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¿Qué? ¿Convirtieron la Bioética en Necroética?

Ricardo Andrés Roa Castellanos

PRESENTACIÓN
 
Recuerdo que, todavía, hace cerca de una década, estudiar Bioética tenía el singular atractivo de integrar un selecto grupo de intelectuales interesados en el sublime deber de defender la vida en un mundo de confusión discursiva que quería halar hacia los dominios de la muerte. Ahora la Bioética en muchos lugares hace apología al aborto, la eutanasia, la muerte como solución, la esterilización a población de diferentes especies en edad reproductiva, y un largo etcétera que se encuentran en contravía del Juramento Hipocrático. Se ha tomado partido en algunos casos ideológica y activistamente propulsados por convenir la muerte o evitar la vida como solución. La pseudociencia desborda en estas campañas.
 
Hay sucesos que marcan o evidencian dinámicas que de otra forma pasan desapercibidas. Haciendo mi Máster de Bioética en Madrid, hace unos años, tuve un querido compañero farmacólogo quien me afirmó haber querido estudiar Bioética para enamorarse más de la vida. Pensaba él que se iba a llenar de motivos, argumentos y razones que expondrían que la vida era un valor incontrovertible. No encontró ya eso. Se decepcionó. Se decepcionó demasiado, y el salvavidas que compró, no le servía para la tragedia que mentalmente ya debía estar asechándole.
 
En el Primer Congreso Internacional de Filosofía de la Salud Pública, realizado en Barcelona en 2016, tuve el honor de compartir el rol de expositor con el maravilloso profesor Norman Daniels, académico de la T.H. Chan School of Public Health de Harvard, siendo éste cabeza en temas de Ética Médica. Mientras él era el Keynote Speaker, yo cumplía una pequeña participación sobre la necesidad de la integralidad en el pensamiento médico actual. Pero por casualidades bellas de la vida fue mi vecino en la mesa a la hora de comer. Por si fuera poco, la anfitriona y contertulia era Victoria Camps, filosofa tan aristotélica como objetivista.
 
Charlamos con él durante el almuerzo, y mucho me sorprendió saber que se preciaba de no haber asumido los discursos que pretendieron hacer una equivalencia súbita y directa entre la Bioética y la Ética Médica.
 
Son en realidad dos cosas muy distintas -me justificaba- adjudicando más rasgos de subjetividad discursiva, casi ideológicas, a la Bioética, y mayor búsqueda de objetividad para la Ética Médica.
 
Con la curiosidad motivada, fue sorpresa leer que no era único en el desencanto, y que además, había signos que apuntan a un descontento en crescendo.
 
OTRA SIGNOLOGÍA

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Barrio Maestre en 2015 [1], doctor en filosofía, con estudios postdoctorales en Alemania y Viena, adscrito al Departamento de Teoría e Historia de la Educación, en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, parafraseó a Nietzsche. El título de su artículo en la reputada revista especializada Cuadernos de Bioética, pone de manifiesto la declaratoria de un colapso o al menos un resquebrajamiento sentido por él y por otros:
 
“La Bioética ha muerto. ¡Viva la Ética Médica!” -tal y como textualmente se titula el escrito- es la proclamación mortuoria, sorprendentemente rápida, para un campo de estudio tan novedoso que incluso tuvo que ser denominado con la construcción de un neologismo en sus tres orígenes aceptados y primeros desarrollos escolásticos (Jahr, Potter, Hellegers) [1, 4, 6, 7].
 
Pero, ¿“Neo” acaso no significa nuevo? ¿Neologismo no quiere decir palabra nueva? ¿Cómo un significado reciente en el mundo académico es tan pronto dado por muerto?
 
Adicionalmente, lo peor era que la partida de defunción había sido escrita siguiendo la habitual metodología bioética de los últimos tiempos, a saber:
 
Un profesional humanista, consciente de la función medular que cumple hoy el campo multidisciplinario de la Bioética para la medicina, había entrado en él. Lo había estudiado, había montado un elegante aparato crítico, formalmente nihilista y laico -como gusta en el medio bioeticista convencional actual-. Con una metodología cualitativa, tan emotivista como deliberante y novedosa -adjetivos que también caracterizan las últimas décadas de la praxis bioética- inesperadamente termina por diagnosticar la muerte del campo cognitivo…? ¡Vaya lio!
 
Para mayor sorpresa, Barrio Maestre nota un rasgo estructural, propio de una observación de un pedagogo, sobre el personal que compone el sector: “Los médicos con consciencia saben más de ética que la mayor parte de los bioeticistas”.
 
Ciertamente, más allá de la exagerada retórica, la ironía socrática, el nihilismo y el idealismo alemán que hubiesen inspirado a Barrio Maestre, hay sucesos para una medicina, o jurisprudencia, actual basada en la evidencia, que respaldan las agudas y controversiales observaciones del autor.
 
Exempli gratia: en diversos países hay planes de postgrado en la materia que se han cerrado. Las matriculaciones para postgrados en Bioética vigentes han caído, revistas en la temática han desaparecido o aumentado sus intervalos de aparición en distintas culturas[1], la Neuroética y la Neuropolitica como ramas hipertrofiadas de la Bioética amenazan ser remplazos, con rasgos más biotecnológicos e incomprensiblemente eugenésicos de esta, e inclusive, según una autoridad como Adela Cortina, hasta de la filosofía misma [2], [3].
 
¿Tendrá que ver esta muerte, o al menos la catalepsia advertida, o esos síntomas de alerta vistos a nivel occidental, con su origen, con su desarrollo, o con que de un momento a otro por legislaciones y aculturaciones varias, sus grandes debates se hayan súbitamente zanjado?
 
¿La deslealtad al significado de su nombre le está pasando una cuenta de cobro a la Bioética desde el público que no encuentra en sus estudios lo que el sentido común quisiera?
 
La detonación de la figura estructural del dialogo interdisciplinario y multicultural para la Bioética había sido también previamente advertida por otro de los polémicos pioneros del campo. La imposición ha tomado su lugar.
 
LAS OBSERVACIONES DE ENGELHARDT
 
Tristram Engelhardt, MD y PhD, alertaba temprano en su libro The Foundations of Bioethics de 1996 cuestiones que hoy se están viendo por doquier: Los “extraños morales”, es decir, aquellos que no comparten las mismas costumbres o que poseen desigualdad informativa, no tenían otra alternativa para resolver sus diferencias éticas que el consenso derivado del dialogo y el respeto.
 
Objetivamente, la opción de una coexistencia pacífica regida por el mandato primun nil nocere (lo primero es no hacer daño) parece haber sido adrede menospreciada y desechada, probablemente por su origen hipocrático que disgusta a veces más a los bioeticistas que no son médicos.

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10 años después, esa homogenización cultural en un contexto de globalización se evidenciaba que había sido construida sobre un pretendido discurso bioético de mínimos, pero basado en una propuesta occidental posmoderna que adolecía de la falacia petitio principii (de petición de principio), incurría en una inadecuada relación entre la realidad y ese intelecto.
 
Los subgrupos sociales -como respuesta- desde etnias hasta oficios y profesiones, han percibido que se les invita a dialogar para al final imponer un plan determinado, ni siquiera moderno, postmoderno, considerado a priori como conveniente. Entonces en realidad heterónomo y no autónomo, para ese propósito donde la vida y el ser humano no son fines en sí mismos. La imposibilidad de un dialogo verdadero y de llegar a acuerdos basados en la evidencia y no en discursos se ha vuelto un hecho masificado. Los resultados refractarios y sus razones son narrados por Engelhardt en Global Bioethics: The Collapse of Consensus de 2006. Muchos ya no toleran ni la objeción de consciencia…
 
El afán impositivo de una ética ideológica homogenizada dejó hecho trizas el dialogo genuino y como efecto dominó, comenzaba hace unos pocos años a hacer colapsar el consenso. La desaceleración de la Bioética mostraba diferentes signos y muchos no nos habíamos dado cuenta.
 
En vez de aminorar la problemática dialógica esta ha amplificado sus errores, de acuerdo con la controversial lucidez y solidez teórica de Engelhardt. En sus últimas producciones dicho autor ha señalado -con incrementos proporcionales de intensidad a los fracasos vistos- cómo las deficiencias epistemológicas escalaron notablemente en el área.
 
La realidad sociológica no ha encajado últimamente con las promesas discursivas. EL activismo ha remplazado el conocimiento estructurado. La utopía feliz resultante de la primacía de los valores sobre las virtudes no aparece. Al contrario, del imaginario feliz que suponía el futuro hace 40 o 30 años hoy la cultura ofrece escenarios y discursos de misantropía práctica, zombis y representaciones necrológicas componen el entretenimiento de jóvenes y niños, una cultura de las demandas legales en el mundo sanitario y de catastrofismos apocalípticos, no acepta el disenso aunque se precia de ser “tolerante” y rige la cultura actual en su lugar.
 
Es decir, una cultura de simultánea evasión de la realidad, falta de dialogo auténtico y de culto no sólo simbólico a la muerte, ha infiltrado a la bioética como producto cultural.
 
Los médicos y otra clase de terapeutas deslumbrados inicialmente, acríticos luego y algunos hasta cierto modo contra las cuerdas después, hoy se ven obligados en su cotidianidad a practicar una Medicina defensiva pese a haber abierto todos sus espacios para el consenso, o quizás por ello mismo?
 
¿Ha sido esto causa o efecto?
 
…Sin embargo, el encanto de la palabra Bioética abre puertas aún.
 

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El prefijo de origen griego Bio- supone vida. La -ética, su sufijo, coloquialmente es entendida como actuar correctamente o hacer las cosas bien. Significados más académicos irían orientados al neutral estudio analítico de las costumbres, de las acciones humanas (sin juicios de valor), de las kantianas leyes de la libertad, de lo bueno y lo malo, cuya brújula en las últimas décadas apunta a demasiadas direcciones, según las distintas éticas, en una época posmoderna signada por el relativismo, el indiferentismo y la confusión de lo que es moral, bueno y conveniente.
 
Siendo lego, cualquiera piensa que el neologismo Bioética es un estudio para la defensa de la vida y sus ciencias. Pero su contenido ha oscilado entre extremos: de la ecología, pasó a ser ética médica queriendo fagocitarla -cómo lo notó Daniels-, luego quiso ser derecho para la medicina, seguidamente se forzó como justificador de variados activismos, ahora se dirige hacia la neuroética…
 
Tan atractiva resultó, sin embargo, la construcción del neologismo con el prefijo Bio- que ahora hablamos de Biomedicina, Bioderecho, Biodanza, Biocombustibles, Biobancos, Biopsicosocial, etc., quizá se ha llegado hasta a banalizar el concepto en su afán de asertividad o de carismático marketing. Las exigencias cognitivas para su abordaje también han sido relativizadas. Su nombre no está siendo honrado.
 
Así ante el comportamiento social, ha terminado por acentuar Engelhardt, surge ahora la necesidad del renacimiento de la filosofía y ética médica:
 
The Philosophy of Medicine Reborn (2008) y Bioethics Critically Reconsidered (2012) marcan un punto de inflexión con el unísono antecedente de la hegemonía filosófico-utilitarista que se apoderó en los últimos años de la praxis clínica, de la ética médica y de los diversos campos de la Bioética.
 
Eutanasia, Suicidio asistido, Autonomía, Anti-Paternalismo, Aborto, Ecologismo apocalíptico, Eugenesia negativa, Animalismo misántropo, etc., se convirtieron en dictámenes culturales sin contra-discurso u opción racional de disenso en el mundo occidental. No hay equilibrio. No hay ciencia. Hay ideología. No hay justo medio, ni recta razón como aconsejaba Aristóteles en lo que debe ser la ética y la conducta racional.

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¿Qué deliberación podría haber en lo que contrariando sus paradigmas iniciales (en otras palabras, dialogo entre el vitalismo y mecanicismo, holismo e interdisciplinariedad en vez de reduccionismo del campo que fuera; inclusión del análisis de la información genética, la termodinámica, la tecnología, el ambiente, la retroalimentación y la fisiología en la ciencia social [4]) pasó al inamovible campo de los dogmas ya no confesionales sino ideológicos?
 
Por ejemplo, la autonomía se hizo paradójica obligación heterónoma sin respeto a las autonomías de los saberes disciplinarios, a tal grado que tuvo que reivindicarse para el paciente el derecho a no saber. Se vende hoy inclusive una imagen negativa de la objeción de consciencia. Es decir, se está impidiendo el consenso por simple persecución al disenso. Confesionales y seculares, los dogmas -al fin y al cabo- son incuestionables por definición. Las inquisiciones modernas alumbran no con fuego sino con pixeles. Convendría identificar los inamovibles y las estigmatizaciones discriminatorias que en este sentido hoy sesgan la Bioética al punto que algunos la vean mortinata (¿Nació muerta?).
 
Pues, ¿Si la Bioética intrínsecamente era dialogo y deliberación, porqué personajes tan diversos en su formación como un filósofo educativo español con acervo alemán -Barrio- y un médico estadounidense con doctorados en filosofía y en medicina -Engelhardt- han coincidido en pasar la antorcha de la Bioética de nuevo a los profesionales de la salud?
 
Ante el sesgo, otro médico, Miguel Kottow[2] -teórico de la Ética de la Protección- como se llama uno de sus libros, formulaba un diagnostico similar indicando que la Bioética por esa deslealtad a los planteamientos originales ha quedado como una “disciplina en riesgo”.
 
Por sintomática casualidad-causalidad, una de las citas que rigen el libro sobre Neuroética de Evers (2012) es extractada del enciclopedista francés Diderot –quien tampoco era médico– pero que desde su obra Éléments de Physiologie en el mismo sentido afirmaba:
 
“Ocurre que es muy difícil hacer una buena metafísica y una buena moral sin ser anatomista, naturalista, fisiólogo y médico” [5].
 
Se debe recuperar el valor de la naturaleza y sus leyes, de la objetividad, de la vida y del juramento hipocrático. Es necesario que la Bioética no siga desvirtuándose hacia una Necroética como la que predomina en frecuentes enfoques.
 
Es urgente respetar el Bios- vital y nuclear de la Bioética original.
 
REFERENCIAS
 

  1. Barrio Maestre, J. M. (2015). La bioética ha muerto.¡ Viva la ética médica!.Cuadernos de Bioética, 26(86), 25-49.
  2. Cortina, Adela. (2011). Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral. Madrid: Tecnos.
  3. Evers, K. (2012). Neuroética. Cuando la materia se despierta. Madrid: Katz Editores.
  4. Potter, V. R. (1970). Bioethics, the science of survival. Perspectives in biology and medicine, 14(1), 127-153.
  5. Capó, MA y Roa-Castellanos, RA. (2014). Neuroética, cuando la materia se despierta de Kathinka Evers. Revista de Medicina Balear, 29(3): 66.
  6. Jecker, N. A. S., Jonsen, A. R., & Pearlman, R. A. (2007). Bioethics: an introduction to the history, methods, and practice. Jones & Bartlett Learning.
  7. Jonsen, A. R. (1993). The birth of bioethics. The Hastings Center Report, 23(6), S1.

[1] Esta es una situación que se está viendo en el nuevo y en el viejo mundo. De acuerdo con información recuperada en Septiembre de 2015, la revista Selecciones de Bioética -con peso en el contexto iberoamericano- llegó a publicarse periódicamente hasta el 2012, un número reaparece en 2016; Anamnesis revista de Bioética colombiana bajó su periodicidad a una edición anual; la Revista RedBioética/UNESCO a Septiembre de 2015 no había publicado en red ninguno de sus habituales 2 números anuales (Ver aquí ); la Revista Brasilera de Bioética llega normalmente hasta 2013 (Ver aquí); Ethics and Medicine (ISSN: 0266-688X) se cancela en 2006 tras 20 años de labores; Ethics and Behavoir (ISSN: 1050-8422) lo hace en 2007; Human Reproduction and Genetic Ethics (ISSN: 1028-7825) es descontinuada en 2011; la Revista Portuguesa de Bioética llega hasta el 2009 (Ver aquí ), las publicaciones de la Asociación Portuguesa de Bioética tienen registro hasta 2006 y la última Recomendación pública al gobierno también entendible como Concepto especializado (En Portugués: Parecer) data del 2013 al dejar una crítica ante el retroceso que significan unos lineamientos regresivos de la última reunión de Helsinki. Se observa, no obstante, en el transcurso del tiempo la titánica labor casi en solitario de Rui Nunes desde 1990 (Ver aquí).

[2] Recuperado el 22 de Septiembre de 2015
 Ver aquí

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