados obedecen a la prohibición en donde están atrapados desde pequeños, prohibiciones de origen incierto y que tiñen al objeto prohibido como si fuera portador de una enfermedad contagiosa o una peste.

En efecto, en las poblaciones subdesarrolladas la peste más repetida parece ser esa misma del insomnio, como la que asoló a Macondo antes de perturbar la memoria de sus pobladores: el desdén por temas que luego caen por completo en el olvido, peste que una y otra vez se busca conjurar buscando a alguien que lo haga por nosotros, a un cierto Melquíades con su pócima curativa y, mientras aparece ese Melquiades, se hace sonar cierta campanita para que otros se alejen, para que otros no conozcan estas aguas de pobreza, aguas de violencia primitiva, aguas de siempre olvido.
 
Freud relacionó las emociones que se viven ante el incesto con los sentimientos que se experimentan frente a los enemigos, los gobernantes y los muertos —que en poblaciones subdesarrolladas pueden llegar a ser la misma cosa—.  Señaló el psicoanalista distintas contradicciones, como buscar la calma del enemigo ya asesinado o expiar la culpa con el destierro tras haber destruido al rival, lo que nos recuerda a José Arcadio Buendía, el de «la lanza cebada de su abuelo», su destierro de la población guajira de Barrancas tras el lanzazo al cuello de Prudencio Aguilar y las maniobras afectivas para apaciguar al espíritu de Prudencio. El viejo José Arcadio —cuyo espectro, tras morir amarrado a un árbol de castaño, también era visible— en vida entabló conversación con el espectro de Prudencio:

Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio —exclamó— ¡cómo has venido a parar tan lejos!».
 
Guardar consideración por el objeto prohibido —o tótem— parece ser la base de la ética de los pueblos, que no deben deshonrar eso que es de reverenciarse, pese al deseo y el miedo. Pero fueron los psicoanalistas quienes señalaron que en los neuróticos uno de esos sentimientos contradictorios —deseo y miedo— siempre triunfa, lo que les refuerza el sufrimiento. En Cien Años se observan seres humanos oprimidos por sentimientos contradictorios, siempre latentes, generados por un amor que se desea o que se teme, por un amor que debe contrariarse.

Las dos grandes prohibiciones del tótem: no cometer incesto y no matar al objeto prohibido —que representa la figura paternal—, son las dos transgresiones fatales de Edipo y, por cierto, las del último en pie de la gran estirpe de Cien Años, Aureliano Babilonia, que al surgir a la vida propició la caída de su propio padre, Mauricio, y cometió incesto con la última mujer de la estirpe, Amaranta Úrsula Buendía, antes de leer el punto final de toda la casta. Aureliano Babilonia, por primera vez frente a su tía Amaranta Úrsula que regresaba a Macondo asida de la mano de su marido:

De modo que Aureliano seguía virgen cuando Amaranta Úrsula regresó a Macondo y le dio un abrazo fraternal que lo dejó sin aliento.
 
Tras días y noches de tormento, Aureliano Babilonia le contó a su abuela Pilar Ternera cuánto sufría por Amaranta Úrsula. Pilar le vaticinó que Amaranta Úrsula estaría esperándolo. Al encontrarla:
 
…la levantó por la cintura con las dos manos, como una maceta de begonias, y la tiró bocarriba en la cama. De un tirón brutal la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada.

Al nacer el hijo de ambos:

Sólo cuando lo voltearon boca abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se inclinaron para revisarlo. Era una cola de puerco.
 
Amaranta murió desangrada por el parto y Aureliano Babilonia, trascordado, dejó el cadáver de su mujer y la canastilla con el niño para irse por las calles de Macondo hasta el amanecer. De regreso no encontró la canasta con el pequeño. Sólo muy tarde en casa vio cómo las hormigas se llevaban el pellejo reseco de su hijo a las madrigueras y pudo entender el epígrafe de los oscuros pergaminos de Melquíades:

El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y el último se lo están comiendo las hormigas.
 
Como se dijo, en la novela Cien Años finalmente se impuso un amor que debía ser contrariado, un amor sufrido en el éxtasis con el otro o en la soledad irremediable, un amor que irrumpió en cada generación como un objeto prohibido que se padecía impotente. De modo que una conclusión sobre la genética en Cien Años sería una conclusión sobre el amor en esa novela, un amor que se contagia y que produce tantas víctimas, un amor difícil y lastimador. Esa conclusión tendríamos que decirla a una voz con el viejo José Arcadio Buendía, que, tras la unión incestuosa de su hijo José Arcadio con su hija de crianza Rebeca, supo que Aureliano casaría con Remedios Moscote, hija de su enemigo en Macondo: tendríamos que decir, entonces, que en Cien Años, la novela, «El amor es una peste.

LECTURAS RECOMENDADAS

Freud, Sigmund. Tótem y tabú. El horror al incesto. En: Tomo II. Obras Completas. Madrid. Biblioteca Nueva. 1996.
García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Bogotá. Editorial Norma. 1997.
Gerald Martin. Gabriel García Márquez. Una vida. Randon House Mondadori, S.A. Barcelona. 2009.
Sófocles. Antígona. Barcelona. RBA. 1995.

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